El misterio de las recetas de la señora Jeong 3. ¡Querido Mister Eggs! #3
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3. ¡Querido Mister Eggs! #3

Eunseok había dicho que tardaría menos de diez minutos en llegar.

A Jeongi le habría gustado esperarlo un poco más, pero se acercaba la hora de ir a recoger a su hija.

Sentía no poder ofrecerle una relación sentimental normal.

Le habría gustado quererlo con un amor absoluto, de ese que permite esperar indefinidamente aun sin noticias.

Cuando conoció a Eunseok, que era de una bondad excesiva, se sintió culpable por la vida que había llevado hasta entonces.

Sin embargo, amaba su calidez. Sus ojos siempre se posaban sobre ella con dulzura.

Jeongi recibió por fin una llamada cuando llegó a la escuela infantil de Odeuli. Era de un hospital. Jeong Eunseok había tenido un accidente de tráfico a causa de la nieve en el cruce situado cerca del salón de uñas.

Jeongi tuvo la impresión de que definitivamente todos aquellos que se cruzaban en su camino terminaban sufriendo. Las lágrimas le subieron a los ojos. Recogió a su hija y se apresuró a buscar un taxi.

Había nevado tanto que era difícil encontrar un conductor disponible entre los coches detenidos con las luces de emergencia encendidas. Con su bebé en un brazo, agitó el otro, pero nadie se detuvo.

—¡Taxi! ¡Taxi!

Sus gritos no surtieron efecto. ¿Conseguiría llegar andando hasta el hospital con Odeuli en brazos?

No, era imposible. La bebé había cogido la gripe unos días antes, y se negaba a hacerla sufrir más.

Era una catástrofe. Llegó el momento que tanto había temido.

Jeongi llamó a la enfermera que la había informado del accidente de Eunseok y le pidió que avisara al contacto de emergencia del joven, ya que ella no podía desplazarse.

De repente, Odeuli se puso a llorar. Jeongi emprendió el camino hacia su apartamento aguantándose las lágrimas.

Si solo hubiera dependido de ella, Jeongi estaría corriendo a toda velocidad hacia el quirófano donde se encontraba Eunseok, pero no tenía a nadie con quien dejar a Odeuli. No podía pedirle a Gumnam que caminara bajo el frío para ir a ocuparse de ella.

Jeongi arropó a su hija y luego abrió la ventana.

La tormenta de nieve estaba causando estragos.

La ciudad se había vestido de blanco; sin embargo, su futuro desprendía una oscuridad insuperable.

Sintió vértigo ante esa aterradora blancura inmaculada.

Le daba miedo que Eunseok acabara sepultado para siempre bajo esa masa de color ópalo.

Nada valía la pena. Ni los huevos ni el sikhye , y mucho menos ella.

Se le encogió el corazón. Tenía tanto frío como si se hubiera revolcado desnuda en un campo cubierto de nieve. Era insoportable.

Pasó la noche mirando la luna por la ventana.

Rezaba por la vida de Eunseok. Impaciente por saber si la operación había salido bien, no podía hablar con el contacto de emergencia del hombre al que amaba porque no conocía su número.

Una vez más, no se veía capaz de dejar sola a Odeuli para correr al hospital y conseguir información.

Lamentablemente, la nieve no paró. Jeongi ya no podía esperar más. Poco después de medianoche, terminó por desmoronarse y llamó por teléfono a Gumnam.

—¿Y bien? ¿Qué tal la date ? ¿Ha ido bien? —preguntó la anciana con voz alegre.

Moon River , de Audrey Hepburn, se oía a través del teléfono.

—Gumnam.

—¿Qué pasa? Eunseok se ha enfrentado a las carreteras nevadas para llevarle sikhye y carne de res marinada, como le gusta. Sin embargo, oigo en su voz que algo no va bien. ¿Han discutido? ¿Ha habido una fight ? ¿Es eso?

—Gumnam... —repitió Jeongi.

La voz de la septuagenaria hizo que la joven madre se ahogara en lágrimas.

Una profunda tristeza la sumergió. Una vez puesta al corriente, Gumnam declaró que cogería un taxi de inmediato.

Jeongi temía por ella y le pidió que se quedara en su casa; no quería perder a más seres queridos.

Pero Gumnam no la escuchó y llegó rápidamente a su casa vestida con unos vaqueros, una camiseta de rayas negras y un abrigo azul marino.

Todavía no eran las dos de la madrugada.

Caía tanta nieve que, en lo que tardó en bajar del vehículo y entrar en el edificio, se le empapó el pelo.

Jeongi salió corriendo y ni siquiera se molestó en ponerse unos calcetines.

La tormenta estaba en su apogeo. Los copos de nieve aterrizaban sobre su pelo.

Se preguntó cómo el cielo podía contener tantos.

Los coches circulaban a velocidad reducida.

El brillo naranja de las luces de emergencia que parpadeaban en todas las direcciones angustió a Jeongi.

Levantó la mano para parar un taxi, desesperada, pero no sirvió de nada.

Tampoco pudo utilizar ninguna de las aplicaciones de su teléfono, no había ni un solo vehículo libre.

Empezó a correr, calzada con unas zapatillas de deporte que le dejaban al descubierto los tobillos, en dirección al hospital donde se encontraba Eunseok.

Jeongi llegó a urgencias sin aliento. En el mostrador, pronunció el nombre de Eunseok y preguntó dónde estaba el paciente que había tenido un accidente de tráfico cerca del cruce. Le respondieron que todavía estaba en el quirófano. Ya llevaba nueve horas ahí.

Al llegar a la sala de espera, vio a una pareja de cierta edad sentada.

Sin duda, se trataba de los padres de Eunseok.

Ambos llevaban una chaqueta negra acolchada con el nombre de un criadero de aves impreso.

Estaban cogidos de la mano para rezar con todas sus fuerzas, ya que no soportaban la idea de perder a su único hijo.

Su madre, con un recogido hecho a toda prisa, se levantó en cuanto vio a Jeongi correr hacia ellos.

Se acercó a ella con los ojos hinchados por las lágrimas y el rostro pálido.

Estaba más blanca que una hoja de papel.

Jeongi cerró los ojos instintivamente, esperando recibir una bofetada.

Era evidente que la iba a increpar, que la madre de Eunseok le guardaría rencor porque su hijo se hallara en semejante estado a causa de una chica miserable como ella.

Para sorpresa de Jeongi, la mujer la tomó entre sus brazos.

Le escocieron los ojos de la emoción ante tanta calidez humana.

¿Cómo podía una madre abrazar a la responsable de un accidente de tráfico que había dejado a su hijo en estado crítico?

—¿Es usted Jeongi? Eunseok seleccionaba cada semana los mejores huevos del gallinero para usted, ¿no es así?

Nuestro hijo, Eunseok... No... No dejaba de pronunciar su nombre.

Dijo que lo estaba esperando. Cuando recuperaba momentáneamente el conocimiento, hablaba de usted. Decía que lo esperaba bajo el frío.

Jeongi se derrumbó. Fue como si toda la angustia acumulada durante las últimas horas se hubiera disuelto en esa ternura desarmante.

—Lo siento, lo siento mucho. Todo esto es culpa mía. Todo porque quise que me amara. Me pasé de la raya. Abusé de su amabilidad. Por mi culpa, Eunseok...

La madre del joven le acarició la espalda a Jeongi, que lloraba a lágrima viva.

—No tiene por qué disculparse. No ha hecho nada malo.

Yo soy la culpable de que hayamos acabado aquí.

Nunca he tenido el dinero suficiente para enviarlo a estudiar al extranjero.

Nunca debió subirse a ese maldito camión.

Es un error mío. ¿Hasta cuándo pensaba seguir trabajando?

Me niego a que continúe, tiene demasiado talento para repartir huevos durante toda su vida.

Sin embargo, ¿sabe qué? En el fondo me sentía aliviada de que hubiera abandonado sus estudios porque ya no tenía que gastar más dinero.

Eunseok ha sido castigado por culpa de sus padres —dijo con firmeza antes de ponerse a llorar, con la joven entre sus brazos.

Jeongi sintió los sollozos de la madre y tomó una decisión: no volvería a acercarse a Eunseok nunca más.

No era digna de esa familia tan amable. En ese instante, Gumnam también le vino a la memoria.

Se la imaginó sonriendo de oreja a oreja, feliz porque la flor de huevo aún no se le había borrado de la uña del dedo meñique del pie.

«¿Y si Gumnam también se volviera infeliz por mi culpa?», se preguntó Jeongi, que tenía la mala costumbre de creer que todos los acontecimientos negativos eran culpa suya. Era sin duda el resultado de una soledad grabada en lo más profundo de sus huesos.

Sintió miedo al ver el letrero de neón que indicaba una operación en curso, convencida de que nunca se apagaría.

Mantuvo los ojos clavados en el suelo con la esperanza de que el alba no tardara en llegar.

Pero, al día siguiente, el cielo estaba tan brumoso que era difícil distinguir si había amanecido o no.

El padre de Eunseok se acercó a Jeongi, que estaba mirando por la ventana sumida en sus pensamientos. Llevaba gafas de media montura negra y su agitación era perceptible a través de los cristales. Una tristeza imposible de ocultar se leía en sus ojos.

—Váyase a casa. Ya es de día. Mi mujer y yo nos vamos a quedar. Usted necesita descansar.

Su voz era dulce y bondadosa. Sin duda, Eunseok había heredado la voz de su padre.

—Me gustaría esperar un poco más —susurró ella tan bajo que el padre no la oyó.

—Váyase. La nieve no va a parar —respondió él con el rostro pálido y los ojos dirigidos hacia la ventana.