El misterio de las dos hermanas 14. El té.
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14. El té.

Pasé la mañana del sábado muy nervioso, pero intenté evadirme limpiando la casa y escuchando algo de música.

Al poner mis discos en la gramola, me imaginé a la marquesa escuchando el que le iba a regalar, en la soledad de su habitación.

¿Qué sentiría? ¿Qué pensaría sobre mí al oírlo?

Me regañé por hacerme ilusiones a pesar de que solo había hablado con ella una vez.

De algún modo, me estaba obsesionando. Pero como no podía evitarlo, me dejé llevar y tuve a Aldara metida en mi cabeza todo el día, sonriéndome, mirándome, colocándose el pelo detrás de la oreja.

En estas estaba cuando vi aparecer a Amalia con una olla tapada con un paño. Pasó bajo mi ventana de camino a la casa de Fernández. Él salió a recibirla, la abrazó y la invitó a pasar. Me alegré por ellos, al menos, alguien tenía suerte en el amor.

Al rato, llegó Xoana a traer el traje y la camisa. Habían quedado impecables.

Me vestí y me miré en el espejo complacido; tenía buen aspecto con mi gorra de plato en vez del tricornio. Xoana me sonrió.

—Está vostede moi guapo, señor. ¿Quen é a afortunada? —preguntó con mirada pícara.

—No, nadie. Es solo que me han invitado a una merienda en el pazo —contesté torpemente, ruborizándome.

Ella rió.

—Xoana, ¿me puedes hacer otro favor? ¿Me envuelves este disco? Que quede bonito. Es para una dama muy distinguida.

—Claro, señor.

Xoana se fue y me apresuré a terminar de arreglarme. La hora del convite se acercaba. Cuando estuve listo, me despedí de Tiza, que lloraba porque quería venirse.

—Tú te quedas aquí, no me sigas. Hoy no puedes venir.

La perra me miró con ojos tristes mientras cerraba la puerta.

Me dirigí a las caballerizas y me subí a mi yegua para ponerme en marcha.

Cuando llegué a la entrada del pazo vi que había muchos coches aparcados. Sentí una punzada de envidia.

Observé los distintos modelos y todos eran magníficos.

En ese momento fui consciente de la enorme distancia que existía entre la marquesa y yo.

Aldara estaba acostumbrada a vivir de una manera que nunca me podría permitir.

Eso me entristeció y me hizo sentir inseguro.

Después concluí que ella no era feliz, a pesar de tener tantas cosas.

Pensar en eso me dio valor para entrar en la fiesta.

Subí de nuevo las ostentosas escaleras. En la puerta me recibió otra criada, un poco más amable y mayor que la del primer día. Tomó mi gorra y me condujo a un salón lleno de gente.

Al entrar, me sentí cohibido. Lo primero que vi fue un grupo de señoras, me fijé que la marquesa no estaba entre ellas. Una de esas mujeres, muy maquillada y con un gran escote, se acercó a mí.

—¿Es usted el nuevo sargento? ¡Qué apuesto! ¿Verdad, muchachas? —dijo dirigiéndose a sus amigas.

—Emilia, ¡cómo eres! —exclamó otra riéndose—. Deja que respire el pobrecillo.

Se fueron presentando. La mayoría eran condesas, marquesas o esposas de alguien importante en la zona. Me pregunté la razón de haberme invitado. Me sentía totalmente fuera de lugar.

En ese momento, oí una voz cálida a mi espalda.

—Sargento, ¿cómo está? ¡Qué bien que haya decidido venir!

Aldara estaba guapísima, con un vestido de color crema que resaltaba su piel y su pelo moreno.

Me sonrió mostrando sus dientes blanquísimos y le di la mano torpemente.

No me atreví a entregarle el disco delante de las señoras, todas nos miraban descaradamente.

Ella agarró mi brazo mientras hablaba con sus amigas y relataba las gracias del pequeño Pelayo, su bebé.

Yo escuchaba sin prestar atención. En un momento dado me llevó un poco aparte y me preguntó qué guardaba bajo el brazo.

—Un obsequio para usted, por su amabilidad al invitarme —contesté ruborizándome.

Ella lo desenvolvió sonriente. Observé que mientras lo hacía el marqués nos miraba con gesto serio desde el otro extremo del salón.

Cuando abrió el paquete soltó un gritito de satisfacción. Muchas personas volvieron la cabeza al escucharlo.

—¡Ay! ¡Me encanta! Lo he intentado comprar, pero no lo encontré. ¿Lo escuchamos? —preguntó a sus amigas acercándose a la gramola.

—Querida, ahora no es el momento —dijo el marqués aproximándose a ella por detrás.

—Pero si es una canción preciosa. Estoy segura de que les va a encantar a todos.

La gente se acercó, agrupándose a su alrededor. Sus amigas los miraban con cara de preocupación, los hombres más bien con curiosidad.

El marqués apretó el brazo de la marquesa y la alejó del lugar.

—Te he dicho que ahora no es el momento apropiado, cariño —dijo pronunciando la última palabra con retintín.

Ella hizo un gesto de dolor, dejó el disco con los demás y desapareció por una puerta del fondo. Pasó un buen rato antes de que volviese.

Me quedé charlando con las señoras de cosas triviales. Estaba preocupado. No podía olvidar el gesto de dolor de la cara de Aldara mientras él le apretaba el brazo. Me sentía incómodo, notaba que el marqués y sus amigos me miraban. Tenía muy claro que hablaban de mí.

Pasó un tiempo y volvió a aparecer la marquesa con su hijo.

—Perdonen, mi chiquitín me reclamaba.

Las señoras hicieron corrillo alrededor del bebé y empezaron a hacerle gracias.

Me fijé en que el niño era rubio y tenía la piel muy clara. No se parecía a la marquesa, aunque sí guardaba cierto parecido con su marido.

Ella lo cogió en brazos. Se la veía muy feliz con su hijo. Observé la parte posterior de la cabeza del niño, cubierta con una pelusilla rubia.

—Este mocetón es mi sol —me dijo acercándose.

—Es un niño precioso. ¿Qué tiempo tiene? —le pregunté.

—Tres meses y medio.

Íbamos a seguir hablando cuando vino el aya para llevarse al bebé. Al mismo tiempo, un criado se acercó a mí para decirme que el marqués me esperaba para tomar un coñac. Le seguí sin ganas, pero tenía que saludarlo, si no quería quedar como un maleducado.

El criado me condujo hasta una habitación con una gran mesa de billar. Varios hombres jugaban mientras bebían licores. Me ofrecieron un coñac. Entre los amigos del dueño de la casa estaba el alcalde, que me miró con recelo desde detrás de la mesa.

El marqués llevaba un pequeño sombrero negro, idéntico al que portaba en el retrato de su despacho.

—Vaya, parece que entiende mucho de mujeres —me comentó con sorna—. Ha dejado a la mía encantada con su regalo.

—¿Usted cree? Me alegra que le haya gustado.

—¿Juega al billar, sargento?

Jugaba, pero no me apetecía. Estaba deseando volver con la marquesa.

—No, lo siento. No tengo ni idea. Pero continúen ustedes, no quiero interrumpirlos.

—Vaya, ni juega ni caza. ¿Cómo piensa entretenerse en este maldito pueblo? —me preguntó con ironía.

—Bueno, tolero muy bien el aburrimiento, no es un problema para mí.

Me quedé un rato viéndolos jugar.

Había otro hombre apoyado en la pared que me miraba fijamente. Al acercarme a él noté que desprendía un fuerte olor a brandy.

—¿Nos conocemos? —le pregunté, tendiéndole la mano a modo de saludo.

—Usted a mí, no. Pero yo sí he oído hablar de usted y de sus malditas autopsias. Soy Ramón Porto, teniente de la Guardia Civil. Su antecesor.

Me quedé sin saber qué decir.

Efectivamente había visto ese nombre en varios informes, y ahora aquel hombre estaba frente a mí, balbuceando. El alcohol le impedía pronunciar bien las palabras. Me di cuenta de que necesitaba apoyarse en la pared para no caerse.

—Sí, no sé si lo sabe, pero sus investigaciones me están creando bastantes problemas; me han llamado ya varias veces a declarar ante el coronel Souto en La Coruña.

—Lo siento, no es mi intención crear problemas, solo intento hacer bien mi trabajo —contesté incómodo.

—Me gustaría invitarle un día a comer y que hablásemos.

Usted es nuevo en la zona, no conoce cómo funcionan las cosas.

Aquí los compañeros nos apoyamos. Me he informado sobre usted, sé que tuvo problemas en Madrid precisamente por eso, por no apoyar a los suyos.

Espero que no repita los mismos errores.

No me gustaba el tono que estaba tomando la conversación, ni cómo sonó ese «nos apoyamos». Le puse una excusa y me escabullí hacia el salón.

Allí Aldara parecía evitarme, se la veía nerviosa.

Cuando me acercaba a un corrillo donde ella estaba, se iba a otro con el pretexto de saludar a alguien.

Hizo lo mismo dos o tres veces. Al final, frustrado y aburrido, decidí irme.

Cuando le dije que me marchaba se ofreció a acompañarme hasta la puerta.

—Gracias por venir, sargento. Espero que haya disfrutado.

—Muchas gracias a usted, señora marquesa. Ha sido un honor ser su invitado.

La marquesa me tendió su mano y se la estreché. Entonces noté algo rígido y crujiente sobre mi palma. La miré sorprendido. Ella bajó los ojos mientras abría la puerta y se retiró sin mirarme.

Ya fuera, observé el papel. No quería leerlo allí. Esperaría a estar en un lugar tranquilo.

Cuando entré en casa Tiza me recibió dando saltos. Mientras la acariciaba, llegaron Fernández y Amalia cogidos del brazo que venían de dar un paseo.

—Sargento, ¿qué tal la fiesta? Un tostón, ¿verdad? ¿Tiene hambre? Nesas reunións tan distinguidas case non dan de comer. Amalia ha traído un lacón con grelos que está para chuparse los dedos. ¿Quiere cenar con nosotros?

Aunque la oferta me hacía la boca agua, ya que apenas había comido, decidí rechazarla y dejarles disfrutar de su cenita de tórtolos.

Una vez solo, abrí la nota de Aldara.