1. Querida Jeongi #9
—En ese caso... Eh... Cuando termine... Eh... Debo hacer una última entrega esta noche. ¿Quiere que la recoja de camino? Tengo que pasar por aquí de todos modos, puesto que voy al otro lado. ¿Qué estoy diciendo?
Él se rascó la cabeza.
—Volveré andando también.
—¿Es que le da vergüenza el camión? Puedo coger otro vehículo...
Jeongi se detuvo en seco y se enfadó con Eunseok.
—¿Está de broma? ¡Es usted quien debería avergonzarse de mí! ¿O me lo pregunta porque de verdad no lo entiende? ¡Márchese de aquí!
La joven le había contestado con frialdad. Él la observó alejarse murmurando por lo bajini como si estuviera enfadada. ¿Tan inútil era en el amor?
En la escalera de salida del metro de Hongdae, Jeongi subió los escalones uno a uno, empujada por el flujo de gente, y luego giró a la derecha.
Había una pareja de ancianos vendiendo flores en un puestecito, como todos los días.
Jeongi se fijó en un ramo de rosas Jana de color melocotón lleno de capullos.
«Seguro que a Gumnam le encantarían», se dijo.
Nunca gastaba dinero en ella misma, pero abrió el monedero sin titubear.
Le resultaba imposible comportarse de otro modo porque la emoción que había visto en los ojos de la anciana cuando la había acogido seguía bien viva en su mente.
Con el ramo envuelto en plástico transparente, Jeongi subió los escalones que llevaban a la primera planta de la academia de manicuristas.
Antes de que empezara la clase, se sentó para relajar las manos, temblorosas de tanto limpiar.
A pesar de sus esfuerzos, le resultó imposible detener los temblores.
Se masajeó la mano derecha y se puso manos a la obra.
Una gota de esmalte blanco como la nieve cayó sobre una uña transparente.
Jeongi extendió una fina capa. Tras repetir varias veces el mismo gesto, sacó un esmalte de purpurina, vertió unas gotas sobre un papel de aluminio y mojó una esponjita redonda en él.
La apoyó sobre la uña para crear copos de nieve plateados.
—¡Genial! Podré hacerle este dibujo a Gumnam —exclamó ella sola, satisfecha con su trabajo.
Una vez terminada la clase, salió del establecimiento y se imaginó cruzándose con el camión de Eunseok en la calle. Pero esa esperanza era un lujo que se negaba a albergar. Así que siguió andando sola.
No le hicieron falta más de diez minutos para obligar a Gumnam a sentarse, a pesar de que esta no estaba contenta con que Jeongi siguiera usando las manos después de haber trabajado todo el día. Pero en cuanto la joven le explicó que el nail art estaba de moda, la anciana cedió y dejó de rechistar.
—Nadie me mira los pies. Soy la única que los ve. Pero tiene razón, es buena idea. Al menos, me pondrá de buen humor.
—En efecto. ¡Voy a dibujarle nieve y copos en las uñas!
Gumnam rio al ver lo motivada que estaba la joven y decidió obedecerla.
—¿Sabe? El ramo de flores me ha hecho mucha ilusión. No es necesario que me haga una pedicura. Además, ¡los primeros copos caerán la semana que viene! ¿Qué hará para celebrarlo?
—¿Sí? Pues, en ese caso, me propongo preparar udon en casa para degustarlo con usted, señora, y Odeuli.
—No sé si estaré disponible —respondió Gumnam, que estaba pensando en organizarle una cita con Eunseok.
—¿Por qué lo dice? No probará nada mejor que mi udon al kimchi. Además, no hace mucho que fermentamos la col.
—Podría hacer cualquier cosa más divertida. Además, ¡deje de llamarme «señora»!
—Perdón. Siempre me cuesta llamarla por su nombre.
Gumnam miró a lo lejos.
—Me pregunto qué hará Mister Eggs. Tras las primeras nieves, llegará la Navidad. Espero que encuentre prometida pronto. Es buen chico. Además, es guapo, muy handsome . ¡Y tiene una voz wonderful !
—Hummm.
En silencio, Jeongi hizo varios intentos para pintarle las uñas a Gumnam y se detuvo numerosas veces delante del meñique deforme del pie.
—¿Ha perdido muchas uñas?
—¿Qué? Sí, cuando trabajaba en la fábrica.
¿En cuál era? En la de cerámica. Me cayó una vasija en el pie.
¡Me hizo un daño de mil demonios! Lo peor es que me quitaron una parte del sueldo y ese mes no pude enviarle dinero a mi familia.
¿O tal vez fuera en la fábrica de termómetros? Ya no me acuerdo, pero era joven.
—¿Una fábrica de termómetros? ¿Existe algo así?
Jeongi no pudo evitar sentir cierta vergüenza al ver ese pie con la piel áspera y la uña callosa.
—¡Ah, no, espere! Empezó cuando me fui a Seúl para trabajar de criada.
Tenía doce años. Fue en Seongbuk-dong. La hija del jefe tenía mi edad.
¡Era tan guapa! No tenía nada que ver con la chica de Chungcheong-do que era yo, de tez morena.
Ella tenía la piel blanca como la porcelana.
Cuando cogía un lienzo y ponía el pincel encima para pintar, parecía una de esas aristócratas de los cuadros occidentales.
En ese momento, decidí que yo también quería pintar.
—¿Quería ser pintora?
—Sí. Esa joven era demasiado guapa. Para mí, ella era como Scarlett O’Hara o Audrey Hepburn. En cuanto cogí un pincel, empezaron los problemas.
—¿Qué tipo de problemas?
—De casualidad, el material de pintura de esa chica desapareció.
Era un material muy caro que mi jefe había comprado en Francia durante un viaje de negocios.
Sucedió cuando yo mostré interés por pintar, así que me culparon de haberlo robado.
Por mucho que les supliqué, me echaron. Tuve que abandonar la casa descalza.
Creo que aquella fue la primera vez que perdí la uña al tropezar con una piedra.
La uña del meñique. Me quedé delante de la casa toda la noche suplicando que me readmitieran, pero no cambió nada.
Aquel día comprendí lo larga que puede llegar a ser la noche.
Era invierno. Temblaba de pies a cabeza.
Cuando abrieron la puerta al día siguiente fue para echarme mis pertenencias a la cara.
Sin embargo, yo no había robado nada. Me pregunto si en algún momento encontraron el material.
Gumnam se pasó la mano por la uña del pie mientras rememoraba su pasado.
Jeongi no comprendía realmente que la generación de Gumnam había sobrevivido a la pobreza extrema. Ella había nacido en un periodo de abundancia en el que los jóvenes se quejaban por costumbre, pero siempre había sufrido desnutrición. Jeongi frotó la uña que Gumnam había acariciado.
—No puede ponerle el esmalte, ¿verdad? Está demasiado rugosa. Está muerta, es por eso. It died. No vale la pena pintarla. Ni siquiera recuerdo habérmela cortado. Creo que está pegada a mi piel, pero dejó de latir hace mucho.
Jeongi resopló. La triste historia de Gumnam le ablandó el corazón.
—¡Claro que sí! Podría incluso dibujar flores —afirmó dejando caer una gota de esmalte blanco en esa uña tan negra y dura como la piel de un elefante.
Añadió un toque amarillo para crear una margarita.
—¡Parece un huevo frito! ¡Ja, ja!
—¡Es una margarita! Ahora que lo dice, creo que no me ha salido tan bien como pensaba.
—¡No, es excellent ! Una flor de huevo en el dedo del pie de la cocinera de Manna Dosirak. ¡No podría ser de otro modo! —exclamó la anciana con una sonrisa porque le había encantado el dibujo.
—¿Le gusta?
—¡Sí, es good ! Es hora de llamar a Munjeong. ¿Le importa si seguimos después?
—Claro que no. ¡Vuelva cuando acabe!
Cada noche, frente al entusiasmo de Gumnam a la hora de hablar con su hija, Jeongi envidiaba a Munjeong. No la conocía, pero ver a una madre dándole importancia a su hija la ponía celosa.
Aquella noche, Munjeong no contestó. Normalmente, ya habría vuelto del taller y habría empezado a enseñarle inglés a su madre por FaceTime.
Gumnam ya la habría reñido por estar demasiado delgada y le habría preguntado qué había comido.
La septuagenaria pulsó el botón rojo de su iPad para poner fin a la llamada.
Munjeong no había respondido, algo que sucedía cada vez con más frecuencia.
¿Estaba ocupada? Eso no era algo malo, quería decir que estaba inspirada para pintar.
Gumnam hizo una mueca y se sentó de nuevo delante de Jeongi.
—Tiene otra cosa que hacer. Está en busy mode .
—Me encantaría conocerla algún día. Parece ser una buena persona.
—Lamentablemente, no viene mucho a Corea. ¡Es toda una estadounidense! —espetó Gumnam, apenada, pero orgullosa porque su hija estuviera cumpliendo su sueño en su lugar.
Tumbada sobre la cama, Gumnam movía los dedos del pie con «flores de huevo» dibujadas. Con un suave roce, sacó un pie de la colcha de algodón, lo que le permitió verse los dedos. Los bonitos dibujos la ponían de buen humor.
En el momento de dormirse, oyó un roce en la habitación de Jeongi y Odeuli.
Para sus invitadas, esa habitación se había convertido en un acogedor refugio.
Antes, era ahí donde Gumnam tocaba el ukelele, dibujaba con pinturas pastel y estudiaba inglés.
Esas actividades eran una especie de reparación que se ofrecía a sí misma porque no había podido estudiar de joven, lo cual había hecho que brotara en ella un sentimiento de injusticia.
Así que se prometió dedicar una habitación entera a sus pasatiempos.
Desde que Jeongi vivía con Gumnam, la oía hablar de Munjeong todos los días, pero nunca de su yerno. ¿Quizá fuera tan ignorante como Jeongi? A pesar de la curiosidad, no quería reabrir antiguas heridas y no le hizo ninguna pregunta.
La joven madre giró el cuerpo hacia la pared cubierta de papel blanco en el que Gumnam había dibujado un manzano.
A pesar del ruido, Odeuli no se despertó.
Jeongi inspiró hondo y cambió de posición de nuevo.
El juicio tendría lugar en pocos días y empezaba a ponerse nerviosa.
Se decía a sí misma que todavía tenía tiempo de huir, pero Gumnam le había enseñado una lección importante: en la vida había que enfrentarse a los problemas para superarlos.
Huir no servía de nada, puesto que la realidad se repetía sin cesar como un refrán.