1. Querida Jeongi #8
Las tres almas que se conocieron a finales de otoño pasaron todo el invierno juntas.
Jeongi cogió tres kilos. Trabajaba en Manna Dosirak desde la apertura hasta el cierre.
Los chistes que contaba Gumnam mientras quitaba las hojas de los brotes de soja la hacían reír y las notitas que escribía la anciana para animar a sus clientes la conmovían.
La joven madre decidió entregarse a la policía y esperar al juicio.
Poco a poco, se preparó para afrontar la vida con determinación.
—¡Gumnam! O debería decir... ¡jefa! Se acuerda de que hoy le pedí medio día libre, ¿verdad? —preguntó Jeongi, que llevaba a la bebé a la espalda, delante de la puerta del local, por la que entraba el aire frío del invierno.
—¡Por supuesto! Hoy es el día en el que por fin nuestra pequeña Hwadong tendrá nombre oficialmente.
—Habría estado bien llamarla así. Hwadong de Hyehwa.
—No, en absoluto. Qué anticuado. Nos lo reprocharía toda la vida. Para tener clase, tendría que llamarse Hepburn, Scarlett o algo así. Hoy en día, hay que ser cosmopolita.
—¡Agú! —rio la bebé.
—¡Mire cómo le gusta! ¡Ja, ja!
—Pero ese barrio es especial para mí, no para nosotras.
Tras tapar a la pequeña con una manta, Jeongi abrió la puerta. Entró el aire fresco. Gumnam se acercó para despedirla, pues se iba al ayuntamiento. En cuanto salió a la calle, llegó el camión de Eunseok a Manna Dosirak.
—¡Mister Eggs! Jeongi acaba de salir a por el bus.
Eunseok, sorprendido, bajó rápidamente del vehículo.
—¿Qué? ¿Se va? ¿A dónde?
—¡Ja, ja! Al ayuntamiento para registrar a la pequeña. ¿Tanto te sorprende? ¿Te da miedo que se vuele con el viento? ¿La has tomado por una ninfa que vive en las nubes? ¡Me encanta ver cómo te derrites por ella! —lo provocó Gumnam, porque no había nada más divertido que el amor no correspondido.
—No, en absoluto. Tome, los huevos.
—¡Madre mía! Me traes huevos todos los días desde que está aquí Jeongi. A veces vienes por la mañana y por la tarde. No soy tonta.
—¡Gumnam!
Sus grandes ojos de gato inofensivo se parecían un poco más a los del actor Jung Hae-in.
—Eres bastante guapo. Proponle salir a cenar.
La pequeña duerme profundamente desde las siete de la tarde hasta la mañana siguiente, por norma.
Ah, olvidaba que, entre semana, va a clase para aprender a ser manicurista.
Será mejor que le propongas un fin de semana para aprovechar bien el tiempo y disfrutar de una buena cena. Yo cuidaré de la pequeña.
—Eh... Tiene razón. ¿Por qué no llevarla a tomar una sopa de oreja de mar bien acompañada? Eso le dará fuerzas.
—¡Claro que no! ¡Pasta! ¡Un costillar de ternera!
¡Eso es lo que necesita! —Gumnam le dio una palmadita en la espalda al muchacho y continuó—: Mister Eggs, ¿eres sincero con ella?
Maldita sea, no sirve de nada tener el rostro de Jung Hae-in y la voz de Lim Young-woong si no te las apañas con las relaciones románticas.
—Tiene mucha fuerza... —balbuceó avergonzado y con los ojos llorosos.
Dejó la bandeja que tenía en las manos y se marchó.
«No me ha dejado la cantidad que necesito, lo cual quiere decir que volverá mañana. ¡Será la ocasión perfecta para meterme un poco más con él!», se alegró Gumnam.
Su risa tan pura como la de una niña traviesa resonó por toda la estancia.
Odeuli. Ese era el nombre elegido para la hija de Jeongi. La pronunciación se parecía a la de Audrey, lo cual le gustó mucho a Gumnam.
—¡Hola, Odeuli! —exclamó tomando a la bebé en brazos, que se divertía empujando con la lengua el dientecito que tenía, más pequeño que un grano de arroz.
Lucía una sonrisa radiante. La anciana le hablaba a la pequeña mientras la bañaba.
—Mi querida y pequeña Odeuli, tu madre ha elegido un nombre muy bonito y, ¿sabes qué?, los nombres determinan nuestro destino. Gracias a él, tendrás una buena vida, mi princesa Odeuli.
La criatura sonrió de placer como si comprendiera la ternura de la mirada arrebatadora de Gumnam.
—Con esa postura le dolerá la espalda. Podría haberla bañado yo.
—Me pregunto si cuidar de los nietos será igual de divertido. Lamentablemente, mi hija es una DINK, así que nunca tendré el placer. Podría pasarme todo el día mirándote, mi pequeña Odeuli.
—Déjeme acabar. ¡Venga! —exclamó Jeongi agachándose junto a ella.
—Aquí no hay sitio, siéntese en otra parte. Además, ¿no tiene clase hoy? Creía que también iba los sábados para repasar para el examen. No hay que confiarse, pero siempre puede descansar un poco en el sofá del salón antes de salir, por ejemplo.
—No hace falta. ¡Estoy en plena forma!
—¿De verdad? Pues no queda más remedio que bañarla juntas.
Gumnam alargó el brazo para echarle un poco de agua caliente a Jeongi a la cara, que la esquivó antes de hacer lo mismo con la anciana. Odeuli sonrió.
—¡Agú!
Gumnam repitió el gesto varias veces y luego Jeongi bajó la cabeza.
—¿Le ha entrado agua en los ojos? Déjeme ver.
—Hummm.
Jeongi tenía los ojos rojos.
—Tengo miedo. Si se descubre, pronto iré a la cárcel. No sé si volverán a separarme de Odeuli. Me da miedo que estos momentos de felicidad no regresen jamás. Me siento como si estuviera viviendo en un sueño.
—¿Por qué tiene tanto miedo?
—Porque no es normal que sea tan feliz y no tenga ningún problema. Y es todo gracias a usted, señora —dijo Jeongi levantando la cara para mirar a Gumnam.
—Deje de llamarme «señora». ¿Cuántas veces tengo que decírselo?
Cualquiera diría que la preocupación forma parte de su naturaleza.
La semana pasada la interrogaron y dijo que había firmado sin saber nada.
Estoy segura de que los jueces harán un buen trabajo.
Y en el caso de que la metieran en la cárcel, lo cual no sucederá, yo estaré ahí para cuidar de la pequeña. No se preocupe. Don’t cry, okay?
—Odeuli acaba de aprender a sentarse. Me gustaría ver cómo se pone de pie y cómo da sus primeros pasos.
—¡Lo verá! Además, de todas formas, eso no cambia nada, porque estará con ella toda la vida. Un niño necesita más a una madre que le diga dónde no meter los pies que a una madre que lo vea caminar por primera vez. Ha elegido el buen camino. Hizo bien al entregarse a la policía.
Sin poder evitar que le cayeran las lágrimas, Jeongi respondió:
—Odeuli no debe caer nunca. Tengo que ayudarla a ir recta.
—Caer es un modo de aprender. Sin embargo, podemos evitar que se haga daño en la caída y ayudarla a tener el coraje de volver a levantarse. Todo el mundo se ha caído al menos una vez en la vida, es normal. Siempre pasa.
La joven lloraba a mares y su hija hizo una mueca.
—Mire. El rostro de una madre es un espejo para su bebé. Si la madre llora, la niña la imitará. Los niños se parecen a sus padres. Si muestra fuerza de carácter, Odeuli tampoco se dejará pisotear. Téngalo en mente para encontrar el valor. Esperaremos a que llegue el juicio. Don’t worry, okay?
—Gracias.
Jeongi se secó las lágrimas y se obligó a sonreír. Estaba emocionada.
Jeongi aplicó crema hidratante en el cuerpo de la bebé, tumbada sobre una toalla. Giró los dedos sobre su rodillita, tan pequeña como un hueso de tobillo, y la masajeó. Gumnam sacó leche de fórmula de la cocina.
—¿Ha cambiado la marca de la leche? Creía que a la pequeña le sentaban mal las otras y por eso seguía comprando la misma.
—Era mentira.
— What?
—Era un modo de hacerle beber una leche cara —respondió Jeongi con una sonrisa avergonzada en los labios.
«¡Qué morro tiene! ¡Cualquiera diría que la mayor de las dos soy yo!», pensó Gumnam preparando un biberón.
—Voy a darle de comer. Vaya a estudiar.
—Lo lamento. Le prometo que se lo pagaré.
—¡Usted lo ha dicho! ¡Este mes le restaré el precio de la leche de su salario! Por cierto, hoy es día de pagos. Se me había olvidado.
Gumnam abrió el segundo cajón que había junto al lavabo y sacó un sobre.
—Ya me da demasiado. No estoy segura de ser digna de recibir además su dinero, pero gracias.
—Todo trabajo debe ser remunerado. Además, le he restado una parte por el alojamiento y la comida. Si le pagara bien podría agradecérmelo, pero este salario es tan modesto que ni siquiera puedo ruborizarme.
—¡Gracias!
Jeongi salió por la puerta sin dejar de hacer reverencias para darle las gracias.
Su objetivo era graduarse como manicurista para trabajar haciendo uñas, aunque no tuviera más que un rincón en un salón.
Se aferró al sobre que contenía el sueldo que apenas gastaba.
Usaba solo una ínfima parte, para ahorrar y prepararse para vivir independientemente con Odeuli.
Sacó doscientos mil wones de lo que acababa de darle Gumnam.
Recorrió la avenida y luego la pequeña calle que llevaba a la Universidad de Sungkyunkwan.
Entró en el motel en el que se había quedado con su hija, pero la recepción estaba vacía.
Jeongi esperó unos minutos más, pero no vio a la propietaria.
Pasó el dinero por el agujerito en forma de medialuna del metacrilato y se sintió aliviada.
Era un modo de consolarse, de borrar los insultos de la propietaria, que la había tratado de indigente sin que ella pudiese refutárselo.
Jeongi sonrió sin darse cuenta siquiera. A continuación, se dirigió al establecimiento en el que tenían lugar las clases. Una variedad de tonos anaranjados coloreaba el cielo de esa tarde de invierno.
¡Bip bip!
Eunseok acababa de tocar el claxon con precaución.
La joven se dio la vuelta.
—¡Jeongi! —la llamó Eunseok abriendo la ventanilla de su vehículo.
—Hola.
—Hoy es sábado. ¿También tiene clases? ¿Quiere que la lleve? —le propuso el muchacho hablando de manera apresurada—. Acabo de terminar las entregas del día.
—No hace falta, gracias —respondió ella con un tono extrañamente seco.
—¡Es el camión más cómodo que existe! Suba. También tengo mandarinas —dijo para convencerla.
Cogió una fruta naranja y se la mostró con una tímida sonrisa.
—Prefiero caminar.