15. La cita.
Aldara me había citado en un acantilado a varios kilómetros del pueblo.
Llegué diez minutos antes y me entretuve contemplando el magnífico paisaje.
El río se veía muy pequeño desde allí arriba.
Así era como me sentía, diminuto frente a ella.
El viento suave me acariciaba la cara. Me gustó que hubiese elegido ese lugar.
Ella sabía reconocer la belleza. Era otra de las cosas que nos conectaban.
Se retrasaba y empecé a inquietarme. Pensé que quizás se había arrepentido. Sabía que acudir a la cita la exponía demasiado. Mis manos sudaban y mi corazón palpitaba con fuerza.
Por fin escuché los cascos de un caballo y respiré aliviado.
Allí estaba, muy hermosa, vestida de negro, montando a lo amazona con las piernas a un lado. Llevaba el pelo recogido bajo un sombrero de copa. Desmontó y me sonrió.
Mientras se acercaba, respiré fuerte intentando sosegar mis latidos.
Nos sentamos encima de dos rocas, mirando al precipicio. Ella acarició a Tiza y le dijo varias palabras amables. Evitaba mi mirada. Diría que temblaba. Le cogí una mano para tranquilizarla. Entonces rompió a llorar.
—Andrés, no sé qué hacer —hablaba con voz entrecortada, mirando al horizonte—. Sé que nos conocemos desde hace poco, pero no tengo muchas personas en quienes confiar. Me gustaría que me aconsejaras. Estoy desesperada.
—Claro, Aldara…
—No puedo seguir viviendo con mi marido. Es un monstruo. Pero si me voy, puede quitarme a mi hijo.
Yo la escuchaba en silencio. Tenía ganas de abrazarla, de protegerla. Pero no sabía si ella sentía lo mismo. Esperé a que se calmara un poco acariciándole la mano.
—Él te maltrata, ¿no es cierto? Me he dado cuenta —le dije recordando las marcas violáceas en su cuello.
—No solo es el daño físico, lo peor son sus humillaciones constantes. Ya no puedo más.
—¿Has pensado en denunciarlo?
Según formulaba la pregunta, me arrepentí de proponérselo. Sabía que después debía volver a casa con él y eso sería muy peligroso para ella.
—Disculpa, no hagas caso, no es buena idea.
—Podría ir a casa de mis padres. Pero no me acoge-
rían bien. Para ellos sería una deshonra tener una hija separada. Además, me preocupa que me quite a Pelayo. Orestes conoce un secreto sobre el niño y sé que lo utilizaría contra mí.
—Puedes confiar en mí, Aldara. Soy tu amigo, nunca haría nada que te pudiera perjudicar.
Le pasé el brazo sobre los hombros. Ella me miró avergonzada, tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Verás, no se lo hemos dicho a nadie. Una mañana cuando salí a pasear con mi caballo, oí el llanto de un bebé.
En mitad del camino me encontré con un precioso niño envuelto en harapos.
Esperé con él en brazos un buen rato. Como no vi a nadie, supuse que lo habían abandonado.
No creí tener tanta suerte, me pareció un regalo.
Siempre había deseado ser madre. Había acudido a muchos médicos, pero ningún tratamiento nos daba resultado.
Mi marido me echaba la culpa a mí, me llamaba estéril.
Decía que yo le hacía quedar mal con su familia y sus amigos, por no poder dejarme embarazada.
—Entiendo. Continúa, por favor —le dije mientras seguía acariciándola.
—Cuando le enseñé al bebé, al principio, lo rechazó, presionándome para que lo entregásemos.
—¿No lo quería?
—No, pero, poco a poco, le convencí de que quedárnoslo sería bueno para nosotros, ya que así se acabarían las murmuraciones sobre nuestra esterilidad. Además, el niño casualmente tenía cierto parecido con él, la gente no sospecharía.
—Entiendo que accedió…
—Sí. En los últimos meses yo apenas había salido de casa, debido a una depresión.
Ese aislamiento me sirvió para fingir un embarazo en reposo.
Solo los criados sabían la verdad, y nos eran fieles, no hablarían.
Decidí llamarle Pelayo, como mi abuelo, al que adoraba.
A Orestes le dio lo mismo, sabiendo que no era su hijo, lo ignoraba por completo.
—¿Temes que ahora te lo quite? —pregunté intrigado.
—Si le dejo estoy segura de que contará la verdad. ¿Y qué será de mi bebé? Quizás le lleven a un hospicio.
—Tranquila…
—Él es lo que más quiero en este mundo.
Empezó a llorar otra vez. La abracé mientras sollozaba. Tenía muchas ganas de besarla, pero no me parecía correcto viéndola tan vulnerable.
Al final fue ella la que acercó su boca a la mía. Nos dimos un suave beso salado.
Después la miré, y la besé por toda la cara, ella me correspondía, empecé a besar su cuello, extremadamente suave, y le quité el sombrero. Ella se soltó el pelo. Yo lo olí y lo besé, me encantó el olor que desprendía, como a almendras dulces.
Aldara echaba su cabeza hacia atrás y se dejaba hacer con los ojos cerrados. Cuando los abrió, seguían húmedos, parecía avergonzada.
Seguimos abrazados un rato, después nos volvimos a besar, esta vez el beso fue más largo y húmedo, noté su pasión y me emocioné. Resbalamos y acabamos tendidos en la hierba. Un gran calor me subió por todo el cuerpo.
El momento me parecía delicioso, no quería que acabase.
Empezamos a acariciar nuestros cuerpos por encima de la ropa.
Me notaba cada vez más excitado. Le desabroché despacio la chaqueta y acaricié suavemente sus pechos redondos, notando su pezón bajo mis dedos.
Acerqué mi boca hasta él para besarlo. Ella soltó un gemido.
Abrí su camisa y fui bajando mi boca por su vientre hasta su ombligo.
Le subí la falda de amazona, acaricié sus glúteos por encima de sus calzones.
Se dejaba hacer, jadeando entrecortadamente.
Fui bajando con mi boca hasta encontrar su entrepierna.
Besé su pubis y, poco a poco, recorrí con mi lengua sus orificios.
Aldara no paraba de gemir y yo me sentía feliz al darle placer.
Me quedé un buen rato acariciando esa parte con mi lengua, después la introduje por su vagina.
La noté húmeda y caliente. Entonces, poco a poco, me metí dentro de ella.
Aldara gemía suavemente. Después empezó a gritar, pidiéndome que siguiera más rápido.
Aguanté hasta que no pude más y me dejé ir soltando un grito.
Dios mío, si tuviese que definir lo que es la felicidad, elegiría ese momento: teniéndola a ella bajo mi cuerpo, temblando de placer, mientras acariciaba su piel y olía su pelo.
Permanecimos abrazados unos minutos hasta que ella se separó suavemente de mí y se puso de pie.
Se abrochó la chaqueta y volvió a recogerse el pelo.
—Debo volver —dijo jadeante. Nunca he tardado tanto en mi paseo. Sospecharán si no regreso ya.
—Déjame pensar en lo que me has dicho un par de días —le pedí, mientras la ayudaba a quitarse algunas hierbas del vestido y del pelo.
Le propuse reunirnos en el mismo lugar dos días después. Esperaba poder ofrecerle alguna solución a su problema. Luego, la acompañé a su caballo. Mientras se iba, me quedé mirando su delgada silueta alejándose.
Me sentía en una nube, no podía creer que Aldara sintiera algo por mí.
Me apetecía gritar de felicidad. Además, confiaba en mí. Estaba en apuros y me había pedido ayuda. Me imaginé al animal de su marido haciéndola daño y me llené de rabia. Tenía que encontrar la forma de socorrerla y evitar que le quitasen a su hijo.
Seguí pensando con clama en sus palabras, mientras tiraba piedrecitas al acantilado.
Era difícil que le quitasen el bebé, aún en el caso que descubriesen que no era suyo.
Tendría que ser un juez con un corazón muy duro.
La única alternativa que le quedaría a la criatura, si ella no se lo quedaba, sería mandarlo a un orfanato.
Pero entendía que Aldara no quisiese correr riesgos, su marido tenía amigos muy influyentes.
Recordé que en la fiesta me habían presentado a varios políticos y magistrados.
Las cartas jugaban a favor de Orestes de Castro.
Quizá podía hacerla pasar por muerta y que empezase otra vida lejos, bajo un nombre falso, junto a su hijo.
Mi mente empezaba a imaginar posibles escenarios.
Pensé, incluso, en esconderla en mi casa de Madrid. Estaba vacía y ahí no la encontrarían. Pero no soportaría estar lejos de ella.
Estaba dándole vueltas a estas cosas cuando pensé en mi amigo Luis. Era una persona inteligente y discreta. Yo estaba demasiado emocionado para pensar en una solución sensata. Le pediría consejo. Además, estaba deseando contarle que Aldara y yo nos queríamos.