2. Querido Heungmin
El gol decisivo que Son Heungmin marcó con la punta del pie selló la victoria en el partido de la liga inglesa entre el Tottenham y el Leicester City.
Fue el mejor gol de toda la temporada. Orgulloso de su disparo, dio una vuelta al estadio corriendo bajo una lluvia de flashes cuando, de repente, la televisión se apagó.
—¡Otra vez el maldito Son Heungmin! —murmuró el estudiante de segundo de secundaria, delgado como un palo, que vivía en una zona pobre de Ihwa y que también se llamaba Son Heungmin.
Lo único que tenían en común era el nombre.
Al joven no se le daba bien el fútbol y carecía tanto de sentido del humor como de confianza en sí mismo.
Por eso no le gustaba el futbolista. Cuanto más frecuentes eran sus apariciones en televisión, más se apagaba la voz del estudiante.
Odiaba las miradas persistentes de los profesores que descubrían su nombre en la lista de alumnos y se aseguraban de decir en voz alta que había un Son Heungmin en la clase.
En esos momentos, le hubiera gustado transformarse en un cangrejo ermitaño para esconderse en el fondo de su caparazón.
—¡Eh! ¡Heungmin! ¡Pásame el balón! ¡Aquí! —exclamó Minsu, su amigo, mientras le hacía una señal con la mano.
En ese partido, cada equipo se jugaba su honor. El orgullo de Heungmin se encontraba todavía más a prueba porque Yejeong, la joven de la que estaba enamorado, lo estaba mirando.
Heungmin extendió la pierna para hacer un pase..., pero no a Minsu, sino al equipo contrario.
—¡Jolines! ¡No haces honor a tu nombre! —exclamó su amigo con mala cara.
«Si fuera digno de mi nombre, estaría en el Tottenham ganando millones.
¡No viviría en este barrio marginal!», pensó Heungmin mientras se lanzaba a perseguir el balón.
El ego de los chicos de la clase número dos se hizo añicos cuando él dejó pasar el último gol a pesar de ser defensa.
Fue un duro revés para el equipo, que perdió cruelmente uno a tres.
—Ese Son Heungmin no les sirve para nada. Son demasiado malos, deberíamos dejar de jugar contra ellos. ¡Ja, ja! —se rio a carcajadas uno de los chicos de la clase número tres antes de volver al instituto.
Todas las miradas se dirigieron hacia Heungmin.
¿De qué le servía llevar ese nombre si lo convertía en el hazmerreír de todos?
Oyó los susurros a su espalda. El grupo de chicas que se había reunido se llevó a Yejeong, que le lanzó una mirada despectiva al joven.
Ese día, una vez más, odiaba al futbolista que era un orgullo nacional y su propia mediocridad, que no hacía honor a su nombre.
Mientras el chico regresaba a casa después de la clase de refuerzo, Minsu lo llamó.
—¡Eh, Heungmin! ¡Espérame!
De nuevo, las miradas de la multitud de estudiantes vestidos con uniforme se volvieron hacia él.
—¡Deja de llamarme por mi nombre!
—¿Qué quieres que diga? ¿Heungmin no es tu nombre? —gritó Minsu para burlarse de él.
—Tengo que irme a trabajar. Adiós. ¡Y no me llames por mi nombre cuando haya gente delante!
—Deberías hablar ante los demás con la misma fuerza con la que me gritas a mí. Durante las presentaciones, por ejemplo, estaría bien. Por algo te llaman «Son el Mediocre».
Su amigo le dio un consejo que no había pedido como si se estuviera dirigiendo a alguien más joven que él. El apodo hacía referencia al hecho de que Heungmin no tenía talento, a diferencia de su homónimo.
—A mí también me gustaría hablar más alto, pero siempre me tiemblan las manos y el sonido no me sale bien. ¡Me vuelve loco! Voy a llegar tarde, tengo que irme.
—¿Cómo puedes trabajar siendo tan tímido?
Desconcertado, Minsu vio como su amigo aceleraba el paso.
—Hola, aquí tiene —dijo Heungmin mientras entregaba un folleto con la mano temblorosa.
Los transeúntes miraban la pantalla de su móvil, fingían no verlo y salían de la estación de metro de Hyehwa.
—Hola...
Por mucho que el chico se esforzara por hablar más alto, lo único que oía era el crujido del papel al rozar la ropa de la gente que lo rechazaba.
Los temblores de su mano no cesaban, como si los folletos fueran tóxicos.
Aún vestido con el uniforme escolar, el joven repartía folletos a la entrada de un gimnasio que acababa de abrir.
Aunque el tímido y flacucho estudiante repartía menos de un centenar al día, el jefe le decía que no pasaba nada con una sonrisa.
No se enfadaba porque pagaba una miseria a un menor sin haber obtenido antes el consentimiento de sus padres.
Desde que entró en el instituto, Heungmin quería cambiar ese carácter del que no conseguía deshacerse, pero le resultaba difícil subir el volumen de su voz.
Entonces, en un momento dado, se dijo a sí mismo que era mejor dejarlo estar, que formaba parte de su naturaleza y que no podía hacer nada al respecto.
Pero ese día tenía demasiados folletos en las manos y pensó que al menos debería repartir una decena.
Se aclaró la garganta y estiró el brazo.
—El gimnasio acaba de abrir. Coja un folleto.
—¿Me puedes dar uno, por favor? —dijo una mujer muy sonriente que se acercó antes de terminar la frase.
—Aquí tiene.
—¡Gracias! Justo estaba pensando en retomar el deporte. ¡Hay ofertas buenísimas!
El entusiasmo de la mujer, con un moño cuidadosamente peinado y sujeto con una redecilla negra, atrajo las miradas. Algunos transeúntes la observaron y cogieron un folleto.
—Yo también quiero uno de esos folletos.
Gumnam se acercó a Heungmin.
—¡Gracias, señora! —respondió encantado mientras le entregaba un folleto.
—¡Ya te he dicho que me llames Gumnam! Con la edad, algunas mujeres se convierten en «mamillennials» o «abufluencers» ; sin embargo, nos siguen tomando por viejas solo porque tenemos canas. ¡Es ofensivo!
—Lo siento.
—No hace falta que te disculpes. Hummm... ¿Full Power Gym? ¡Qué nombre más curioso! Heungmin, ¿crees que debería hacerme un bopro ?
—¿Un qué?
—¡Un body profile ! Me encantaría hacerme fotos en bikini antes de cumplir los ochenta. ¡Je, je!
Gumnam se ajustó el pañuelo de seda, adornado con un carruaje, y se marchó.
Heungmin iba a Manna Dosirak desde antes de que falleciese su abuelo. Le resultaba extraño llamar a aquella anciana por su nombre de pila, pero gracias a su generosidad comía bien, aunque tuviera que compartir las fiambreras con su abuelo.
También era de los pocos restaurantes que aceptaba sin rechistar los pagos con la tarjeta de ayuda alimentaria para niños desfavorecidos.
En la mayoría de los locales, en cuanto mostraba la tarjeta, sentía que no era bienvenido.
Ni siquiera se atrevía a pedir agua o servirse más guarnición cuando se le acababa.
También le gustaba Manna Dosirak por otra razón. Gracias a Gumnam, que alimentaba a los gatos callejeros, había podido conocer a su mejor amiga, Tree. Al animal le costaba masticar el pienso y necesitaba un tratamiento dental. Heungmin trabajaba para pagárselo.
Al ver a Gumnam le apeteció un sikhye tradicional con granos de arroz blanco tal y como ella sabía prepararlos, azucarados y helados.
Se le hizo la boca agua. ¿Qué llevaría el dosirak del día?
Imaginarlo le dio fuerzas, y continuó repartiendo folletos.
La mayoría de los transeúntes siguieron ignorándolo.
—¡Hola! —exclamó Gumnam, peinada con una redecilla en la que había unas margaritas dibujadas, cuando Heungmin empujó la puerta de cristal del restaurante.
Cogió el último vaso de sikhye que quedaba en la vitrina. Todas las fiambreras ya se habían vendido. El joven suspiró.
—No suspires tan fuerte, que me vas a despeinar.
—¿No le quedan más dosiraks, señora?
—No, están sold out . ¿Cuántas veces tengo que decirte que me llames por mi nombre?
—Perdón, Gumnam.
—¿Has repartido todos los folletos?
Heungmin le mostró los infinitos papeles que todavía tenía en la mano.
—Volveré otro día.
—¿Qué? ¡No te oigo! —gritó ella fingiendo estar sorda.
El chico alzó la voz.
—¡VOLVERÉ OTRO DÍA!
—¡Te he engañado! He guardado una fiambrera para ti. Es cerdo guisado con salsa de soja. ¡También hay que darle de comer a la pequeña Tree! ¿Sigue sin poder comer pienso?
—¡Es la mejor! ¡La adoro!
—Dile eso a la gente que pasa por aquí cuando estás repartiendo folletos. Se llevarán varios.
—No lo consigo. En cuanto a Tree, masticará mejor cuando la lleve al veterinario.
En ese momento se abrió la puerta. Era la mujer que había cogido uno de los folletos del estudiante. Llevaba el uniforme de enfermera del Hospital Universitario de Seúl. Su tarjeta, cuidadosamente colgada, decía: JEONG HAEYEONG, SERVICIO DE PEDIATRÍA .
—Lo siento, hoy ya no me queda nada. Todo está sold out .
Haeyeong, que había entrado con una sonrisa radiante en los labios, parecía estar decepcionada.
—He llegado demasiado tarde. La comida del hospital no está demasiado buena. No podía dejar de pensar en la suya.
Haeyeong se alegró de volver a ver a Heungmin, pero este era tan tímido que no se atrevió a mostrarle que la había reconocido.
—¿Qué podemos hacer? Wait a minute. Voy a ver si me queda algo con lo que preparar un buen platito.
—¿De verdad? Es adorable. Me comeré lo que haga falta. Hasta una simple ternera a la plancha está deliciosa cuando la mezcla con arroz y salsa picante. No hay nada mejor que Manna Dosirak.
—Mi mano se llama Michelin. ¿Puedes esperar un momento, Heungmin? Os serviré a los dos a la vez —propuso la anciana con una sonrisa.
Durante ese rato de espera silenciosa, el joven cruzó una mirada con la enfermera. Sin ella, nunca se habría podido deshacer de ni un solo folleto.
Le estaba muy agradecido y quería decírselo, pero no conseguía abrir la boca.
—Antes... —empezó con una voz más débil que la de una hormiga.
Como no lo había oído, Haeyeong le habló primero.
—¿Tú no estabas delante del gimnasio?
—Sí, era yo. Hola —la saludó mientras se rascaba la nuca avergonzado.
—La comida de este sitio está deliciosa, ¿no te parece?
Haeyeong rebosaba energía, al contrario que Heungmin, que se hacía lo más pequeño posible, incluso en sus respuestas.
—Sí.