El misterio de las recetas de la señora Jeong 3. ¡Querido Mister Eggs! #5
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3. ¡Querido Mister Eggs! #5

Nadie sabía lo que Eunseok pensaba en realidad. En lo más profundo de su ser, unas sombras aterradoras y crueles le recorrían la mente. Al final, un día se dijo que ya no le molestaba tanto llevar esos vendajes. Así no mostraba su miedo ni a sus padres ni a Gumnam, y por supuesto tampoco a Jeongi.

—¿No hueles algo? —preguntó Jeongi con picardía.

Eunseok se incorporó al oír su voz. Como no había hecho uso de sus músculos desde hacía mucho tiempo, había perdido peso. Estaba tan delgado que su cuerpo flotaba dentro del pijama.

—¡Anda, es verdad! Huele a quemado. Es el olor de mi corazón, que arde por ti. ¿Te referías a eso? —bromeó.

Jeongi se sentó frente a él y le puso la mano en el hombro.

—¿Cómo voy a decir algo tan cursi? No, en serio. Olfatea un poco mejor. ¿No hueles nada?

La bolsa de plástico que contenía el dosirak emitió un crujido.

—¡Ah! ¿Una fiambrera?

—¡No grites! Si los enfermeros se enteran, nos la quitarán. Gumnam me ha dicho que es un plato especial por Nochebuena.

—¡Genial! ¿También hay sikhye ?

—Por supuesto. Te gusta frío, ¿no? Bueno, eso es lo que Gumnam me ha dicho.

—¿También se puede beber caliente?

—Sí, pero está mejor frío, con muchos hielos flotando en el interior.

Jeongi volvió a darle golpecitos en la espalda. Curiosamente, Eunseok disfrutó del gesto y sonrió como si todo fuera bien.

A las seis de la tarde, las ruedas del carro sobre el cual los auxiliares de enfermería colocaban las bandejas que distribuían resonaron en el pasillo.

La comida que se servía en el hospital no estaba mala, pero para los dos enamorados, que vivían alimentándose de los dosiraks de Gumnam, no tenía sabor.

Eunseok siempre fruncía los labios con pesar cuando le daban su bandeja.

Para él, los platos caldosos tenían un sabor mucho más exquisito.

Era la mejor forma de potenciar el delicioso sabor de las verduras y de la carne.

Desgraciadamente, la comida de los pacientes siempre era mucho más insípida.

A veces se sentía como un niño mimado de tanto quejarse, porque Jeongi nunca lo reprendía.

Eunseok se limitó a remover la cuchara sobre su plato antes de que alguien viniera a retirarlo.

Después, esperaron hasta la hora del apagado de las luces.

Dos horas más tarde, se apagaron las luces de las habitaciones, los pasillos y la entrada, y solo unas pocas lamparillas permanecieron encendidas.

El hospital se sumió en la oscuridad. Los dos enamorados habían contenido su entusiasmo hasta ese momento que tanto esperaban.

A las ocho, hora en la que Noche de Paz resonaba en las casas y apartamentos cada Nochebuena, en el hospital había llegado el momento de apagar las luces.

Eunseok comenzó a moverse lentamente. Por fin, no tenía nada que hacer. Jeongi estiró la manta con el logo del centro médico que cubría las rodillas de su amado. Luego le puso el jersey gris oscuro que su madre le había llevado y se acercó a su oído para susurrar.

—Tendrás frío con tan poco abrigo. ¿Seguro que estarás bien?

—Si no estoy bien, ¿me darás un abrazo?

Jeongi siempre se sorprendía cuando oía a Eunseok coquetear con ella, pero no le desagradaba y sabía qué responder.

—¿Solo un abrazo? ¿Eso es todo?

—¡Vaya!

Eunseok ya no sabía qué decir. Se aclaró la garganta para evitar que se le sonrojara el rostro.

—¡Miedoso! Deja de provocarme si no es más que palabrería.

Esa frase puso a Eunseok en su lugar. Jeongi era mucho más hábil que él en ese jueguecito. Le parecía increíble.

Con manos vacilantes, Eunseok agarró las empuñaduras de la silla de ruedas.

Se negaba a que siempre lo ayudara Jeongi, y había entrenado para lograr levantarse y sentarse completamente solo.

Así que lo hizo con total naturalidad. Sin embargo, no era nada sencillo posar el trasero sobre un asiento que no podía ver, pero estaba decidido a no ser una carga para Jeongi y a no dejarse devorar por el miedo.

No era fácil salir del hospital después del horario de visitas.

Realmente no podría decirse que los dos cómplices hubieran establecido una estrategia, pero tenían un guion en mente.

El enfermero del mostrador de control era el actor principal.

Había establecidas unas franjas horarias específicas para las visitas, pero todo el mundo hacía la vista gorda si venía algún familiar antes o después.

Todo el mundo, excepto él, que siempre encontraba algo que objetar.

Seguía las normas al pie de la letra sin hacer jamás la menor excepción.

Jeongi llevaba en el bolso el iPad que les permitiría ver una película.

También cogió su bufanda y colgó en una de las empuñaduras de la silla de ruedas la bolsa de plástico con la comida de Gumnam.

Por suerte, los demás pacientes de la habitación habían corrido las cortinas que los separaban.

Nerviosa, Jeongi deslizó la puerta corredera en silencio.

En el pasillo, empujó la silla de ruedas. A Jeongi y a Eunseok les latía el corazón a mil por hora.

Se detuvieron un instante contra la pared para esconderse y observaron al enfermero en su puesto de trabajo, que tecleaba delante de un ordenador para introducir los datos recogidos ese mismo día. De pronto se dio la vuelta y entró en la farmacia. Era entonces o nunca.

—No hagas ruido, voy a ir rápido —le susurró Jeongi a Eunseok al oído.

Él asintió con la cabeza.

—¡Corre!

Eunseok no había gritado, pero esa palabra bastó para darle impulso a Jeongi, quien inmediatamente empujó la silla de ruedas a toda velocidad.

Eunseok intentó ayudarla haciendo avanzar las ruedas.

Hizo fuerza con las piernas, como si los dos estuvieran corriendo juntos.

Jeongi no se detuvo hasta que llegaron al ascensor que llevaba a la entrada y, una vez abajo, cuando la puerta se abrió, siguió corriendo hasta la salida.

Los dos enamorados respiraron por fin el aire fresco de la Nochebuena.

Gracias a la nieve que no había dejado de caer desde el accidente, la temperatura era bastante suave.

Incluso en el exterior, Jeongi continuó corriendo.

Pero estaba en los huesos, así que acabó agotada de empujar la silla de ruedas, en la que iba un hombre de un metro ochenta.

Esperaba que Eunseok experimentara la felicidad que podía proporcionar el correr.

El joven se sintió menos asfixiado al notar el viento en las mejillas, y la sensación se multiplicó gracias a la velocidad. Unas notas musicales aparecieron bajo sus párpados cerrados. Estaba confundido. ¿Por qué se mostraban ante él si para entonces odiaba las partituras más que nada en el mundo?

Sin aliento, Jeongi subió la colina que ofrecía vistas a la entrada del hospital universitario y detuvo la silla de ruedas junto a un abeto. Dejó el dosirak sobre un banco, sacó su bufanda de color rosa claro y la enrolló alrededor del cuello de Eunseok.

Pudo olerlo. Un aroma dulce y sutil.

—Le tengo mucho aprecio. No la ensucies al comer —le ordenó con frialdad.

Era verdad que valoraba esa bufanda con todo su corazón porque Gumnam se la había regalado.

—Ni siquiera sé de qué color es. Es rosa, ¿verdad?

—Tienes buena memoria —respondió mientras quitaba la tapa de la fiambrera, en la cual todavía quedaban granos de arroz pegados—. Intenta adivinar a qué plato corresponde este olor. Si lo consigues, tendrás un regalo.

—Hummm...

De repente, el iPad empezó a sonar. Era una llamada de FaceTime de Munjeong, que estaba en Nueva York.

Jeongi se apresuró a pulsar la tecla para contestar.

Una luz parpadeaba en la pantalla. Oyó un objeto caer y la llamada se cortó.

Munjeong volvió a llamar. Jeongi pulsó de nuevo la tecla verde, pero, una vez más, la pantalla parecía encenderse y apagarse hasta que la comunicación volvió a cortarse. No entró ninguna llamada más.

Preocupada, Jeongi llamó a Munjeong en varias ocasiones, pero esta no respondió.

¿Había sido un error? Decidió enviarle un mensaje a Gumnam para decirle que su hija había llamado dos veces sin decir ni una palabra y que no había contestado cuando ella le había devuelto la llamada.

Gumnam envió rápidamente una respuesta. Su gato a veces pisaba la pantalla por error.

El dispositivo reconocía sus almohadillas como si se tratara de un ser humano.

No había motivos para preocuparse. Gumnam le deseó una feliz Nochebuena.

Aliviada, Jeongi sopló aire caliente para calentarse las manos congeladas y luego cogió los palillos.

—¿Tienes las manos frías? ¿No te has abrigado bien?

—Sí. Bueno, entonces, ¿no has adivinado qué es? Peor para ti, no tendrás recompensa.

—¡Iba a decir el nombre del plato!

—Es japchae . Lleva champiñones, tiras de zanahoria, espinacas e incluso carne. Hay semillas de sésamo espolvoreadas sobre los fideos de batata.

Eunseok puso una cara larga, como si encontrara la situación injusta, lo que hizo reír a Jeongi. Por más que fuera mayor que ella, tenía algo de infantil. A Jeongi le encantaba burlarse de él.

Cada vez que ella le acercaba la comida a los labios, Eunseok abría la boca. Así fue como, poco a poco, se terminaron el dosirak.

—¿Leemos el mensaje secreto? —preguntó Jeongi.

—Me pregunto qué habrá escrito hoy. ¿Puedes leerlo en voz alta?

—En ese caso, primero tienes que comerte un último bocado —le ordenó ella, metiéndole una enorme cucharada de arroz entre los labios.

Como de costumbre, una especie de sobre hecho de papel de aluminio descansaba en el fondo de la fiambrera. Jeongi lo desplegó y vio un papel blanco que contenía un mensaje escrito por Gumnam.

«Solo con el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible a los ojos». Esto es lo que dice el Principito. Hoy, os recomiendo a los dos mirar con el corazón para encontrar lo que es invisible a los ojos: lo esencial. Okay?