2. Querido Heungmin #5
—Venga, te voy a dar una clase particular.
Escucha bien. ¿Ves a la gente que pasa por delante de ti?
Háblales como si ya los conocieras. Lo más importante es mirarlos a los ojos.
Si lo haces, se detienen. Piensan que, tal vez, ya te conocen, o que ya te han visto en algún sitio.
Es instintivo. En ese momento, les hago un cumplido, y así ya los tengo casi conquistados.
Luego, poco a poco, les pregunto si ya tienen sus entradas.
Empezamos a hablar de la obra. La gente viene a Daehak-no por el teatro.
Así que, si se topan con alguien a quien creen conocer y es simpático con ellos y aún no tienen entradas, me compran las mías y ya está. ¿Lo has entendido?
Heungmin pensó que Shinpung se parecía a Minsu.
Fanfarroneaban de forma similar. Sus cejas también eran casi idénticas a las de su amigo.
Sin embargo, Minsu le había contado que su hermano mayor había sido admitido en la Facultad de Derecho, por lo que era imposible que vendiera entradas para el teatro en la calle.
—Hummm...
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Ya llegan los dosiraks.
Gumnam salió de la cocina con las fiambreras llenas de comida.
—¡Me has dado un susto!
Shinpung fingió enfadarse por la payasada de Heungmin, que sonreía.
Pensó que le gustaría pasar más tiempo con él.
—Bueno, muchas gracias por tus consejos.
Heungmin estaba entusiasmado gracias a los secretos que le había revelado la leyenda viva de la distribución de entradas.
La comida de hoy consistía en el plato favorito del joven: cerdo guisado con salsa de soja y setas enoki, que crujían al morderlas.
Incluso había una guarnición de carne para Tree.
El adolescente se dirigió alegremente hacia Ihwa-dong mientras daba patadas a una piedrecita.
La fue desplazando sin que lo detuviera ningún semáforo en rojo.
Por una vez, no sintió ningún resentimiento contra el Son Heungmin dibujado en la pared junto a las escaleras.
Dejó la piedrecita y subió los escalones uno a uno.
Ni siquiera esas escaleras de las que siempre se quejaba le resultaron tan pesadas aquel día.
Le era imposible agarrarse a la barandilla, ya que estaba helada por culpa del frío, pero subió los escalones con determinación.
Una vez en casa, tenía pensado encender la manta térmica que usaba su abuelo antes de morir y comerse el dosirak sentado sobre ella.
Con Tree, por supuesto. Heungmin estaba tan feliz que tarareaba.
Un poco más tarde, tenía una cita con Haeyeong, que debía llevarle mandarinas.
Introdujo la llave en la cerradura situada junto al pomo, pero no la giró. Solo tuvo que empujar la puerta. Su primo, ese famoso holgazán, estaba en casa.
—¡Mi pequeño Heungmin! ¡Mi estrella internacional!
Le tomaba el pelo todos los días, pero Heungmin no podía renegar de él, ya que era su única familia.
—Hola. ¿Dónde está Tree?
—Está durmiendo.
Mientras cruzaba la cocina para llegar al dormitorio, vio, tumbado sobre la manta de su abuelo, a su primo, a quien se le hizo la boca agua con solo ver la bolsa de plástico con la comida.
Heungmin, por su parte, buscaba a Tree con la mirada.
A la gata le gustaba el calor y se tumbaba sobre la manta siempre que tenía la ocasión, estuviera encendida o no.
Pero esta vez no la encontraba por ninguna parte.
—¿Dónde está Tree?
—Ya te he dicho que está durmiendo. Seguro que se ha escondido en algún rincón. Quizá haya salido. Ya sabes que suele hacerlo.
El primo de Heungmin se acercó para quitarle la bolsa de plástico que llevaba en la mano. Sacó la parte destinada a Tree, quitó la tapa y empezó a comer la ternera marinada con los dedos.
—Esta cocinera es una bendición. Su comida está buena y no escatima en cantidad. ¿Cuánto te queda en la tarjeta de ayuda alimentaria?
Heungmin detestaba a su primo cuando intentaba quedarse con su tarjeta, así que ni siquiera le contestó. Abrió el armario de tela, pero Tree tampoco estaba ahí.
—¡Tree! ¿Dónde estás? —preguntó con voz suave.
—Deja de creerte importante. No te voy a quitar la tarjeta. A mí también me molesta que necesites eso para comer, ¿qué te crees?
Heungmin no le hacía caso. Tree, que siempre estaba frente a la puerta incluso antes de que él tuviera tiempo de llamarla, hoy no aparecía por ninguna parte.
Un sudor frío le recorrió la espalda. Le había dado la vuelta a la manta térmica y había sacado la ropa del armario, que olía a naftalina, los únicos lugares donde podría haberse escondido, pero había sido en vano. La gata tricolor había desaparecido.
El chico se dirigió a la cocina. Abrió las puertas de los armarios situados junto al fregadero por si acaso, pero Tree tampoco estaba ahí.
Se hizo un ovillo en el suelo mojado y por fin la vio debajo de la nevera.
Bolas de pelo blanco cubrían el suelo y la gata yacía estirada de espaldas. Con los ojos cerrados.
Heungmin la cogió enseguida. La nevera, apuntalada de cualquier forma con una tarjeta de visita de una empresa de transporte, se tambaleó, pero eso no tenía ninguna importancia.
Las patas traseras de la gata se deslizaron de un extremo a otro.
Se le caía el pelo allí donde Heungmin le tocara.
Mechones de su fino pelaje blanco se desprendían.
El estudiante tomó al animal en brazos y le acarició la cabeza en vano.
No se movía. Heungmin se asustó. Sentía que el cuerpo de la gata estaba cada vez más frío. Lo envolvió entre su ropa.
—¿Qué le pasa? ¿La vas a llevar al hospital? Por cierto, Heungmin, ¿me prestas tu tarjeta? Tengo que ir a Jeonju esta noche. Probablemente me quede allí nueve días. Es para cambiar el papel pintado de un motel.
Heungmin no escuchó nada de lo que su primo decía a su espalda.
—Esta vez te prometo que te lo devolveré todo. Siento que puedo recomponerme. ¡Te lo juro! Solo nos tenemos el uno al otro. Confías en mí, ¿verdad?
A Heungmin no le gustó ver a su primo rebuscando entre sus cosas para encontrar su tarjeta de ayuda alimentaria, pero no tenía tiempo para eso. Con Tree en brazos, dio una patada a la puerta para abrirla y bajó las escaleras a toda velocidad.
—Tree, te lo suplico. ¡Aguanta! Me van a pagar al final de esta semana. Podré curarte, solo tienes que aguantar un poco —le dijo.
Después de saltar unos escalones, vio a Haeyeong subiendo. Ella se sobresaltó al ver al chico llorando a lágrima viva, asustado.
—¡Heungmin! ¿Es Tree? Date prisa, pero ten mucho cuidado con dónde pones los pies. ¡El suelo resbala!
Heungmin, que era un joven de segundo curso de secundaria, corría más rápido que Son Heungmin, la estrella del balón, en un campo de fútbol.
Tree le daba la fuerza necesaria para descender las escaleras de ese barrio humilde a una velocidad récord.
Era un movimiento tan exagerado que sus pies ya no se distinguían.
Haeyeong, sin aliento, lo seguía a duras penas. Las mandarinas se le cayeron de la bolsa de punto. Se agachó para recoger algunas, pero se rindió rápidamente para no perder a Heungmin.
La anemia había provocado que Tree colapsara.
Ese fue el diagnóstico del veterinario. Debía quedarse varios días hospitalizada para recibir una transfusión de sangre.
Haeyeong había oído hablar de que las clínicas veterinarias también tenían bancos de sangre para poder hacer transfusiones en caso de emergencia, pero no estaba muy familiarizada con ese ámbito.
El servicio que se encargaba de los perros se encontraba en Kangwon-do, y el de los gatos estaba en Daegu.
Era imposible recibir el preciado líquido ese mismo día.
El médico llamó apresuradamente a todas las clínicas de los alrededores para encontrar una solución.
Una hora más tarde, les entregaron una bolsa de sangre de un color rojo burdeos.
Heungmin no podía estarse quieto; iba y venía por el pasillo.
Para poder tratar a la gata, le colocaron una vía en la pata delantera izquierda.
Se oyó el sonido de una máquina y la transfusión por fin pudo comenzar.
Necesitaban al menos dos bolsas, pero el veterinario solo había podido conseguir una.
Así que volvió a llamar por teléfono a sus compañeros.
—He repartido demasiado rápido todos los folletos, me han traído mala suerte —murmuró Heungmin.
—No te preocupes, ahora está en buenas manos...
—¡No puedo más! Pensaba llevarla a la clínica a finales de semana, en cuanto cobrara mi sueldo...
—Hummm.
—Si lo hubiera sabido, habría intentado pedir dinero prestado. Pero preferí hacer el idiota. Le debería haber pedido dinero a Minsu o a la dueña de Manna Dosirak. Si Tree muere, no...
—No has hecho el idiota. Has querido protegerla por ti mismo con todas tus fuerzas.
—Pero no lo he conseguido. Puede que se muera. Siempre me he avergonzado de no tener dinero porque los demás se burlan constantemente de mi tarjeta de ayuda alimentaria. Me daba demasiada vergüenza pedir prestado algo para curarla. Todo esto es culpa de mi orgullo.
Al mismo tiempo, la televisión de la sala de espera estaba emitiendo el telediario.
«En el vídeo del día, pueden ver el excepcional gol del jugador Son Heungmin. Les deseamos que pasen una noche emocionante mientras disfrutan de nuevo de esta magnífica escena que provoca escalofríos de placer».