El misterio de las recetas de la señora Jeong 1. Querida Jeongi #11
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1. Querida Jeongi #11

Aquel día, no la siguió nadie por la calle, pero prefirió quitarse los auriculares que llevaba siempre para permanecer alerta. El sol cada vez se ponía más pronto y los días iban refrescando. Jeongi se envolvió con la gruesa bufanda gris para ocultar su rostro.

Oyó un claxon.

—¡Jeongi!

Era Eunseok. Llevaba una sudadera con capucha del mismo color que la bufanda de Jeongi, que se paró en seco.

—Voy a Hyehwa, ¿la llevo?

Al ir a la academia, había visto el camión azul aparcado en una esquina. Sabía que Eunseok la seguía por si acaso.

—¡Tengo mandarinas y café caliente!

El camión de Eunseok olía bien. Jeongi esperaba que el olor a huevo crudo impregnara el aire, pero no era así, sino que más bien dominaba un perfume cálido a hoguera invernal.

El café americano se mantenía templado dentro del vaso térmico de color marfil, como si aguardara pacientemente al muchacho. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?

—¿Le gusta? Lo he preparado yo mismo.

—Sí, está bueno.

—¿De verdad? Qué alivio. Se lo prepararé más veces. Es un poco diferente del que bebo de costumbre porque lo he filtrado a mano. ¡Ja, ja!

Jeongi vio a Eunseok reír con timidez porque estaba contento. ¿Por qué era tan amable con ella? ¿Acaso le tenía lástima?

—Gracias. Por cierto, también quería agradecerle que se llevara a Odeuli a pasear la última vez, ya sabe que aquel día...

—No hace falta que me lo cuente todo ahora. Me lo explicará la próxima vez.

—¿La próxima vez?

—Es cierto que puede sonar algo incierto como promesa. ¿Y si me cuenta su historia el día de la primera nevada?

Jeongi rio.

—Puede que, en ese momento, me esté pudriendo en una celda.

Se hizo el silencio.

—He pensado mucho en usted desde que nos conocimos.

Muchísimo. Diría que cada vez que conduzco en dirección a Hyehwa, Ihwa o Seongbuk y cada vez que hablo por el micro para anunciar las entregas.

¿Cómo pudo pasarle eso? ¿Por qué Dios le dio una vida tan difícil?

Creo que, hoy por hoy, puedo decir con seguridad que conozco la respuesta.

El vehículo se detuvo delante de un semáforo en rojo. Jeongi miró fijamente a Eunseok, en cuyos ojos había aparecido un brillo como el de un gato que todavía no ve bien las cosas.

—Si ha tenido una vida difícil y ha conocido a un tipo aterrador es para que pueda reconocer a la gente de buen corazón en su entorno. Dios le ha ofrecido una visión del mundo que le permite diferenciar el bien del mal.

Jeongi no dijo nada.

—Es la conclusión a la que he llegado.

El semáforo se puso en verde.

Con las manos en el volante, Eunseok pisó el acelerador. El camión atravesó el paso de peatones y avanzó. A modo de respuesta, Jeongi giró un botón redondo en el panel para subir el volumen de la música. Era la banda sonora de la película Una cuestión de tiempo .

En cuanto el vehículo dobló la esquina que llevaba a la estación de metro de Hyehwa tras pasar por el parque Marronnier, Jeongi rompió el silencio.

—¡A la izquierda!

—¿Quiere pasar por la casa de comidas?

—¡La luz está encendida, pero ya ha cerrado por hoy!

El miedo se reflejaba en la mirada de Jeongi.

El joven giró para adentrarse en la calle rodeada de pinos.

Resonó un grito tan fuerte como para oírse desde el camión. Ella abrió la puerta para bajar y corrió hacia Manna Dosirak.

Lo que vio a través de la puerta la dejó horrorizada.

La vitrina que contenía los dosiraks hechos con tanto amor se había roto. En el mostrador había dinero que había caído de la caja registradora. Gumnam, con el pelo despeinado, intentaba contener a un hombre. Acababa de encontrar la dirección de ese lugar, Manna Dosirak, el paraíso de Jeongi.

Entró corriendo y se enfrentó directamente a su ex.

—¡Vete! —exclamó con los dientes apretados.

—Aquí está mi Jeongi. ¡No le tienes miedo a nada!

—Hablamos fuera. ¡Date prisa!

Odeuli lloró aún más al oír la voz enrabiada de su madre. Gumnam, agotada por haber resistido sola ante ese hombre que había ido a robar a la bebé, le cogió la mano a Jeongi.

—Coja a la pequeña y márchese. ¡Está llorando!

La anciana había vuelto brevemente al restaurante porque no estaba segura de haber apagado la arrocera, la principal responsable de su factura de la luz, y había tenido la mala suerte de toparse con ese hombre.

En un primer momento, había intentado echarlo con palabras mordaces, pero no sirvieron de nada contra el hombre, que quería usar la fuerza.

—¿Qué está diciendo? ¡Seré yo quien se lleve a su hija! —respondió el hombre—. Y si no te gusta, Jeongi, puedes volver a comisaría y decir que usaste el sello tú misma.

El ex de la joven empujó a Gumnam. En ese instante, se oyó un ruido seco. Jeongi le había dado una bofetada a su ex.

—¿Qué? ¿No quieres volver a ver a tu madre? Sabes que sé dónde está, ¿no? La vi ayer, por cierto.

—Aunque eso fuera verdad, ahora me tocaría a mí abandonarla. ¡No toques a mi abuela! Si le haces algo, te mataré. ¿Comprendido? Te mataré a ti y luego a mí misma.

Jeongi ayudó a Gumnam, que estaba en el suelo, a levantarse. Sacó el móvil para llamar a emergencias. El hombre le dio una patada en la cabeza.

—¡Te había dicho que te calmaras! ¡Mi vida es una mierda por tu culpa! No tendría que haber salido nunca con una pobre huerfanita. ¡Tu madre te abandonó con motivo!

La joven tenía sangre en la frente tras haber rodado por el suelo a causa de la fuerza del impacto. Se había hecho daño justo en la herida que acababa de cicatrizarle.

—¡Jeongi! ¡Gumnam!

Eunseok acababa de entrar en el local con el rostro pálido. El ex pasó la mirada del joven a Jeongi.

—¿Has quedado con un tío? ¿Y pensabas llevarte a mi hija?

El muchacho lo cogió por el cuello.

—¡Mister Eggs! No, sabes que la violencia no es la solución —dijo Gumnam con voz débil.

Eunseok bajó una mano temblorosa. El ex se giró hacia Jeongi para levantarle la barbilla.

—Volveré mañana. Prepárate para ir a comisaría. ¡Y ponte guapa!

La joven se levantó, decidida.

—Venga, vamos ahora los dos.

—¡Jeongi!

—Jeongi...

Gumnam y Eunseok la interpelaron con la misma voz. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en los labios del hombre, pero pronto crispó el rostro.

—Añadiré a mi declaración todo lo que has roto en el local.

Tengo en el móvil todas las pruebas de la violencia que me has infligido.

Sí, lo grabé todo. La mitad de mis álbumes de fotos solo muestran magulladuras.

Cuando el móvil me muestra los recuerdos de hace un año, solo hay moratones y sangre.

¡Tenía el cuerpo tan rojo que ya no sabía si era un ser humano o un guante de goma carmesí a punto de explotar de lo hinchada que estaba!

—Te pegué porque te lo merecías.

—Me pregunto cuánto te caerá por eso. Yo estoy preparada. Podemos ir a ver a la policía cuando quieras, si es lo que deseas.

La joven lo agarró por la muñeca para llevarlo a la salida. Empezaba a estar pálido.

—¿Qué? ¿Creías que seguía siendo la Jeongi que se echaba a temblar cuando te veía? Ahora soy, por encima de todo, la madre de Odeuli y debo protegerla. ¡Jamás conseguirás separarme de ella!

La promesa de Jeongi cubrió el sonido de las sirenas que se acercaban. Mientras su ex estaba concentrado en la joven, Gumnam había llamado a la policía. En cuanto oyó las sirenas, el hombre huyó al comprender que su ex no lo dejaría salirse con la suya.

Cuando se fue la policía, Jeongi, agotada, se sentó en el suelo para recoger los cristales rotos de la vitrina. Hecha un ovillo, empezó por los más grandes. Eunseok se acercó a ella en silencio para quitarle los cristales afilados de las manos.

—Se hará daño si le cortan la piel. Podría sangrar.

—A estas alturas, eso no sería para tanto.

Jeongi bajó la cabeza. Le temblaban los hombros. Lloraba a mares, como si intentara rebajar la presión.

Estalló en sollozos al recordar el día que había abandonado a Odeuli en Manna Dosirak y un camión había estado a punto de atropellarla.

Lloraba tan fuerte que nadie podía interrumpirla.

A Eunseok se le pusieron los ojos rojos.

Ella observó sus ojos llorosos como si se tratara de un espejismo. Una lágrima cayó al suelo.

Aquel día, lloraron juntos.

Gumnam, intentando calmar a la bebé, se secó las lágrimas con un resoplido. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por hablar con voz alegre.

—Jeongi, creo que necesita unas gafas. ¡Ese hombre era muy feo!

Los tres rieron al unísono.

El ex de Jeongi le envió un último mensaje para decirle que volvería y desapareció.

La víspera del juicio, Gumnam decidió cerrar la casa de comidas durante unos días.

Era algo excepcional. Los años que había pasado trabajando duro se le habían quedado grabados en el corazón, tanto que había elegido no trabajar los fines de semana.

A cambio, nunca descansaba entre semana.

Era una promesa implícita a sus clientes.

Sentada en el sofá, cubierto de cojines con estampados florales, la anciana tocaba el ukelele. Sus únicas espectadoras eran Odeuli, que empezaba a reptar, y Jeongi, con la cicatriz de la frente aún visible.

— Ladies and gentlemen! Les doy la bienvenida al concierto privado de Jeong Gumnam. Hoy les haré un favor y aceptaré tocar sus peticiones.

Con una bata de color morado oscuro, estaba iluminada por los rayos de sol que entraban en la estancia entre las cortinas de algodón.

—¡Me gustaría oír una canción de Audrey Hepburn, ya que tenemos a una Odeuli entre nosotros! —exclamó Jeongi intentando mostrarse radiante para que no se notara que le daba miedo que llegara el día siguiente.

Desde que fijaron la fecha del juicio, la joven no sabía si pronto estaría durmiendo en una celda fría o si podría continuar viviendo con Gumnam. Devolvía la ropa que se había comprado porque ya no tendría ocasión de ponérsela y anulaba las citas con una fecha posterior al juicio.

Gumnam golpeó varias veces el cuerpo del ukelele, más pequeño que una guitarra.

— Moon River, wilder than a mile...