El misterio de las recetas de la señora Jeong 2. Querido Heungmin #2
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2. Querido Heungmin #2

Apenas unos minutos después, Gumnam regresó con unas bandejas de comida. Repartió los platos dispuestos en cajas de plástico blancas y esbozó una sonrisa juguetona.

El chico, avergonzado, quería esperar a que Haeyeong se fuera para pagar, pero Gumnam se le adelantó diciendo alto y claro:

—Heungmin primero.

Como de costumbre, le tendió la tarjeta de ayuda alimentaria, pero se quedó con una parte en la mano para ocultarla.

Asintió ligeramente con la cabeza cuando pasó por delante de Haeyeong para despedirse, salió del local y se puso a caminar por la calle bordeada de pinos en dirección a Ihwa.

La bolsa de plástico en la que se encontraba la fiambrera se balanceaba en su brazo.

De repente, Heungmin tropezó con una piedra. Entonces se dispuso a hacerla rodar hasta su casa y consiguió mantener el ritmo hasta el paso de peatones, pero se topó con un obstáculo: los escalones de la escalera construida entre los murales. Tenía que subir ciento diez para llegar a su casa.

«¡Jolín, voy a tener que parar aquí! Es una pena. Regateo muy bien cuando estoy solo», pensó.

De pronto, sintió que estaba siendo observado. Giró la cabeza lentamente y vio a Son Heungmin a su lado.

Algunas pinturas antiguas del mural de Ihwa-dong se habían borrado y varios dibujos nuevos habían hecho su aparición. Son Heungmin estaba pintado junto a la escalera. Formaba un recuadro con las manos, como si quisiera tomar una foto, y tenía un ojo guiñado.

—¿Otra vez él? —gritó el joven. Se enfadó con ese hombre que no le había hecho nada—. ¡Te veo por todas partes! En el instituto y ahora incluso en el camino a casa. ¡Ya estoy harto!

Heungmin se desahogaba con el dibujo inmóvil de un hombre al que ni siquiera se atrevería a pisar la sombra en la vida real.

Cada día subía esos escalones como un monje en busca de la iluminación.

Al menos los alpinistas se sentían realizados cuando alcanzaban una cima, pero lo único que esperaba al joven eran casas viejas con tejados hechos de losas de pizarra.

Además, últimamente su primo andaba al acecho de la más mínima oportunidad de burlarse de él y se reía de su tarjeta de ayuda alimentaria.

Sin embargo, era la única familia que tenía y ya seguía los pasos de Goni, el personaje principal de la película Tajja: sineui son , cuyo nombre significaba «cisne».

Cisne o simio, eso no era problema de Heungmin.

Hubo una época en que el muchacho creía que, una vez alcanzada la mayoría de edad, los jóvenes se iban a la universidad para convertirse en adultos dignos de dicho calificativo.

Gracias a su primo, había aprendido que el hecho de tener la edad legal para beber no tenía por qué significar tener la madurez suficiente.

Cuidar de sí mismo no era tarea fácil. Impedir que su primo le robara la tarjeta de ayuda alimentaria era la única forma que tenía de alimentarse.

En lo alto de las escaleras, había que girar hacia la derecha para encontrar la puerta de entrada situada en una esquina de la pared.

Una vez abierta, se entraba en la cocina alicatada seguida de una pequeña habitación.

Heungmin agarró el pomo y Tree, al percibir el regreso de su amigo, se colocó delante de la puerta y esperó pacientemente.

Cuando entró con la bolsa de plástico en la mano, la gata se frotó contra sus piernas como si quisiera decirle que tenía hambre.

Al principio Gumnam le había puesto el nombre Three porque su pelaje era de tres colores, pero con el paso del tiempo la pronunciación se había ido deformando hasta convertirse en Tree.

En cuanto Heungmin la vio, sintió el deseo de adoptarla para cuidar de ella.

Ya habían pasado dos años de aquel momento, y no habían estado nada mal, ya que Tree se había convertido en la única razón por la que el joven volvía a casa.

Quizá la gata era demasiado mayor. Desde hacía un tiempo le costaba masticar su pienso.

El joven la había llevado al veterinario, donde le habían dicho que padecía una periodontitis grave.

Ese problema dental también le había provocado un principio de ictericia.

Tree, que estaba tan gorda que parecía estar embarazada, había adelgazado y, debido al estrés, su pelaje se había vuelto más ralo.

Y cuando Heungmin la acariciaba, perdía todavía más pelo.

El veterinario le había dicho que, a ese ritmo, pronto sufriría anemia y podía tener los días contados.

El tratamiento para curarla incluía una operación bastante onerosa.

Conociendo la situación del joven, el médico le había prometido dejársela a buen precio, pero para un joven que se alimentaba gracias a una tarjeta de ayuda alimentaria seguía siendo una suma imposible de reunir.

Así fue como empezó a repartir folletos, aunque le costara y le pagaran menos que el salario mínimo por hora.

En la cocina, Heungmin sacó su dosirak de la bolsa de plástico.

Al despegar la pegatina con forma de media luna, se dio cuenta de que no era el suyo.

Solo podía pertenecer a la mujer a la que había visto en el restaurante.

Desconcertado, examinó la ternera sazonada con pasta picante.

El color rojo vivo lo disuadía de tocarla, ya que no soportaba la comida picante.

«¡Qué le vamos a hacer!», se dijo. «Pero ¿y Tree? ¡Su comida está en la otra bolsa!».

—Voy a buscar a la señora para intercambiar las bolsas y vuelvo. Espérame, ¿vale? Vas a tener que aguantar un poco el hambre. ¡Me daré prisa! —le dijo a su gata antes de coger sus cosas.

En ese momento, se oyó la puerta. Era su primo.

—¡Heungmin! ¡Mi pequeña estrella internacional! Tu primo ha vuelto.

Al mismo tiempo, Haeyeong regresó a Manna Dosirak.

—¡Jefa! Creo que ha confundido la fiambrera del joven con la mía.

Gumnam se tocó las perlas que llevaba en las orejas fingiendo haberse equivocado.

—¡Ups! My mistake . ¿Qué hacemos? La cena de Tree está en su bolsa. No podemos dejar que Heungmin y Tree mueran de hambre.

—¿Tree?

—Sí, es una gata que estaba abandonada. Solía venir a comer con el resto de los gatos callejeros a los que alimento, pero Heungmin le ha dado un hogar. No soportaba verla temblando de frío en la calle.

—Ah, veo que comparten una historia similar.

—El problema es que le duelen las encías y no puede morder. Así que he desmechado un poco de carne para ella. Tiene la bolsa en las manos. Maldita sea. Seguramente Heungmin esté en su casa, y, como la gata está enferma, tampoco saldrá.

—¿Por qué? ¿Suele salir?

—Tree no es un animal ordinario. Es una gata romántica. Echa de menos la calle. Cuando hace buen tiempo, se pasea. A veces, hasta viene aquí a pedirme comida. Sin embargo, siempre duerme con Heungmin. Hoy no la he visto. Un poco más y corre el riesgo de morir de hambre, literalmente.

Haeyeong, que ya conocía toda la historia, parecía preocupada.

—¿Me podría dar su dirección? Se la dejaré en la puerta. No quiero que pasen la noche sin comer.

—Vive en las colinas. ¿Le va bien? —Gumnam esbozó una discreta sonrisa, contenta de que las cosas hubieran salido como ella había previsto.

Haeyeong se puso en marcha en dirección al parque Naksan.

No hacía más que subir escalones, una y otra vez.

Había tantas escaleras que era difícil llamar a ese trayecto «camino».

Por algo solo vivían allí familias desfavorecidas y se apodaba a esos lugares «barrios de la luna».

Bastaba con alargar el brazo hacia el cielo para tener la impresión de tocar los astros.

En las esquinas de los escalones, la nieve que había caído unas horas antes se había endurecido hasta convertirse en hielo. Un solo paso en falso y sería el fin.

La mujer contrajo las piernas y se esforzó por evitar que la bolsa de plástico se moviera.

La fiambrera estaba tan generosamente llena como siempre.

No quería que el caldo se derramara y se saliera de la bolsa.

Pensó en Heungmin, que se ocupaba de una gata muy enferma, y sintió pena por ese joven al que solo había visto dos veces.

Pero, poco a poco, la compasión se fue transformando en ganas de rendirse frente a esas interminables escaleras.

Sacudió la cabeza de izquierda a derecha.

—Debes hacerlo, si no, el chico se morirá de hambre. ¡Ánimo! Vamos, Haeyeong, aunque no estés muy en forma, puedes hacerlo. ¡Venga! —dijo en voz alta para darse fuerzas.

Cuando puso el pie sobre el último escalón entre jadeos, la enfermera soltó un grito de alegría.

—¡Por fin!

Se sentía tan ligera como un excursionista en lo alto de una montaña. Una vez vencidos los cientos de escalones, le entraron ganas de gritar «¡yuju!» frente al paisaje escarpado que se extendía ante sus ojos.

—Gumnam ha dicho que había que girar directamente a la derecha para encontrar su casa.

Mientras Haeyeong repetía lo que la anciana le había dicho, giró en la dirección correcta y la puerta se abrió. Heungmin salió con un gato blanco, naranja y marrón entre los brazos.

—Oh. ¿Es Tree? Nos hemos intercambiado los dosiraks.

—Hummm...

Apresurado, el joven se calzó las zapatillas a toda velocidad y salió corriendo.

Haeyeong no tenía ni idea de por qué actuaba así, pero lo siguió, aún sin aliento tras su hazaña.

El corazón le iba a estallar. Curiosamente, Haeyeong se sentía bien.

Quizá porque tenía la sensación de poder tocar las nubes, o quizá porque, por una vez, había dejado de pensar en la clínica donde intentaba con desesperación tener un hijo y donde cada avance podía ser presagio de malas noticias.

Era como si todo el estrés que había acumulado se hubiera disipado de repente.

Esa misma mañana, había enterrado en lo más profundo de su ser el nuevo fracaso de la fecundación in vitro .

Lo único que quería era mezclar arroz con pasta de chile bien picante, un gesto que le proporcionaba cierto consuelo.