1. Querida Jeongi #6
—¿Te gusta? Si no puedes apartar la mirada del bebé, es que ha llegado el momento de que te cases. Venga, date prisa, a traer niños al mundo.
—¡Ja, ja! ¿Cuántas bandejas quiere hoy? ¿Tres, como de costumbre?
—No me cambies de tema. Pronto cumplirás los treinta, ¿no? ¡Con esa edad antes ya se tenían nietos!
—Hoy la encuentro muy arrogante, señora Hepburn —dijo con un tono burlón antes de sonreír con timidez—. Sabe que odio que me digan esas cosas.
—Solo soy una servior mejorada. No una anciana, sino más bien una especie de sabia. Hoy me he pasado de la raya porque no llevo las perlas. Son el secreto de mi elegancia...
Gumnam elegía cuidadosamente las palabras, lo que hizo reír a Eunseok.
—¿Una servior ?
—Sí, ¿no sabes lo que es? Los jóvenes de hoy en día no sabéis nada. En inglés, quiere decir «adulta».
—Ah, ¿se refiere a senior ?
—¡Calla! ¡Me he equivocado! No sé dónde tengo la cabeza.
—Mientras no se confunda también con los ingredientes, no pasa nada. ¡Ja, ja!
Eunseok, con sus grandes ojos rasgados, sonrió. Dejó tres bandejas de huevos en la cocina y se subió de nuevo al camión. La suave voz que anunciaba la llegada de los huevos se alejó poco a poco de Manna Dosirak.
—¡Cuídate, Mister Eggs!
En cuanto Gumnam vio la matrícula del camión, se llevó una mano a la frente porque había olvidado servirle un vaso de sikhye fresco. A los setenta y pico, una ya no tenía la misma memoria que a los dieciocho. Estaba harta de olvidar cosas tan básicas.
—Seguro que es por culpa de tu madre, pequeña. Tu llegada me ha causado una gran impresión, ya lo sabes —dijo antes de tomarla de nuevo entre sus brazos.
Se sentó en una silla desde la que podía ver la calle flanqueada de pinos a través del ventanal abierto. Se tomó un vaso de sikhye contemplando las hojas amarillas de los ginkgos caer, los árboles acariciados por los cálidos rayos del sol. La bebida estaba dulce gracias al sirope de cebada.
«Estoy segura de que tu mamá está a punto de llegar. Yo, Gumnam, no me equivoco nunca», pensó.
—Si nos quedamos aquí, tu madre podrá verte. Así no tendrá el corazón tan roto. ¡Contemple su tesoro, señora, y, sobre todo, regrese!
Jeongi se acarició la nuca. Llevaba un collar de catorce quilates, tan fino que apenas brillaba.
Sin duda, se lo había dado su madre, puesto que ya lo llevaba cuando llegó al orfanato.
Eso no cambiaba el hecho de que estaba sola, pero, sin esa joya, le daba la sensación de que nunca tendría la ocasión de reencontrarse con su madre y lo atesoraba más que nada en el mundo.
Se lo quitó y lo dejó sobre el mostrador de cristal.
Dentro, se veían objetos de oro como sapos, cucharas y anillos de nacimiento.
El collar de Jeongi no entusiasmó a la propietaria.
Era una mancha entre tantos tesoros opulentos.
Motivada por la vergüenza, Jeongi acercó la nariz al cráneo de la bebé que sostenía entre sus brazos. Emanaba un dulce perfume.
La joyera, firme y rígida, no sabía cómo decírselo.
—Es bisutería.
—¿Disculpe?
—El revestimiento está muy bien hecho, pero no es oro.
Cada vez que estaba en apuros, Jeongi se tocaba el collar pensando que era una herencia de su madre. ¿Cómo podía tratarse de una baratija sin valor? Esbozó una amarga sonrisa.
—Esta historia me hará perder dinero —murmuró la propietaria antes de darle cuarenta mil wones a Jeongi, una cantidad superior a su valor de mercado.
No importaba que fuera bisutería, Jeongi tuvo la sensación de estar perdiendo el último vínculo con su madre y se sintió traicionada por el apego que le había guardado toda su vida, pero fue incapaz de derramar una lágrima, aliviada por los cuatro billetes de diez mil wones que acababa de recibir.
En la estantería del supermercado había todo tipo de leches infantiles, algunas a base de leche de cabra.
Jeongi le pidió a una empleada que le eligiera una de buena calidad.
La vendedora cogió una gran lata con la tapa azul en la que había unas instrucciones escritas en inglés.
Tras comprar la leche, el arrullo para dormir, pañales y un biberón, ya no le quedaba casi dinero.
Le habría gustado pasar un día más con su hija, pero se dijo que tenía que separarse de ella ese mismo día.
Con lo que había comprado en la mano, la joven madre se encaminó hacia Manna Dosirak con paso seguro.
Se sintió tentada de dar media vuelta en numerosas ocasiones, pero estaba al borde del precipicio y se arriesgaba a caer con la bebé.
Su única motivación era imaginarse a su hija con comida caliente y una buena vida. Eso le permitía avanzar.
Durante el camino que llevaba hasta la avenida de la universidad, se encontró un fotomatón.
Jeongi nunca se había hecho una foto con su recién nacida y entró sin vacilar.
Introdujo cuatro billetes de mil wones en la máquina y seleccionó la opción de varias tiras con diferentes fotos.
Sacó a la pequeña de la mochila para sostenerla entre sus brazos.
En un primer momento, se mostró perpleja, pero sonrió al ver sus rostros en la pantalla.
En cuanto se activó el flash , se echó a reír a carcajadas.
Era la primera vez que Jeongi sonreía con ella.
A decir verdad, le caían lágrimas por las mejillas.
La joven se metió en el bolsillo las extrañas fotos en las que ella lloraba mientras su bebé reía de alegría. Con los ojos hinchados, retomó el camino hacia la casa de comidas.
¿La anciana estaba limpiando la cocina? A esas horas de la noche, era invisible.
La puerta estaba abierta y mostraba el mensaje que había leído antes Jeongi en su dosirak: «Siempre le daremos la bienvenida».
Arrulló cuidadosamente a su bebé y escondió el mensaje que había escrito en el parque Marronnier entre las mantas antes de morderse los labios.
Levantó la cabeza y vio que caían hojas del ginkgo .
Cada vez que miraba a su hija, un inmenso dolor le partía el pecho.
Le picaba la nariz. Quería separarse de ella antes de echarse a llorar porque sabía que la despedida sería definitiva.
De repente, Jeongi pensó que prefería decirle «See you again» .
Atormentada, se dijo que en algún momento la vería de nuevo si su vida se estabilizaba.
Dejó a la recién nacida en el interior de la casa de comidas en silencio.
Depositó la bolsa a su lado. La niña sonreía.
Se alegraba de estar tumbada por fin en alguna parte.
Había llegado el momento de cortar el cordón que las había unido durante nueve meses.
La joven madre esbozó una mueca. Hizo un esfuerzo tremendo para sonreír en el momento de despedirse de su hija, pero, en cuanto le asomaron las lágrimas a los ojos, la bebé se puso a llorar.
Temblorosa, Jeongi corrió hacia el exterior sin mirar atrás.
De repente, un camión de huevos se paró en seco delante de ella en mitad de la calle. Eunseok iba al volante. Abrió rápidamente la puerta, salió y se acercó a la joven, que estaba tumbada en el suelo.
—¿Se encuentra bien? ¿Está herida? ¡La llevo al hospital!
—Hummm.
—¿No puede hablar? ¿Respira, al menos? ¡No puede correr así cuando el semáforo está en rojo! Es muy peligroso. Voy a llamar a una ambulancia.
En ese momento, vio el rostro de Jeongi con el cabello despeinado.
Tenía la cara cubierta de heridas y moratones cerca de los ojos.
Sospechando que algo no iba bien, le cogió el brazo cuando ella intentaba levantarse.
La mujer tenía los grandes ojos negros llenos de lágrimas, que acabaron derramándose y cayéndole por las mejillas.
Era como un globo recién explotado. Hasta con los ojos cerrados, veía a su hija.
Todavía notaba su fino cabello en el cuello.
Sorprendido, a Eunseok también se le llenaron los ojos de lágrimas.
No pudo contenerlas al verla, a pesar de que no sabía lo que le había sucedido.
Levantó el brazo para acariciar la espalda de la desconocida llorosa, pero, abrumado por la emoción, no consiguió hacerlo.
—No parece estar nada bien. La acompaño al hospital. Se ha hecho daño, ¿verdad? Dígame dónde.
Pero Jeongi empujó al joven y echó a correr, huyendo de él. El parque Marronnier era su único refugio. Jadeaba con la respiración entrecortada. Parecía que se le iban a salir las entrañas. Le faltaba algo.
Miró hacia el cielo. Unos pájaros habían anidado en las ramas del árbol.
—¡Qué suerte tienen! Pueden construirse una casa con ramitas —dijo Jeongi en voz alta.
Bajó la cabeza. No dejaban de brotarle lágrimas de los ojos. Tenía los brazos demasiado ligeros. Lloraba de alivio porque ya no le dolían los hombros. Lloraba de tristeza porque la bebé que tenía pegada a la piel había desaparecido.
«¡Ya llorarás cuando tengas tiempo!», se dijo autoflagelándose. Decidida, se tragó las lágrimas.
De repente, notó calor en el tobillo desnudo.
—¡Miau!
Era un gato anaranjado, blanco y marrón oscuro.
Tricolor. El animal maullaba frotándose contra Jeongi y pidiéndole comida.
Sin duda, tenía gatitos dentro de su enorme vientre.
Sus ojos reflejaban la luz en la oscuridad.
El animal se sentó y miró a Jeongi directamente a los ojos como si quisiera consolarla.
Hacía ya una semana que Gumnam cuidaba a la bebé.
Era una situación complicada. Cada día que pasaba sin que volviera la madre sentía que perdía más el control.
Decididamente, las nuevas generaciones eran muy diferentes de la suya, pero no podía hacer nada.
El amor materno causaba estragos. Estaba convencida de que la madre las miraba con lágrimas en los ojos.
Acostumbrada ya a la espalda de la anciana, la bebé se miraba la mano que había levantado, maravillada.
—¡Qué manita tan pequeña! ¿Por eso te las miras así? ¿Qué harás después con ellas? Ay, había olvidado los helechos que recibí ayer. ¡Qué tonta estoy!