El misterio de las recetas de la señora Jeong 2. Querido Heungmin #7
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2. Querido Heungmin #7

Congelada por culpa del frío extremo, la puerta no cerraba bien. El viento que entraba potente le ponía las cosas aún más difíciles a Heungmin, que tuvo que empujar con fuerza el pomo, en el que habían crecido estalactitas, para conseguir cerrar la puerta de su casa.

A las tres de la madrugada, el frío era aún más mordaz de lo que había imaginado.

Estaba tiritando y no podía hacer nada al respecto.

Sin embargo, debía salir a repartir periódicos, su nuevo trabajo a tiempo parcial desde hacía unos días.

Sí, lo necesitaba para la pequeña Tree, que día tras día luchaba por mantenerse con vida en la clínica veterinaria.

Heungmin se puso la capucha del plumífero y tiró de los cordones para hacer un nudo.

Había pedido hacer su turno en Ihwa-dong, pero lo habían destinado a Seongbuk-dong, donde había más abonados.

Como no tenía permiso de conducir, le tocaba desplazarse en bicicleta.

Sin embargo, le gustaba mucho el trabajo, porque su jefe le pagaba el sueldo reglamentario.

El primer día, había empezado a las dos de la madrugada.

Su perímetro consistía en una colina, pero, al contrario que en su barrio, las casas eran majestuosas y hasta tenían pórticos de entrada.

Se detuvo delante de uno de ellos. Era al menos tres veces más alto que Heungmin.

¿Quién podía vivir ahí? El joven se quedó boquiabierto.

Realizó la entrega con facilidad porque una placa mostraba de forma clara la dirección, como si los propietarios quisieran presumir de vivir allí.

En solo unos días le cogió el truco al trabajo, y ya sabía cómo lanzar el periódico para que pasara directamente por debajo de la puerta.

La clave estaba en el movimiento de la muñeca.

Era como cuando lanzaba piedras con su abuelo para hacerlas rebotar en uno de los ríos del monte Bukhan, a donde había ido una vez en su vida.

Había que quitar toda tensión del brazo.

Entonces, el periódico se colaba por la rendija y chocaba en algún lugar del otro lado.

Heungmin gritaba mensajes de ánimo para darse fuerzas.

«¡Por Tree!». Lo repitió un poco más fuerte.

«¡Por Tree!». Su voz parecía un poco más segura que el día anterior.

¿Se debía a su estado de ánimo? El complejo de inferioridad que lo volvía tan negativo se había derretido como la nieve al sol tras haber comido arroz frito con kimchi en Manna Dosirak.

Un chico de quince años no podía hacer nada contra la pobreza, Gumnam tenía razón.

En el barrio residencial de Seongbuk, donde vivía gente rica, incluso la nieve se derretía sin dejar rastro para no molestar a nadie.

¿Tal vez alguien despejaba la carretera en cuanto empezaba a nevar?

Quizá ese alguien era un mayordomo, como los que se veían en las películas, y también arrojaba sal sobre el asfalto.

Ese impresionante espectáculo siempre dejaba a Heungmin estupefacto.

Le habría gustado que hicieran lo mismo en Ihwa.

Seongbuk se había construido nivelando las laderas de la montaña.

Ir hasta la última casa de la urbanización era como ir de excursión.

Pedaleaba como un loco desde abajo. En ocasiones, soltaba una mano del manillar para lanzar un periódico y luego seguía pedaleando.

Hoy, una vez más, había logrado terminar su misión sin contratiempos.

Por mucho que el frío viniera de Siberia, ir en bici a ese ritmo durante varias horas le hacía entrar en calor, y acababa con la frente y la espalda sudadas.

Cuando llegaba a la cima, la bici le parecía ligera.

Lo invadía un sentimiento de libertad. El viento que sentía al descender a toda velocidad sin tocar el freno era un placer indescriptible.

¡Qué regalo para Heungmin! El alba aún no se había impuesto a la noche oscura.

Antes de iniciar el descenso, ató firmemente los pocos periódicos de sobra que su jefe le había dado por si acaso.

Al estudiante de secundaria le gustaba leerlos en la escuela o dejarlos en su casa.

A veces, su primo extendía papel de periódico en el suelo antes de colocar el hornillo para cocinar panceta de cerdo. Eran útiles en muchos sentidos.

Heungmin respiró hondo. El aire glacial entró en sus pulmones.

En invierno, cuando hacía tanto frío que la puerta de su casa ya no se abría, solían caerle estalactitas de hielo sobre la cabeza mientras subía los escalones para regresar a casa.

No le gustaba esa estación fría, mordaz y dura, pero se sentía feliz de tener esa vieja manta térmica que le había dejado su abuelo.

También apreciaba el aire puro del invierno.

Respiró profundamente una vez más antes de levantar el pie derecho del suelo para ponerlo en el pedal y empujar con todas sus fuerzas.

Las ruedas de la bici cogieron velocidad. Cuando empezó el descenso, avanzó sin volver a detenerse. El muchacho soltó los pedales y estiró las piernas como si estuviera volando. ¡Cómo le gustaba esa sensación! Al pasar por delante de un majestuoso pórtico negro, vio a una persona poco abrigada.

—¿Gumnam?

Pero iba demasiado rápido y ya había pasado de largo. Heungmin intentó girar la cabeza, pero no consiguió atisbar lo que ya estaba fuera de su campo de visión.

—Seguro que es otra persona. ¿Qué iba a estar haciendo aquí a esta hora? —se dijo en voz alta.

Sacudió la cabeza con las manos todavía en el manillar y siguió descendiendo hasta que la carretera volvió a ser plana.

Cuando llegó a la escuela, se puso el uniforme en el baño. Heungmin seguía sentándose al lado de Yejeong. Su amigo Minsu le dejó una colonia para que se la pusiera.

—La colonia no es lo mismo que el perfume. ¿Quieres que te compre una? —preguntó Minsu jugando al hermano mayor.

—No, la que me diste la última vez me daba dolor de cabeza. Me mareo solo de pensarlo. Qué horror.

—No tienes ni idea. Era un perfume francés. Además, era de mi hermano. Pasé miedo cuando se lo robé.

—¿Cuándo nos van a cambiar de compañeros de pupitre? Espero que no tarden mucho.

—Quizá esta semana. Ya hace casi un mes de la última vez, ¿no? Por cierto, estás bastante fuerte. ¿Crees que debería empezar a repartir periódicos también?

Minsu hablaba solo mientras Heungmin se ponía la chaqueta cuando, de repente, lo cogió por los hombros.

—¿Crees que he crecido?

—Sí. De hecho, te prohíbo que seas más alto que yo.

—Ya soy más alto que tú.

Los chicos pusieron una mano sobre la cabeza del otro para comparar su altura.

Resultaba obvio que Heungmin era ligeramente más alto que su amigo.

Sin embargo, nadie sabía que Minsu se había puesto taloneras el día que había ido a hacerse los documentos de identidad.

Como resultado, oficialmente era un poco más alto que Heungmin.

Sentado detrás de su pupitre, este abrió un periódico.

Lo dobló de manera que no invadiera el espacio de su vecina.

Heungmin no era muy fan de la lectura, pero disfrutaba de leer las noticias, era divertido.

A su lado, Yejeong giró la cabeza para leer junto a él.

El adolescente estaba tan concentrado que no se dio cuenta.

Al menos hasta que Yejeong estiró el brazo para pasar de página y su mano rozó la de su compañero.

Este la retiró de inmediato, como si su piel hubiera entrado en contacto con un utensilio ardiente.

Yejeong, también sorprendida, esbozó una sonrisa tímida.

Las orejas de Heungmin se sonrojaron. Se le pusieron los pelos de punta y se le aceleraron los latidos del corazón. Temió que ella se hubiera dado cuenta.

—Ten, puedes leerlo —propuso él mientras le acercaba el periódico a su vecina.

Ella lo cogió sin inmutarse y pasó de página antes de sonreír satisfecha.

El corazón del joven le dio un vuelco en el pecho. Latía con tanta fuerza que parecía estar a punto de explotar. Al ver la escena, Minsu, que estaba sentado detrás de su amigo, también sonrió distraído.

—¡No se vaya sin su folleto!

Sorprendentemente, Heungmin estaba repartiendo los folletos con una voz mucho más segura de lo habitual.

A pesar de tener los ojos clavados en la publicidad de Full Power Gym, solo podía ver la sonrisa de Yejeong.

De repente, volvió a sonrojarse. Sin lugar a dudas, los periódicos eran útiles en muchos sentidos.

No obstante, no muchos viandantes cogían un folleto. Hacía tanto frío que nadie quería sacar la mano del bolsillo. Solo los pocos temerarios que miraban el móvil al salir del metro se atrevían.

Era la tarde de un miércoles. Como siempre, Heungmin había quedado con Haeyeong para comerse un plato copioso en Manna Dosirak.

Al principio, nada más empezar con el reparto de periódicos, le costaba mantenerse despierto hasta la hora de cenar, pero ahora que se había acostumbrado le resultaba más fácil.

Tenía la sensación de estar más en forma y de haber crecido porque desde hacía un tiempo se acostaba pronto, aunque los periódicos también le servían de excusa para no estudiar más de lo necesario.

En ese instante, vio a Haeyeong saliendo de la estación de metro Hyehwa con una sonrisa radiante en los labios. Ella agitó en el aire una tarjeta rosa de mujer embarazada 2 para enseñársela a Heungmin.

—¡Mira! —exclamó mientras se acariciaba el vientre. Su rostro brillaba de alegría—. ¡Estoy oficialmente embarazada!

—¡Guau! —gritó él sin darse cuenta.

Heungmin también sonrió y, de repente, recordó el momento en el que su mano había tocado la de Yejeong y se sonrojó. «Recomponte, Heungmin, deja de pensar en ella», se dijo.

—¡Nooo! —gritó alguien.

A continuación, se oyeron unos gritos penetrantes.

—¡Aaah!