El misterio de las recetas de la señora Jeong 1. Querida Jeongi
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1. Querida Jeongi

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«¡Un día más para lucir mis talentos culinarios!

», pensó Gumnam abriendo de golpe la puerta corrediza tipo acordeón.

El aire fresco de la mañana penetró al instante en el comedor de Manna Dosirak.

Una suave brisa hizo sonar el carrillón de viento decorado con peces de la puerta principal y los primeros rayos de sol se reflejaron en el cristal pulido.

Se conectó al altavoz por Bluetooth gracias a los grandes caracteres de la pantalla de su móvil, que le permitían ver fácilmente las opciones sin necesidad de lupa.

—Veamos... Hoy, sí, esto no está mal. ¡Vamos a poner a Meryl Streep! —exclamó.

Las primeras palabras parecían un poema murmurado.

«The winner takes it all. The loser standing small. Beside the victory!».

Con paso cautivador, Gumnam comenzó a cantar y bailar la canción de una manera tan ambigua que no se podía saber si se trataba de pop o trot .

Nunca había estudiado inglés ni había ido realmente a la escuela, pero se esforzaba al máximo por aprender de manera autodidacta.

Es lo que había estado haciendo durante sus más de setenta años de vida.

No había sido fácil y nadie le había enseñado lo básico, pero la anciana era una mujer valiente y resiliente que nunca se rendía.

Al igual que Meryl Streep, Audrey Hepburn o Yoon Yeo-jeong, no quería ocultar sus canas.

Su cabello inmaculado, como tallos de puerro cuidadosamente cultivados, era para ella un halago, testimonio de la pasión con la que había vivido.

Gumnam no había nacido en una época de abundancia como la nuestra.

Como primogénita de una familia pobre, su nacimiento había estado rodeado de miseria.

Su nombre había sido elegido en consecuencia.

Gum significaba «metal» y nam , «profusión», para desearle que nunca le faltara el dinero en su vida.

Su apellido, Jeong, significaba «amor», algo que sabía dar en abundancia.

Sus dosiraks estaban colmados de arroz, acompañados de una buena ración de carne o pescado.

Era tan generosa que a menudo le costaba cerrar las fiambreras.

Habiendo vivido diferentes periodos históricos, solo deseaba una cosa: vivir como una mujer sabia y no relegada al papel de vieja que le imponía la sociedad.

Quería ser una anciana estilosa. En la era de las madres millennials y los abuelos influencers , ¿tan difícil era que la llamaran Gumnam y no «señora»?

¿Tan difícil era lograr que la gente recordara su nombre?

Si eso podía considerarse ambición, estaba decidida a ser codiciosa.

«¡Seré una anciana elegante! Me pondré unas preciosas gafas de sol negras sobre el pelo blanco y me envolveré el cuello con un chal de seda los días que pasee por la playa. ¡Así viviré mi vejez!», imaginaba.

—¡Ay, ya me he dejado llevar otra vez! —exclamó de repente en voz alta.

Empezó a caer sikhye en la taza transparente en cuyo fondo había granos de arroz blanco.

Esa bebida artesanal era la especialidad de la casa.

Era refrescante, dulce y exquisita cuando se le añadía hielo picado como finos cristales que se derretían lentamente en la lengua.

Después de beberse el líquido, era un verdadero placer comerse los dulces granos de arroz que quedaban en el fondo.

Era hora de decidir qué platos preparar para el dosirak de la mañana.

Hacía falta un poco de ensalada. Abrió una caja de patatas de la región de Kangwon y escogió las más duras.

Les quitó la tierra, las lavó con agua fresca y las peló con el pelador.

Las patatas pronto revelaron su pulpa lisa y brillante.

Tras cocinarlas y machacarlas, añadió jamón, pepino cortado en trozos pequeños, mayonesa, mostaza, azúcar, sal y pimienta y lo mezcló todo.

Cortó un panecillo esponjoso por la mitad para rellenarlo con una generosa cucharada de ensalada o dos, de manera que, como solía suceder, se rompió por el otro lado.

Completó la fiambrera con una salsa de huevas y aguacate, así como ternera guisada con salsa de soja.

Antes de añadir el arroz, Gumnam sonrió con picardía y escribió en un papel blanco:

Las patatas crecen hasta en suelos muy pobres. Dejemos de culpar a los demás, al entorno o a nuestras condiciones de vida. ¡Basta de decir que no es culpa nuestra! Tomemos como ejemplo estas patatas para encontrar el coraje y afrontar nuestra vida.

¡Venga, «see you again»!

—¡Gumnam! ¡He venido a comprar un dosirak!

—¿Shinpung? ¿Ya vas al teatro? ¡Es demasiado pronto!

El primer cliente en poner un pie en Manna Dosirak esa mañana no era otro que Shinpung, un joven recién salido del servicio militar y que solo tenía una cosa en mente: hacer realidad su sueño.

Había crecido entre algodones y había logrado ingresar en una prestigiosa facultad de Derecho.

Sin embargo, al anunciar a su familia su deseo de ser actor, sus padres le habían retirado el sustento económico.

Para ellos, era su manera de hacerle entender que no podría hacer nada sin dinero y que, aparte de una pasión trivial, no ganaría nada con el teatro.

A pesar de ello, el joven recorría asiduamente las calles de Hyehwa-dong vendiendo entradas a los transeúntes.

Con la máxima seriedad, iba asentando los cimientos que algún día le permitirían subir a un escenario.

—Tengo una audición para un papel pequeño en unos días. ¡Me voy a ensayar!

—¡No hay papeles pequeños! No olvides que, si quitas a un solo actor, ya no se puede entender la obra.

—¡Siempre tiene las palabras adecuadas! —dijo levantando los pulgares.

—¿Quieres decir que soy great ? Toma, prueba el sikhye . Lo he preparado esta mañana. ¡Está delicious !

Gumnam le dio un dosirak y una botella de sikhye que quería regalarle.

Mañana, tarde y noche, las fiambreras preparadas encontraban compradores rápidamente e iban abandonando una tras otra el mostrador.

Los ingredientes mezclados con devoción y la generosidad de la cocinera habían logrado fidelizar a muchos clientes.

Aquel día, vendió todo el stock una vez más.

Con el corazón ligero, se metió en la cocina a limpiar.

¿Acaso el vendedor de cámaras de vigilancia que había ido ese día a su local por primera vez le había traído mala suerte?

¿O era culpa suya por haber respondido que no había nada que robar más allá de su don para la cocina?

Mientras la anciana frotaba la grasa acumulada alrededor de los fogones, sintió que un escalofrío le recorría la columna.

En cuanto la invadió la sensación glacial, se oyeron los llantos de un bebé.

¿O eran maullidos de gatos pidiendo comida?

Imposible. Hacía nada que les había llenado el cuenco.

Gumnam se quitó los guantes de goma rosas con motivos de encaje, los dejó en el fregadero y avanzó a pasos cortos.

Cruzó por delante de la caja y, cuando llegó a la vitrina refrigerada, unas gotas de sudor frío le bajaron por la espalda.

Efectivamente, no eran maullidos. Aun así, era improbable que se tratara de una criatura.

Sonrió para liberar la tensión pensando que se había imaginado lo peor.

Sin embargo, al rodear el mostrador, le dio un vuelco el corazón.

Envuelto en una manta blanca decorada con lunas y estrellas, había un bebé llorando.

Sorprendida, Gumnam tomó a la criatura en brazos y leyó el papel doblado que habían dejado junto a su cuerpecito.

Nació en el mes de junio de 2023. No tiene nombre.

Ni siquiera he registrado su nacimiento.

Tampoco está vacunada. De todas formas, no suele ponerse enferma y es bastante resistente.

Duerme y sonríe mucho. Es la primera vez que aparece un tesoro así en mi vida en ruinas; sin embargo, solo puede tomar una marca de leche de fórmula; si no, le duele la barriga.

Se lo suplico, cuídela. Cuento con usted. Algún día, nos volveremos a ver.

¡Ahora me toca a mí decirle «see you again!».

¿«See you again»? Esa era la prueba de que se trataba de una clienta de Manna Dosirak.

Gumnam se sorprendió al darse cuenta de que esa persona ya había probado su comida y salió corriendo fuera, pero solo la recibió el fresco viento otoñal.

En cuanto regresó dentro, la bebé se echó a llorar.

La mujer volvió con ella, la miró y habló en voz alta.

—¿De dónde vienes? ¿Dónde está tu mamá? Ma-má.

Respiró hondo, ahogando así todos los demás sonidos. La recién nacida, que tenía apenas cien días, no dejaba de llorar, como si estuviera llamando a la madre que acababa de dejarla, como si lo hubiera entendido todo y se sintiera desgraciada al conocer el abandono antes que el amor.

—No pasa nada, no te preocupes. Volverá. No llores, bebé.

Gumnam levantó a la pequeña, vestida con ropa tradicional, y la meció suavemente tarareando. Como el llanto no cesaba, empezó a cantar más fuerte.

—«Duerme, pequeña. ¡Quiquiriquí! No cacarees, gallo. Vas a despertar a mi bebé. ¡Guau, guau! No ladres, perro. Vas a asustar a mi bebé. No hay que hacerla llorar».

Poco a poco, la recién nacida, que no dejaba de patalear, se calmó.

Abrumada por el pánico, la anciana salió con la niña entre sus brazos. ¿Quién había podido dejarla ahí?

—¡Su madre se merece un buen castigo! —exclamó.

La bebé retomó el llanto y ella intentó calmarla de nuevo.

—No, pequeña, no. No la castigaremos. Me aseguraré de ello, lo prometo. No pasa nada, no llores más, mi bebé.

El sudor perlaba la frente de Gumnam, que se sujetaba el cabello blanco con una pinza. A pesar del fresco del aire, sentía que se asfixiaba.

—Volverá, estoy segura, porque ya ha probado mis platos. Se sentirá culpable y no podrá irse lejos. Ninguna mujer podría estar en paz después de abandonar a su bebé. Vamos a esperarla las dos juntas.