El misterio de las recetas de la señora Jeong 2. Querido Heungmin #8
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2. Querido Heungmin #8

Mientras Haeyeong miraba a su alrededor para comprender qué estaba pasando, la gente la empujó.

Una marea humana salió de la boca del metro.

Haeyeong se cayó por culpa de la multitud y perdió la tarjeta rosa.

Estiró el brazo, pero no logró recuperarla.

La masa de gente que huía no dejaba de pisotearla.

Los gritos resonaban en todas las direcciones.

Heungmin tiró los folletos y corrió a ayudar a Haeyeong.

Detrás de ella había un hombre de unos veinte años con los ojos vidriosos que llevaba unas botas de estilo militar y avanzaba a grandes pasos.

Sus vaqueros ajustados estaban manchados de sangre.

Sostenía un arma en la mano. Heungmin se detuvo en seco.

Haeyeong, todavía en el suelo, giró la cabeza y lo vio.

—¡Heungmin, no te acerques! —gritó con todas sus fuerzas.

Se hizo un ovillo para protegerse el vientre.

Los pies del joven estaban pegados al suelo, como si estuviera paralizado.

Sintió que se volvía a convertir en Son el Mediocre, que no lograba moverse ni siquiera ante un pase decisivo delante de la portería.

Recordó el dosirak compartido con Haeyeong en el parque Naksan, que se habían comido uno con cuchara y el otro con palillos.

También volvió a ver la sonrisa de Haeyeong cuando había llevado a Tree al veterinario.

A pesar de la multitud de recuerdos que emergieron a la superficie, los gritos de la gente no cesaban.

Heungmin se frotó la cara con las manos.

Un destello le iluminó el cerebro. Se golpeó varias veces la cabeza.

«Si no hago algo ahora, ya no seré Son Heungmin, sino más bien Caca de Perro», pensó.

Levantó un pie en dirección al hombre que acababa de escupir al suelo y se acercaba a su amiga.

Se protegió el pecho con los antebrazos y, como si se hubiera convertido en el héroe de la película Black Panther , tomó impulso y corrió a toda velocidad.

Echando todo su peso hacia delante, esperaba que su deseo ardiente se transformara en un arma capaz de vencer al cuchillo que tenía enfrente.

Tenía la complexión poco intimidante de un adolescente, pero sus hombros mostraban toda su determinación.

Solo había unos metros de distancia entre ellos, aunque tenía la impresión de que estaba en la otra punta del mundo.

Recordó a Tree, tumbada en la clínica; a Yejeong tocándole la mano; a Minsu, que había robado el perfume de su hermano para él; a su abuelo, que había comprado una manta térmica en una tienda de artículos de segunda mano, así como a Gumnam, que siempre le decía «See you again» con la esperanza de verlo al día siguiente.

Cerró los ojos y se esforzó más por aumentar su velocidad.

Soltó un grito potente, como el de un bebé que acaba de llegar al mundo.

De hecho, era sin duda la primera vez que gritaba desde entonces.

—¡Ven a por mí!

¡Pum! ¡Zas!

Resonaron ruidos de choques seguidos de un estruendo.

Tras caer, Heungmin abrió los ojos. El delincuente también se había caído, y su cuchillo brillaba en el suelo.

Una mujer que vendía yogures se hizo con el arma inmediatamente.

Todo el mundo saltó sobre el hombre, pero no se sabía muy bien quién se había abalanzado sobre él primero.

Algunos le sujetaron el brazo, otros la pierna, y otra persona llamó a emergencias.

El agitador se movía como un pescado siendo vaciado sobre una tabla de madera, pero la multitud no pensaba rendirse.

El delincuente gritó que los mataría a todos.

Heungmin se apresuró a levantarse para ir a ver a Haeyeong.

Ella temblaba de pies a cabeza, todavía acurrucada para protegerse el vientre.

El estudiante de secundaria recogió la tarjeta rosa, la limpió y se sacudió la tierra de la ropa.

En un abrir y cerrar de ojos, volvía a estar limpio y le tendió la tarjeta a Haeyeong.

—Ya estás a salvo.

La enfermera abrió por fin los ojos. Se levantó y cogió la tarjeta, pero le fallaron las piernas.

—Ha faltado poco. Has estado a punto de morir, Heung­min. ¡No vuelvas a hacer eso jamás! —lo reprendió.

Para tranquilizarla, él respondió:

—Por algo me llamo Son Heungmin.

Heungmin y Haeyeong estaban sentados a una de las mesas redondas del Manna Dosirak. Orgulloso, el joven comía arroz salteado con kimchi acompañado de jamón. La mujer también se estaba dando un festín. Gumnam dejó una taza de sikhye caliente delante de ellos.

—Nos hemos librado de una desgracia —dijo inquieta.

—Ya le he dicho a Heungmin que más le vale no volver a hacerlo.

—Pensé que, si no le hacía honor a mi nombre, terminaríais llamándome «Caca de Perro» de verdad —refunfuñó él amablemente, como si los reproches no le molestaran tanto después de todo.

—Ya veo que no te gusta nada la idea de que te llamemos así, pero aun así...

Heungmin la interrumpió:

—¿Qué se suponía que debía hacer, entonces? Reviví todos los mejores momentos que había pasado con Haeyeong. Pensé en Tree y en el abuelo. E incluso en ti, Gumnam. ¿Cómo iba a quedarme de brazos cruzados? Cuando uno está motivado, ocurre la magia, eso es todo.

La anciana se sentó al lado del adolescente y le dio un golpe en la frente con su espátula de madera.

—Cuando más valor necesitas, o cuando estás más «motivado», como tú dices, no es la magia la que actúa, sino la fuerza que te han dado tus seres queridos y que recuerdas gracias a todos los buenos momentos que has compartido con ellos.

Eso es lo que te ayuda a levantarte. Podemos entenderlo como una especie de milagro...

y por tanto de magia, sí, tal vez. Pero viene de ti.

—Los buenos momentos compartidos... —repitió él.

—La próxima vez, no corras con los ojos cerrados. Si no, no vivirás para contarlo.

—¡Pero, Gumnam, por algo me llamo Son Heungmin!

«Qué bribón», pensó la anciana. Sin embargo, su risita burlona no la molestaba lo más mínimo. Había sufrido por él y estaba feliz de verlo sano y salvo. Esta vez, posó la espátula sobre los labios del joven.

Al poco tiempo, un grupo de periodistas llegó a Manna Dosirak.

Habían ido a entrevistar al joven héroe que había detenido al delincuente.

Heungmin respondió a las preguntas tímidamente, con la boca llena de arroz.

Repitió las palabras de Gumnam sobre los recuerdos que daban fuerza, lo que se convirtió en un tema de conversación viral en la sociedad.

Esa misma noche, Tree por fin se puso en pie.

Logró comer pienso y ya no necesitaba una vía.

Al día siguiente, jugando al fútbol, Heungmin anotó un gol increíble contra el equipo contrario.

A partir de ese día, nadie volvió a llamarlo «Son el Mediocre».

Una vez en Ihwa-dong, donde la nieve acumulada se había transformado en hielo, el joven observó las escaleras que debía subir para volver a su casa como si se tratara de un rito de iniciación.

Había que levantar la mirada hacia el cielo para ver el final.

Ciento diez escalones, nada más y nada menos.

Giró la cabeza y vio el mural del jugador de fútbol tomando una foto con los dedos.

Con las manos en los bolsillos, imitó su gesto.

Avergonzado, se acarició la nuca y esbozó una sonrisa incómoda, luego subió las escaleras con energía.