El misterio de las recetas de la señora Jeong 1. Querida Jeongi #7
17%

1. Querida Jeongi #7

Gumnam se puso a preparar las fiambreras de la noche. Mientras echaba aceite de sésamo sobre los brotes de helecho, el carrillón de la puerta tintineó. Salió enseguida de la cocina. No vio a nadie en el local. Fingió volver a preparar los platos, pero se encogió y se escondió detrás del mostrador.

—¡Calla! Mantente en silencio si quieres volver a ver a tu mamá.

Al cabo de diez minutos, la anciana tenía las piernas entumecidas.

Un poco más y le entrarían calambres. Ella y la bebé respiraban en el mayor silencio posible.

Gumnam levantó la cabeza para inspeccionar la estancia, pero seguía sin ver a nadie.

Sin embargo, estaba convencida de que solo la madre de la bebé sería capaz de ir durante la pausa a esas horas del día en las que ya no había dosiraks para vender y de que estaría escondida en alguna parte, dudando mil veces antes de dejarse ver.

«¡Mi intuición no se equivoca nunca!», se dijo.

Pero parecía que esa vez sí. No apareció nadie, ni siquiera una hormiga. Solo el dolor que se apoderó de sus piernas.

—Estoy segura de que era ella.

Cuando el carrillón sonó de nuevo, la mujer salió de su escondite, rápida como un rayo.

—¡Por fin!

—¡Hola! Sí, he venido a traer los huevos.

—Lástima, no es ella.

Decepcionado, Eunseok dejó las bandejas sobre la mesa y le preguntó a Gumnam:

—¿Espera a alguien? ¿La bebé sigue aquí?

Los iris negros bajo el cabello aterciopelado de la recién nacida le resultaron familiares. Le recordaron a alguien.

—Qué raro, tiene los mismos ojos... —murmuró Eunseok.

Gumnam le tendió un vaso de sikhye .

—Lo lamento, ayer se me olvidó dártelo.

—¡Gracias!

—¿A quién dices que se parece?

—El otro día tuve un accidente. Una mujer apareció corriendo por el paso de peatones cuando yo conducía el camión. Estuve a punto de atropellarla. Bueno, me da la impresión de que se parece a la pequeña, pero supongo que no tienen nada que ver.

—¿Cómo era?

—Guapa —respondió de manera irrefutable.

—¿Guapa? —repitió Gumnam al ver la sonrisa avergonzada de Eunseok—. ¿Y qué más?

—Estaba muy delgada. Me habría gustado ofrecerle algo de comer.

—¿Y?

—Tenía el rostro lleno de heridas. Tendría que haberla llevado al hospital.

Gumnam sonrió ante la idea de que Eunseok buscara excusas para decir que le habría gustado pasar tiempo con ella. Y, como la anciana no le preguntó nada más, el joven siguió hablando de esa misteriosa mujer.

—Llevaba una chaqueta vaquera vieja e incluso lloró delante de mí como una niña. Me habría gustado consolarla, pero no me atreví a tocarla. Me daba la impresión de que no tenía derecho a meterme en su malestar.

—¡Has tenido un flechazo!

—¿Qué?

—Vendrá. Ten paciencia y volverás a verla.

—¡No, no estoy enamorado! En todo caso, gracias por el sikhye . ¡Adiós!

Eunseok se bebió todo el contenido del vaso y se marchó. Tenía la frente perlada de sudor, como si fuera el protagonista de un manga que acaba de caer en el encanto del primer amor.

—Se hace el intelectual, pero en el fondo es un chico más. ¿Tu mamá llevaba una chaqueta vaquera? Dice que se parece a ti, puede que sea ella. Vamos a esperarla —le propuso a la bebé.

Gumnam escribió: «Para Heungmin» con bolígrafo en el dosirak que puso en el escaparate. Heungmin era un estudiante universitario de segundo curso que, por suerte, no tenía el síndrome del adolescente insoportable y se pasaba regularmente por la casa de comidas.

Sobre las seis de la tarde, empezaron a llegar los clientes.

Aprovechó la multitud para entrar. Estaba delgada y llevaba una chaqueta vaquera, lo que bastó para que Gumnam no le quitara ojo.

¿Era la madre de la bebé? Sus ojos hinchados delataban que había estado llorando.

La prueba indiscutible para la anciana fue que no miraba el escaparate, sino que se fijaba atentamente en la recién nacida.

La cocinera mantuvo la calma por miedo a espantarla.

La joven hizo la cola hasta el final, sin duda porque echaba de menos a su hija.

Cuando Jeongi llegó al mostrador, Gumnam la recibió con naturalidad.

De repente, le agarró la muñeca a su clienta.

—¡Dígame que ha venido a por la pequeña! —exclamó la anciana tirando de ella.

La joven estaba tan delgada que le dolía el brazo cuando alguien la cogía así.

—Lo lamento muchísimo.

—Calle y sígame.

¿Iba a llevarla a comisaría? Jeongi se arriesgaba a recibir una dura sentencia si la pillaban.

¿Qué sería de su bebé? En algunas películas, se ve a los bebés junto a sus madres en la cárcel.

¿Acaso es lugar para ellos? A Jeongi se le pasaron todo tipo de pensamientos por la cabeza y captó la ira en el agarre de Gumnam.

Atravesaron el parque Marronnier, giraron a la derecha, luego a la izquierda y se adentraron en Ihwa-dong. Había una empinada escalera ante ellas y, al pasar por el lado, Jeongi vio la comisaría.

—¡Lo lamento muchísimo! No puedo ir a la policía. Le prometo que volveré a hacerme cargo de mi bebé. ¡Por favor, perdóneme!

—¡Le he dicho que me siga!

Gumnam continuó tirando del brazo de la mujer.

Se abrió la puerta. Un aroma a leche azucarada y ropa limpia flotaba en el aire. Sobre un zapatero, había un póster enmarcado de la película Vacaciones en Roma en el que salía Audrey Hepburn comiéndose un helado.

Lo primero que vio Jeongi al entrar fue el ukelele que había en el sofá beis de ante, como si alguien lo hubiera tocado hacía apenas unos minutos. Sobre la mesa de madera con hermosas nervaduras había una foto de Gumnam y de su hija agarradas del brazo con cariño.

Cuando la anciana dejó a la pequeña, Jeongi la tomó en brazos.

Lloraba con tanta fuerza que la anciana se preguntó cómo había podido aguantar una semana sin la criatura y se metió en la cocina con la intención de dejarles tiempo para disfrutar del reencuentro.

Dejó correr agua en el fregadero para hidratar unas algas y sacó del congelador huevas de erizo de Jeju que conservaban su frescura intacta.

Gumnam echó un chorrito de aceite de sésamo en una sartén junto con unas pocas láminas de ajo.

Luego, añadió las algas para rehogarlo todo antes de incorporar el agua.

Cuando empezó a hervir, agregó una generosa cantidad de huevas de erizo.

En cuanto se pegó a la sartén, lo removió y añadió salsa de soja y salsa de pescado para terminar.

Tomó una cucharada para saborearlo.

— Yummy! This is excellent!

Mientras se cocía la sopa de algas, Gumnam oyó a Jeongi diciéndole a su hija que nunca volvería a separarse de ella. Eso era lo que esperaba. Era suficiente.

—¡Venga a comer! Siéntese aquí.

En lugar de enfadarse con ella, ofreció comida a su invitada.

Sopa de algas con huevas de erizo, ternera marinada hecha a la sartén, espinacas sazonadas, batata caramelizada... Le dio una cuchara a la joven, que estaba sentada a la mesa con los hombros hundidos y el aspecto abatido. Regañó a su invitada por no tocar la comida.

—Coma. No estará bueno si se enfría. ¿Cómo piensa criar a una niña estando así de flacucha?

Jeongi tomó una cucharada de la sopa de algas, de la que todavía salía humo. Estaba deliciosa. Tenía un sabor que nunca había probado, el de una sopa cocinada con amor. Desconocía su fecha de nacimiento, pero tuvo la sensación de que ese día era su cumpleaños.

—¡Venga! ¡Anda! No debe quedar nada —la animó Gumnam dejando un filete de carne a la parrilla sobre el cuenco de arroz de Jeongi—.

Tome un poco de ternera y espinacas. Una mujer que da el pecho debe alimentarse bien.

¿No le gustan las huevas de erizo? Me las envió una amiga de Jeju porque le dije que pronto vendría a verme una joven madre.

Dicen que van muy bien después del parto.

He tenido que contenerme para no devorarlas... ¿No le apetecen?

—Hummm.

—Debe tomarlas. Aunque sea una cucharada, ¿vale?

Jeongi se encontraba bien, reconfortada y atosigada por esa anciana en un hogar acogedor. Quizá fuera ese el tipo de comida que llevaba toda la vida esperando.

—Lo lamento de veras. Debe de estar muy sorprendida. Jamás hubiera dicho... —empezó la joven, incapaz de tocar la comida que tanto agradecía.

—Está bien, no pasa nada. Anyway , coma. Dese prisa, antes de que se enfríe.

Jeongi no necesitó que se lo dijera de nuevo. Sus ojos inyectados en sangre delataban las calamidades que había tenido que soportar.

Jeongi y Gumnam se tumbaron en la cama con la bebé entre ellas.

Antes de dormirse, la joven le había contado toda su vida a su anfitriona, desde el orfanato hasta cómo conoció a su exnovio y el hecho de que la buscaba la policía.

No olvidó mencionar las noches en el parque Marronnier ni la historia ante el buzón para bebés y el llanto de la pequeña.

Mientras hablaba, la anciana le acariciaba el brazo.

«¿Cómo ha podido una mujer como ella resistir tantos retos? », se preguntaba.

Gumnam fue la primera en despertarse por la mañana.

La recién nacida dormía con los puños cerrados mientras su madre gemía con la frente perlada de sudor.

Gumnam le puso la mano encima. Tenía fiebre por culpa de la presión que por fin había dejado escapar.

Mojó un paño con agua fría y le secó la frente y el cuello a Jeongi, que se despertó.

—Señora.

—Llámeme Gumnam. Duerma un poco más. No hay mejor remedio que una buena comida seguida de una buena noche de sueño.

—Hummm.

—Quédese aquí hasta que encuentre un lugar al que ir. No huya, pero no se acomode demasiado tampoco. En este mundo, no hay nada gratis. Tendrá que venir al restaurante a ayudarme a cortar ajos y cebollas.

Desconfiada y con una mirada propia de un gato salvaje, Jeongi le dio las gracias a Gumnam antes de dormirse como si hubiera perdido el conocimiento.