1. Querida Jeongi #5
Con los hombros siempre caídos, se la veía abatida. Aunque aparentaba calma, a veces se ponía a gesticular y, cuando eso sucedía, Jeongi la estrechaba con fuerza entre sus brazos.
Se subió a un metro. El balanceo calmaba a la recién nacida y, en cada estación, su madre le tomaba la temperatura. La fiebre había bajado levemente, pero no se veía ninguna mejoría. A Jeongi y a su hija solo les quedaba una opción.
Bajaron en la estación de Sillim. Los usuarios de la línea dos miraban de reojo a la joven madre con la bebé y una maleta.
Estaba acostumbrada. Le daba la sensación de que esas miradas llenas de piedad, compasión o desprecio le atravesaban el cuerpo.
Al final del día, sabía que no las volvería a sufrir.
«No tengo derecho a arrastrar a mi hija en mi caída», se dijo.
Jeongi subió una colina y vio un lugar en el que había escrito en grandes letras blancas: BUZÓN DE BEBÉS .
Era uno de esos lugares donde se podía dejar a un recién nacido de forma anónima para que lo cuidaran.
Siguió la flecha. De repente, la bebé se echó a llorar a todo pulmón.
Jeongi le tomó la temperatura y se dio cuenta de que había bajado.
¿Por qué lloraba? ¿Acaso ese pequeño ser indefenso lo había comprendido?
Sus sollozos eran tan fuertes que le impedían respirar bien.
Era una catástrofe. Sabía que pronto ya no estaría en los brazos de su madre.
—¡Brum, brum! Un coche nos lleva hasta las nubes. ¡Brum! Conducimos por el arcoíris.
La canción no consiguió calmar a la niña, así que aumentó el volumen.
—¡Brum, brum! Un coche nos lleva hasta las nubes. ¡Brum! Conducimos por el arcoíris.
—¡Ueee!
—¿Por qué lloras? ¿Por qué? ¡Haces que se me llenen los ojos de lágrimas!
—¡Ue! ¡Ue!
—¿Cómo esperas que sobrevivamos juntas? ¿Como personas sin hogar cerca de la estación de Seúl?
¡A mí no me importaría, pero nunca podría hacerte algo así a ti!
¿Quieres vivir lo que yo viví? ¿No te parece injusto?
¡Ya tienes más de cien días y ni siquiera tienes nombre!
¡No has hecho nada para merecer esta vida tan desgraciada!
¿Por qué tendrías que soportar algo así?
Jeongi tenía los ojos llorosos y le picaba la nariz.
¿Qué le estaba diciendo a un bebé que ni siquiera era capaz de mantenerse en pie?
Se tragó las lágrimas y apoyó la cara en la suave cabecita de su criatura.
Era agradable y la reconfortaba. La bebé se le acurrucó en los brazos y aferró sus manitas a las de su madre.
Jeongi no podía separarse de ella. Le partía el corazón.
Dio media vuelta, cogió la maleta y bajó por la colina. Cuando la tensión disminuyó, sus piernas ya no tenían fuerzas para avanzar mientras arrastraba la maleta rodante. A Jeongi se le escapó el asa.
Corrió para no perderla y, durante la carrera, cayó de bruces. En la desafortunada caída, hizo todo lo posible por proteger a su hija y la abrazó con fuerza.
¡Bum!
Cuando Jeongi abrió los ojos, estaba en el hospital.
—¡Mi bebé!
La enfermera, que le estaba administrando vitaminas por la vía intravenosa ya colocada, la miró.
—Sufre desnutrición. La han traído aquí porque estaba inconsciente. Tiene unos cuantos rasguños en la cara por culpa de la caída. Aplíquese mucha pomada para ayudar a que cicatricen. En su situación, es imposible que pueda cuidar de un...
—¡Mi bebé! ¿Dónde está?
—Con una enfermera en la sala de espera.
La joven se arrancó la vía del brazo izquierdo, se levantó y salió de la sala de urgencias.
—¡Espere!
Cuando vio a la recién nacida sonreír entre todas las mujeres que la cuidaban, Jeongi se tranquilizó. Su hija estaba riendo.
Tenía miedo de acudir a un centro médico porque la buscaban, pero le dolía todo el cuerpo después de haber parido sola. Cogió a la bebé para hacerle carantoñas. Dio las gracias, se disculpó varias veces con el personal y se marchó corriendo. La enfermera se quedó sin palabras.
Una vez fuera, la joven madre echó a andar frenéticamente.
Se le había agotado la batería del móvil y no sabía qué hora era.
Podía acabar de anochecer o estar a punto de amanecer.
Siguió adelante mirando solo las señales de tráfico.
Todo el mundo estaba en casa menos ella, que no tenía techo bajo el que dormir, y se dirigía al parque Marronnier.
No debería quedarse allí si bajaban las temperaturas, pero no tenía un lugar más seguro por el momento.
Se había planteado ir a una cafetería que abriera las veinticuatro horas, pero temía revivir la experiencia del hospital universitario.
Si llegaba la policía, se vería obligada a huir.
¿Qué sería de la pequeña? Tenía tanto miedo que le parecía que el único lugar adecuado para su situación era ese parque.
Cuando llegó a la calle de la universidad, donde todos los bares y restaurantes habían cerrado, vio su rostro reflejado en un cristal y se apiadó de sí misma.
Unos puntos de sutura negros formaban una línea irregular en su frente.
Queriendo proteger a su hija, se había golpeado la cabeza contra el suelo y tenía el rostro hinchado y magullado.
Pero, mientras su pequeña estuviera sana y salva, no le importaba su propio estado.
Jeongi parecía un globo a punto de reventar al menor contacto.
¿Cuánto tiempo más tendría que seguir caminando en la noche oscura?
Inspiró profundamente. Le temblaba el cuerpo, le ardía el estómago vacío.
Era como si hubiera alguien exprimiéndole las entrañas.
Entre la mochila de porteo y el peso de la bebé sobre sus órganos, apenas podía respirar.
Sin embargo, no quería soltarla. No había un lugar adecuado en el que acostar a su niña.
Mientras Jeongi caminaba, se le pasaban todo tipo de pensamientos por la cabeza.
¿Qué habría en el extremo de ese camino sin fin?
¿La esperaba alguien? Sonrió. ¿Quién iba a esperar a una huérfana? De repente, el cielo oscuro se iluminó.
En esa calle repleta de pinos, una luz amarilla salía de una tienda rodeada de establecimientos cerrados.
Unos preciosos ginkgos de hojas doradas protegían la acogedora casita tipo hanok .
Una anciana con el cabello blanco retirado con una pinza abrió la puerta.
Llevaba pendientes de perlas y tenía el contorno de la boca plagado de arrugas que revelaban la cantidad de momentos de alegría que había vivido.
Jeongi oyó campanas cuando la vio. Era el destino.
El sutil vaivén de la arrocera tintineaba con una delicadeza casi tierna y el eco resonó en la mente de la joven como una suave melodía.
La imagen le gustó: la letra de la canción que escapaba por la ventana, el aroma del arroz y el rostro de esa anciana que lucía una sonrisa de oreja a oreja mientras escribía en una hoja.
Las manos arrugadas que colocaban unas fiambreras preciosas en el impecable escaparate despertaron una emoción que Jeongi no había conocido hasta el momento.
Levantó la cabeza para leer el letrero que brillaba bajo la luz de la luna y notó que el calor se le esparcía en el pecho.
MANNA DOSIRAK . «¿Esta mujer preparó la fiambrera que me ha dado esa enfermera?
», se preguntó Jeongi. Se rebuscó en el bolsillo y notó el papel de aluminio gris que reflejaba la luz de la luna. Desplegó la nota y leyó el mensaje:
¡Si todavía tiene hambre después de una ración de arroz como esta, venga! ¡Le volveré a llenar la fiambrera! Siempre le daremos la bienvenida.
«See you again!».
«¿También yo seré bienvenida?», se preguntó.
La melodía de Over the Rainbow salía flotando desde la puerta de la casa de comidas. ¿Se harían realidad los deseos de Jeongi? ¿Sus problemas se derretirían como pastelitos de limón?
Bajó la cabeza hacia su bebé.
—¡Brum, brum! Un coche nos lleva hasta las nubes. ¡Brum! Conducimos por el arcoíris.
La recién nacida se unió a su canción como si supiera lo que su madre sentía.
—¡Agú!
—Creo que aquí estarás bien.
—Serán siete mil wones. ¡Le deseo un nice day y see you again !
Tras la encantadora despedida de Gumnam, Shinpung se dirigió al teatro con paso ligero. Cuando todas las fiambreras estuvieron repartidas, la cocinera pudo sentarse por fin, el doble de sudada de lo normal por la pequeña que llevaba a la espalda.
—¿Sabes qué, bebé? No he podido usar pimiento picante por tu culpa.
A los coreanos nos encantan los platos especiados.
¿Qué haré si pierdo clientes? No, estoy diciendo tonterías.
¡Es imposible que alguien que haya probado mi comida no vuelva!
Bueno, ya va siendo hora de preparar el dosirak del mediodía.
En ese instante, un camión se detuvo delante del local, cuya puerta, iluminada por el sol, estaba abierta.
—¡Han llegado los huevos! ¡Huevos frescos!
Una voz de mezzosoprano dulce como la miel salió del altavoz que reproducía una grabación.
Alegraba a dueñas de restaurantes de Hyehwa-dong hasta el de Ihwa.
Habían apodado al distribuidor «el Lee Young-woong de los huevos», puesto que su hermosa tesitura recordaba a la del joven cantante Lim Young-woong.
La gente se preguntaba cómo un simple anuncio podía llegar a ser tan agradable y empezaron a hacerse preguntas sobre la identidad de Eunseok.
Su aspecto delicado, que desbordaba inocencia, todavía despertaba aún más curiosidad.
Gumnam estaba muy al tanto de la vida del joven, pero no le contaría nada a nadie.
—¡Buenos días, Mister Eggs!
Eunseok, con el cabello rizado y la raya en medio, saludó cálidamente a la anciana.
—Aquí tiene, los huevos antes del mediodía, tal y como me pidió. ¿Quién es esta bebé? ¿Es su nieta?
Gumnam echó un vistazo a la bebé que balbuceaba tras ella.
—Digamos que es un pequeño tesoro que estoy guardando temporalmente.
—Le brillan los ojitos como piedras preciosas.
El joven la observó con atención.