El misterio de las dos hermanas 18. Frustración.
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18. Frustración.

Dos semanas después, con el pecho aún vendado, salí del hospital. Luis vino a recogerme en su coche, llevando a Tiza tumbada en el asiento de atrás. Me alegré mucho de verla, echaba de menos su compañía.

Como supuse, mi antecesor no fue detenido. Según el informe, faltaban pruebas. Y descubrí con desagrado que el coronel Souto de La Coruña, que me había animado a investigar, había sido destinado a León. Así que tenía un aliado menos.

Mi primer objetivo era detener al marqués.

Sabía que tenía amigos muy poderosos e, incluso, sospechaba que estaba detrás del traslado de Souto.

Era todo demasiada casualidad. Aun así, estaba decidido a intentarlo.

Las jóvenes del pueblo merecían sentirse seguras.

Además, no perdía la esperanza de recuperar a Aldara, si lograba que él acabase entre rejas.

Las palabras que me dijo en el hospital aún resonaban en mi cabeza: “te buscaré si algún día me veo libre de Orestes.”

Tomé declaración a Uxía. Para el interrogatorio pedí ayuda a la señorita Rosina, convencido de que la niña se sentiría más segura con ella presente.

Así fue. Apenas conocía a la maestra, pero su talante sereno y dulce, y la forma en que consolaba y animaba a la adolescente a hablar, me sorprendieron gratamente.

Se notaba que era una buena mujer y que quería mucho a la niña.

—Ese día crucé por el bosque —nos dijo—.

Se me hacía tarde, no quería que mi padre me regañase por llegar tarde a casa.

Me encontré de frente con un hombre a caballo, sabía que era el marqués, lo había visto algunas veces por el pueblo.

Se me quedó mirando fijamente y empezó a perseguirme con su caballo.

Yo me adentré por el bosque intentando escapar, pero él me agarró por el pelo y me tiró al suelo.

Después desmontó y se puso encima de mí…

Uxía rompió a llorar. Tardó un tiempo en recuperarse y poder volver a hablar. Mientras le ofrecimos un vaso de agua para que se calmara.

—Me decía que me estuviese quieta, como no lo hacía me golpeó varias veces en la cara con su puño. Me agarró las manos y me levantó la falda…

—Tranquila… Continúa, por favor —le dijo Rosina.

—Se me echó encima y noté que me metía algo duro entre mis piernas. Me hizo mucho daño, salió

mucha sangre. Estuvo un buen rato metiéndome esa cosa.

También me rompió la camisa y mordió mis tetas —dijo volviendo a llorar avergonzada—.

Pensé que me iba a matar. Cuando terminó, subió a su caballo y se fue.

Yo no podía moverme. Estuve bastante tiempo en el suelo, hasta que se hizo de noche.

Cuando al final logré ponerme en pie, me costó mucho llegar a casa, echaba mucha sangre y me dolía la tripa, aquí… —dijo Uxía, señalándose el pubis.

Me estremecí de rabia al escuchar tan triste relato.

—¿Te cruzaste con alguien mientras volvías a tu casa, Uxía?

—No, iba escondiéndome tras los árboles, no quería que nadie me viera así, sangrando y con la camisa rota. Los primeros días no me atreví a salir de mi habitación. Sentía mucha vergüenza, como si hubiese hecho algo muy malo —rompió en sollozos otra vez, mientras la señorita Rosina la abrazaba.

—Uxía, no has hecho nada malo. Todo lo contrario. Con tu declaración vas a ayudar a que a otras chicas no les pase lo mismo que a ti. Te agradezco el esfuerzo que haces contándolo todo.

Uxía asintió intentando reponerse.

—Sé que recordar lo que te pasó es muy doloroso para ti. Te prometo que haré todo lo que pueda para que ese malnacido acabe en la cárcel.

Uxía me sonrió entre lágrimas.

Cursé la denuncia añadiendo un informe forense de Luis, con las lesiones que tenía Uxía en el cuerpo cuando llegó a su casa. Adjunté nuevamente la denuncia de Mariana, esperando que el juez me diera la orden de detención. Estaba convencido de que esta vez no podría escapar.

Después me acerqué a ver a Fernández que estaba reformando su casa, ampliándola, para acoger a su futura familia. Quería hacer un cercado y un establo para guardar una vaca, ese sería el regalo de bodas que Laureano haría a la pareja.

Me sentía muy bajo de ánimo. La ruptura con Aldara y la imposibilidad de detener a mis asaltantes, unidas a la conmoción por el relato de Uxía, me tenían muy alterado. Pensé que ayudar a Fernández en su obra me distraería.

Mis amigos sabían lo de Aldara y trataban de animarme.

Xosé me invitaba a cenar con él y Amalia a menudo. Laureano me traía postres. Luis se pasaba a verme casi todas las tardes para distraerme, jugando con él al ajedrez. Podría decir que se volcaban conmigo.

Pero no lograba quitarme de la cabeza a la persona que más quería ver. La tristeza hacía que me costase levantarme por las mañanas.

Días después llegó la respuesta del juez: no había pruebas suficientes para detener al marqués. Las denuncias de Mariana y Uxía no bastaban.

Me enfurecí. ¿Qué necesitaban los jueces del lugar para ordenar una detención?

¿No había ninguno honrado? El marqués y el teniente Porto estaban libres.

Seguirán cometiendo crímenes y sintiéndose por encima de la ley.

Sus amigos poderosos, les protegían. ¿Qué le diría a Uxía?

Su dolor al confesar había sido en vano.

Ahora nunca podría sentirse segura del todo.

Lloré de rabia y de impotencia. Nada tenía sentido.

Esa noche, tomé dos copas de más. Me sentía totalmente vencido. El marqués, esa serpiente, había vuelto a ganar.