El misterio de las dos hermanas 13. Dos nuevas víctimas.
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13. Dos nuevas víctimas.

Los días siguientes a la visita al marqués transcurrieron tranquilos.

Mariana seguía sin aparecer. Pese a la orden de busca y captura, parecía haberse esfumado.

Por fin nos llegaron los resultados de las autopsias de Vicen y Adela.

Nuestra petición había causado un buen revuelo en la central.

No era mi intención dejar mal a mi antecesor, pero en la oficina de La Coruña me habían pedido que revisara los demás casos para ver si había más negligencias.

Me estaba creando enemigos sin quererlo.

Los resultados informaban de que Adela había muerto por estrangulamiento: tenía dos vértebras del cuello fracturadas. El coronel Souto me pidió abrir nuevamente el caso y hablar con las familias de las víctimas.

Otra novedad de esa semana fue la llegada de la señorita Rosina, la maestra del pueblo.

Había estado tres meses restableciéndose de su tisis en un sanatorio para tuberculosos. Ya estaba mucho mejor, aunque aún no podía trabajar. Tenía previsto ir a visitarla en cuanto se recuperara un poco. Era una testigo importante, tanto de los últimos días de Blanca como de los dos chicos ahogados.

Decidí visitar primero a los padres de Adela.

—La familia regenta la mercería del pueblo, mi sargento. Son gente amable —dijo Fernández mientras caminábamos hacia la casa—.

La tienda, que estaba en la calle principal del pueblo, tenía dos bonitos escaparates en los que estaban expuestas telas de distintos colores. La parte de arriba era la vivienda de la familia. Parecían vivir de forma acomodada. La fachada estaba recién pintada y la casa era bastante grande.

El cabo y yo entramos por la parte del comercio. La madre de Adela estaba atendiendo a una clienta, que insistía en que le dejase una tela más barata. Al vernos, la tendera endureció su gesto.

—Sabela, ¿Vas levalo ou non? —le dijo agriamente a la mujer.

—Sí, lévoo —contestó la otra.

Mirándonos con recelo, envolvió la tela en papel de estraza. Después se guardó lo cobrado en el bolsillo de su delantal.

—Ustedes dirán —nos dijo a modo de saludo cuando la aldeana se fue.

Sabía por el cabo que mi antecesor no había tratado bien a los padres de los chicos cuando ocurrió el accidente, así que intenté mostrarme lo más amable posible.

—Buenos días, señora, sentimos molestarla mientras trabaja. Queríamos hacerle unas preguntas. Hemos vuelto a abrir el caso de su hija, han aparecido nuevas pruebas que apuntan a que no fue un accidente, sino un homicidio.

Su gesto cambió y pareció tranquilizarse un poco. Salió de detrás del mostrador y cerró la puerta de la tienda, echando el pestillo.

—Ustedes perdonen que los haya tratado así —dijo acercándonos dos sillas que sacó de detrás del mostrador—. Siéntense, por favor.

—¡Paco, Paco! —gritó.

—¿Que queres? Agora baixo —gritó una voz de hombre desde el interior.

—¿Y qué pruebas son esas? Ya le dije al teniente Porto que era imposible que mi nena se afogara. Si nadaba como un pececiño…

El marido bajó a medio vestir, en camiseta de tirantes y con restos de espuma de afeitar en la cara. Era un hombre grueso que apenas cabía por la estrecha escalera de la vivienda.

Los dos me miraron expectantes, me decidí a hablar.

—Hemos descubierto que murió estrangulada. La autopsia ha revelado que tenía dos vértebras rotas en el cuello. Para su tranquilidad, creemos que su muerte fue rápida y que no le dio tiempo a sufrir mucho.

La mujer se agarró al mostrador y a punto estuvo de desvanecerse. Yo le cedí mi asiento. El marido le puso la mano en el hombro. El rostro de los dos reflejaba un gran dolor.

—¡Meu Deus! Estrangulada… A miña pobre neniña…

—¿Y qué más han descubierto? —preguntó el padre secándose el sudor de la frente con el brazo.

—De momento, poco más.

Quise indagar sobre mi antecesor y les pregunté si le habían advertido que la chica era una buena nadadora.

—Sí, se lo puede decir su compañero, ni siquiera nos escuchó. Mi hija nadaba como un pez. Era imposible que se ahogase. Pero no nos quiso atender.

Les pregunté si su hija podía tener algún admirador resentido.

—No, qué va, Vicen era su primer novio, que sepamos, claro. Ela pensaba que era feiña e dicía que non lles gustaba aos mozos.

Me disculpé por el comportamiento de mi antecesor, me daba rabia. Dejaba mal a todo el cuerpo. ¿Cómo era posible que tratase así a unos padres que acababan de perder a su hija?

—Sentimos mucho que no los escucharan. Yo me comprometo a informarles si hay algún avance en la investigación. Cualquier cosa que recuerden, aunque no les parezca importante, por favor, comuníquenosla. Por otro lado, ¿conocían bien al chico, Vicen? ¿Qué me pueden decir de él?

—Parecía un bo mozo. Facía pouco que saían.

—¿Era celoso? ¿Adela se quejó alguna vez de algún comportamiento violento?

—Nunca, ela non o consentiría.

No tenía más preguntas que hacerles y nos despedimos de ellos, agradeciéndoles su amabilidad pese al dolor.

—Quedamos muy agradecidos de que hayan vuelto a abrir el caso —dijeron acompañándonos a la puerta.

Mientras salíamos, me juré a mí mismo que haría todo lo posible por ellos y por arrojar luz sobre la muerte de su hija.