16. El dolor.
Luis me abrió la puerta. Estaba muy serio y ojeroso.
—Hola, amigo —saludé.
Me quedé mirándole, su cara reflejaba una gran tristeza. Le pregunté si estaba bien, temiendo alguna desgracia.
Como respuesta se dejó caer en su sillón orejero. Me di cuenta de que la casa estaba cambiada. Desordenada, con los postigos cerrados, olía a cerrado y las flores del comedor estaban marchitas.
—La verdad es que no —contestó y se cubrió la cara con las manos al tiempo que se le escapaban unos sollozos ahogados—. Es por Uxía, me ha confesado que el marqués la atacó la semana pasada.
—¿La atacó? ¿Te refieres a que abusó de ella? —le pregunté nervioso.
—Eso es. Desde entonces apenas se levanta de la cama, no me atrevo a dejarla sola. Por las noches
tiene unas pesadillas terribles.
Me quedé mirándolo sin saber qué decir. Recordé
a Uxía, una muchacha tímida, con unos increíbles ojos azules, muy hacendosa y siempre con ganas de ayudar a los demás.
Poco a poco, me fui llenando de rabia. Pensar, además, que Aldara vivía con semejante monstruo se me hacía insoportable.
—¿Puedo verla?
—No sé si querrá, pero puedes intentarlo, tú le gustas. Siempre habla bien de ti.
Puse la mano sobre el hombro de mi amigo y presioné levemente para mostrarle mi apoyo. Luego fui hasta la habitación de la niña. Tiza me siguió.
El cuarto estaba sin ventilar y en penumbra.
Sobre la cómoda había una bandeja con comida sin tocar.
Uxía estaba tumbada entre sábanas revueltas.
Tiza saltó a su cama y empezó a lamerle la cara.
Ella se incorporó para acariciarla. Recordé que se conocían.
Miré la escena complacido. Sentí un gran orgullo por mi perra.
—Hola, Uxía, hemos venido a verte.
—Ya… —dijo mirándome de refilón.
Me acerqué a la ventana y la abrí un poco. Agradecí el aire fresco y la luz que entraba.
Pensé que mi obligación era interrogarla, pero decidí esperar a que estuviera mejor. No había prisa.
Parecía sentirse a gusto con Tiza. Me daba la sensación de que era un buen consuelo para ella.
Y se me ocurrió una idea.
—Uxía, tengo que pedirte un favor.
Ella me miró con sus grandes ojos azules, sorprendida.
—¿Podrás cuidar de Tiza unos días? Ahora mismo tengo mucho trabajo y no puedo ocuparme de ella. Pasa mucho tiempo sola y la noto triste.
Uxía me miraba desde la cama fijamente, sin decir nada. Al final me pareció que sonreía un poco y seguí hablándole.
—Una perra necesita que la paseen, que hablen con ella, aparte, claro, de que le den de comer y que la bañen. Yo estoy desbordado de trabajo. ¿Me puedes ayudar? Veo que se lleva bien contigo. De esta forma me quedo tranquilo. No es fácil encontrar a alguien que sepa cuidarla, te lo aseguro.
Ella asintió tímidamente.
—Claro, puedo hacerlo.
Tiza me miraba desde la cama, ladeando la cabeza. Como diciendo: ¿serás capaz de dejarme aquí? Así que me acerqué y la acaricié. Ella lamió mis manos.
—Bien, parece que Tiza está de acuerdo. Uxía, te tengo que pedir algo más, seguro que pensarás que soy un pesado. ¿Te la puedes llevar ahora y darle un buen paseo? La pobrecilla lleva varios días que apenas sale de casa. Te lo agradecería mucho.
Uxía sonrió.
—Bueno —dijo desprendiéndose de las sábanas para levantarse.
—Estupendo, te dejamos sola para que te vistas.
Miré divertido la cara de sorpresa de Luis cuando vio salir a Uxía de su habitación y abrir la puerta de la calle para pasear con Tiza.
Mi amigo y yo nos quedamos a solas.
—¿Cómo lo has conseguido? Me devuelves la vida — dijo levantándose para abrazarme.
—Soy muy persuasivo, ya me conoces —dije sonriendo—. Ahora te voy a ayudar a poner un poco de orden en todo esto. No puedes abandonarte tanto, tienes una hija a quien cuidar.
—Tienes razón, amigo, pero no tenía fuerzas para nada.
Cuando terminamos de limpiar, abrí una botella de coñac y serví dos copas.
—Luis, no se te ocurra hacer ninguna tontería con el marqués. Lo que menos necesita Uxía ahora es un padre en la cárcel.
—Sí, confieso que lo había pensado y no solo por Uxía. Es un monstruo, sé que ha violado a más niñas del pueblo y nadie es capaz de detenerle. Tiene a los jueces de su parte y hasta hace poco a la Guardia Civil.
—Confía en mí, Luis. Al final se hará justicia.
Él levantó una ceja, poniendo cara de duda.
—Deja que Uxía se quede con la perra unos días, le hará bien. Yo ahora tengo que irme. Cuídalas mucho a las dos.
Él me acompañó a la puerta, parecía más tranquilo. Me volvió a abrazar.
—Gracias, amigo, de verdad —me dijo emocionado.
Y me fui feliz de haberle ayudado.
Cruzando el bosque a caballo de camino a mi casa, cuatro hombres encapuchados me salieron al paso. No me dio tiempo a sacar mi arma cuando me obligaron a desmontar.