El misterio de las dos hermanas 12. Los preparativos.
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12. Los preparativos.

Al final acordé con Xosé que los sábados me los tomaría libres. Él, por su parte, prefería los domingos.

El sábado siguiente era el de la invitación de la marquesa y yo ardía de ganas de volver a verla. Nunca me gustaron las reuniones sociales, me aburrían en general, pero con tal de estar cerca de ella me hubiese apuntado hasta a una pelea de gallos.

No quería presentarme con las manos vacías, quería causarle una buena impresión.

Me apetecía hacerle un regalo, pero el viaje hasta La Coruña para comprar algo, era casi de siete horas en tartana.

Llegaría cuando los comercios estuvieran cerrados.

La opción de pedirlo por catálogo la descarté, los pedidos solían tardar más de un mes, si es que llegaban.

No me quedaba más remedio que regalarle algún objeto de mi colección. Lo sentía, la mayoría eran recuerdos valiosos por quien me los había regalado o por el momento en que los compré. Pero pensé que ella merecía el sacrificio, ya pediría el repuesto después, por correo.

Elegí un disco de Carlos Gardel, un tango que me recordaba a ella, un soplo de aire cálido en la frialdad de ese palacio.

La funda estaba un poco gastada, se notaba.

Le contaría la verdad, que era mío. No creo que le importase, sabría apreciar mi gesto.

No me había parecido una mujer superficial.

Me pregunté si me estaba ilusionando demasiado.

Solo la había visto una vez y, sin embargo, no podía quitármela de la cabeza.

Otra cosa que me preocupaba era la ropa que me pondría.

Me decidí por el uniforme de gala. Hacía meses que no lo vestía.

Al sacarlo del baúl me acordé de cuando me ascendieron a teniente.

Al ver ahora la hombrera sin la estrella, sentí una punzada de dolor en las tripas.

Quería ir impecable. Xoana y su madre me ayudarían a limpiarlo. Cepillándolo bien, no quedaría mal.

Del baúl saqué también un par de camisas blancas. La que estaba menos amarilla olía a naftalina, pensé que un buen lavado la arreglaría y podía perfumarla con una colonia discreta.

Sustituí el tricornio por una gorra de plato. Además de cómoda era mucho más elegante.

Me probé el traje frente al espejo. Me quedaba un poco ancho, había adelgazado en los dos meses que llevaba en Villanova. Pero no tenía tiempo para ajustarlo, me lo tendría que poner tal cual estaba.

En esas cosas pensaba cuando sonó el timbre. Era Luis. Venía con una botella de coñac.

—Vaya, te he pillado ocupado. ¿Molesto? —dijo al ver el revoltijo de trajes y camisas sobre el sofá.

—No, para nada. Me vienes muy bien. Así me das tu opinión.

Le hablé de la invitación de la marquesa para tomar el té el próximo sábado. Le pregunté si veía que el traje me quedaba demasiado ancho.

—Humm, se te ve elegante. Una vez que lo planches y lo cepilles, te quedará bien. ¿Y esa preocupación por causarle una buena impresión a la marquesa? —preguntó con ojos pícaros.

Noté que se me calentaba la cara, pero pensé que a él se lo podía contar.

—Me dejó impresionado el otro día cuando la vi, tan guapa y amable. Desde entonces no puedo quitármela de la cabeza. De la misma forma, me horrorizó su marido. ¡Qué hombre tan desagradable!

—¡Ay! Andrés, no te metas en ese jardín. El marqués y sus compinches tienen fama de matones y no tendrán reparo en usar la fuerza si alguien les estorba.

—¿Tú crees?

—Mejor es que te apartes. Ese hombre es peligroso.

De la marquesa se dice que es una tirana con sus criadas. Yo creo que son tal para cual.

Su comentario me dejó desinflado. Luis me parecía un hombre sensato, no hablaría mal de nadie sin un buen motivo.

Me quité lentamente el traje y lo guardé en el baúl.

—Esto te animará —me dijo enseñándome el magnífico coñac—. ¿Te apetece echar una partida al ajedrez?

Asentí taciturno.

Pasamos la tarde bebiendo y jugando. No era la idea que tenía para pasar mi primer día libre, hubiera querido aprovecharlo para explorar los alrededores a caballo, pero me alegré de no sentirme solo.

El doctor jugaba muy bien al ajedrez, me dio una buena paliza. Al terminar una de las partidas le pregunté dónde había aprendido.

—De la vida, para sobrevivir, tienes que predecir por dónde vendrán los problemas, observar a tus enemigos y adelantarte a sus movimientos. Si actúas antes que tu rival, es fácil ganar.

Pese al alcohol, que hacía que mis pensamientos fueran más lentos, me quedé reflexionando sobre sus palabras.

—Y tú, ¿cómo acabaste en una aldea como Villanova? —me preguntó.

Le hablé sobre la destitución por no obedecer las órdenes de mi comandante.

Condenar a la cárcel a un hombre sin pruebas, como me pidieron, me pareció injusto.

Pensar en cómo fueron las cosas me revolvía mucho.

Recordaba, sobre todo, cuando me sacaron del cuartel y me metieron en una cárcel militar.

Creía que me iban a expulsar del cuerpo, aunque finalmente mi historial me salvó.

Lo que más me dolió fue la actitud de mis compañeros y de mi capitán, mirando hacia abajo cuando me arrestaron.

Ahora desde la distancia no los culpo. Quizás en ese momento no podían hacer otra cosa.

Pero me habría gustado recibir, cuando salí, unas palabras de apoyo, unas líneas de despedida.

Pensaba que eran mis amigos y me sentí muy solo.

Desde entonces me costaba confiar en los demás.

—Te comprendo, amigo —me dijo Luis. Si pedí venir aquí, fue, en parte, por las presiones del hospital de la Coruña en el que trabajaba. Cambiaron de director y veía que los pelotas y los políticamente afines ascendían, mientras que la gente honrada y trabajadora quedaba relegada.

—Ya veo…

—Las camas y los recursos del hospital eran para sus amigos.

Había muchos abusos, sabía que no podía hacer nada.

Por eso pedí el traslado. Antía me animó, pensó que la vida tranquila en el campo le sentaría bien a Uxía, que era tan solo un bebé.

Fue una especie de destierro voluntario.

La paradoja es que cuando ella enfermó de neumonía se habría salvado si hubiésemos estado más cerca de un hospital.

Seguimos hablando hasta tarde, contándonos nuestras respectivas historias. Ya había caído la noche cuando se marchó.

Cuando me fui a dormir estaba casi decidido a poner una excusa y declinar la invitación de la marquesa, pero al afeitarme y mirar mi cuello, me acordé de las manchas violáceas en el de Aldara. Eso me llenó de determinación. Ella necesitaba un amigo y yo estaba dispuesto a serlo.