1. Querida Jeongi #10
Jeongi se puso de cara a Odeuli, tumbada de lado, y se encogió. Le tocó el pecho a su hija, que por fin podía descansar en un colchón, y, con voz débil, habló. O, más bien, rezó.
—Te lo suplico. No dejes que nos separemos nunca —pidió fingiendo que creía en Dios.
Se decía que Dios había creado a las madres porque él no podía estar en todas partes, pero Jeongi no tenía madre y esperaba que, precisamente por ello, el Señor hiciera más caso a sus plegarias.
Sumida en sus reflexiones, echó un vistazo hacia la puerta.
¿Le había enviado Dios a Gumnam para reemplazar a la madre que nunca había tenido?
Con ese pensamiento, sonrió y se durmió junto a su hija.
Cuando empezaba a sumirse en el sueño profundo, oyó la puerta. Eran las dos pasadas. ¿Se trataba de una alucinación? A esas horas, el mercado todavía no estaba abierto y Gumnam no tenía motivos para salir. Jeongi intentó regresar a los brazos de Morfeo.
Entonces le vibró el móvil.
¿Quién podía escribirle a esas horas tan intempestivas? ¿Eunseok? Cogió el teléfono y se levantó. Era un número desconocido, pero, al leer los mensajes, adivinó enseguida de quién se trataba.
Bueno, Jeongi, ¿se está criando bien mi hija? ¿Me la enseñas? ¿Dónde estás? Seguro que en Hyehwa-dong.
Así que ¿te has entregado? Y sin decirme nada.
De todos modos, te encontraré pronto. Hyehwa es pequeño. Y recuperaré a mi hija.
Escríbeme si no quieres que te encierren como a una sucia perra.
Era el padre biológico de Odeuli.
Jeongi se quedó sin aire. El dolor le atravesó las costillas. La fuerza de las manos la abandonó y se le escapó el móvil.
Poco después del parto, como no podía seguir pagando el contrato telefónico, había usado el teléfono del motel para decirle que dejara de usar su sello. En cuanto oyó la voz de Jeongi, él colgó de inmediato.
Recientemente había dejado doscientos mil wones en el motel en el que se había alojado, lo cual le había proporcionado un valioso indicio a su ex: seguía viviendo en el barrio.
Jeongi se echó a temblar. ¿Qué debía responderle? Al notar la ansiedad de su madre, Odeuli gesticuló en la cama. Sus manitas abrigadas se agitaron en el aire. Jeongi las cogió con cariño para ponérselas sobre el pecho.
—¡Brum, brum! Un coche nos lleva hasta las nubes. ¡Brum! Conducimos por el arcoíris.
Era una situación de crisis. El padre biológico de Odeuli había vuelto a las andadas y se enfrentaba a un juicio.
Además de su historial lleno de fraudes, que incluían el uso de documentos de identidad y sellos ajenos, Jeongi lo había denunciado, lo cual agravaría su condena.
Por eso la había llamado cuando hasta entonces la había evitado a toda costa.
Jeongi respondió en el pasillo. Él le pidió que retirara la denuncia. Si no lo hacía, le robaría a Odeuli, y la amenazó con condenar a la niña a una vida peor que la suya.
Tembló al oír la voz de su ex. No de miedo, sino de ira. Odeuli también era hija suya. ¿Cómo podía decir algo así? Gumnam, al cruzarse con la mirada glacial de Jeongi, le preguntó qué le pasaba.
— What’s the problem? ¿Es un tema del banco?
—No —respondió ella fingiendo limpiar el polvo de la vitrina.
—Hoy está usted muy rara. ¿Es por Mister Eggs? ¿Porque no ha venido?
—No, en absoluto.
—Entonces, ¿es por el juicio? He sido una tonta al dudar.
So stupid! Es normal que solo piense en eso.
En cualquier caso, no vale la pena preocuparse por cosas que todavía no han sucedido.
No pierda la energía imaginándose lo peor.
No importa lo que pase, cuidaré de Odeuli el tiempo que haga falta. Lo sabe, ¿verdad?
—¡Gracias! De verdad, muchas gracias... Pero no se preocupe por mí, estoy bien.
—Odeuli, ¿tu madre de verdad está okay ? —le preguntó Gumnam a la pequeña, que jugaba con un vasito de cartón sentada en la trona.
La niña sonrió mostrando los incisivos inferiores. Jeongi estaba decidida a no dejar que se fuera nunca con su padre. Sabía que él le haría daño.
Negó con la cabeza bajo la atenta mirada de la anciana, que intentaba comprender de dónde había salido la sombra que se reflejaba en su rostro.
El tiempo pasó muy rápido y la pausa del mediodía se terminó pronto. Las puertas de Manna Dosirak se abrieron para dar paso al servicio de la tarde.
¡Ding!
Sonó el carrillón con forma de pez en vertical.
—¡Bienvenida a Manna Dosirak!
Cuando Jeongi terminó la frase, la propietaria del motel, con las uñas todavía rojas, replicó:
—¿Qué? ¿Usted trabaja aquí?
Jeongi no pudo evitar pensar en su ex, que la estaba buscando.
—Veo que la bebé también está aquí. ¡Ahora ya tiene hasta dientes de leche! Entonces, ¿trabaja aquí? ¿Por eso ha podido pagarme? Personalmente, pensé que habría vendido a su hija. ¡Ja, ja!
—Hummm.
—Lo digo porque ayer vino el padre de la niña. Se enfadó conmigo y me preguntó dónde estaban. Tuvo un ataque, me asusté mucho. ¿Puedo decirle que están aquí?
La propietaria esbozó una sonrisa burlona como dando a entender que había captado el punto débil de la joven.
Jeongi bajó la cabeza un instante para reflexionar. ¿Debía pedirle que fingiera que no la había visto? No quería que Gumnam tuviera problemas por culpa de su ex.
La anciana salió de la cocina en ese momento y lanzó un cuenco de sal gruesa sobre su clienta.
La dueña del motel agitó las manos con las uñas pintadas.
—¿Quién se cree que es esa vieja? ¿Por qué me echa sal? ¡Le recuerdo que soy su clienta! ¡Encima he tenido que desplazarme porque no tienen servicio a domicilio!
—¿«Esa vieja»? No criamos cerdos juntas. Tráteme de «señora». ¿Qué sabe usted del negocio de la restauración? ¿Acaso vende algo? ¿Su carne, tal vez? ¡Mujer estúpida! ¿Por qué molestar a una anciana que solo pretende vivir dignamente?
¡Ding!
La puerta se abrió de nuevo.
Era Eunseok, que llegaba para entregar los huevos como de costumbre.
—¿Todo bien? —preguntó dejando la bandeja en el suelo para correr junto a Gumnam.
—¿Por qué me grita a mí cuando he tenido que soportar la ira y la violencia del padre de la criatura?
Eunseok había entendido la situación y miró instintivamente a Jeongi, pero enseguida desvió la mirada hasta el mostrador. Era un gesto de consideración con la joven, que parecía avergonzada.
—Tuve que aguantarla en el motel después del parto.
¡Los llantos de la criatura espantaron a mis clientes!
Venga, admítalo. ¡No se quede callada! Es cierto que me pagó hace unos días, pero accedí a dejarla marchar sin pagar.
¡Soy yo quien debería echarle sal encima! —gritó, lo cual hizo llorar a Odeuli.
Eunseok tomó a la pequeña entre sus brazos.
A Jeongi le resultaba imposible moverse. Tenía los pies anclados al suelo. No dejaba de pensar en su ex. Siempre tenía el pelo plantado gracias a la gomina y apestaba a perfume de Chanel. Jeongi cerró los ojos.
Le daba la sensación de que, dentro de poco, lo vería llegar al restaurante y no estaría nada tranquilo.
Gumnam había acabado de limpiar la cocina y volvió a la estancia principal.
Jeongi estaba sacando brillo a la vitrina, donde ya no quedaba ningún dosirak.
Cuando terminó, recogió la sal que había caído al suelo.
Gumnam había hecho todo lo posible para alimentarla y que se recuperara, pero volvía a estar muy delgada.
—¡Jeongi!
—Lo siento.
—¡Jeongi!
—Si me quedo aquí, me arriesgo a que venga en cualquier momento.
—Llámelo y dígale que venga. ¡No me da miedo ese estafador! Dígale que lo espero. Si viene, ¡le echaré sal a la cara!
Era la primera vez que Jeongi veía a Gumnam enfadada. Si Odeuli hubiera estado presente, seguro que se habría echado a llorar. Por suerte, Eunseok se la había llevado a pasear.
Jeongi estaba encantada de ver a la anciana enfadada. Jamás había pensado que tendría a alguien de su lado, dispuesto a defenderla, y eso le resultó reconfortante y conmovedor. Bajó la cabeza, pero volvió a levantarla enseguida. Tenía que dar muestra de coraje.
—¿Sabía que la estaba buscando? ¿Se puso en contacto con usted?
—Hummm.
—Se merece usted una buena lección. ¿Por qué no me había dicho nada? ¡No es bueno darle vueltas a algo así sola en una esquina! —masculló antes de abrazarla.
Se imaginó el momento en el que, sola, se preocupaba en silencio con el corazón en un puño.
—La soledad es cosa de costumbre. Se puede cerrar la puerta con llave y no dejar entrar a nadie, pero, como cualquier otra costumbre, podemos cambiarla.
Sin decir nada, Jeongi apoyó la cara en el rostro de Gumnam.
—Si en algún momento se siente perdida, recuerde qué le diría a su hija.
«Hay que alimentarse bien, taparse bien y mirar los coches que vienen por la calle.
Pase lo que pase, debes hablar conmigo».
Son palabras fáciles de pronunciar. ¿Cree que sería bueno para ella refugiarse en sí misma cuando tiene un problema?
¡No! No vuelva a hacerlo nunca, understand?
Gumnam le acarició la espalda a Jeongi.
La luz amarillenta del local bañaba a las dos mujeres recordando a Mother and Daughter , el cuadro de Egon Schiele en el que una madre vestida de rojo abrazaba a su hija desnuda.
Solo quedaba una semana para el juicio. A pesar de las amenazas constantes de su ex, Jeongi no retiró la denuncia. El muy asqueroso era el padre biológico de Odeuli, pero no tenía ningún derecho sobre ella. Por supuesto, Jeongi seguía teniendo miedo porque era un hombre francamente malvado.
Cada vez que sonaba el carrillón del local, la joven se sobresaltaba.
Cuando iba a la academia, no dejaba de mirar a su alrededor, y al acabar las clases, antes de bajar las escaleras, comprobaba primero a izquierda y derecha por miedo a que apareciera de repente.
Su determinación no cambiaba el hecho de que ese hombre le había pegado durante años y su cuerpo reaccionaba al trauma de manera involuntaria.
Jeongi tenía miedo, a pesar del coraje momentáneo que le infundían el dulce rostro de su hija, los ánimos de Gumnam y las palabras reconfortantes de Eunseok. Oscilaba continuamente entre la esperanza y la angustia.