3. ¡Querido Mister Eggs! #4
Jeongi se despidió de la madre de Eunseok, que tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que habían perdido su color, y abandonó el hospital.
Le costó marcharse. Cuando subió al ascensor, se dirigió a la planta baja y salió del edificio, pero no dejó de mirar atrás.
Le habría gustado ver a Eunseok. Ni siquiera la nieve la molestaba.
Sus tobillos descubiertos estaban empapados, pero no sentía el frío.
Ya no sentía nada, y caminó paso a paso en dirección a su apartamento.
Una vez más, ningún taxi se detuvo. Conseguir uno era tan complejo como sus sentimientos.
Marcharse o quedarse, todo le parecía difícil.
Cuando Eunseok era niño, un perro callejero solía merodear por su barrio para conseguir algo de comer.
Era blanco y más bien pequeño. No era lo suficientemente grande para ser un jindo coreano y tenía las orejas caídas.
La gente llamaba a estos perros shigoru jabujong , que significa «bastardo de campo».
Eunseok estaba soñando que paseaba con él cuando, de pronto, se despertó.
A pesar de que sus ojos estaban abiertos, no veía más que oscuridad.
No había nada más. Oyó a su madre y le pidió que encendiera la luz, pero seguía sin ver nada.
Se lo repitió varias veces, pero fue en vano.
La luz del techo había estado encendida desde el principio.
Eunseok frunció el ceño impaciente porque tenía la impresión de no haber salido del todo de su sueño.
Había pasado de un tranquilo paseo con un perro encantador a una pesadilla aterradora que lo angustiaba.
Apretó el puño y se golpeó las caderas con insistencia, hasta comprender que estaba bien despierto.
—Unos fragmentos de vidrio te alcanzaron los ojos. Dicho de forma sencilla, tu córnea está dañada. La operación ha salido bien, pero ahora necesitas un milagro.
Eunseok pudo oler a su padre. Era un aroma a detergente mezclado con un ligero olor a cigarrillo frío.
Su mujer no dejaba de insistirle en que dejara de fumar y él le hacía caso, pero a veces se encendía algún cigarrillo a escondidas detrás del gallinero.
Eunseok habría reconocido ese olor entre un millón.
Había perdido la vista, pero sus otros sentidos se habían agudizado.
Era capaz de imaginar su entorno con la ayuda de su nariz.
En cambio, para notar la presencia de su madre, había utilizado más bien los oídos.
Oyó una respiración jadeante y triste, y se la imaginó llorando mientras lo miraba.
Al mismo tiempo, sintió que se estaba conteniendo.
Con una voz cargada de emoción, repitió varias veces que los milagros existían.
Si hubiera podido verla, le habría secado las lágrimas. Habría podido darle la mano.
Poco después percibió otro olor. No se trataba del de su madre, que había pasado toda su vida recogiendo huevos en el gallinero, no.
Era un aroma potente que se parecía al de la pintura.
Lo había olido al entrar en el salón de uñas donde trabajaba Jeongi para ofrecerle un café.
También captó una fragancia dulce y sutil de leche en polvo. Era ella.
La joven, que estaba frente a él, tomó la palabra:
—Dios mío, pero ¿ha visto en qué estado se encuentra? ¿Cómo ha acabado así? Bueno, no debería preguntar, conozco la respuesta. Es por mi culpa —confesó en voz muy baja, con el rostro paralizado.
Eunseok quiso responderle, pero guardó silencio. Prefirió fingir que dormía. Al fin y al cabo, nadie le veía los ojos, que estaban ocultos bajo un vendaje.
—A partir de hoy, seré sus ojos. Soy bastante mala en todo, pero tengo buena vista.
Nunca he necesitado llevar gafas ni lentillas.
A veces soy un poco despistada, pero de verdad que veo muy bien.
—Sollozó y continuó—: Mire. Hasta puedo leer el número de teléfono que está escrito en el cartel de allá a lo lejos.
Le leeré todo lo que haga falta sin equivocarme nunca de letra.
Y además, prometo que no pediré nada a cambio.
—¿De verdad?
—¿Eh? ¿Qué? —se sobresaltó Jeongi—. ¿No estaba durmiendo?
—No, estaba despierto.
Si bien los ojos de Eunseok estaban cubiertos por un vendaje, Jeongi también cerró los suyos para evitar sentirse más culpable.
—En ese caso, no soy invidente. Tengo a alguien que ve por mí. Con eso me basta.
Ese accidente había cambiado el carácter antes tímido del joven.
Vestido con su bata de hospital, conservaba un aire inocente, y metió la mano bajo la manta para alcanzar uno de sus bolsillos.
Sacó algo emitiendo un sonido de roce. Mantuvo una mano firmemente oculta y, con la otra, buscó a tientas la de Jeongi.
La tomó. Ella temblaba. Eunseok depositó el objeto sobre su palma y le cerró los dedos.
—Tenía pensado dárselo el día en que ocurrió el accidente.
Jeongi abrió la mano. Era un yakgwa con forma de flor. Era como si hubiera florecido en su mano llena de eccemas a causa de la acetona. Hizo una mueca. Lloró sin hacer ruido, pero su nariz taponada la delató rápidamente.
—No llore. Soy feliz.
—¡Qué tontería! Yo también soy feliz, yo...
—¿Está llorando?
—Lloro y sonrío al mismo tiempo. ¿Le parece bien?
Una sonrisa se dibujó en los labios de Eunseok. Después, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Tenía miedo de esa oscuridad, de esos abismos que nunca había visto. Hizo todo lo posible por no mostrar su pavor ante esa noche sin fin.
Eunseok llevaba diez días hospitalizado.
La recuperación era lenta, pero por suerte estaba mejorando.
En ese lapso de tiempo, se había unido mucho a Jeongi.
Y, sobre todo, eran mucho más honestos el uno con el otro, a pesar de que en realidad el repartidor ya se veía en pareja con ella mucho antes del accidente.
Eunseok había ganado en madurez, y Jeongi, en valentía.
Gracias a Gumnam, que cuidaba de Odeuli todas las noches hasta que Eunseok recibiera el alta, los dos enamorados habían tenido numerosas citas románticas en el hospital.
Quizá era eso lo que le había dado fuerzas al joven.
La Nochebuena por fin había llegado. En la entrada del hospital se había instalado un árbol de Navidad decorado con guirnaldas.
Era tan bonito que les recordaba a los pacientes los momentos felices de sus últimas celebraciones.
Todo el mundo tenía recuerdos ligados a la Navidad.
En cambio, Jeongi fue incapaz de rememorar absolutamente nada.
Pensó en Odeuli. Era su primera Navidad, por lo que la joven deseaba crear recuerdos bonitos con ella.
Pasaría el 25 de diciembre a su lado. Hacía ya unos días que Gumnam cuidaba de su hija, y Jeongi se sentía culpable cada vez que salía del apartamento.
La anciana la tranquilizaba diciéndole que ese era el destino de todas las madres.
Jeongi estaba agradecida de que le cantara nanas a su hija antes de quedarse dormida a su lado, y al mismo tiempo le daba pena.
Como madre, Jeongi se sentía ridícula por sentir atracción hacia un hombre.
Era como regalarse un abrigo carísimo que solo se puede pagar a plazos.
La ropa nunca impedía que llegara el frío.
Se gastaba y terminaba en la basura. Lo mismo ocurría con el amor.
Ella lo sabía. Ya había vivido un amor hiriente y pensó que no era momento de repetir los errores del pasado.
No se sentía digna del lugar que Eunseok le otorgaba.
Varias veces al día, se decía a sí misma que sería mejor seguir siendo una simple amiga.
Como los seres humanos están llenos de contradicciones, una inquietud repentina la invadía de cuando en cuando.
¿Podría Eunseok, que probablemente sería ciego toda su vida, cuidar de Odeuli si se convirtiera en su padre?
A Jeongi le asombraba su propia mezquindad.
Se consideraba abyecta e insultaba su reflejo cuando se cruzaba con un espejo.
Mientras todo tipo de pensamientos atravesaban su mente ante el árbol de Navidad, recibió un SMS de Gumnam, quien le había prestado su iPad y le había dado una fiambrera, así como un vaso de sikhye .
Presa del pánico ante la idea de que su hija pudiera estar enferma, abrió el mensaje lo más rápido posible.
Vuelva temprano mañana. Yo también quiero disfrutar de la Navidad. Voy a irme de fiesta. En el itinerario: concierto de ukelele y copas de vino con my friends . Dicho esto, tampoco se agobie.
Jeongi soltó una risita. Otro mensaje apareció en su pantalla:
Cuide bien de mi iPad, lo necesitaré para el FaceTime con Munjeong. Últimamente lo utilizo también para aprender caligrafía.
Los SMS llegaron en el momento justo, como si Gumnam supiera exactamente cuándo enviarlos para consolar a Jeongi, que empezaba a divagar a causa de la angustia.
Esa noche, no comería la comida del hospital.
Gumnam le había dado un dosirak para que lo compartiera en secreto con Eunseok.
Jeongi sentía curiosidad por saber qué plato contenía.
Se peinó el flequillo recto que se había cortado la semana anterior y entró en la habitación de Eunseok vestida con unos vaqueros y un jersey rojo de punto grueso y trenzado. Era una forma de dar vida a la Navidad, aunque Eunseok no pudiera verla.
Postrado en la cama cerca de la ventana de aquella habitación que podía albergar a cuatro enfermos, el joven aún no había notado la presencia de Jeongi.
Sus ojos seguían envueltos por varias capas de vendaje.
Las enfermeras solo se lo quitaban en el momento de las curas, ya que había que evitar en la medida de lo posible que sus pupilas estuvieran expuestas a bacterias y virus.
Todavía conservaba los ojos, pero tenía la córnea dañada.
Esperaba con todo su corazón que se desarrollaran nuevas células en las zonas afectadas por los fragmentos de vidrio.