El misterio de las recetas de la señora Jeong 3. ¡Querido Mister Eggs!
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3. ¡Querido Mister Eggs!

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Eunseok metió las bandejas de huevos en el maletero de su camión azul.

Iban destinadas a tres barrios: Hyehwa-dong, Ihwa-dong y Seongbuk-dong.

Tuvo mucho cuidado al apilarlas para no romper los huevos, y luego cerró la puerta.

Una vez sentado en el asiento del conductor, encendió el altavoz instalado en la puerta.

Sonó una voz grabada. Era la voz tierna y dulce del propio Eunseok.

—¡Han llegado los huevos! ¡Huevos frescos! ¡Aprovechen, están deliciosos!

En Hyehwa-dong, Manna Dosirak era el primer local en abrir por la mañana, y el camión de Eunseok, el primero en hacer ruido.

A veces, cuando Gumnam y miss Garaetteok lo veían pasar, se reían y lo llamaban «Quiquiriquí», porque era como un gallo que cantaba al alba, a la hora en que el cielo se iluminaba poco a poco y se vestía de azul oscuro, morado y rosa.

El camión azul recorría a menudo Seongbuk-dong, Ihwa-dong y Hyehwa-dong con el maletero cargado de preciosos huevos.

Sentado en el asiento del conductor, Eunseok tomó el micrófono cuadrado. Tragó saliva y formó un círculo con los labios para silbar una canción de Elvis Presley: Can’t Help Falling in Love .

Las notas y el ritmo eran tan acertados que parecía que estaba siguiendo una partitura.

Muchos clientes le decían que, gracias a él, se habían dado cuenta de la dulzura que podía contener un silbido.

Su voz era tan impresionante que era una lástima limitarla a los altavoces del camión.

Antes de arrancar, Eunseok sacó su teléfono para enviar un mensaje.

Sus labios se movían para pronunciar lo que escribía.

Hoy hace muchísimo frío. No olvide ponerse una bufanda para salir.

Sonrió con timidez. Envió el mensaje a Jeongi y puso una cinta pregrabada. Su voz suave inundó la calle.

—¡Han llegado los huevos frescos! ¡Aprovechen, están deliciosos!

Había odiado pronunciar esas frases la primera vez.

Su rostro se enrojecía siempre que pensaba en aquella época.

Sentía vergüenza y su ego se veía afectado.

Nadie lo había obligado a ayudar a su padre en el trabajo, pero esa decisión había sido el mejor remedio para él: sufría de un insomnio que, a decir verdad, era tan grave que merecía una hospitalización.

No había tenido otra idea. Antes de eso, Eunseok había llevado una vida de Pavarotti.

Las numerosas distinciones que había recibido en concursos le habían permitido obtener una licenciatura en canto por convalidación de experiencia.

Sin embargo, había desarrollado nódulos en las cuerdas vocales.

¿Qué le quedaba a un cantante que había perdido a sus patrocinadores?

Su éxito fulgurante seguido de una caída igual de repentina y de un frío rechazo por parte de todos los que lo habían apoyado había sido una auténtica conmoción.

Ya no conseguía dormir. En cuanto cerraba los ojos, se imaginaba en el escenario, cegado por las luces de los proyectores.

Esa pesadilla le impedía dormir, pero tampoco se pasaba todas las noches en vela.

Cuando se levantaba al amanecer para repartir huevos y se veía obligado a utilizar la fuerza, volvía a casa agotado y terminaba durmiendo bien por la noche.

Hacía ya más de un año que había tomado el relevo de su padre. Además, ese trabajo le resultaba divertido. Incluso estaba agradecido de haber desarrollado los nódulos desde que se había convencido de que ese contratiempo le había permitido conocer a cierta persona, porque sí, estaba enamorado.

Una mañana, muy temprano, sonó la campanilla de Manna Dosirak. El pez suspendido mirando hacia el cielo siempre ponía a Gumnam de buen humor.

—¿Mister Eggs? —preguntó con un pañuelo blanco decorado con margaritas en la cabeza.

Como de costumbre, llevaba perlas en las orejas. Siempre era fiel a sí misma.

—¡Buenos días! ¿Cinco bandejas van bien para hoy?

—¿Me las das todas de golpe? ¡Y pensar que cuando Jeongi estaba aquí venías tres veces al día! —lo provocó.

—Es que...

—¿Qué? ¡Era para verla tres veces al día! ¿Pensabas que no lo sabía?

El color rojo que tiñó las mejillas del repartidor al oír el nombre de Jeongi era la prueba de que por fin había conocido a su primer amor. ¿Por qué los hombres de ese barrio eran tan tímidos? Todos parecían muy ingenuos.

—Los dejo dentro —propuso Eunseok mientras entraba en la cocina.

Gumnam lo adelantó.

—Ten cuidado, el trípode se puede caer.

—¿El trípode? —repitió él, desconcertado al ver el objeto colocado sobre el fregadero.

Justo al lado había una luz digna de ser utilizada por los influencers y demás profesionales de la comunicación digital.

—Sí, he pensado que estaría bien intentarlo.

—¿Intentar el qué?

—Convertirme en influencer , ¿no es evidente?

Una compañera de noventa y tres años que vive en Japón graba videoblogs todos los días.

Muestra lo que come y lo que hace para divertirse.

Es su forma de comunicarse con personas del mundo entero.

¿Por qué no iba a poder hacer algo parecido?

Cuando vaya a Nueva York, donde vive mi pequeña Munjeong, grabaré la estatua de la Libertad y subiré el vídeo a YouTube.

—Es admirable. Me parece increíble que siga proponiéndose retos a su edad. Debería tomar ejemplo.

—¿Te gusta la idea? En ese caso, ¿por qué no te apuntas a Mr. Trot o a Mask Singer ? Tienes mucho donde elegir entre todos los programas musicales que buscan prodigios de la canción.

Eunseok esbozó una sonrisa amarga mientras dejaba los huevos al lado de la nevera.

—Tienes que volver a cantar. No me digas que piensas echarte a perder frente a esa especie de dictáfono del camión. ¡Necesitas un micrófono de verdad!

—Los cantantes como Pavarotti no usan micrófono.

¡Zas!

Gumnam golpeó la espalda del joven.

—¡Eso no cambia nada! Lo que quiero decir es que es una lástima no aprovechar tu don. A mí me encanta oír tu voz todas las mañanas, pero es un desperdicio inmenso para este país. Y para ti también. Al parecer, los cantantes hasta pueden librarse del servicio militar.

Eunseok se pasó la mano por la nuca avergonzado.

Cada vez que Gumnam lo veía vestido con unos vaqueros y una sudadera con capucha gris, encontraba su destino lamentable.

¿Realmente le era imposible aspirar a algo mejor?

Su nariz era tan fina que podría hacer palidecer al actor Jung Hae-in, y las comisuras de sus labios siempre sonrientes eran preciosas.

—Tienes que ver un poco más la tele. Ofrecen trescientos millones a quien quede primero.

Trescientos millones. Piénsalo. Yo, si tuviera tu edad, ya me habría aventurado al menos tres veces.

Espera, quizá yo también debería intentarlo.

El trot no está nada mal. Canto superbién una de las canciones de Shim Soo-bong.

Con una espátula de madera en la mano, la anciana se aclaró la garganta.

Empezó a cantar Million Roses sin quitarle la vista de encima a Eunseok para ver qué pensaba de sus capacidades vocales, pero él tenía los ojos fijos en su teléfono porque acababa de recibir un mensaje de Jeongi.

Una sonrisa se le había dibujado en el rostro.

Lo mismo digo, Eunseok. No olvide los guantes. No querría que le salieran sabañones.

—¿Es Jeongi?

—¿P-perdón?

—Te lo veo en la cara. ¡Ja, ja! Toma, llévate esto para refrescarte mientras haces la ronda —le dijo mientras sacaba sikhye de una cazuela de acero.

El repartidor salió de la casa de comidas con un vaso en la mano. Cuando se sentó en el asiento del conductor y abrió la ventana, vio a Gumnam esperando fuera del local con una enorme sonrisa, a pesar de que había decidido mantenerse inexpresiva para que no le salieran más arrugas.

—Entre, hace frío. Gracias por la bebida —le dijo.

—Ten cuidado al volante y piensa en lo que te he dicho. Bueno, see you again . ¡Hasta luego!

Eunseok dejó atrás a Gumnam y su delantal beis decorado con flores silvestres para dirigirse hacia Seongbuk-dong.

Normalmente, terminaba de trabajar un poco antes de la hora de comer.

Empezaba el reparto por los restaurantes al amanecer y luego iba a Seongbuk-dong y a Pyeongchang-gun, donde las casas de lujo hasta tenían ascensor, para repartir huevos frescos ese mismo día a particulares. Con eso terminaba su jornada.

Al principio no le resultaba nada fácil, pero ahora el cuerpo se le había acostumbrado.

Podría haber aceptado un segundo trabajo por la tarde o por la noche, pero no le apetecía pensar en ello.

¿Qué iba a hacer si solo tenía una habilidad: utilizar sus cuerdas vocales para cantar?

Habría podido aprovechar su gloria pasada para publicitarse y dar clases a estudiantes de musicología o a apasionados de la música.

Sin embargo, no tenía ganas de hacerlo. Tampoco deseaba reincorporarse a una escuela cualquiera porque hacía ya mucho tiempo que lo había abandonado todo.

Durante los primeros años, se esforzó mucho por curarse, pero a medio camino cambió de opinión.

El médico le dijo que debía superar esa depresión pasajera.

Por desgracia, Eunseok ya no estaba de humor para cantar.

Perder concursos fue para él como ver un árbol de Navidad justo antes de encender las luces.

Uno rememora el tiempo de espera hasta la llegada de la Navidad.

Decora las ramas con campanillas, bolas, calcetines y guirnaldas de bombillas brillantes.

Basta con encenderlas para que el árbol quede magnífico, pero, si el botón está roto, permanecerán apagadas, y de repente, el tiempo pasa.

La Navidad más extravagante ha terminado.

No solo ese instante no volverá, sino que además queda un árbol que se está muriendo con decoraciones que uno no sabe dónde meter.

Para los patrocinadores, Eunseok se había convertido en una molestia, una preocupación que habían decidido ignorar.

Para sustituirlo, le habían ofrecido dinero al cantante que había ganado un premio.