2. Querido Heungmin #4
Cocinar con chile es doloroso para las manos. La piel puede picar hasta varias horas después de haber estado en contacto con el chile en polvo. Hoy yo me encargo del sufrimiento con este plato picante, así que a ti te toca ser feliz. «Have a nice day!».
Una lágrima se deslizó por su mejilla. Echaba de menos a su padre.
Fue él quien le preparó el dosirak a Haeyeong cuando se presentó al examen de acceso a la universidad, en lugar de su madre, fallecida demasiado pronto.
Pero, si lo llamara en ese momento, le preguntaría por qué tenía la voz tan débil y por qué lloraba.
Se preocuparía, pensaría que quizá sus compañeros del hospital la acosaban.
Escuchar su voz le habría venido bien; sin embargo, Haeyeong se contuvo.
En lugar de marcar su número, dio un sorbo al sikhye , sobre el que flotaban trocitos de arroz machacado.
Esa bebida reflejaba toda la destreza de Gumnam.
Era dulce, fresca y ligera. Era un sabor imposible de imitar, que poco a poco disipó la tristeza de la enfermera.
La mujer dejó de lado sus sentimientos negativos y se dirigió al servicio de pediatría.
Sonrió con valentía. Cuando, como de costumbre, saludó cordialmente a sus compañeros, la recibieron por todo lo alto.
Se formó una nube de polen en el aire. Haeyeong, que acababa de entrar, se llevó una gran sorpresa.
Las otras dos enfermeras presentes en la habitación tenían en las manos una tarta con velas amarillas decoradas con un emoticono sonriente.
Haeyeong había ganado una vez más el premio a la enfermera más simpática y todo su equipo había recibido una recompensa.
—¡Hemos recibido una prima gracias a ti! ¡No pierdas nunca la sonrisa, por favor! ¡Ja, ja! —dijo la enfermera jefa.
Si sonreír podía hacer feliz a todo el mundo, Haeyeong estaba dispuesta a mostrar su alegría tanto como pudiera. De todos modos, no le costaba nada.
—¡Podrías sonreír, al menos! —le dijo Minsu a Heungmin cuando Yejeong se fue a comer al otro lado del comedor con sus amigas.
—Ojalá pudiera.
—También es una forma de reaccionar cuando alguien cuenta algo.
—Lo sé, pero me da miedo tener un trozo de chile entre los dientes...
Minsu se levantó exasperado.
—Déjalo, ya voy yo.
—¿A dónde?
Heungmin alzó la cabeza para mirar a Minsu.
—A hablar con nuestro profesor. Le voy a decir que a mi compañero Heungmin le va a acabar dando un infarto de tanto estar sentado al lado de Yejeong y que tiene que cambiarlo de sitio.
¿Por qué te comportas de esta forma? Ya no comes, no te mueves ni un centímetro y ni siquiera vas al baño a hacer caca.
Un silencio invadió el aula ante la palabra caca . Los alumnos que estaban comiendo se volvieron hacia ellos quejándose de que la conversación estaba tomando un rumbo desagradable.
—¡Cállate! ¡Me estás avergonzando!
Incluso cuando se enfadaba, Heungmin lo hacía en voz baja y se tapaba la boca con la mano.
Al verlo comportarse así, Yejeong se rio.
Era una alumna modelo de piel radiante, pelo corto y a quien el uniforme escolar le quedaba especialmente bien.
Avergonzado, Heungmin esquivó su mirada y removió la ternera guisada que había en su bandeja.
La carne le recordó a Tree. ¿Habría comido?
Su periodontitis se había agravado en los últimos días.
Tenía la piel amarillenta y las encías blanquecinas, como si la anemia se hubiera hecho con ella.
Decidió que debía llevarla al veterinario.
Para ello, primero tenía que repartir el máximo de folletos posible.
Incluso pensó en buscar un segundo trabajo.
Cuando un menor recibía la autorización de sus padres, se le pagaba el salario mínimo por hora, pero Heungmin no tenía tutor legal desde la muerte de su abuelo, un año antes.
Todos los documentos de la escuela los firmaba su primo, adicto al juego.
Por eso no podía decirle que ganaba dinero.
—¿Tree sigue sin poder comer? —le preguntó Minsu, como si hubiera leído los pensamientos de su amigo.
Dejó el guiso de ternera que tenía en su bandeja sobre la de Heungmin.
—No.
—En ese caso, deberías comer por los dos. Serás más eficaz en tu reparto de folletos. ¿Quieres que te ayude? Te recuerdo que soy mayor que tú.
—Deja de jugar al hermano mayor. Tienes que ir a tus clases de la tarde.
—Qué más da si voy o no, voy a ser el primero de la clase de todas formas. No me sirven de nada.
Minsu tenía razón. Había tenido la suerte de nacer con una capacidad intelectual excepcional.
—Me estás sacando de quicio.
—Eso es lo que siempre se dice de los genios. Por eso nuestro profe insiste en que estudiemos juntos. Yo soy el primero, y tú, el último.
—La verdad duele.
—Tienes razón, ya paro. Que aproveche. Vamos a jugar un partido contra la clase de al lado. ¡Recarga energías, mi pequeño Son Heungmin!
—¡Para ya!
Minsu inició el partido dándole una patada al balón. Su orgullo estaba en juego. Unos días antes, su equipo había perdido por un error de Heungmin, y había llegado la hora de la revancha. Era una cuestión de vida o muerte, ya que Yejeong seguía entre el público.
Por desgracia, el resultado volvió a ser decepcionante: perdieron uno a cuatro. Una vez más, la culpa de la derrota recayó sobre Heungmin. Sus rivales se burlaban de él, lo que le enfurecía, pero su timidez le impedía enfrentarse a ellos. En su lugar, fue Minsu quien gritó:
—¡Heungmin no estaba en su mejor momento! ¿Y qué? ¿Eso significa que Cha Eun-woo no tiene derecho a tener un mal día? ¡Nadie es perfecto!
—Basta, Minsu. Estás empeorando la situación.
Mientras se refrescaba la cara en una fuente, Yejeong se acercó a él. Las orejas de Heungmin se pusieron rojas. Continuó echándose agua en la cara porque no quería cruzarse con la mirada de Yejeong, pero Minsu le dio un codazo en el costado.
—¿Quieres ahogarte o qué? No vale la pena, te has defendido bien.
Como si estuviera esperando a Heungmin, Yejeong dejó correr el agua del grifo durante un buen rato para lavarse las manos. Entonces llegó el capitán del equipo contrario, que había marcado tres de los cuatro goles.
—¿Tú eres el que reparte folletos? Por lo que parece, también tienes una tarjeta de ayuda alimentaria. Son el Mediocre. Sinceramente, haces honor a tu nombre —concluyó antes de marcharse.
A Heungmin le resultaba imposible levantar la cabeza.
No había nada de falso en lo que acababa de decir el capitán.
En el momento en que Heungmin se enderezó, Minsu ya estaba corriendo hacia el capitán.
En ese instante, cruzó una mirada con Yejeong antes de volver a bajar los ojos.
Había conseguido detener a Minsu, pero el capitán, furioso, le dio un puñetazo en la cara.
Aquel día, los dos amigos salieron juntos del instituto con moratones alrededor de los ojos porque se habían defendido mutuamente de su acosador.
Maldiciendo el despiadado sistema escolar que informaba a los padres en tiempo real por SMS ante el más mínimo problema, Minsu no pudo faltar a las clases de la tarde y se presentó en el instituto privado mientras Heungmin iba a repartir folletos cerca de la estación de Hyehwa.
Gracias a sus moratones, se ganó la simpatía de los transeúntes, que cogieron más folletos de lo habitual.
Tenía la terrible sensación de estar mendigando.
«Intervengo para impedir que se meta en una pelea y soy yo quien recibe los golpes.
Minsu me las pagará», se dijo. Curiosamente, la gente hacía cola delante de él para coger folletos.
¿Qué estaba pasando? ¿Era por la época? ¿Había más clientes a principios de año por los nuevos propósitos?
¿Pensaban adelantarse un poco este año? El muchacho estaba teniendo un golpe de suerte.
El moratón que le rodeaba el ojo izquierdo le dolía, pero estaba contento.
Ese día no le daría vergüenza enfrentarse a su jefe.
Esa energía le dio fuerzas para hablar más alto.
Le dolía la garganta, pero no se detuvo.
—¡Gracias! ¡No olviden apuntarse al Full Power Gym!
Por primera vez, había repartido los trescientos folletos que le habían dado, y se dirigió a Manna Dosirak con el corazón tranquilo.
Mientras repartía los folletos de presentación de su obra de teatro, Shinpung vio a Heungmin.
—¡Jefa! ¡Tiene un cliente!
Gumnam estaba cocinando frente a los fogones, donde los azulejos pentagonales formaban un mosaico.
—¡Ya voy! Heungmin, ¿eres tú?
Shinpung, que había oído la voz de la cocinera, soltó una carcajada.
—¿Y tu nombre es Son?
—Sí —respondió Heungmin con aire molesto.
Shinpung soltó una carcajada.
—Lo siento, no pensaba que de verdad te llamaras Son Heungmin. ¿Juegas bien al fútbol?
—Estoy harto, todo el mundo me pregunta lo mismo.
Le sorprendió no haber sentido vergüenza al responder, sobre todo porque era la primera vez que veía a ese chico.
Bueno, le parecía haberlo visto antes repartir los folletos.
Estaba haciendo publicidad de su obra de teatro.
Cada fin de semana, la gente hacía cola delante de él para conseguir entradas.
Para Heungmin, Shinpung era un maestro del reparto.
—A veces la vida no tiene nada de divertido. De hecho, a menudo yo estoy harto de la mía. Pero también hay momentos emocionantes, como este.
—Oye, tú eres...
—¿De qué hablas?
Los dos jóvenes podían oír a Gumnam cocinar: la espátula de madera golpeaba la sartén.
—Tú eres el que vende entradas en la puerta del parque Marronnier, ¿no? Siempre hay cola.
Shinpung se echó el pelo hacia atrás, como si estuviera orgulloso de que alguien lo hubiera reconocido, y adoptó una expresión teatral.
—¡Pues sí, soy yo!
—¡Eres una leyenda viva! Todos los que reparten folletos te conocen. ¿Cuál es tu secreto?
—No hay ninguno. Tengo una cara bonita, eso es todo.
—¿Una cara bonita?
—Sí, soy un tipo guapo.
—No lo creo, no —dijo Heungmin, que había aprovechado la oportunidad perfecta para vengarse.
Shinpung carraspeó.