21. La boda.
Vi la foto en el Diario de La Coruña. El pie rezaba así: «Ayer se celebró el compromiso de la marquesa viuda de Castro con el conde de Santa Cruz; el enlace tendrá lugar en el pazo de Santa Cruz la próxima primavera».
En la imagen se veía a Aldara junto a un hombre de unos cincuenta años. Estaban cogidos de la mano. Ella le miraba sonriendo, aparentemente embelesada.
No podía creerlo. Así era como me miraba a mí hacía solo unas semanas. En ese instante, sentí que mi mundo entero se derrumbaba. Hice un gurruño con el periódico y lo lancé lejos. Después busqué a Tiza y me aferré a su cuello. Lloré durante un buen rato, tumbado en mi cama.
Me sentía un imbécil. Me había dejado utilizar como el más pazguato. Sentí vergüenza de mí mismo y me critiqué duramente.
No era la primera vez que me pasaba; recordé el
engaño de Paloma en Madrid. Siempre había tenido mal juicio con las mujeres.
Lo que más me atormentaba de Aldara era que de verdad había creído que estaba en peligro y había hecho cosas terribles para salvarla. Eran cosas que ahora me hacían sentir un criminal. No sabía si algún día me las podría perdonar.
—¡Qué buena actriz habrías sido, Aldara! —dije en voz alta, sintiendo una gran rabia contra ella.
Después pensé en el pequeño y en la clase de hombre en que se convertiría.
Estaba claro que sus genes no eran los mejores.
Venía de una familia de asesinos y violadores y sería educado por Aldara.
Me lo imaginé manipulador y ambicioso como ella, o quizá caprichoso y violento como su abuelo.
No creo que Blanca desease ese futuro para su hijo cuando se lo cedió a la marquesa.
Sentí que me ahogaba en casa y salí a dar un paseo con Tiza. Sin saber cómo, mis pasos se encaminaron a casa de Luis.
Él me abrió la puerta. Dentro de la casa se escuchaban risas femeninas, procedentes del comedor. Al verme, mi amigo exclamó:
—¿Qué te ha pasado? ¡Vaya cara traes!
—¿Te apetece dar un paseo? —le pedí.
Me di cuenta de su azoramiento. Abrió la puerta del salón: allí estaban hablando Rosina y Uxía.
—Sí, claro. Rosina, Uxía, voy a dar un paseo con
Andrés. Vuelvo en un rato…
Yo levanté el brazo tímidamente a modo de saludo. Me pareció que le costaba separarse de la maestra. Me sentí culpable de llevármelo.
—¿Rosina y tú…?
—Sí, bueno… —dijo tímidamente.
—¡Vaya! Siento interrumpir entonces, amigo. Hacéis buena pareja. Me alegro mucho por ti y por Uxía.
—Sí, la verdad es que hacía tiempo que no me sentía tan bien. La cosa empezó poco a poco. Rosina está enferma de tuberculosis, no sé si lo sabes. Iba a su casa a auscultarla y a controlar su tratamiento. Después ella solía invitarme a un café y charlábamos de Uxía, de Blanca, de nuestros trabajos.
—Ya veo…
—No quiere dejar la escuela, pero no se encuentra bien para seguir trabajando.
Me propuso que Uxía la ayudase con los pequeños, así no tendría que cerrar el colegio.
Luego podría quedarse como maestra. Rosina la enseñaría el oficio y escribiría al Ministerio pidiendo su sustitución.
Uxía aceptó encantada. Siempre ha soñado con ser maestra.
—Lo hará muy bien, estoy seguro. Pero ¿cómo surgió lo vuestro?
—Un día la convencí para ir al teatro en Ferrol. Ese día hicimos manitas y, al llegar a su casa, ¡nos besamos!
Luis me contaba estas cosas ruborizándose. Me hizo
sonreír. Había sufrido mucho y merecía ser feliz. Además, era una buena persona. No como yo, que me sentía un miserable.
Le conté el compromiso de la marquesa. Él me puso una mano en la espalda, consolándome.
—Lo siento, amigo. De verdad. Pero creo que ella no era para ti.
No te hacía sentir bien. Un día se te veía muy ilusionado y al siguiente, muy hundido.
Eso no es bueno para nadie. Algunas de sus criadas han sido pacientes mías y no siempre las trataba bien.
Es cierto que el marqués la maltrataba, pero, según me comentaron, ella era altiva y caprichosa.
Intenté avisarte, pero estabas demasiado emocionado para escucharme.
No te culpo. Otras veces que me he enamorado me ha pasado lo mismo.
—Lo peor, Luis, es que por ella he hecho cosas terribles. Me siento mala persona. Me he convertido en uno de los tipos que perseguía y me odio por ello —me atreví a confesar.
—¡Cala! —me gritó Luis—. Non quero saber máis. Non me contes. Villanova es un lugar mejor, en parte gracias a ti —me dijo, abrazándome.
—Pero es que no sabes…
—Lo sé, lo sé. Intuía que había tenido que ser obra de un estratega, alguien capaz de predecir las reacciones de los demás, como en una partida de ajedrez.
Me dejó sin palabras.
Lo sabía y, aun así, no me rechazaba. No es que eso me liberara de la culpa, pero sí me hizo sentir algo de alivio.
—Non falemos máis do tema. Tu secreto está a salvo conmigo, amigo.
—Luis, yo…
—Ahora vamos a olvidarnos, de momento, de marqueses y marquesas, que solo dan disgustos. Una copa de aguardiente te vendrá bien para entonarte un poco. ¡Hala, vamos!
Y cogiéndome del brazo me metió en el salón de su casa.
Cuando llegó el día de la boda de Xosé y Amalia, la celebraron en el jardín de la casa cuartel. Allí montamos unas cuantas mesas y entre todos recopilamos todas las sillas que pudimos. Después, las mujeres, dirigidas por Rosina, las adornaron con flores. El conjunto quedaba muy bonito y alegre.
Yo había decidido aceptar el destino en La Coruña. Aunque me encontraba a gusto con mis amigos, la vista del pazo a lo lejos era como una bofetada en mi ánimo. Necesitaba cambiar de aires. Además, la
capital era más interesante para mi carrera; Villanova, una vez resueltos los crímenes y sin el marqués, sería un pueblo tranquilo.
El ascenso de Fernández también fue aprobado. La
noticia llegó días antes de su casamiento. Ahora era sargento y lucía orgulloso la nueva estrella el día de su boda.
Había llegado a la aldea una persona nueva desde Ferrol: el cabo López, un chico joven que ocuparía mi casa cuando yo me fuera. De momento estaba viviendo con Xosé y Amalia. Me divertía ver al nuevo sargento, muy serio, dando órdenes y consejos al recién llegado.
Otra novedad era que Florencio, el alcalde, había dimitido por la presión de los vecinos, que lo habían abucheado varios días a las puertas de su casa, aprovechando que ahora no estaba el marqués para protegerlo. El puesto se había quedado vacante y los vecinos se lo habían ofrecido a Luis.
Él lo estaba pensando. No sabía si iba a poder con tantas responsabilidades. Su perfeccionismo le impedía aceptar. Rosina y yo intentamos convencerlo durante la cena.
—Serías un magnífico alcalde, Luis. No lo dudes.
—¿A que sí? —terció Rosina—. Iso dígollo eu. Podrías ayudarnos a mejorar la escuela y hasta
construir un centro médico aquí, en Villanova. Por favor, pénsao, podes facer moito ben.
—Bueno, me lo pensaré, non sexades pesados.
—Uxía, ¿te quedarás con Tiza cuando yo me vaya a La Coruña? —le pregunté a la muchacha, sabiendo que aceptaría. Ella no sería feliz en una ciudad.
—¡Sí, claro que sí! Coidareina ata que volvas —respondió con una sonrisa.
En ese momento sonó la música. Los recién casados salieron a bailar y, poco a poco, otras parejas los fueron acompañando. Yo aproveché para ir a fumar.
Llevaba un rato contemplando el pazo de Castro cuando oí la voz de Fernández a mi espalda.
—Non lle deas máis voltas, xefe. Fixo ben. El pueblo es un lugar mejor sin ese malnacido.
—¿Cómo supiste que…? —le pregunté, asombrado.
—Me faltó un rollo de alambre de la obra justo la noche siguiente a aquella en que le comunicaron que no iban a detener al marqués. Sei sumar dous e dous.
—Eres muy inteligente, te había subestimado…
—Gracias, jefe. Y tranquilo: xamais lle direi nada a ninguén.
—Gracias, Xosé. Yo…
—No hay más que hablar.
—Te irá bien en tu nuevo puesto, lo mereces.
—Ha dejado usted el listón muy alto… Veña, home, imos celebralo.
Y fui tras él para unirnos al resto de los vecinos, que bebían y bailaban. De algún modo, todos allí festejaban mucho más que una boda. Y eso me hizo sentir un poco mejor.