2. Querido Heungmin #3
Heungmin se detuvo frente al parque Naksan.
El aire frío del invierno convertía su aliento en un humo blanco que le salía de la boca.
El chico había hecho tal esfuerzo físico que estaba sudando.
Al verlo, a Haeyeong le entró la risa. Sin saber muy bien por qué reía, él la imitó. Juntos, no podían parar de reír.
—¿Goni? ¿Te refieres al número uno de los ludópatas?
Haeyeong y Heungmin compartían el dosirak de Heungmin sentados en un banco desde donde se divisaba el monte Bukhan y, a sus pies, Jong-ro, el centro de Seúl.
—Sí, es el sueño de mi primo. ¡Pero ya se está pasando! Intentar quitarme mi tarjeta de ayuda alimentaria es asqueroso —exclamó el joven con un sentimiento de injusticia y los labios llenos de salsa de soja.
—Lo siento mucho, no debería reírme, pero es ridículo. Debería hacérselo mirar, ¿no?
—Yo qué sé. No deja de decir que soy frío con él, que le clavo puñales por la espalda, cosas así, ya sabes.
Heungmin nunca había visto la película Tajja: sineui son porque no era apta para menores, pero la echaban en la tele y su primo la veía tan a menudo que Heungmin se sabía los diálogos casi de memoria. Ya no soportaba la voz de su primo cuando imitaba mal al detective.
—Existen centros de desintoxicación para los adictos al juego. Si los buscas en internet, encontrarás la lista de los organismos que pueden ayudarlo...
—Sale de casa a primera hora de la mañana para pegar carteles y cuando termina se va a jugar. No entiendo por qué continúa cuando siempre pierde todo su dinero. Antes, volvía de cuando en cuando a casa; ahora, viene máximo una vez por semana.
A Heungmin le costaba creer que le estuviera contando todos esos detalles íntimos a una desconocida cuando normalmente era tímido y reservado.
Delante de Haeyeong, las palabras le salían solas.
Sin duda se debía a la amabilidad de aquella mujer de treinta y tantos años, que se reflejaba incluso en su cabello alborotado por el viento.
El muchacho abrió la bolsa en la que Gumnam había metido carne para Tree.
En cuanto la colocó sobre la tapa del vaso donde estaba el caldo, la gata maulló y empezó a lamer la comida con su pequeña lengua.
Le costaba masticar —la gata olía el delicioso aroma sin poder comérselo—, así que cortó la carne en trozos aún más pequeños.
—Así que esta es Tree —dijo Haeyeong mientras acariciaba la cabeza del animal.
—Sí, es muy simpática. A veces sale a dar una vuelta, aunque hay que decir que suele ser para evitar a mi primo. A menudo salimos los dos juntos por la noche. Cuando ronca, parece que la casa se va a derrumbar.
—¡Ja, ja! Eres muy gracioso. Deberías ser así de abierto cuando repartes folletos, te ayudaría. ¿Tienes muchos complejos?
Con la mano delante de la boca, Haeyeong miró al chico. Al verlo bajar la cabeza, soltó los palillos. Hasta ese momento, ella había estado comiendo con ese utensilio, mientras que él usaba una cuchara.
—Si te hablo de mi complejo, ¿estamos en paz?
Hace diez años que intento tener un bebé, y no lo consigo.
Las fecundaciones in vitro han fracasado varias veces.
En este momento, siento remordimientos. Cuando mis amigas se quedan embarazadas, siempre soy la última en enterarse.
Lo hacen por mí, pero, aunque lo sé, me hace sentir mal.
¿Acaso, a sus ojos, parezco una especie de anciana amargada que ni siquiera es capaz de alegrarse por sus amigas? Me molesta.
Haeyeong también bajó la cabeza y volvió a acariciar al gato. Él tragó saliva mientras Tree ronroneaba. No sabía qué responder y asintió con la cabeza para indicar que se contentaba con escuchar. Así que Haeyeong continuó:
—En las noticias, a veces hablan de delincuentes que cometen atrocidades contra los niños.
Se comportan como animales. ¿Sabes de qué hablo?
En ocasiones, cuando oigo hablar de esos casos, me pregunto por qué yo no tengo hijos.
Si tuviera uno, lo cuidaría de maravilla.
Lo querría y lo apreciaría durante toda mi vida.
Alguien me dijo que la diosa de la fertilidad, la Abuela Samshin, hace todo lo posible para poner obstáculos en el camino de aquellos que desean demasiado un embarazo.
Por el contrario, enviar un bebé a quienes no lo quieren es una forma de castigarlos por lo que hicieron en una vida anterior.
Así que he decidido odiar a los niños a partir de hoy.
Con los ojos llorosos, Haeyeong se levantó y juntó las manos mientras hablaba en voz alta.
—¡Abuela Samshin! ¡No me des un bebé, por favor! ¡Los odio! ¿Me oyes?
—Estoy seguro... de que hará lo correcto —dijo tímidamente Heungmin, como lo habría hecho cualquier joven ante una conversación como esa.
Aunque su voz era tan débil como la de una hormiga, la enfermera entendió su intención.
Se sentó y se metió en la boca un buen puñado de arroz.
Con ayuda de los palillos, alternó entre el arroz y los brotes de soja marinados.
El muchacho intentó cortar los trozos de cerdo cocinados en salsa de soja antes de llevárselos a la boca.
La carne se cayó varias veces de la cuchara.
Ella la cogió con los palillos para colocarla en la cuchara del chico.
Heungmin se tragó el trozo. Inmediatamente, la mujer cogió unos brotes de soja y un rollito de huevo y los volvió a poner en la cuchara, ya que al joven le resultaba difícil cogerlos de otra manera.
Cada vez que lo hacía, él asentía con la cabeza para darle las gracias. Ambos intercambiaron una sonrisa.
Cuando se terminaron todo el arroz, apareció un trocito de papel envuelto en papel de aluminio. Como siempre, lo había escrito Gumnam.
—¿Qué crees que pondrá? Aunque no tenga hambre, siempre me acabo el arroz para poder leerlo —exclamó Haeyeong, llena de entusiasmo.
—Yo también. ¡Es muy divertido!
—Además, siempre es muy ingenioso. Léelo, al fin y al cabo, era tu dosirak —le dijo ella sin dejar de mirar el papel de aluminio.
No hay mejor comida que la que se comparte con un amigo. «See you again!».
Los dos se miraron. A continuación, alzaron la vista hacia el cielo pensando en Gumnam. El invierno era duro porque el sol se ponía temprano, pero también era una oportunidad para pasar más tiempo observando las estrellas. Todas ellas estaban tan cerca como las nubes hacía un rato.
Las casas situadas al pie de la muralla que bordeaba el parque resplandecían. Los faros encendidos de los coches iluminaban las carreteras a su paso. Desde arriba, las luces parecían piedras preciosas resplandecientes.
A partir de ese momento, Haeyeong y Heungmin empezaron a compartir un dosirak todos los miércoles, a veces en el parque Marronnier, a veces en Naksan.
De cuando en cuando, Tree también se unía a ellos.
Gracias a ella, el joven acostumbró su paladar al picante.
Una vez que se terminaban el arroz, leían juntos el mensaje de Gumnam y decidían qué lección extraer de él.
Así fue como la mujer casi cuadragenaria y el chico de quince años se hicieron amigos.
Juntos hablaban de todo. Aquel día, el adolescente le habló de su amor no correspondido por Yejeong, y añadió que le gustaría poder ser su amigo, pero que siempre querría algo más.
Desde hacía un tiempo se sentaba a su lado en clase y, por miedo a que Yejeong oyera cómo se le aceleraba el corazón en su presencia, mantenía la mirada fija en la pizarra.
Tampoco se atrevía a levantarse para ir al baño, tenía miedo de oler mal y que ella lo notara.
Cada vez que lo oía hablar, Haeyeong, que había crecido sin hermanos ni hermanas, tenía la sensación de haber ganado un sobrino.
Al haber estado siempre sola, soñaba con tener una familia próspera y numerosa.
Por desgracia, ese día tampoco había recibido buenas noticias de la clínica sobre su fecundación in vitro .
La fecundación había fracasado en la segunda fase.
Hasta el año anterior, siempre acudía acompañada de su marido, pero para entonces prefería digerir la información sola.
Detestaba ver a su marido desolado y no saber qué hacer al enterarse de que, una vez más, nada había salido bien.
Estaba convencida de que debía mantener una actitud positiva para que la suerte le sonriera.
Con los ojos redondos como los de un gato y el cabello ondulado recogido en un moño con una redecilla adornada con un lazo, Haeyeong había sonreído.
Aunque eso no había impedido que se le enrojecieran los ojos.
Le picaba la nariz y se le había formado un nudo en la garganta. Deseaba deshacerse de esa tristeza.
Por suerte, aún le quedaba algo de tiempo antes de entrar a trabajar.
A esa hora, la mayor parte del personal del hospital solía sentarse en los bancos de fuera con sus fiambreras para comer kimbap y tomar café.
Hacía frío, pero a nadie le importaba. Haeyeong sollozó y sacó de su bolso rosa, tejido por ella misma, el dosirak de la mañana y una botella de sikhye .
Aún no era la hora de comer, pero tenía hambre.
En cuanto abrió la caja, el olor a ternera estofada con salsa picante y cebolla inundó el aire. Primero inhaló ese aroma ligeramente dulce y especiado y luego puso la carne sobre el arroz para mezclarlo todo y comerse un bocado generoso.
«¡Ya me siento mejor!», se dijo.
Su estómago dejó de rugir en cuanto se tragó la comida caliente y picante.
Todos sus fracasos la habían llevado de manera inevitable a prestar atención durante años a todo lo que comía y bebía, e incluso a dónde ponía los pies.
Empezaba a pensar que quizá su angelito llegaría el día que se relajara.
Haeyeong se tragó las lágrimas y comió a grandes bocados.
Necesitaba leer las palabras escritas por Gumnam, una mujer con experiencia que sabía mantener la sonrisa en cualquier circunstancia.