1. Querida Jeongi #2
Abrió la bolsa que venía con la niña. Había un biberón, leche en polvo y ropa para cambiarla. Destapó la lata de leche de fórmula por abrir y se preguntó si la bebé ya habría tomado leche de esa artificial.
Sería una catástrofe que no la digiriera. Rápidamente, llenó un hervidor con agua filtrada para calentarla. Salió vapor caliente por la boquilla. La mujer abrió la tapa para que se enfriara. ¿Cuánta cantidad de polvo debía echar? Leyó las instrucciones escritas en inglés con gran atención.
—Veamos... Three months... ¡Aquí! Six spoons... Okay!
Gumnam calculó por su tamaño que la bebé ni siquiera tenía cien días.
Vertió agua tibia en el biberón, cogió la cuchara de plástico azul atada a la botella para echar el polvo y removió la mezcla con cuidado para que no quedara ningún grumo.
Al captar el olor de la comida, la recién nacida abrió la boca instintivamente.
—¡Eres una glotona! Tu madre volverá hoy. Estoy segura de que nos está mirando escondida en alguna parte.
Como la mayor de la familia, Gumnam se había ocupado de todos sus numerosos hermanos y hermanas. Se puso a la bebé al hombro con destreza y le dio palmaditas en la espalda hasta que eructó.
—¿Te ha sentado bien?
—¡Agú!
—¿Me respondes? Qué amable por tu parte. Venga, va. Vamos a esperar.
La calle de sentido único situada cerca del Hospital Universitario de Seúl conducía a un callejón bordeado de pinos en el que se encontraba Manna Dosirak.
La luz que salía del establecimiento, ubicado en una casa de estilo tradicional hanok , parecía no querer apagarse nunca.
Con la bebé en sus brazos, Gumnam caminaba de un lado a otro junto a la puerta, pero no aparecía nadie.
La noche se volvió cada vez más oscura. Salió para girar el cartel open y que se leyera closed, y pegó un papel debajo:
La persona que ha perdido su tesoro puede llamarme al 010-0000-0000.
—¡Eh, la persona de la habitación 201! ¿Cuándo se marcha?
Pum, pum, pum.
—¡Sé que está ahí dentro! No debería quejarme, porque yo también soy mujer, pero se ha pasado de la raya.
¡No soy una hermanita de la caridad! ¡Necesito que mi negocio funcione!
Si sigue fingiendo que no está aquí, cogeré las llaves y me llevaré sus pertenencias.
¡Todos los clientes de esta planta se están quejando porque han oído llantos de bebé!
Suspiró para expresar su enfado y continuó:
—¡Tener a un crío llorando en un motel 1 arruina el ambiente!
¡Pronto no me quedarán clientes! Hay uno que me ha dejado hasta una mala reseña en internet.
¡Se lo advierto! Si no paga hoy, derribaré la puerta en mitad de la noche para echarla.
¡Seguro que ni siquiera ha registrado el nacimiento del bebé!
¡Qué vergüenza! En fin, eso es problema suyo, no mío. Si sigue así, ¡llamaré a la policía!
¡Pum, pum, pum!
Cuando la propietaria golpeó la puerta de la habitación, la bebé hizo una mueca. Jeongi le tapó rápidamente la boca a la recién nacida.
«Te lo suplico, no llores. ¡Calla!», pensó.
La bebé sonrió al ver el rostro ansioso de su madre. Levantó una mejilla como si fuera a guiñarle el ojo, lo cual le hizo gracia a Jeongi.
—¿A ti te parece divertido? Tengo tanto sueño...
—¡Agú!
—¡Calla!
Arrepentida por la hostilidad de sus palabras o temerosa de que aquella veinteañera le causara más problemas, la propietaria se rascó las cutículas de las uñas pintadas de rojo con nerviosismo antes de proseguir con un tono más amable:
—Yo tampoco me encuentro en una situación fácil. Compréndame, por favor —dijo antes de dar media vuelta para marcharse.
Jeongi por fin pudo relajar la presión que se le había acumulado en los hombros y suspiró.
—¡Ue!
—Ahora puedes hacer ruido.
La niña dirigió sus pupilas negras hacia Jeongi.
Era extraordinario. Hasta cuando estaba en su vientre, la joven iba de un lado a otro.
Desde que salió del orfanato, no había llegado a tener casa propia.
Debido a las dificultades de su vida, no había tomado los complementos que debería tomar una mujer embarazada y no había asistido a clases de educación prenatal en las que una comadrona podría haberla tranquilizado.
Solo había conocido el peso de las miradas de odio y los susurros cargados de veneno de desconocidos que criticaban a esa muchacha que apenas había acabado el instituto por tener la barriga redonda, dando a entender que se había desviado del buen camino por promiscuidad.
A pesar de todo, la bebé había llegado al mundo sin problemas.
Sus ojos negros; su naricita, de la que escapaba una respiración tranquila, e incluso su lengua mullida parecían perfectos.
A veces, se decía que la criatura no había tenido suerte con la madre que le había tocado porque estaría condenada a vivir en la pobreza.
Cuando miraba sus ojos oscuros como la noche, le caían gruesas lágrimas por las mejillas.
¿Sería capaz de hacerse cargo de un ser tan frágil? Para ella era todo un misterio.
Estaban buscando a Jeongi. El padre de su bebé había cometido varios delitos y había hecho que la culpa recayera en ella.
Lo había conocido al salir del orfanato, en un momento en el que, al igual que entonces, no tenía a dónde ir.
No era digno de confianza, pero era su única opción disponible, así que terminó obedeciendo cuando él le pidió su número de identidad y que estampara su sello a modo de firma.
Cuando le dijo que estaba embarazada, el hombre le dio unos billetes de cincuenta mil wones y le dijo que con eso bastaría para un aborto.
Era de esos hombres que carecen de honor.
Eso aumentó su miedo a convertirse en madre soltera y aún más a registrar el nacimiento del bebé, lo cual era un paso obligatorio para ponerle nombre oficialmente.
Jeongi temía que su hija fuera estigmatizada y que ella como madre se convirtiera en una carga en su vida.
—Tenemos que irnos. Esa mujer es perfectamente capaz de echar la puerta abajo y entrar en mitad de la noche.
Su sonrisa se transformó en una mueca de tristeza.
Jeongi no había comido nada en todo el día, no podía producir leche para su hija.
Tampoco tenía dinero para comprarle leche de fórmula.
Se acercaba el invierno y no tenía a dónde ir.
Hambrienta, la bebé frunció el ceño y se echó a llorar.
La madre enrolló la manta, dejó a la recién nacida sobre ella, la abrazó contra su pecho y la acunó.
—¡Brum, brum! Un coche nos lleva hasta las nubes. ¡Brum! Conducimos por el arcoíris —cantó Jeongi inventándose la letra.
Parecía que la bebé se tranquilizaba, pero luego volvió a llorar.
—¡Brum, brum! Un coche nos lleva hasta las nubes. ¡Brum! Conducimos por el arcoíris.
Se le partió el corazón al ver la carita diminuta y demacrada de esa pequeña criatura.
De repente, el hambre se apoderó de ella como si se la hubiera contagiado la bebé. Siguió cantando, pero la niña no dejaba de llorar. Por miedo a que volviera la propietaria, se metió con ella en el baño.
Seguro que el huésped de al lado había estado fumando a escondidas. El olor a cigarrillos rancios mezclado con el de humedad impregnaba el aire. De pie sobre las baldosas blancas con las juntas ennegrecidas, Jeongi se puso a cantar de nuevo.
—¡Brum, brum! Un coche nos lleva hasta las nubes. ¡Brum! Conducimos por el arcoíris.
Se había puesto el sol. La joven estaba ansiosa, convencida de que la dueña del hotel abriría la puerta de su habitación en cualquier momento.
¿A dónde iría si la echaban? No tenía familia ni amigos que pudieran acogerla.
Tenía que pasar lo más desapercibida posible.
Lamentablemente, la bebé no había dejado de llorar en toda la tarde.
No había dormido bien por culpa del dolor que le provocaba el crecimiento de sus huesos.
Jeongi le tocó la frente y se dio cuenta de que tenía fiebre.
—No debes ponerte enferma. Sabes que no podemos ir al hospital.
—¡Ue! ¡Ue!
—No llores más. Voy a cogerte en brazos. Cálmate, por favor.
Abrazada contra su madre, se calmó un instante al notar el latido de su corazón, pero no duró demasiado. Cuando se echó a llorar con más fuerza todavía, la propietaria del hotel la emprendió a puñetazos contra la puerta de la habitación.
—¡Voy a entrar! ¡El huésped de la habitación contigua se ha marchado pidiendo un reembolso! Estoy harta. Si no sale, llamaré a la policía.
—¡Ueee! —gritó la bebé como si quisiera responder.
Un sudor frío cubrió a la joven. Le dio palmaditas a su hija en las nalgas para consolarla.
«Todo irá bien», se repetía una y otra vez.
No, decididamente, ese día nada iría bien. Se abrió la puerta. Era la dueña. Había un hombre recio a su lado. ¿Sería su hijo?
Jeongi mantuvo la cabeza gacha mientras la propietaria la fulminaba con la mirada.
—Me marcharé. Lo siento. Mañana por la mañana...
—¿Mañana por la mañana? —se enervó, y le dio una patada al móvil de cuna, del que colgaban unos conejitos blancos y negros.
—¡No toque los juguetes de mi hija!
—Vaya, vaya, parece que sabe cómo proteger a su pequeña.
¡Ya me debe ciento noventa mil wones! No se los reclamaré.
Considerémoslo un gesto de caridad. No obstante, debe largarse inmediatamente.
Jamás tendría que haber hospedado a una mujer embarazada.
¡Mañana tendré que desinfectarlo todo con lejía!
—No puedo irme así como así. Además, le pagaré lo que le debo. ¿A dónde quiere que vaya?
—Me importa un comino su dinero. ¡Lo que quiero es que se marche!
La dueña le dio otra patada al móvil caído y lo encendió accidentalmente. La dulce melodía de la nana Papá y los colores flotó en el aire.
—Será mejor que se marche ahora que estoy siendo amable con usted y, sobre todo, ¡antes de que llame a la policía!
Jeongi perdió la esperanza al oír la palabra policía . Al fin y al cabo, era una fugitiva.