El misterio de las dos hermanas 19. La carta de Blanca. #2
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19. La carta de Blanca. #2

Mi madre me vio llorar y tuve que contarle lo que pasaba. Me abrazó y ella también lloró mucho. Me sorprendió su reacción. Parecía aún más afectada que yo. Le dije que un hijo siempre era algo bueno, aunque yo fuera muy joven. Ella no contestó y se fue a su habitación sin dejar de llorar.

Al día siguiente me había preparado el desayuno, cosa que me sorprendió.

Me acercó el tazón de leche a la mesa. No me miró, tenía los ojos llorosos.

Después me puso la mano en el hombro, me dio un beso en el cuello y salió de la casa.

Me extrañó mucho ese beso, no recordaba la última vez que me había dado otro. Me recordó a una despedida.

De pronto oí a Gertrud rugir e insultar a mi madre dentro de mi cabeza.

Y, de un manotazo, tiró el tazón en la mesa.

Después alcanzó a mi madre por la espalda y cogiéndola por el cuello apretó y apretó hasta que se oyó un crujido seco.

Yo no quería, pero era mucho más fuerte que yo y dominaba mis movimientos. Nunca la había sentido tan furiosa.

Nunca olvidaré la mirada de terror y sorpresa de mi madre al poner mis manos y apretar su garganta. Después sus ojos se fueron vaciando de vida, hasta reflejar el vacío, el mismo que yo sentía al verla morir poco a poco. Me derrumbé encima de ella.

Gertrud creía que quería envenenarnos, a nosotras dos y a mi bebé.

Yo estaba confusa, me costaba aceptarlo.

No entendía nada y lloraba mirando el cuerpo de mi madre inmóvil.

Pero Gertrud parecía muy segura... Me dijo que mi madre temía que el bebé saliera como ella.

La creí. Tenía claro que Gertrud me protegería siempre.

Yo era la persona más importante para ella, y quizás ella era la única en la que yo podía confiar.

Después me acarició el vientre, me dijo que teníamos que seguir adelante por nuestro hijo..."

Volví a hacer una pausa en la lectura.

La señorita Rosina seguía mirándome con ojos llorosos. Paseé por la habitación. Fui al lavabo a mojarme la cara.

Me costaba mucho seguir con el horrible relato. Me pregunté cuántos asesinatos más habría cometido Gertrud.

Algo más sosegado, continué.

“Enterramos a mi madre junto al huerto y plantamos encima un rosal y también flores de diferentes colores que me esmeré en cuidar.

Se merecía tener cosas bonitas en su muerte, ya que en su vida todo había sido duro y áspero.

Los días siguientes transcurrieron lentamente en la granja. No teníamos dinero, comíamos lo que daba el huerto, huevos y alguna gallina que matamos.

Yo estaba cansada y triste. Vicen seguía sin aparecer. Todas las tardes iba a la cabaña, a ver si le veía. Visité todos nuestros lugares secretos, donde nos besábamos, donde paseábamos…

Llegó el verano, mi barriga estaba ya abultada y no quería atraer miradas y cuchicheos sobre mí, me hacían sentir mucha vergüenza, por lo que apenas salía de casa. Sé que vinieron usted y Uxía a verme, perdone que no les abriera la puerta, no quería que me viesen en mi estado.

Una tarde fui a la laguna a bañarme, mientras me desnudaba escuché unas risas, eran Vicen y Adela haciendo el amor en la orilla.

Escuché cómo él le decía a ella las mismas cosas que me decía a mí: que era preciosa, que siempre estaría a su lado y que nunca había sentido nada igual por otra.

Después entre risas y besos se metieron en el agua. Yo observaba detrás de un árbol cercano y noté una oleada de rabia que me invadía mientras los veía avanzar hacia el agua cogidos de la mano. No podía permitir que se burlara de mí. Así que pensé que esa vez lo haría yo sola… Sí, yo sola.

A la mañana siguiente las campanas de la iglesia tocaron a muerto mientras yo acariciaba mi vientre en la cama. Se había ahogado una pareja. Las corrientes de la laguna podían ser muy traicioneras, decían todos..."

Aquí hice otra pausa y miré horrorizado a la señorita, ella suspiró.

—Mi pobre niña, tenía que haber estado más pendiente de ella. Estaba tan enferma…

Yo la miré con lástima, suspiré y seguí leyendo.

"Pasé el final de mi embarazo prácticamente encerrada.

Quise hablar con Gertrud, de lo que haríamos cuando naciera el bebé. Le propuse dejar la granja e irnos a un sitio donde nadie nos conociera, podría decir que el niño era mi hermano, que mis padres habían muerto.

Pero ella no contestaba. Sabía que, si ya era difícil empezar de cero para una persona, más aún lo sería para una joven con un recién nacido. Allí al menos teníamos un techo y comida.

Una noche empezaron los dolores del parto. Estábamos solas. Me decía que estuviese tranquila, que caminase,

que respirase… Yo pensaba que iba a morir de tanto dolor.

En una de las contracciones noté algo duro y viscoso entre mis piernas.

Mi hermana me pidió que empujase un poco más.

Di un último empujón y la criatura salió todo pringosa.

Gertrud lo colocó en mi pecho y el niño comenzó a mamar mirándome fijamente.

Sentí una gran felicidad. Todo mi sufrimiento había

merecido la pena, era un niño y, además, precioso. Lo estudié con esmero para comprobar que no tuviera ninguna malformación, pero no, era perfecto, tenía unos grandes ojos azules y una carita muy dulce.

Le pregunté a Gertrud si no le parecía precioso. Ella con voz cortante me contestó que no podíamos quedárnoslo.

Grité con angustia, no soportaría separarme de él. Le dije que no le permitiría quitármelo. Ella fríamente me contestó que también era hijo suyo.

Los días siguientes los pasé angustiada abrazada al bebé.

Aunque sabía que tarde o temprano me lo quitaría.

Le pedí que al menos me dejara amamantarle unos meses y la supliqué que me dijese qué pensaba hacer con él.

Me contestó muy segura que nuestro hijo sería alguien importante.

Después dijo algo así como que haríamos lo mismo que hacen los cucos con sus polluelos.

Cerca del bosque estaba el pazo de los marqueses de Castro. Allí vivía el marqués con su guapa esposa, de niña a mí me parecía una princesa. No tenían hijos. La verdad es que no me desagradaba la idea de que ella cuidara de mi bebé.

Una mañana después de bañar a Ángel, ese era el nombre que le había puesto, Gertrud me dijo que había llegado el momento de entregarlo.

Le supliqué que esperase unos días más. Pero ella se mostró inflexible.

Me dijo que cuanto más tardase en hacerlo, más me costaría. Tuve que reconocer que tenía razón.

Sentí una tristeza que me desgarraba por dentro. Casi sin fuerzas arropé a mi hijo y nos pusimos en marcha. Subimos por el bosque la colina hacia el pazo. Por el camino nos escondimos de las personas con las que nos cruzábamos. Yo no podía parar de llorar.

Una media hora después, llegamos al lateral del pazo. Esperamos pacientemente detrás de unos arbustos un buen rato. Ángel estaba precioso mientras dormía, tenía

ya un mes. Con su carita sonrosada y su pelusilla rubia, se parecía a los ángeles de las estampas, por eso le puse ese nombre. Sentí un nudo en mi garganta al pensar que no lo volvería a ver.

Gertrud me habló con dulzura, diciéndome que era lo mejor para él. En el fondo sabía que tenía razón. Si de verdad le quería, tenía que entregarlo.

En ese momento oímos unos cascos y vimos a la marquesa a lo lejos en su caballo. Pensé en lo joven y guapa que era. Sin duda sería mucho mejor madre que yo.

Gertrud me arrebató al niño y lo dejó en mitad del camino. Antes lo zarandeó para que llorara y se agitase. Yo tenía el corazón en un puño. Pensaba que el caballo lo iba a aplastar.

Afortunadamente la marquesa vio al bebé y paró. Bajó y miró a su alrededor, después cogió a Ángel y sonrió embelesada, olvidando a su animal volvió al castillo a pie, con el bebé en brazos.

Cuando nos quedamos solas, Gertrud y yo salimos de nuestro escondite. De vuelta a nuestra granja, me costaba andar, todo me daba igual, me pesaba tanta tristeza. Me preguntaba si merecía la pena seguir viviendo. Había perdido todo lo que me importaba.

Gertrud me dijo mientras caminaba que quería tener más hijos. Se había dado cuenta de que podía conectarse con el bebé al igual que conmigo. Estaba segura de que sería capaz de dominar sus pensamientos, como hacía con

los míos. Y de que cuando el niño fuera mayor seguiría sus órdenes.

Dijo que era nuestra oportunidad.

Colocaríamos a nuestros hijos en hogares importantes y, al crecer, nos obedecerían. Ese era su plan para dominar la comarca.

No me lo podía creer. Pensé que estaba totalmente loca y que era muy cruel, al no importarle que yo me partiera de dolor al separarme de mis hijos.

Pero sabía que era capaz de hacer lo que pensaba, del mismo modo que se había apoderado de mi mente obligándome a hacer cosas horribles, como matar a nuestra madre.

No lo iba a permitir. Antes de que me revelara sus planes pensaba que ella, a su manera, me quería.

Pero ahora me daba cuenta de que yo solo había sido un instrumento para sus planes de poder. Mis sentimientos le daban igual. Tenía que detenerla como fuese.

Hoy nos hemos terminado una botella de orujo que había

en la cocina. Le he dicho a Gertrud que necesitaba beber para poder dormir. Ahora la oigo roncar en mi cabeza y he aprovechado para escribirle a usted. Quiero que todos sepan la verdad. Por favor, no cuente dónde está Ángel.

Creo que la casa de los marqueses es un buen sitio para él.

Echaré esta carta al correo antes de que despierte mi hermana. Mañana acabaré con todo mi sufrimiento y el peligro de que Gertrud siga viva.

Espero que alguna vez pueda perdonarme, le agradezco

la comprensión y el cariño que me dio durante mi infancia.

¡Que Dios la bendiga!

Siempre suya, Blanca.”

Cuando dejé de leer noté que mi corazón estaba acelerado.

Miré a Rosina, seguía sollozando con la cara escondida entre las manos.