El misterio de las recetas de la señora Jeong 2. Querido Heungmin #6
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2. Querido Heungmin #6

Haeyeong experimentó un sentimiento de amargura al escuchar esa voz rebosante de alegría.

Heungmin levantó la cabeza, echó un vistazo a la televisión y volvió a bajarla.

Tenía el corazón encogido y estaba al borde del desvanecimiento.

Mantenía los puños cerrados y la nariz arrugada para evitar llorar, pero solo era un niño.

De repente, estalló entre sollozos, como si le diera absolutamente igual lo que pensaran los demás.

Porque su gata se estaba muriendo. Porque ese pequeño ser era su única familia.

Se sentía más impotente que nunca y sentía que el mote «Son el Mediocre» le venía como anillo al dedo.

Haeyeong le acarició la espalda. Cuando el ritmo de su respiración se calmó un poco, le dijo con delicadeza:

—Tengo hambre, ¿tú no?

Haeyeong pagó la hospitalización. Heungmin ya no tenía absolutamente nada, pues su primo le había robado la tarjeta de ayuda alimentaria.

—Te lo devolveré, te lo prometo.

—Por supuesto, sé que lo harás. Sin embargo, me gustaría que te tomaras tu tiempo. Yo decidiré la fecha límite —respondió ella mientras le tiraba de la manga—. Ven, vamos a comer algo. ¿Crees que Manna Dosirak estará abierto a estas horas?

Eran las nueve de la noche pasadas. En condiciones normales, la casa de comidas habría estado cerrada.

Las luces de la fachada y de la sala deberían haber estado apagadas.

Pero esa noche la cocina seguía encendida.

Gumnam aún no se había ido a su casa. Aliviada, Haeyeong llamó a la puerta de vidrio pensando que era mejor no entrar directamente para no asustar a la dueña.

—Heungmin, ¿te apetece un arroz frito con kimchi? Le añadiré jamón. Sé que te gusta. ¡Y lo haré menos picante! —se apresuró a decir al ver al muchacho con una cara tan descompuesta como una alubia roja hervida en agua.

Gumnam encendió los fogones y vertió aceite en la sartén.

En cuanto este empezó a calentarse, añadió el kimchi finamente picado y una cucharada de azúcar, luego lo removió con una espátula de madera.

Después de unos minutos, incorporó el jamón cortado en dados y, cuando estuvo dorado, llenó la sartén de arroz blanco.

Removió todo de nuevo y omitió la pimienta por el bien de Heungmin.

Dejó reposar el plato mientras buscaba otro utensilio para hacer huevos fritos.

Al ver la yema justo en medio de la clara, pensó en las margaritas que Jeongi le había dibujado en las uñas.

¿Odeuli estaría profundamente dormida? La madre y su hija se habían marchado apenas dos semanas antes, pero Gumnam ya las echaba de menos.

Sin dejar de sonreír, colocó los huevos poco hechos sobre el arroz salteado. El plato estaba listo.

—Coged una cuchara —ordenó la anciana.

Heungmin y Haeyeong las levantaron de inmediato.

Incluso antes de que la sartén estuviera completamente apoyada sobre la mesa, ambos ya se habían abalanzado sobre ella y devoraban su primer bocado.

A pesar de una condimentación minimalista, el plato estaba delicioso.

Ya fuera en sopa, salteado o al vapor, el kimchi hacía el ochenta por ciento del trabajo.

El joven había roto la yema de huevo y, al comer, se había manchado de aceite la comisura de los labios. Gumnam cogió una servilleta de papel y lo limpió. Bebió un trago de sikhye bien fresco antes de comenzar un largo discurso.

—Hay que ser valiente para pedir ayuda cuando uno recibe un golpe duro.

Los jóvenes de hoy en día trabajan para pagarse un iPhone, pero tú, tú eres excepcional.

Tú repartes folletos temblando porque eres tímido para salvar a Tree.

Lo has dado todo para proteger lo más valioso que tenías.

Así que yo he esperado. Me he preguntado muchas veces cuándo me hablarías por fin de los gastos veterinarios.

Heungmin, espero que hoy hayas aprendido esta lección: pedir ayuda es de valientes.

Cuando no aceptamos una mano tendida, perdemos muchas cosas, y a veces las podemos perder para siempre.

—Yo... Tenía miedo de que me odiara si le pedía dinero cuando además pago con una tarjeta de ayuda alimentaria —respondió con la boca llena.

Gumnam le dio al muchacho un golpe en la frente con una cuchara.

—¿Desde cuándo ser pobre es un delito? Además, ¿cómo va a ser tu culpa cuando tienes quince años?

—¡Au!

—A veces la vida es cruel, pero también hay muchos adultos buenos. Como nos tienes frente a tus ojos, quizá no te des cuenta. Pero tú no eres más que un teenager , Heungmin.

Haeyeong asintió con la cabeza para mostrar su acuerdo.

—¡Eso es totalmente cierto!

—En momentos como este, me decepcionas y pienso que no mereces tu nombre. Habría que cambiarlo. ¿Qué te parece kaettong ?

—¿«Caca de Perro»? ¡Oye, Gumnam! ¡Está exagerando!

—Tienes razón. Debes conservar tu nombre. Al fin y al cabo, fue tu grandfather quien te lo puso, ¿no?

Gumnam y Haeyeong intercambiaron una mirada antes de estallar en carcajadas. Por fin, una sonrisa se dibujó en los labios del muchacho.

Gumnam seguía estudiando inglés en la cocina porque deseaba visitar a Munjeong, que se encontraba en Nueva York, al año siguiente.

Ese día tenía una prueba oral con su hija para comprobar sus conocimientos.

Por eso solamente había cortado el repollo de la ensalada del día siguiente, para dedicarse después a memorizar vocabulario.

No había nada de malo en ello, al contrario, Gumnam estaba encantada con la situación.

Antes de su muerte, el abuelo de Heungmin iba a Manna Dosirak para recoger los desechos de cartón.

Los otros recolectores sacudían los cartones de las espinacas o los repollos llenos de tierra y ensuciaban el camino frente al local, pero el abuelo de Heungmin era diferente.

Él limpiaba la suciedad con la ayuda de pañuelos que había preparado de antemano y no los abandonaba tras de sí.

Tenía más o menos la misma edad que Gumnam; vivía una vida muy difícil, pero seguía siendo amable.

La señora Garaetteok, la vendedora de pasteles de arroz, le hablaba a menudo de él.

Solo tenía un hijo, que estaba desaparecido, y su nuera se había largado.

En pocas palabras, ninguno de los dos vivía con él.

Se ocupaba de Heungmin desde que el pequeño tenía diez años, pero nunca se había portado mal con él.

Cada invierno, incluso cuando caían grandes copos de nieve, su carretilla dejaba trazas sobre el suelo. Era muy trabajador.

Gumnam sentía respeto por él, pero también compasión.

Además, tenía la impresión de que eran compañeros, de alguna manera.

Cuando, durante la noche, las tormentas de nieve hacían estragos, él llegaba a primera hora de la mañana para despejar el camino y que los clientes del pequeño restaurante pudieran pasar.

En definitiva, era un hombre muy atento y esa era una de las razones por las que Gumnam también sentía un afecto especial por Heungmin.

Estaba observando al joven mientras este comía plácidamente cuando, de repente, le sonó el teléfono. Una burbuja azul apareció en la pantalla de su iPhone.

Jeong Gumnam, no eres muy aplicada como estudiante. Te perdono esta ausencia, pero te advierto que mañana te haré una prueba más difícil.

Gumnam rio. «¡Menuda venganza! De todos modos, no serán más que garabatos», se dijo a sí misma.

Volvió a sonar un teléfono. Esta vez era el de Heungmin. Había recibido una llamada de la clínica veterinaria. Tree había recuperado el conocimiento. El estudiante de secundaria dejó la cuchara, se tragó rápidamente un último bocado de kimchi y corrió hacia la salida.

Haeyeong y Gumnam se quedaron solas. La enfermera se estaba atiborrando de arroz de nuevo y, mirando el fondo de la sartén, soltó:

—No veo su mensaje. Es muy triste, me encanta leerlos y reflexionar sobre lo que escribe. ¡Me dan fuerzas! ¿Sabe qué? A veces la imagino pronunciándolos.

—Ah, ¿sí? En ese caso, hoy puedo hacerlo en vivo y en directo.

Haeyeong juntó las manos y sonrió de oreja a oreja.

— Your smile is like sunshine. Se parece al hada Florence Nightingale. Pero ¿sabe qué?

Haeyeong sonrió todavía más mientras esperaba la continuación. Con unos brillantes ojos amables, Gumnam prosiguió:

—Me duele en el alma verla sonreír así. No tiene por qué fingir.

De repente, un río de lágrimas brotó de los ojos redondos de la enfermera.

Era como si la tristeza le hubiera invadido el cuerpo entero.

Se le pusieron los ojos rojos y le empezó a picar la nariz.

Haeyeong tuvo la impresión de que la anciana había lanzado una flecha directa a una herida que escondía en lo más profundo del corazón.

Cerró los párpados y le temblaron por culpa de la emoción.

Su boca los siguió. Gumnam no dijo ni una palabra.

Solo escuchaba su tristeza silenciosa y al mismo tiempo más ruidosa que el viento invernal que soplaba en el exterior.

En ese instante, Haeyeong se decidió a hablar:

—Me daba miedo derrumbarme si aceptaba la tristeza enterrada en mi interior.

Dicen que todo va bien cuando uno se mantiene positivo.

Eso es lo que siempre veo en los libros y en la televisión.

No sé qué hacer aparte de sonreír. Después de oírla, siento que estoy haciendo el tonto.

Soy una idiota que no sabe enfrentarse a la pena y al dolor.

Si al menos me hubieran apuñalado y estuviera sangrando, sabría que hay que desinfectar, poner puntos de sutura o vendar. Pero estoy perdida.

Gumnam le tomó la mano.

—Basta con mantenerse viva, tal y como lo está haciendo ahora mismo.

Haeyeong, que siempre era prudente en sus gestos, terminó por romper en sollozos.

—Piense siempre en usted y en sus sentimientos primero. Reflexione. ¿Necesita Betadine, puntos de sutura o un vendaje? Las heridas invisibles son las más difíciles de curar.

Las manos de Gumnam estaban arrugadas, pero para Haeyeong tuvieron el efecto de una pomada suave que le sanaba el corazón.