3. ¡Querido Mister Eggs! #2
Sus padres le habían pedido que se centrara en su tratamiento, a pesar de que la situación era complicada para ellos.
Su familia no tenía dinero. Vender algunas decenas o centenares de huevos no permitía pagar los billetes de avión cada vez que Eunseok debía viajar al extranjero para un concurso.
Sus padres habían apostado por creer en su éxito.
Sin embargo, él sabía que tendría que movilizar a todos sus contactos y todos sus apoyos para obtener aunque fuera un puesto de profesor en una universidad, y que no sería fácil para un chico cuya familia criaba gallinas desde hacía generaciones.
Un día, simplemente dejó de ir al hospital para el tratamiento. Ya no leía partituras.
¿Y ahora Gumnam le hablaba de Mr. Trot ? ¿De Mask Singer ? Eunseok no quería nada más, ni nada menos, que silbar y tararear en el micrófono de su camión.
Observó una bandeja de huevos bien blancos colocada en el asiento del acompañante. Eran para Jeongi. Odeuli había empezado a comer alimentos aptos para bebés, por lo que había elegido los más frescos para ella. Sonrió. Le envió un SMS a Jeongi.
Voy a hacer las entregas a particulares. Creo que llegaré sobre las tres. ¿Le apetecería un café bien caliente?
Poco después de haber pulsado el botón «Enviar», recibió una respuesta.
Gracias, como siempre. Echo de menos el sikhye y la comida de Gumnam... ¿Ya no está con ella? Yo le invitaré a café. Luego nos vemos.
Jeongi era cariñosa y distante al mismo tiempo, pero Eunseok era feliz.
Antes de dejar su trabajo en Manna Dosirak, le había dicho que no se quería a sí misma, por lo que no lograba distinguir si la gente la quería o simplemente sentía lástima por ella.
Había añadido que, el día que se quisiera, podría mirar al pasado para entender mejor los sentimientos de Eunseok.
Él le había respondido que siempre estaría ahí, que respetaba sus límites y que esperaría.
Jeongi había asentido con la cabeza. En ese instante, solo deseaba una cosa: darle la mano. Sin embargo, lo había disimulado.
Al leer el mensaje de Jeongi, se arrepintió de haberse bebido solo el sikhye que Gumnam le había dado. Sabía que Jeongi adoraba esa bebida, pero no se le había ocurrido regalársela. Definitivamente, la anciana tenía razón: Eunseok estaba tonto.
Con el corazón lleno de esperanza, puso en marcha el vehículo. De repente, oyó un ruido similar a una alarma de incendios. Era una alerta en su teléfono.
El Gobierno había enviado un mensaje para advertir de abundantes nevadas. Con las manos en el volante, inclinó el cuerpo y echó un vistazo al cielo. Estaba cubierto, pero eso no suponía un problema para el joven. Nada podía interponerse en el camino de sus sentimientos.
Condujo hacia Manna Dosirak esperando que aún quedaran fiambreras. Consultó la hora. Por lo general, Gumnam cerraba a mediodía. La llamó.
—¿Diga? ¿Mister Eggs?
—Siento llamarla de repente. ¿Puedo encargarle un dosirak y un sikhye ? Hoy voy a entregarle huevos a Jeongi.
—¡Tendrías que habérmelo dicho antes! Podrías haberlos recogido antes cuando has pasado por aquí. Voy a adelantar las cenas. ¡No tardes mucho! Aunque está nevando una barbaridad, ¿estás seguro de que es buena idea?
—¡Por supuesto! Llego enseguida.
Gumnam preparó a toda prisa un bulgogi , una sopa de algas, un sikhye y carne de hanu cortada fina para Odeuli, que empezaba a masticar.
Últimamente, había estado investigando para encontrar la mejor receta de los yakgwa , unos pastelitos a base de miel, y decidió incluir unos pocos en la fiambrera para Jeongi.
Un olor dulce salía de la bolsa donde los había guardado.
—¡Vaya, los yakgwa tienen forma de flor!
—¿Te gustan? ¿También se los quieres llevar a Jeongi? —lo provocó, aunque sabía que ya los había metido en su fiambrera.
—Quiero ofrecerle todas las cosas más bellas.
Gumnam le dio una palmadita en la espalda a Eunseok.
—¡El amor te vuelve tonto!
Se subió al camión con un poco más de ánimo gracias a los yakgwa . Gumnam le pidió que le dijera a Jeongi que podía pasarse la semana siguiente para probar unos acompañamientos.
Eunseok agarró el volante, feliz. El cielo se llenaba poco a poco de grandes copos, pero él no estaba preocupado.
Introdujo en el GPS la dirección del salón de uñas en el que trabajaba Jeongi, situado en la región de Gyeonggi-do que rodeaba Seúl.
Eligió la ruta más rápida porque Jeongi debía recoger a Odeuli de la escuela infantil a las seis.
El tiempo corría. Cada segundo le parecía una eternidad.
Debía salir lo antes posible para llegar cuando Jeongi terminara de trabajar, a las cinco, y dedicarle el máximo tiempo posible.
El GPS indicaba que llegaría poco después de las cinco.
Normalmente, Eunseok conducía con calma, pero ese día pisó más el acelerador.
No quería hacerla esperar con ese frío. ¿Y si se le paralizaban las manos por culpa del viento glacial?
¡Ni hablar! Debía llegar a tiempo al lugar donde habían quedado y darle la sorpresa de tener, además, un vaso de sikhye .
—¿A qué se debe este atasco? —exclamó en voz alta.
Suspiró, destensó la mandíbula, se miró en el retrovisor y se peinó el flequillo. Siempre se distraía en los semáforos en rojo, pero últimamente lo hacía aún más. ¿Era lo normal cuando uno estaba enamorado? El joven ladeó la cabeza, pensativo. Le gustaba permitirse esa emoción. De pronto, sonrió.
De un momento a otro, la nieve empezó a caer en fuertes ráfagas.
No tenía tiempo de derretirse en el suelo y se acumulaba en capas.
Apenas cinco minutos más tarde, el mundo se había cubierto de blanco.
Cuando las ruedas de los coches se abrían paso, dejaban tras de sí una carretera ennegrecida por el lodo oscuro.
El camión azul destacaba en el paisaje. Incluso con los limpiaparabrisas a máxima velocidad, el parabrisas estaba constantemente lleno de copos.
Por suerte, solo tres kilómetros lo separaban de Jeongi.
Pronto llegaría, pero ya eran las cinco.
Inquieto, empezó a hablar solo y le pidió a Jeongi que lo esperara a cobijo.
Desde hacía un tiempo, Jeongi se ponía tensa cuando le sonaba el móvil. La invadía una deliciosa angustia amorosa.
—¿Diga?
—Lo siento, voy a llegar tarde. Hay atasco por culpa de la nieve. Espéreme a cobijo, no quiero que se le enfríen las manos por mi culpa.
—No se preocupe, esperaré viendo la nieve caer. Tenga cuidado en la carretera.
—Me doy prisa. En diez..., no, en cinco minutos debería estar ahí. He pasado por Manna Dosirak antes de venir y llevo sikhye .
Jeongi podía parecer fría, pero no era más que una forma de mostrarse prudente.
Después de oír su voz, Eunseok tenía todavía más ganas de verla.
Sin embargo, el asfalto ya estaba cubierto de escarcha y le resultaba imposible pisar más el acelerador.
Obligado a frenar continuamente, iba a paso de tortuga.
Tras todas estas peripecias, mientras avanzaba por un cruce de calles pequeñas y sinuosas, una de las ruedas traseras patinó.
Un sudor frío le empapó la frente. No se había llevado a cabo ninguna labor de limpieza de nieve y hasta un camión de una tonelada y media patinaba con facilidad.
Maniobró para salir del cruce, pero su vehículo no respondió de la manera que él deseaba.
Solo tenía que cruzar unas cuantas calles para llegar a su destino.
Bastaba con subir unos metros más. Pero las ruedas estaban fuera de control.
El mundo se había vuelto blanco. Los edificios y las tiendas que se encontraban en las plantas bajas también estaban cubiertos de nieve.
Eunseok se preocupó por Jeongi, que lo esperaba frente al salón de uñas.
Giró la cabeza hacia el asiento del acompañante y vio los huevos, la fiambrera de Gumnam y su sikhye .
«Frío, ya nada tendrá sabor», se dijo.
Eunseok pisó el acelerador con todas sus fuerzas, pero las ruedas volvieron a patinar.
Podía oír los enormes copos caer sobre el suelo.
Poner una bandeja de huevos bajo la rueda le pareció una buena idea para salir de esa situación.
En el momento en que iba a bajar, después de haber puesto el freno de mano, el camión empezó a retroceder.
Pisó inmediatamente el pedal del freno con el pie derecho.
Por desgracia, no había oído que el vehículo patinaba.
De repente, este ganó velocidad y bajó la colina marcha atrás tan rápido que Eunseok no tuvo tiempo de hacer nada.
Su único reflejo fue tocar el claxon para que la gente de los alrededores se apartara.
Luego, con un estrépito ensordecedor, el vehículo chocó contra un muro y se volcó de lado.
La ventanilla del conductor quedó contra el suelo, al igual que la mejilla de Eunseok.
Su cinturón de seguridad estaba desabrochado, y su cuerpo, hecho un ovillo.
Un crujido seco se propagó por el parabrisas, que estalló a causa del frío.
Fragmentos afilados saltaron por todas partes e impactaron en los hermosos ojos del joven.
Este los cerró y, a pesar de todo, volvió a ver a Jeongi, que lo esperaba fuera demasiado poco abrigada para esta estación.
Pronunció unas palabras y perdió el conocimiento.
—Me está esperando...
—¿Qué ha sido eso? —dijo Jeongi mientras soplaba sobre sus manos para hacerlas entrar en calor.
Acababa de oír un ruido sordo y empezó a dar golpecitos en el suelo con el pie.
«No, no puede ser Eunseok —pensó—. Tengo que esperar un poco más».
Jeongi miró su móvil, pero no entró ninguna llamada.
Sus malos presentimientos siempre se hacían realidad y, como siempre había vivido en la inestabilidad, Jeongi prefirió evitar una decepción más.
No se inmutó. Terminó por llamar a Eunseok. Nadie cogió el teléfono.