El misterio de las recetas de la señora Jeong 1. Querida Jeongi #12
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1. Querida Jeongi #12

Su forma de tocar seguía siendo algo torpe y se equivocaba en alguna nota, a pesar de que llevaba un año yendo a clases en el centro cultural, pero era magnífico.

Marcaba el ritmo dando golpecitos con el pie de dedos floridos.

Cada vez que sus manos arrugadas, que eran la prueba de que había envejecido con ternura, golpeaban las cuerdas, emanaba de ellas un sonido hermoso.

Cuando terminó la canción, Jeongi aplaudió y Odeuli sonrió.

—¿Por qué le gusta tanto Audrey Hepburn? Hace tiempo que quería preguntárselo.

—¡Porque es guapísima! Y, además, envejeció bien.

Nací en una época complicada. Como nunca tuve la oportunidad de estudiar, me vi obligada a hacerme pequeña allá donde iba, pero, cada vez que veía su tierna sonrisa, tenía la sensación de que era para mí.

Quería vivir como ella y envejecer con una sonrisa en los labios.

—¡Gumnam! ¿Puede enseñarme cómo hacerlo? Yo la veo radiante. Podríamos empezar este mismo finde... Ah, no, quizá no —agregó al recordar que tal vez ya no estuviera en la casa en ese momento.

—¿No tiene hambre? ¿Qué le gustaría comer? Le prepararé lo que le apetezca.

—Me gustaría comer pasteles de arroz especiados.

—¿Eso es todo? Tengo ternera para prepararle costillas estofadas.

—La verdad es que me apetecen los pasteles de arroz.

¿O quizá kimbap ? En la escuela, cuando salíamos de excursión, siempre me entraban celos de los niños que traían kimbap preparado por sus madres.

Algunos incluso invitaban a sus amigos cuando preparaban pasteles de arroz especiados para que los probaran.

—¿Está segura? ¡Es algo muy sencillo! Pero está bien. Hoy prepararemos pasteles de arroz especiados y, la próxima vez, kimbap .

Gumnam se levantó con una gran sonrisa para demostrar que todo iba bien.

Avanzó hacia la cocina a paso ligero y abrió la ventana, cubierta por una cortina de encaje blanco.

El viento frío se coló en el interior y agitó la tela.

Abrió la puerta del armario que había sobre el fregadero para sacar una sartén.

¿Dónde había dejado los pasteles de arroz que había comprado el día anterior?

No los encontraba en la nevera. ¿Tal vez en el microondas?

En efecto, los había dejado dentro para calentarlos y comérselos.

«My mistake!» , se dijo. Los sacó y los cortó en grandes trozos del tamaño de un dedo.

Dio forma triangular a la pasta de pez y cortó los puerros.

Todos los ingredientes para los tteokbokki estaban listos.

«¿Cómo hacerlos tan deliciosos para que todo el mundo hable de ellos? », se preguntó.

Tres vasos de agua, tres cucharadas de pimiento picante y un sirope transparente bien espeso era todo lo que hacía falta en la sartén para preparar la salsa.

La cocinera removió la pasta con una cuchara de madera para disolverla.

Apareció un delicioso color rojizo al mismo tiempo que el aroma dulce del pimiento.

Mientras hervía, echó cinco pasteles de arroz junto con las rodajas de pasta de pescado, dejó que redujera hasta que todos los ingredientes quedaron bien cubiertos y finalmente añadió los puerros.

En otro fogón estaba preparando sopa de eomuk .

Cogió un cucharón para verterla sobre los tteokbokki y ajustar el aderezo.

A continuación, redujo el fuego al mínimo hasta que solo quedó una minúscula llama bajo la sartén y añadió un vaso de sikhye casero.

El aroma azucarado de la malta impregnó el aire.

Jeongi observó el plato blanco sobre el que había dispuesto los tteokbokki .

Jamás se habría imaginado que alguien cocinaría para ella algún día y mucho menos que sería un plato tan bonito.

Comer pasteles de arroz especiados caseros era para ella un sueño de la infancia que no le había confesado a nadie.

Representaba la nostalgia que sentía hacia la madre que no había llegado a conocer, pero también una parte indiscutible de cotidianeidad que siempre había deseado.

Con una cuchara de madera, cortó uno de los pasteles para metérselo en la boca.

La salsa roja le manchó la tez blanca. También cogió un poco de puerro y saboreó el caldo. Era una delicia.

Gumnam miró a Jeongi como si esperara un comentario para saber si le había gustado. La joven se frotó los ojos con la manga de su vestido gris y la cocinera, pensando que el plato estaba demasiado condimentado, le acercó a la joven un vaso de sikhye .

—Comerme uno de sus dosiraks y encontrar ese mensaje en el fondo del arroz es lo mejor que me ha pasado nunca. No se imagina ya lo que supuso conocerla. Me la envió el cielo. Nos salvó a Odeuli y a mí.

Gumnam estaba al borde de las lágrimas. Llevaban unos meses viviendo juntas y Jeongi siempre se levantaba temprano, al alba, para cortar las cebollas, los puerros y todos los ingredientes que escocían los ojos.

Era joven, pero muy madura. «Si me hubiera topado con ella antes de que conociera a ese asqueroso o si, al menos, se hubiera cruzado con un hombre de bien...

La vida puede llegar a ser muy cruel», se dijo.

Llegó el día del juicio. El resplandor del sol era cegador.

Jeongi salió pronto de casa para reunir el coraje para afrontar el día.

Tomó a su hija en brazos y le susurró unas pocas palabras antes de estrecharle la mano a Gumnam y dejarla con ella.

Tal y como se lo había pedido, la anciana se quedó en casa con Odeuli.

Jeongi se negaba a que su hija la viera en el banquillo de los acusados y no podía hacerse a la idea de que volvieran a casa sin ella si la arrestaban.

La joven fingió no ver el camión azul aparcado delante del coche y se fue sola al juzgado.

Tras pasar el pórtico de seguridad, esperó delante de la sala de audiencias sentada en un banco.

Un poco antes de que empezara el juicio, llegó el abogado de oficio.

Hojeó una pila de papeles y le preguntó si se había preparado bien el alegato final.

Jeongi asintió con el corazón en un puño.

Cuando solo quedaban cinco minutos para el juicio, le vibró el móvil.

Hace un viento glacial. La espero delante. Eunseok.

Jeongi se había imaginado varias veces cómo sería el futuro con Eunseok y deseó responderle con sinceridad.

Se lo agradezco mucho todo.