El misterio de las recetas de la señora Jeong 1. Querida Jeongi #4
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1. Querida Jeongi #4

—Nunca ha sido estéril. Solo quiere una familia DINK, ¿cuántas veces tengo que repetírtelo?

—¡Lo mismo es!

La vendedora colocó unos pasteles de arroz largos sobre la plancha para tostarlos.

—¡Pues no! No tiene nada que ver. Ser DINK es una elección. Dos salarios y ningún hijo. Bueno, déjalo. ¡Toma, para ti! —dijo Gumnam sacando una botellita de yogur líquido de la bolsa de plástico. Le puso una pajita amarilla y se la tendió a su amiga.

—¡Ahí tienes! ¡Noventa y nueve años con solo tres días en la cama y, al cuarto, nos vamos! ¡Salud! —exclamó Gum­nam con entusiasmo.

La bebé sonrió.

—¡Pues sí! ¡Noventa y nueve años con solo tres días en la cama y, al cuarto, nos vamos! —repitió la señorita Garaetteok antes de brindar.

Fue un brindis gracioso y triste al mismo tiempo, típico de las personas mayores. Hablaba de la posibilidad de vivir con una salud envidiable hasta los noventa y nueve y luego ponerse enferma durante tres días para acabar en el cielo el cuarto.

—¡Hasta la próxima! Have a nice day!

Cuando Gumnam hablaba, la bebé sonreía. Si hacía ruido, reía a carcajadas.

«¿Cómo ha podido tu madre abandonar a una criaturita tan dulce? Debe de tener graves problemas...».

Jeongi se presentó en la sala de pediatría del Hospital Universitario de Seúl. Algunos niños lloraban, otros estaban tranquilos, sentados en sillas de ruedas con un gran tubo metido por la nariz como si hubieran aceptado su destino con humildad.

Mientras tranquilizaba a su bebé, que parecía incómoda, buscó un lugar para sentarse. Al final del pasillo que llevaba a los servicios, encontró un microondas y un dispensador de agua potable. Dejó la maleta en la silla, frente a la fuente.

—Vamos a intentar aguantar una semana aquí.

Por desgracia, a pesar de sus esperanzas, los problemas llegaron apenas dos días más tarde. Un empleado de mantenimiento que la había estado observando la denunció en la recepción.

Una enfermera de uniforme rosa y cabello recogido con una redecilla se acercó a Jeongi. En su identificación se leía: JEONG HAEYEONG, SERVICIO DE PEDIATRÍA . A diferencia del empleado de mantenimiento, miró a Jeongi y su bebé con dulzura.

—Buenos días, ¿está esperando su turno?

—Hummm.

—Ya le había dicho que era rara. Lleva unos días aquí. ¿Llamo a la policía? —preguntó el empleado.

—Ah, ¿es la madre de Sangi? ¡Perdón por haber tardado tanto en atenderla! Venga conmigo.

Haeyeong guiñó el ojo a Jeongi para indicarle que había comprendido la situación y le abrió la puerta que llevaba a las escaleras.

La enfermera había captado la situación de la joven madre.

En general, los visitantes se quedaban cerca de los pacientes, pero Jeongi tenía cuidado de no molestar a nadie.

No era lo normal en ese hospital. Haeyeong supuso que no tenía a dónde ir.

Jeongi, de pie ante la enfermera, observaba la luz verde que señalaba la salida de emergencia.

—¿Cómo puedo ayudarla? Tal vez pueda encontrarle un sitio...

—No, está bien. Gracias por lo de hoy.

—Espere. Es solo un momento.

Haeyeong le pidió a la joven, que parecía a punto de huir, que esperara en la escalera. Salió y regresó rápidamente con un chaleco verde en los brazos en el que había escondido varios objetos.

—Tome. Lo he comprado para comer durante mi turno de hoy.

Era un dosirak en un recipiente de plástico transparente. El olor a carne marinada flotaba en el aire.

—Cójalo.

—Gracias.

Jeongi cogió el dosirak y bajó las escaleras. La bebé se despertó y se echó a llorar por el ruido de sus pies, que saltaban rápidamente de un escalón a otro. Por fin había logrado dormirse a pesar del hambre que tenía, pero el ruido que hacía su madre al pisar el hormigón la había asustado.

La joven madre llegó pronto al paso de peatones que había delante del hospital. En cuanto el semáforo se puso verde, lo atravesó corriendo y entró en el parque Marronnier, vacío a esas horas de la noche.

Por la tarde, muchas parejas paseaban y disfrutaban de espectáculos de teatro al aire libre.

Las hojas amarillas de los ginkgos que rodeaban el parque estaban iluminadas por las farolas y creaban una atmósfera romántica que contrastaba con el olor pestilente de las frutas que Jeongi aplastaba sin querer con sus zapatillas.

La joven contuvo la respiración y se sentó en un banco, de espaldas a un árbol gigantesco cuyas ramas se desplegaban en todas direcciones y que, según decían, llevaba ahí desde la época colonial japonesa.

Hacía frío, como si el viento también hubiera decidido descansar ahí.

Salía música de unos altavoces colocados en los postes altos.

Era Cocktail Love , del grupo Marronnier.

Era una canción alegre y animada. No cuadraba con su situación.

«Cuando tengas el corazón apesadumbrado, sal a pasear y déjate embriagar por este cóctel perfumado», decía la canción.

Había una etiqueta redonda pegada en el plástico transparente en la que ponía MANNA DOSIRAK .

Jeongi levantó la tapa de la fiambrera, aún caliente.

La ración de arroz y carne marinada era tan generosa que se pegaba al plástico.

También había brotes de soja, anchoas con camarones secos, rábano cortado en finas rodajas y tortitas como acompañamiento.

Había cantidad suficiente para dos comidas.

Jeongi cogió la cuchara que venía con la fiambrera, mezcló el arroz y la carne y tomó una buena cucharada.

Estaba delicioso. Nunca había probado la comida de su abuela, porque no la conocía, pero pensó que ese era el tipo de comida del que hablaban sus compañeros cuando volvían de vacaciones.

A Jeongi se le hizo un nudo en la garganta, pero, hambrienta tras varios días amamantando sin comer, devoró rápidamente la comida.

Cuando terminó, parecía que el hambre por fin se había calmado.

En ese momento, vio un trozo de papel de aluminio en forma de pósit bajo el arroz.

—¿Un mensaje?

—¡Ue!

—¿Tienes hambre? Espera, me termino esto y te doy leche. Dos minutos.

Jeongi se metió el papel en el bolsillo, se levantó y caminó por el parque hasta llegar a un McDonald’s que abría veinticuatro horas.

Era su segunda idea después del hospital.

Se metió en el baño dispuesta a amamantar, pero oyó que alguien entraba en el de al lado.

Olió el humo de un cigarrillo que hizo toser a la bebé.

Intentó ahuyentar el humo con la mano, pero no pudo evitar que se extendiera. ¿Es que su vecina se permitía fumar en el baño porque se trataba de un cigarrillo electrónico? Era difícil saberlo, pero escupía densas bocanadas de humo.

Desesperada, Jeongi salió para calmar a la bebé. Cogió su pequeña maleta y se dirigió de nuevo al parque Marronnier.

«Son servicios públicos, pero seguro que estarán limpios. No... La verdad es que me siento fatal por ti, bebé», se martirizó.

Jeongi era consciente de que cada día las acercaba un poco más a su inminente final. No podía seguir así con una recién nacida a la que todavía no había puesto nombre siquiera.

Saciada, la pequeña se durmió rápidamente en los brazos de su madre, que mantuvo su calor sosteniéndola contra su pecho.

«De tal palo, tal astilla», se dijo Jeongi.

Sin embargo, no quería que su hija compartiera su mismo destino y se preguntó si su propia madre habría vivido así.

Siempre había estado resentida con ella por haberla traído al mundo en esas condiciones, pero, a decir verdad, no era fácil guardarle rencor a alguien cuyo rostro desconocía.

Jeongi no tenía a dónde ir. Esperó al alba sentada en el banco, en ese parque humedecido por el rocío.

De repente, la bebé que dormía plácidamente se puso a toser.

¿Era por culpa del cigarrillo? La había mantenido abrazada, pero no había conseguido protegerla del frío aire de la noche.

Tenía la nariz tapada y respiraba de manera irregular.

Inspiraba por la boca, tosía y gemía. Le goteaba la nariz y su cuerpecito ardía como una bola de fuego.

La joven no podía pensar con claridad. Sentía que le iba a estallar la cabeza.

Su bebé tenía fiebre. Pese a que necesitaba ir al hospital, ella no podía llevarla.

Jeongi quería pedirle consejo a alguien, pero no había nadie que pudiera responderle. No había farmacias abiertas a esas horas. Con la bebé en brazos, corrió hacia el Hospital Universitario de Seúl. Su pequeña, ardiente, se aferraba a ella con los ojos cerrados.

—¿Jeong Haeyeong está trabajando todavía?

—¡Sí! ¿Me buscaba?

Era Haeyeong, que estaba en el pasillo tras haber terminado su turno. Estaba contenta de ver de nuevo a Jeongi, a quien había dejado marchar con el corazón en un puño. Sin embargo, no parecía un reencuentro feliz.

—Sígame.

Las dos mujeres se reunieron en la escalera en la que se habían separado.

—Ayude a mi bebé, por favor. Tiene mucha fiebre. Le arde el cuerpo. Hemos dormido a la intemperie, aunque la he mantenido abrazada contra mí...

—Cálmese. Empezaremos por tomarle la temperatura.

Haeyeong acercó el termómetro a la oreja de la criatura. En cuanto notó el objeto frío, se puso a llorar y sus gritos resonaron por toda la escalera.

—Hay que hospitalizarla urgentemente —afirmó la enfermera con voz grave.

—¿Qué?

—¿Cuánto hace que tiene fiebre?

—No lo sé. No hace mucho. Una hora, puede que dos.

—No podemos perder el tiempo, hay que llevarla a urgencias.

—Imposible.

—¿Perdón?

—No puedo ir. No la he registrado.

—¿Qué?

—Solo deme algún medicamento. Sé que puede hacerlo.

—No, no puedo hacerlo sin autorización. La farmacia del hospital está siempre abierta. Vaya a por paracetamol. Tiene que darle muy poco y prestar atención a su evolución. Vuelva a la tercera planta si su temperatura sobrepasa de nuevo los cuarenta grados y búsqueme. Llévese esto.

Haeyeong le puso el termómetro en la mano a Jeongi. También le dio a la bebé un jarabe contra la fiebre con sabor a fresa.