El misterio de las dos hermanas 19. La carta de Blanca.
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19. La carta de Blanca.

A la mañana siguiente me desperté resacoso.

Acababa de levantarme cuando oí que llamaban a mi puerta.

Al abrir, me encontré con la señorita Rosina.

Estaba llorosa y muy agitada. Había recibido una carta de Blanca.

Estaba fechada hacía tres meses, pero como había estado en el hospital para tuberculosos, el cartero la había devuelto a Correos y se la habían entregado ese día.

Mientras le servía un café, me tendió varias cuartillas escritas con letras redondas, parecidas a las del diario, aunque no tan infantiles.

Cuando empecé a leer, Rosina sacó su pañuelo y se puso a llorar.

En ese momento, pensé que lo que decía esa carta debía de ser muy grave.

"Querida señorita, me dirijo a usted por ser la única amiga que tengo en Villanova y en quien confío.

He hecho cosas muy malas, me arrepiento, aunque ya no sirva de nada, puesto que no tienen remedio. No la culpo si piensa que soy un monstruo. Quizás, si conoce mi historia, pueda perdonarme y no piense que soy tan mala como yo creo.

Desde que recuerdo siempre hemos vivido las tres solas: Gertrud, nuestra madre y yo.

Gertrud es mi hermana, nacimos las dos juntas, tenemos un solo cuerpo para las dos, aunque cada una tiene su cara.

De la parte de atrás de mi cabeza sale su rostro.

Nuestros cerebros están unidos de alguna manera, de forma que, si nos concentramos, podemos saber los pensamientos de la otra sin necesidad de decirlos en voz alta.

Aunque a mi hermana solo yo la puedo oír, habla dentro de mi cabeza.

Yo soy la bonita, la que ha tenido más suerte, la cara que todos ven.

Nadie hasta ahora conocía nuestro secreto, solo mi madre y Otilia, la meiga, su única amiga. Solo ella sabía de la existencia de mi hermana, pues había atendido a mamá en el parto.

Mi madre y yo ocultábamos la cara de Gertrud mediante gorros o bajo mi mata de rizos rubios, afortunadamente siempre he tenido una buena melena. Nos daban miedo las habladurías de la gente del pueblo. Ya nos señalaban lo suficiente por ser mi padre desconocido.

¿Recuerda mi primer día de escuela? Lo pasé muy mal. Noté que las niñas me miraban y cuchicheaban entre risitas. Me sentí muy pobre y ridícula, con mi vestido gastado de tantos lavados y mis zapatos remendados.

Ellas, en cambio, llevaban vestidos preciosos, llenos de adornos. Me encantaba mirarlas, sobre todo a Mariona.

¿Se acuerda de ella? Llevaba los mejores vestidos, y se recogía el pelo con un gran lazo rosa, a juego con sus zapatos, adornados con perlitas.

En ese momento supe lo que era la envidia.

Me parecía injusto no tener las mismas cosas que esas niñas: vestidos bonitos, amigas y una familia que no las avergonzase.

Recordará que Mariona era la más popular entre las niñas. Ella y sus amigas me miraban por encima del hombro y en el recreo me ignoraban. Solo me hablaban para burlarse o reírse de mí.

Durante muchos meses me sentí muy sola. Aun así, me gustaba ir a la escuela. Usted era muy buena conmigo y me hablaba de lugares que nunca había visto. Se me daba bien aprender y a Gertrud aún mejor. Ella me explicaba despacio, en casa, todo lo que no entendía y me ayudaba a hacer las tareas.

Un día usted nos dijo que Mariona había tenido un accidente cuando volvía a su casa por el bosque. Un animal salvaje, posiblemente un lobo, la había matado. Todas las niñas lloraban asustadas, menos yo.

En el pueblo hicieron una batida para acabar con el animal.

Fueron hasta nuestra granja a preguntarnos si lo habíamos visto.

Nos aconsejaron que no entrásemos en el bosque.

Yo en ese momento recordé haberme despertado una noche con los zapatos de Mariona puestos.

Gertrud me dijo que eran un regalo para mí.

Y es que Gertrud a veces conseguía cosas que yo deseaba, aunque nunca podía recordar cómo lo hacía. Era su forma de cuidarme. Por supuesto, no me atreví a llevarlos

fuera de la granja, pero disfrutaba muchísimo poniéndolos en mi habitación y acariciándolos. Era la primera cosa bonita que poseía.”

Aquí miré asombrado a la señorita, que me devolvió una mirada de angustia. Seguí leyendo.

“En el colegio, al no estar Mariona, las niñas me trataban mejor, aunque por lo general evitaba su contacto. Tenía miedo a las reacciones de Gertrud, ella solía mostrarse celosa cuando hacía nuevas amistades. Temía que le cogiese manía a alguna otra niña, las consecuencias podrían ser fatales.

Según pasaban los años, mi madre envejecía muy rápido. El durísimo trabajo en la granja le pasaba factura. Yo, en cambio, descubrí que era atractiva, los chicos y los hombres se me quedaban mirando, usted misma me decía que había crecido mucho y que estaba muy guapa.

Para evitar que Gertrud atacara a otras personas, yo era extremadamente complaciente y dócil, evitando cualquier conflicto. También intentaba no desear nada de los demás. De esta forma ella se mantenía tranquila, como dormida dentro de mi cabeza.

Por aquel tiempo, Otilia, la partera, venía casi todas las tardes a casa.

Pero no sé qué pasó, un día dejó de venir. Nosotras nos alegramos, notamos que había más comida en casa, ya que solía chantajear a mi madre con nuestro secreto, llevándose comida y animales que necesitábamos.

Cuando cumplí catorce años, vino al pueblo un grupo de hombres de aspecto embrutecido, cargados con hachas y fardos, pasó por nuestra granja de camino al bosque.

Al verme, uno de ellos me pidió un vaso de agua.

Cuando se lo di, me miró de arriba abajo deteniéndose en mis pechos, después sonrió de una forma que yo no entendí, pero que me hizo sentir mucha vergüenza.

Oí a Gertrud gruñir en mi cabeza. Mi madre me mandó meterme dentro de casa.

En esa época, como usted bien sabe, Vicen empezó a fijarse en mí.

Me gustaba hablar con él de camino a casa.

Al principio, cuando me proponía acompañarme y llevarme los libros, le ponía una excusa, temía mucho la reacción de mi hermana, pero para mi sorpresa ella se mantenía tranquila, no parecía importarle.

Fueron los meses más felices que recuerdo, notaba un hormigueo de arriba abajo cuando él me miraba en clase o me sonreía. Un día mientras paseábamos me tomó de la mano, creí que iba a desmayarme de la emoción.

Como a Gertrud no le disgustaba, aproveché para hacer nuevas amistades, ya no me daba miedo hablar con las otras chicas, y descubrí que era muy divertido compartir secretos y cotilleos. Ellas también parecían disfrutar con mi compañía.

No sé si recuerda que por aquel entonces tenía dos amigas, una era Uxía, con la que hacía las tareas, y la otra, Adela, que era mi mejor amiga.

Me parecía la más simpática y divertida.

A veces me dejaba alguno de sus vestidos para ir con Vicen al pueblo, con él a mi lado y vestida así, me sentía como una princesa.

Le hablaba a ella de mi novio y me parecía que sabía muchísimo en temas de amor y de hombres..."

Hice una pausa para servirme otro café. La señorita Rosina, no quiso. Me miraba fijamente con cara asustada. Continué la lectura.

"Le comenté a usted en clase mi relación con Vicen y usted me felicitó.

Por aquel entonces nos iba muy bien. Yo le adoraba y él también parecía quererme.

El tiempo que no estábamos juntos se me hacía insoportable.

Solíamos ir a bañarnos a la laguna, allí había una cabaña abandonada donde nos refugiábamos si teníamos frío.

De las caricias habíamos pasado a los besos, cada vez más apasionados. Cuando estaba con él, sentía un raro impulso de tocarle y acariciarle todo el cuerpo, a él le pasaba lo mismo.

Un día, me fue quitando la ropa y me desnudó por completo. Al principio tenía miedo de que descubriese a Gertrud, pero la oí ronroneando de placer, dentro de mi cabeza, estaba disfrutando tanto como yo. Era natural, compartíamos el mismo cuerpo.

Me dejé llevar mientras me acariciaba y me besaba por todas partes.

Después él metió algo dentro de mí. Sentí unas grandes oleadas de placer que me recorrían de la cabeza a los pies.

Al rato sentí gritar a Gertrud en mi cabeza.

Lloré de felicidad. Vicen también estaba emocionado.

Por supuesto, lo repetimos siempre que podíamos. Sé que está mal hacer

estas cosas sin estar casada, no piense mal de mí, en esa época necesitaba hacerlo. Espero no molestarla hablándole de ello, pero siento que puedo desahogarme con usted.

Un día nos despertamos en la granja con una gran humareda, había ardido el bosque próximo.

Los hombres del pueblo llegaron con cubos y palas a intentar apagar el incendio y nos dijeron que habían muerto varios leñadores.

Mi madre se asomó a la puerta y me dijo que me metiera en la casa y me cambiara de ropa, mi pelo olía a humo y tenía el bajo del vestido chamuscado.

Pasaron los meses y empecé a sentir náuseas en el desayuno, notaba la tripa hinchada.

Sabía cómo se quedaban las mujeres embarazadas, mi madre me había hablado de ello.

Sentí pánico, no quería que me pasara lo mismo que a ella.

Al final me tranquilicé y pensé que no sería igual.

Estaba segura de que Vicen me quería y que nos casaríamos.

Gertrud me susurró en la cabeza que también la tenía a ella. Me sentí más fuerte.

Necesitaba confirmar si estaba encinta, esperé otro mes, a ver si volvía a sangrar. Pero no lo hice. Entonces decidí compartirlo con mi novio.

Habíamos quedado esa tarde a la orilla de la laguna, en la pequeña cabaña que a veces usábamos de refugio para hacer el amor.

Él empezó a besarme y a desnudarme como siempre.

Le dije que esperase, que tenía que decirle algo importante.

Puse su mano en mi vientre, le miré y le dije: “Aquí dentro hay una vida”.

Él se puso rígido y se apartó de mí como si quemara.

Viendo su reacción intenté tranquilizarle. Le dije que ese niño sería algo bueno, que trabajando duro lo sacaríamos adelante. Él me miró como sin verme. Se le veía muy asustado. Me dijo que tenía que ir a hacer una cosa, que luego lo hablaríamos. Y se marchó.

Yo volví a casa triste y confundida, no sabía qué pensar. Me preguntaba si Vicen me quería de verdad.