El misterio de las dos hermanas 20. Justicia divina.
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20. Justicia divina.

Acababa de cerrar la carta de Blanca y estaba recuperándome de su impacto, cuando Xosé vino a buscarme.

Me despedí con prisas de Rosina.

—Otro muerto, jefe, adivine quién es —me comentó el cabo resoplando y poniendo los ojos en blanco.

Aún con mi cabeza en una nube por las recientes revelaciones, Xosé y yo nos subimos a nuestros caballos y nos acercamos al bosque cercano al pazo.

Allí, tendido en el camino, yacía el cuerpo de un hombre sin cabeza. Esta se encontraba a unos dos metros, entre la maleza. Era el marqués de Castro.

Debo reconocer que sentí satisfacción al verle allí tendido. Miré hacia arriba y entre dos árboles se hallaba la causa de la muerte. Un alambre tensado. En el centro aún conservaba restos de sangre.

Al parecer, el marqués cabalgaba deprisa y no vio el alambre, colocado a la altura de su cuello y se cercenó la cabeza.

Me fijé en un cartel de madera que había a los pies de uno de los árboles. Con letras toscas se podía leer: “No pasar”. Estaba claro que no le dio tiempo a leerlo. Si hubiese ido más despacio, seguramente seguiría con vida.

El doctor vino al poco rato, me miró sin poder evitar una leve sonrisa.

Tras la sorpresa inicial, me di cuenta de que nadie parecía lamentarlo, algunos, incluso, disimulaban una sonrisa. Cualquiera diría que estábamos levantando un cadáver.

—Justicia divina, amigo —me comentó.

Después se acercó a reconocer el cuerpo. Le señalé el alambre y el cartel entre los dos árboles.

—Sí, era de costumbres fijas, solía tomar este camino y siempre cabalgaba como un loco.

—Ignoro el motivo de poner el alambre. Quizás un tratamiento para los árboles.

—Está claro que no vio el cartel y eso le costó la vida. Es de uso muy corriente, cualquier aldeano pudo ponerlo. Hay que quitarlo cuanto antes, puede haber más accidentes.

Se le veía satisfecho. Me pareció natural: el marqués había violado a su hija y escapado de la justicia. Se internó en el bosque en busca de la cabeza.

—Andrés, ¿puedes venir un momento? —me llamó

al poco.

Me estremecí al ver la cabeza del marqués con la boca abierta en un gesto de dolor, como en un grito congelado, y sus ojos cubiertos de hormigas.

Luis le dio la vuelta lentamente. Y, en ese momento, todo cobró sentido para mí.

En la parte posterior de la cabeza se veía una cara pequeña, ennegrecida. Con los ojos cerrados como durmiendo, y una boca con una expresión muy cruel.

—¡Igual que Blanca! —exclamó Luis.

—Esto sí que es una sorpresa —dije manteniendo la entereza.

—Sí que lo es. ¿Crees que puede ser el padre de la muchacha?

Me quedé pensando. Desde luego la edad de Blanca encajaba con las fechas de la violación de su madre. Era muy posible que fuese el abuelo de su propio hijo adoptivo.

—Puede ser, cuadran las fechas y Blanca y el bebé se parecían mucho. De todos modos, la muerte ha sido un accidente.

—Estoy de acuerdo —confirmó mi amigo—. El siamesismo es solo una anécdota, no influyó en la muerte. De todas formas, voy a hacer unas cuantas fotos para el informe forense.

Me quedé en silencio, cavilando. No sabía ni qué decir.

—Habrá que dar la noticia a la marquesa. ¿Quieres

que te acompañe o prefieres ir solo? —me preguntó mientras me hacía un guiño.

Me dio un vuelco el estómago. Suspiré y miré hacia el pazo.

—Fernández —dije a mi ayudante—. Espera a los de la funeraria para levantar el cadáver, voy a avisar a la marquesa del fallecimiento.

Por el camino notaba el corazón acelerado, me sudaban las manos. Mi vida se iba a decidir en los próximos minutos y no estaba seguro de qué rumbo iba a tomar.

Subí los escalones del pazo con aprensión y llamé a la enorme puerta.

Me abrió la criada más joven, con su gesto avinagrado de costumbre.

Pregunté por la señora y me hizo esperar en el impresionante vestíbulo.

Miré hacia arriba y vi la gran lámpara de cristal que pendía sobre mi cabeza, amenazando con aplastarme en cualquier momento.

Esta vez, en lugar de sentirme pequeñito, me sentía a punto de ser salvado o destrozado.

No sabía si Aldara por fin me aceptaría.

La vi bajar las escaleras. Iba vestida para montar, con una fusta en la mano. Recordé nuestro encuentro en el acantilado y me emocioné.

—¿Cómo estás, Andrés? —me sonrió tímidamente, evitaba mirarme a los ojos.

Parecía más delgada y ojerosa que la última vez que la vi.

Me alegré de que ella también lo hubiese pasado mal, aunque después me sentí mezquino por tener estos pensamientos.

La noté más fría y distante que en el hospital y me pareció una mala señal. Después pensé que quizás en aquella casa no se sentía libre para expresar sus sentimientos, sintiéndose espiada por los criados. Me tranquilizó un poco este pensamiento.

—Tengo que darte una mala noticia, Aldara. Tu marido ha aparecido muerto esta mañana en el bosque. Parece que ha sufrido un accidente mientras montaba a caballo.

Aldara me miró sorprendida. Después dio unos pasos hacia atrás y, tambaleante, buscó una silla para sentarse. Se tapó el rostro con las manos y permaneció así durante unos minutos.

—¿Te encuentras bien? —me atreví a preguntar al rato.

—Sí… Ya sabes que no éramos un matrimonio feliz. Es solo que estoy conmocionada. Me cuesta creer que todo haya terminado. Es como salir de un mal sueño. Las últimas semanas han sido una pesadilla.

Me reconfortó oír eso, un calor nuevo invadía mi pecho. Sentía muchas ganas de abrazarla. Aunque allí y en ese momento no fuese decoroso.

—¿Y lo nuestro, Aldara? —me atreví a preguntar con angustia—. No quiero ser insensible, pero llevo semanas sin dormir. ¿Tenemos algún futuro tú y yo?

Ella me miró dubitativa, retorcía sus manos nerviosas. Eso me confundía.

—¿Lo nuestro? Sí… sí. Déjame un tiempo. Ahora no estaría bien. Primero que pase el entierro… Esperemos un mes o dos, … y ya hablaremos.

Después se levantó de la silla y con una campana llamó a la criada.

—Disculpa, Andrés. Me está dando una jaqueca espantosa. Deben ser los nervios por la noticia, entiéndelo. Se me pasará en unas horas. Necesito tumbarme un rato.

La sirvienta me acompañó hasta la puerta.

Una vez fuera, caí en la cuenta de que ni siquiera me había preguntado cómo había sucedido el accidente.

Volví a casa muy desanimado.

No sabía qué pensar de Aldara, había sido muy fría conmigo. Eso me dejó una gran sensación de vacío en el pecho.

Las semanas siguientes, gracias a la carta de Blanca, hubo mucha actividad. Se reconocieron los asesinatos de los leñadores, de la niña Mariona, de los adolescentes Vicen y Adela, y también de Mariana.

De ella recuperamos el cuerpo que estaba enterrado en su granja, cerca del huerto, debajo de un rosal como detallaba la muchacha.

Las hermanas habían cometido todos los asesinatos, salvo el de Otilia, que todo apuntaba a que había sido envenenada por Mariana.

Me reconfortó que finalmente se arrojara luz sobre tantas muertes y se cerraran todos esos expedientes. Mi antecesor, el teniente Porto, fue destituido finalmente por negligencia. Era escandaloso no haber investigado ninguno de estos casos. Además, ya no estaba el marqués para protegerlo.

Fui ascendido a teniente, recuperando mi rango que tan injustamente me habían arrebatado en Madrid y recomendé al cabo Fernández para sargento.

Me ofrecieron un nuevo destino en La Coruña, como ayudante del nuevo coronel al mando. Pero a mí no me apetecía marcharme de Villanova. Me gustaba el pueblo y sus vecinos. Pero sobre todo estaba ella. Aún no había perdido la ilusión y esperaba sus noticias con ansiedad.

El entierro del marqués se ofició días después, en el cementerio del pazo. No quise ir. Para mí era demasiado doloroso ver a Aldara y prefería que fuese ella quien se pusiese en contacto conmigo.

Pasaron tres semanas y una mañana, mientras leía el periódico durante el desayuno, una noticia me heló la sangre, haciéndome derramar el café.