El misterio de las dos hermanas 17. La emboscada.
74%

17. La emboscada.

Varios hombres me rodearon apuntándome con pistolas y me obligaron a bajar de mi yegua. Tenían las cabezas cubiertas, solo se les veía los ojos.

Uno de ellos me quitó el arma y me ató las manos a la espalda.

Después, entre todos, me pegaron patadas y puñetazos, mientras me llamaban cabrón e fillo de puta, entre otras cosas.

—A ver si aprendes a respetar a los compañeros —dijo uno de ellos acercándose mucho a mí—. ¡Ya está ben de botarlles merda, carallo!

Le olía la boca a brandy y creí reconocer su voz, aunque su borrachera no le dejaba pronunciar bien.

Entré en pánico cuando me cubrieron la cabeza con un saco. Lo fijaron a mi cuello con un cordel. Pensé que me iban a disparar. Luego ataron mis pies a una cuerda que, a su vez, engancharon a la yegua.

Después le dieron una fuerte palmada en las nalgas.

Canela salió galopando, asustada.

Mi cabeza golpeaba el camino, noté que un montón de piedras y ramas me magullaban la cara, el cuerpo. Mi boca se llenó de sangre. Tenía que parar a la yegua como fuera, si no moriría.

—¡Soo…! ¡Sooo…! —grité, pero el animal seguía su camino. ¡Soo…! Canela, ¡para!

Poco a poco la yegua se fue calmando hasta que, al fin, se detuvo. Se hizo el silencio. Solo oía los bufidos del animal y mis jadeos. Rezaba para que pasase alguien. No sabía dónde estaba, ni si había parado cerca del pueblo. Si no era así, era casi imposible que me oyese nadie.

Me habían abordado entrando en el bosque. Canela, en su huida, podía haberse adentrado demasiado hacia el interior. Tenía frío y sabía que pronto anochecería. Pensé en los lobos y sentí que temblaba de miedo.

Los hombres que me habían atacado tenían que ser muy animales para dejarme morir así, mi asesinato llamaría la atención.

Después pensé en los leñadores y en las niñas violadas y me desesperé.

Se creían inmunes a las leyes. Posiblemente tenían ya un sustituto para mí, algún amigo del marqués que enmascarase las pruebas.

Intenté desatarme, pero me fue imposible.

Las cuerdas estaban muy apretadas, me cortaban la piel. Solo y dolorido, lloré de desesperación, no quería morir así. Ahora no.

Pensé en Aldara, había prometido ayudarla. Pero no sabía si podría hacerlo ya. Mi única salvación era que alguien pasara y me viese.

Estaba muerto de miedo. Recuerdo que tenía mucho frío y que la yegua, a veces, daba unos pasos y el dolor del roce de mi cuerpo contra el suelo era insoportable.

No sé cuánto tiempo pasé allí. Me despertó el sonido de unos balidos. Al poco sentí pisadas a mi alrededor y percibí un olor a leche de oveja. Temía que me pisotearan, pero pasaron junto a mí, esquivándome. Después oí a alguien decir:

—Meu Deus, ¿qué pasou?

Respiré, ¡estaba salvado! Entonces noté que perdía poco a poco la conciencia. Lo último que recuerdo es la cara de un pastor.

—¿Está ben? —me decía.

Me desperté en una habitación del hospital.

Mi amigo Luis y Uxía estaban sentados en dos sillas, mirándome.

Me dolía todo el cuerpo. Al hablar me tiraba el labio y notaba, además, el ojo izquierdo muy hinchado, me palpitaba.

Tenía el pecho vendado y me costaba respirar.

Ambos me sonrieron tristemente. Al ver la cara de susto de Uxía, imaginé que mi rostro era un poema.

No sabía qué decir y pregunté por Tiza. Luis me dijo que habían tenido que dejarla en el coche, no dejaban entrar perros en el hospital. Lo sentí, la echaba de menos. Pregunté si podían acercarla un día a la entrada, me apetecía mucho verla y quizás me dejaran llegar hasta allí.

Uxía estaba mucho mejor. Aunque aún se la veía triste. Me propuse interrogarla en cuanto me recuperase. El marqués no podía quedar impune.

—Tendrás que descansar una temporada, amigo —me dijo Luis—. De esta saldrás adelante, pero necesitarás algo de tiempo para recuperarte. Mis colegas te cuidarán, no te preocupes. Los conozco, estás en buenas manos.

Los médicos me dijeron que tenía varias costillas rotas, seguramente debido a los golpes y patadas.

Tendría que quedarme en el hospital al menos durante dos semanas.

No tenía lesiones de gravedad, pero les preocupaba mi ojo, si se infectaba podría perderlo.

Al escuchar eso, sentí una punzada de miedo. No quería quedarme tuerto.

Las curas fueron muy dolorosas. Grité cuando lavaron mis heridas. Estaba agotado. Solo quería dormir y aceptar el hecho de que quizás acabara desfigurado y con un solo ojo.

Al día siguiente vinieron a verme Fernández y Amalia.

El hospital no estaba cerca para venir a caballo, así que, aunque seguía cansado, agradecí que se hubieran acercado hasta allí.

Traían unas pastas. La verdad es que tenía hambre y dimos cuenta de ellas entre los tres.

—Xefe, una buena noticia —dijo Xosé, entusiasmado, cogiéndole la mano a Amalia, que sonreía con timidez—. ¡Nos casamos! El mes que viene, no podemos esperar más.

Los dos se miraron cómplices y sonrieron.

Me alegré mucho. La buena noticia fue una especie de bálsamo en aquel momento. Fernández estaba mucho más feliz desde que salía con Amalia, se notaba que era una buena chica, un poco callada, acaso, pero él lo compensaba hablando por los dos. Les di la enhorabuena.

—Y ahora tengo que decirle algo un poco más desagradable. Debo interrogarle por lo que pasó.

Su prometida se excusó, dijo que iba a hacer unas compras para la boda y salió de la habitación.

—Creo saber quién fue el cabecilla, pero prométeme que no mandarás mi declaración por el cauce ordinario. Se la entregarás en mano al coronel Souto aquí, en La Coruña. Es muy importante.

—De acuerdo, jefe, se lo prometo.

Fernández anotó en su libreta todo lo que le conté.

Le dije que sospechaba que habían sido el teniente Porto, de Ferrol, mi antecesor, y varios de sus compinches, que lo había reconocido por la voz y el

olor a brandy. Además, había hablado de “dejar mal a compañeros”, lo mismo que en la fiesta del marqués.

Eso le volvía a señalar.

Fernández movió la cabeza.

—Uf, jefe, no sé si va a ser suficiente para detenerle. Pero lo intentaremos.

Sabía que tenía razón. Y me desanimé. Lo más seguro era que ese asesino siguiese libre.

Cuando terminé el relato estaba realmente cansado.

Le pedí que me dejara solo. Me preocupaba la reacción de Aldara cuando me viese desfigurado.

Algunas lágrimas rodaron por mi cara. La angustia de imaginar su rechazo y que ya no quisiera nada conmigo se me hacía insoportable. Cerré los ojos e intenté dormir.

Al rato llamaron suavemente a la puerta. Vi a la marquesa a contraluz, vestida de oscuro y tocada con un sombrerito. Creía que estaba soñando.

Ella se acercó a mi cama y sonrió. Besó después mi frente magullada y sentí un gran alivio. Mi corazón se aceleró.

—¿Te duele mucho? Me ha dicho el médico que te vas a poner bien muy pronto —dijo tomando una de mis manos.

—¿Has hablado con él? ¿No te arriesgas demasiado? —le pregunté nervioso.

—Andrés, mi marido se enteró de nuestro encuentro. Tiene hombres por todas partes, quizá

me siguieron. Ahora he tenido que sobornar a una de las criadas para poder salir.

—Debes tener cuidado, Aldara…

—Sí… y temo que te esté poniendo en peligro, pero necesitaba ver cómo estabas y hablar contigo —dijo mientras algunas lágrimas caían por sus mejillas—. No podré verte en un tiempo. Creo que lo que te ha pasado puede estar relacionado con nuestra cita en el acantilado.

Me fijé en sus manos, la manga del vestido al subirse dejaba ver unos moratones en las muñecas. Me llené de rabia.

—¿Qué te ha hecho? —le subí la manga y vi que tenía el brazo también magullado.

Ella retiró su mirada y se llevó las manos al rostro, llorando.

—Aldara, eres lo más importante para mí. No te alejes, por favor. Sé que te expones, pero encontraremos una solución. Dime una forma de comunicarnos, sin ti nada tiene sentido para mí.

Ella me miró indecisa y tras unos segundos callada, al fin, dijo:

—Lo siento, Andrés. Pero es demasiado peligroso.

No me perdono haberte expuesto así. Debí prever la reacción de Orestes.

En cuanto pueda, si estoy segura de no ponerte en riesgo, te buscaré.

Mientras tanto tú no lo hagas, por favor.

Algún día me libraré de él y podremos estar juntos.

Te juro que tú también eres muy importante para mí.

Y sin darme tiempo a responder, Aldara salió de la habitación tapándose la cara para esconder su llanto.

Me quedé totalmente desolado mirando hacia la puerta. No sabía si volveríamos a vernos. Las lágrimas me escocían al pasar por mis heridas. La conocía bien y sabía que no cambiaría de opinión.