1. Querida Jeongi #3
Recogió con cuidado todas sus pertenencias.
Apenas tenía suficiente para llenar una maleta pequeña.
Solo se llevó unos pocos libros ilustrados y los pañales, puesto que el móvil de cuna se había estropeado.
Bajó las escaleras bajo la atenta mirada de la propietaria del motel, que esperaba de brazos cruzados.
Al pasar por delante del mostrador, pensó que le habría gustado dejar algo de dinero, pero no llevaba nada encima.
Se había convertido en una persona sin hogar, completamente desamparada.
Hacía mucho que no salía a respirar aire fresco porque le daba miedo encontrarse con la dueña. Por temor a que su bebé pasara frío, se quitó la chaqueta vaquera y la tapó con ella.
—No podemos ir al hospital. Sabes que no puedes ponerte enferma. Lo has entendido, ¿verdad? Bueno, ¿a dónde vamos ahora?
—¡Ue! ¡Ue!
Atormentada por el hambre, la pequeña se echó a llorar de nuevo.
Por la noche, cuando todos dormían, Jeongi lavaba los platos en un restaurante de carne a la parrilla.
Cuando fregaba las planchas ardientes con un estropajo metálico para quitar el adobo ennegrecido e incrustado, el olor hacía que le entrara hambre.
A veces salivaba al ver un trozo carbonizado en el hierro.
Si no fuera por la bebé, se lo habría comido inmediatamente. Pero así no podía. Se negaba a que su bebé comiera las sobras de otras personas pasándoselas al amamantarla. No quería que viviera así.
En esos momentos, la criatura se agitaba como si comprendiera la angustia de su madre.
La joven sumergía la plancha en la palangana roja en la que flotaban los residuos del adobo carbonizado.
El hierro ardiente producía burbujas de aire al entrar en contacto con el agua y el ruido calmaba a la recién nacida.
Su único ingreso provenía de lugares en los que le permitían trabajar con la niña.
Por desgracia, la pequeña había empezado a toser.
¿Era por el gas utilizado para hervir el gomtang , la sopa de huesos de ternera que se cocinaba a fuego lento durante cuarenta y ocho horas?
¿O por el polvo grasiento que se acumulaba en las cocinas en las que lavaba los platos?
Jeongi había cogido miedo y había abandonado el estropajo metálico.
Había pocas profesiones que le permitieran estar con la bebé.
Había trabajado en atención al cliente para empresas de reparto, tanto de día como de noche, pero algunos clientes se habían quejado al oír llantos de bebé al teléfono.
El problema era que no tenía a nadie con quien dejar a su hija mientras trabajaba.
El restaurante de carne a la parrilla era uno de los pocos lugares en los que se sentía bien, a pesar del eccema que sufría por tener las manos constantemente cubiertas de lavavajillas. Ya ni siquiera podía ir allí.
Pasó por varios colmados antes de comprar un kimbap triangular por mil seiscientos wones.
Jeongi, que no tenía los recursos necesarios para comprar leche de fórmula ni biberón, no tenía más remedio que amamantar, así que no podía comer nada demasiado picante ni demasiado salado.
Recorrió los callejones de ladrillo rojo que iban desde la estación de Hyehwa hasta el Hospital Universitario de Seúl.
Los rayos escarlata del sol poniente se colaban entre los plataneros y brillaban como fuego.
Bajo uno de los árboles, había una anciana asando pasteles de arroz sobre una plancha.
El aroma que desprendían le hizo la boca agua.
Todavía tenía hambre y tragó saliva. Mordió el kimbap insípido que sostenía en la mano.
Con la otra, tiró de su maleta con la bebé a la espalda y siguió adelante.
Estuvo a punto de atragantarse con los granos de arroz, que devoró sin una sola gota de agua, pero no podía golpearse el pecho porque la bebé se había dormido finalmente, arrullada por los latidos de su madre.
Gumnam cargaba a la recién nacida y la bolsa de pañales con el mismo brazo.
Con el otro, abrió la puerta de su casa.
Mil cuatro, un homófono de la palabra coreana para ángel , era el sencillo código de acceso que le servía de llave.
Esa misma mañana había puesto una lavadora como si esperara recibir a esa pequeña invitada.
Extendió la manta gruesa y totalmente seca sobre la cama de su habitación para tumbar a la bebé y el aroma de la colada se mezcló con el de la pequeña, que movió un poco la cabeza antes de dormirse.
—Las habrás pasado de todos los colores para quedarte dormida en cuanto te tumban. Seguro que tu madre está pensando en ti ahora mismo. ¿Quién podría dejar a su bebé en una casa de comidas para llevar hoy día? ¡Existen los buzones de bebés!
Gumnam pensó en lo que iba a hacer a continuación.
¿Debería avisar a la policía aunque no estuviera registrada o esperar a que fuera alguien a buscarla?
Algo no cuadraba. Estaba convencida de que la madre regresaría.
Sus setenta años de vida y la experiencia que había adquirido durante la guerra y la revolución le habían otorgado una intuición infalible.
Una confianza inefable la unía a la madre.
«See you again». Esa frase la había convencido de esperar un poco más.
Quizá sería más preciso decir que había decidido creer.
Miró su reloj. Era la hora a la que normalmente la llamaba su pequeña Munjeong desde Nueva York.
Fue a la cocina; cogió el iPad, que estaba en la mesa cubierta con un mantel a cuadros, y abrió la aplicación de FaceTime. Los caracteres estaban configurados para mostrarse en gran tamaño. El rostro de Gumnam apareció en la pantalla.
—¡Una arruga nueva! —exclamó observándose el contorno de los ojos y la boca cerca de la cámara—. Creo que es hora de ponerme un poco de bótox.
—¿Mamá? —preguntó Munjeong, sorprendida de ver solo su piel.
—¡Ay! My daughter! Has contestado. You get up?
—Hoy no diría get up , sino wake up . Me he levantado por voluntad propia. Mamá, ¿te estabas mirando la cara y contando las arrugas otra vez? Es normal tenerlas a los setenta.
—No hace falta que me lo digas, ya lo sé, profesora. A pesar de todo, en el fondo solo soy una chica de eighteen years de edad. Ya verás cuando tengas mis años. Supongo que, de aquí a allá, habrá cosméticos que puedan evitar las arrugas.
—¡Me llamas «profesora»! Y ni siquiera has hecho los deberes que te he mandado. ¿Crees que podrás aprobar el examen de ingreso a Estados Unidos? Son muy exigentes. Ya lo sabes, la última vez lo pasaste mal.
—¡Pues claro, teacher ! Me estoy esforzando al máximo.
Esta vez podré hacerlo todo yo sola. Iré al primer Starbucks que se construyó y me pediré un americano.
Durante el último viaje, me sentí como un bebé canguro en el bolsillo de su madre.
Cuando dejaba de verte, me subía la tensión y perdía la compostura si alguien me dirigía la palabra.
Voy a estudiar para no tener más problemas.
—En ese caso, deberías esforzarte un poco más. Deberías ver al menos la estatua de la Libertad. Está en tu lista, ¿no?
—¡Pues claro! Quiero verla como sea antes de morir.
—Antes de venir a Nueva York, debería haberte hecho visitar Los Ángeles. Estuve allí dos años. Aunque parezca que no, me pesa. Lo siento.
—No lo sientas. Mis clientes se enfurecieron la última vez que cerré dos semanas. ¡Me dijeron que se morían de hambre en mi ausencia!
—No te preocupes, pueden comer en otro sitio. No eres la única que tiene un restaurante.
—Tienes razón, pero no me gusta ver que mis pequeños pasan hambre cuando cierro Manna Dosirak. No soy solo un restaurante. Es más bien una casa de comidas, un lugar familiar, puede que sea porque tengo un horario de apertura mucho más amplio.
—Esta vez me gustaría que te quedaras al menos un mes. Te enseñaré todo lo que hay para ver.
—¿Un mes? ¡Eso es demasiado! Aquí se aburrirán sin mí.
—¡Solo un mes! Por favor, mamá.
Gumnam sonrió antes de responder.
—Está bien, okay a un mes. ¡Me convertiré en toda una neoyorquina! Iremos a visitar la casa de Carrie de Sexo en Nueva York y el instituto de Gossip Girl . ¡Prepárate, Nueva York, allá va Gumnam!
—¿Has visto Gossip Girl ? Creía que te habías quedado en Prison Break . ¿Cuándo has tenido tiempo para todo eso?
—¡He pasado unas cuantas noches en vela! Cuando empiezas, cuesta parar. Bueno, en todo caso, te envío XOXO. ¡Besos!
Terminó la conversación telefónica entre Munjeong, que vivía rodeada de pinceles y lienzos, y Gumnam, que vivía sola en su piso de tres habitaciones.
La anciana entreabrió la puerta de su dormitorio, donde descansaba la bebé.
Parecía que estaba recuperando el sueño perdido.
«¿Dónde habrá pasado sus primeros días para dormir ahora a pierna suelta a pesar de todo el ruido?
», se preguntó. Cerró la puerta, convencida de que la madre iría pronto. Solo había que esperar un poco.
«No te ha abandonado. Solo te ha confiado a mí durante un tiempo», pensó.
Como cada mañana, al alba Gumnam se dirigió al pequeño restaurante para preparar sus fiambreras.
Se había dejado los pendientes de perlas en casa.
Solía ponérselos todos los días porque admiraba a Audrey Hepburn y a Scarlett O’Hara.
Eran una especie de símbolo para ella. Sin embargo, ese día temía que la bebé pudiera lastimarse con ellos y los había dejado en su tocador.
La mochila de porteo que le había dejado la madre era muy práctica. Llevaba a la pequeña delante de ella, lo cual le permitía verla y darle calor como una mamá canguro.
Con las manos llenas de víveres, pasó por el camino bordeado de muretes de ladrillo rojo junto al hospital.
— Hey, miss Garaetteok!
Una mujer sentada frente a una plancha preparando los famosos garaetteok , unos pasteles de arroz largos y cilíndricos, la saludó con la mano.
—¡Gumnam! ¿Vienes del mercado? ¿Quién es este bebé? ¿Munjeong no era estéril? ¿Ha tenido un bebé?