El misterio de las recetas de la señora Jeong 1. Querida Jeongi #13
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1. Querida Jeongi #13

Empezó el juicio. El sello de Jeongi había sido usado indebidamente por alguien que se hacía pasar por agente inmobiliario.

Catorce víctimas se quejaban de fraude de finanzas.

La cantidad estafada sobrepasaba los quinientos millones de wones.

El abogado insistió en que ninguna de las víctimas había conocido a Jeongi en persona y en que le habían robado el sello.

El juez encendió el micro y le preguntó a Jeongi, sentada en el banquillo de los acusados, si tenía algo que añadir.

El abogado le indicó que se levantara y ella echó la silla atrás para ponerse de pie.

Se tocó las largas mangas grises por costumbre antes de empezar.

—Pues... Debe saber que, cuando termina el invierno y los rayos de sol primaveral me rozan la piel, siento que ardo.

Me duele tanto que ni siquiera puedo salir al exterior.

El calor me da miedo. Así que no sé gran cosa sobre el mundo.

No sabía que, si daba mi sello, daba también mi nombre, y que eso es algo que no hay que hacer.

Gracias a esto, me he enterado de que debo tenerlo conmigo a toda costa.

Y no lo digo a la ligera. Acabo de conocer a una mujer que me ha cambiado la vida y me ha enseñado que los rayos del sol no queman, sino que calientan.

Caían copos de nieve al otro lado de la ventana situada detrás de Jeongi, que hablaba con la voz clara a pesar del nudo que tenía en la garganta. Era una nieve ligera que volaba con el viento, pero era la primera del año.

—Mi objetivo es parecerme a ella. Haré todo lo posible por seguir existiendo, como la uña de su meñique del pie. Y espero vivir en paz.

Un silencio solemne se apoderó de la sala.

Las pruebas habían demostrado que le habían robado el sello con violencia y amenazas en cuanto lo adquirió.

Jeongi dejó escapar un profundo suspiro.

Le temblaban las piernas y se sentó. El abogado de oficio le acarició la espalda.

Le caían gruesas lágrimas por las mejillas y se acordó de Manna Dosirak, ese lugar que parecía un paraíso.

Si no hubiera conocido a Gumnam, todavía estaría vagando por el parque Marronnier o en una estación de metro con Odeuli... o sin ella.

Jeongi había estado ahorrando para conseguir una hipoteca.

Sus ahorros aumentaron de manera considerable gracias a la bonificación que le dio Gumnam cuando dejó de trabajar para ella.

Había encontrado un piso pequeño de dos habitaciones en Gyeonggi-do.

No era muy grande, pero para la joven madre era la más acogedora de las viviendas. Era especialmente soleado.

Jeongi se había encariñado con Gumnam. En su cocina puso las mismas cortinas de encaje, que normalmente jamás habría considerado. Dejó sobre la mesa la fiambrera de tres bandejas de plástico rosa que le había regalado la anciana. Se subió las mangas grises como de costumbre para frotarse los ojos.

—¿Cuándo ha tenido tiempo de prepararlo? He salido muy temprano —se preguntó Jeongi en voz alta.

Con el corazón latiendo con fuerza por la emoción, abrió la primera bandeja con cuidado.

Era un kimbap de atún y mayonesa con perilla fresca enrollado con mucho cariño.

En la segunda bandeja había un kimbap enrollado con una tortilla fina.

En la última bandeja también había un kimbap que dejaba ver el arroz blanco por fuera, espolvoreado con algas.

Gumnam se había quedado con la historia del kimbap .

Había mantenido su promesa cocinando suficiente para un día entero de excursión entre amigos.

Jeongi notó un picor en la nariz. Abrió la boca para saborearlo.

Tras vaciar una bandeja entera, vio un trozo de papel de aluminio plegado en cuatro.

Jeongi sonrió con la boca llena. «¡No podía ser otra que Gumnam!

». Estaba decidida a hacer felices a quienes se alimentaran con su comida.

Cuando se lo comió todo, abrió con cuidado el papel con la dulce caligrafía de Gumnam.

Gracias a usted, he recuperado recuerdos olvidados.

He vuelto a ver a mi pequeña Munjeong y los «kimbap» de atún con mayonesa que le preparaba cuando era pequeña, aquellos envueltos de tortilla que se llevaba a la escuela y los espolvoreados con algas que tanto le gustaban en el instituto.

Si la hubiera conocido por aquel entonces, le habría preparado varios para todas las excursiones de la escuela.

Esta pequeña nota solo es un extra, por diversión.

Le he preparado todos los «kimbap» posibles para compensar el retraso porque hoy se marcha a una gran excursión.

¡Esta vez, cámbiese de ropa y póngase algo de color!

¿No le parece? No esté triste, siempre será bienvenida en mi casa. «See you again!».

Your grandmother

«Grandmother». ¿Abuela?

Esas palabras que alguien le decía por primera vez eran demasiado valiosas para ser silenciadas.

Era imposible que Jeongi no las repitiera en voz alta.

Guardó el papel y estrechó el envoltorio de aluminio brillante entre las manos, una contra otra, como si rezara con humildad, y cerró los ojos.

Tenía grabada en la mente la noche en la que conoció a Gumnam.

Aquella noche, estaba sumida en una oscuridad tan intensa que no se atrevía a avanzar.

En aquel instante, había visto una cálida luz en una pequeña casa de comidas que vendía dosiraks.

Recordó el rostro de la anciana cuando le abrió la puerta y las tiernas arrugas que le rodeaban los labios...