11. El marqués de Castro.
Entre los papeles del archivo me asombró encontrar una denuncia antigua de Mariana, presentada hacía unos dieciocho años. Acusaba al marqués de Castro de atacarla y de haberla violado, dejándola después malherida en el bosque. Fernández le había tomado los datos.
Como en casi todos los demás casos, no hubo investigación, ni informe médico, ni siquiera se había citado al marqués a declarar, con lo que me indigné nuevamente por la negligencia de mi antecesor.
Llamé al cabo a mi despacho y le pregunté por la denuncia, enfadado porque no me había comentado nada, siendo él quien había atendido a Mariana.
—Tiene razón, mi sargento. Es de hace tanto tiempo que lo había olvidado. El teniente Porto, mi antiguo jefe, se echó a reír cuando se la enseñé y me ordenó tirarla a la basura.
—¿Tirarla, por qué?
—No creyó a la chica, aunque había llegado con el
labio partido y magullada. Yo sí la creí, pero no pude hacer nada. Así que me limité a archivar la denuncia a pesar de que mi jefe me ordenó romperla.
Le pregunté si había habido más denuncias por violación contra el marqués de Castro, en el pueblo o en la comarca. El cabo suspiró, bajó la vista y dio varias vueltas al tricornio entre sus manos antes de contestar.
—Las hubo, mi sargento —dijo sonrojándose—.
Dos en Villanova y otra en Salinas. Todas las chicas contaban lo mismo: el marqués las perseguía a caballo, las golpeaba y luego las violaba.
Después, cuando venían a denunciar, mi jefe las convencía para que no lo hicieran.
Les metía miedo diciéndoles que sus padres perderían las tierras si denunciaban. El marqués era su arrendador.
—¿Entonces ninguna denunció?
—Las dos chicas de Villanova no se atrevieron. Pero la de Salinas no quiso callarse. Sus padres no dependían del marqués. Aunque el sargento rompió la denuncia en cuanto se fue.
Anoté el hecho en mi libreta.
Me indignó mucho el comportamiento de mi colega, acosando a las víctimas y destruyendo las pruebas.
El marqués cometía sus crímenes a cara descubierta, se debía sentir por encima de la ley.
Pregunté al cabo si guardaba la dirección de la chica de Salinas.
—Se mudaron poco después y no dejaron dirección. Creo que los amigos del marqués tuvieron algo que ver, no puedo asegurarlo. Se fueron de un día para otro, dejando la cosecha sin recoger.
Me quedé pensando en lo indefensas que debieron sentirse esas muchachas.
El cacique tenía a la Guardia Civil y al alcalde de su parte para hacer lo que se le antojase.
Todos los crímenes lo señalaban. Ya iba siendo hora de conocerle en persona.
Sería una presa difícil de atrapar, con amigos influyentes y contactos con criminales.
Debía ir con pies de plomo. Necesitaba más pruebas, sabía que la denuncia de Mariana no era suficiente.
Como aún no habían llegado los resultados de la autopsia de Vicen y Adela, me encaminé al pazo del marqués con Fernández y Tiza, ambos ya restablecidos.
Estaba bastante retirado del pueblo, había que cruzar parte del bosque y subir a la cima de una colina para llegar hasta allí.
Cuando observé la construcción, vi que estaba rodeada por una verja de hierro. La gran puerta por la que se accedía estaba cerrada.
—¡Ai, niña nai! —dijo Fernández al ver la magnitud del pazo.
Me divirtió ver al cabo tan impresionado. Yo también
lo estaba, la verdad. El palacio era enorme. Le pregunté si había estado allí alguna vez.
—No, qué va. ¡O leite!
Llamé al timbre y un jardinero vino a abrirnos la puerta.
Dentro, me asombró aún más el patrimonio del marqués.
El edificio era de estilo afrancesado, parecía el hermano pequeño del Palacio Real de Madrid.
Dos enormes escalinatas de piedra, simétricas, subían a la primera planta, donde estaba la entrada principal.
En la planta baja se veían las cocheras.
Le comenté al cabo que el conjunto me parecía demasiado ostentoso como para mantenerlo solo con las rentas de sus campesinos. No me contestó, seguía impresionado mirándolo todo.
—¡O leite!
El jardín era muy bonito, aunque demasiado recortado para mi gusto. Seguía el estilo francés, tipo Versalles: mucho boj y setos con formas redondas.
Macizos de camelias, rojas y blancas, lo llenaban de color, junto a la madreselva y a los ciclámenes rojos y rosados. El contraste con el musgo y la piedra daba al jardín un aspecto espectacular. Siempre me ha gustado la botánica y disfruté contemplándolo.
En uno de los bancos cercanos a la casa había dos mujeres.
Me fijé en la más joven, una belleza morena que portaba un bebé en brazos. La saludé desde el camino levantándome el tricornio. Ella inclinó su cabeza.
Dejé a Tiza en el jardín, junto con los caballos. No sabía si iba a ser bien recibida en el pazo. El cabo y yo subimos las enormes escaleras.
Al entrar en el recibidor, vimos una gran lámpara de lágrimas de más de dos metros de diámetro.
Sentí aprensión al tenerla suspendida sobre nuestras cabezas.
En la pared frontal, había un gran espejo, que hacía que el espacio se multiplicase.
Pensé que el objetivo de tanta magnificencia era hacer que los visitantes se sintiesen pequeñitos.
En realidad, así me sentía yo. Pequeño e inseguro, rodeado de tanto lujo extremo en ese espacio gigante.
Fernández siguió mirando todo, embobado, con la boca abierta, hasta que una criada joven, muy seria, con cofia, se acercó a nosotros para conducirnos por un laberinto de pasillos y escaleras hasta el despacho del marqués.
Él estaba sentado frente a su gran mesa, escribiendo. Sobre su cabeza había un retrato suyo montando a caballo. El animal hacía equilibrios sobre sus patas traseras.
En el cuadro, de gran calidad, se veía una versión mucho más joven del marqués con un sombrero de caza.
Sus rizos rubios sobresalían y le enmarcaban el rostro, en el que resaltaban sus ojos azules, bonitos, pero con cierta expresión cruel.
Sus facciones me recordaron a una foto de Blanca que vi en la casa de Mariana.
La cara del retrato, tan juvenil, acentuaba las arrugas del hombre que estaba debajo, dándole un aspecto aún más avejentado. Cuando levantó la cara, no pude evitar sonreír.
Me adelanté a presentarme y a darle mi mano, aunque en el fondo me repugnaba tocarle.
Él siguió sentado y nos miró, sin ofrecernos la suya.
Tampoco nos invitó a sentarnos. Quizá seguía con la estrategia para que nos sintiéramos inferiores.
La verdad es que estaba resultando, me hacía sentir muy incómodo estar de pie mientras él permanecía sentado.
Me parecía que estaba ostentando su poder.
Y no quise permitírselo. Decidí sentarme e hice una seña al cabo para que también lo hiciera.
Mi ayudante se sentó con mucho cuidado, como temiendo ensuciar la silla.
—Díganme —dijo mirándome fijamente—. He accedido a recibirles, pero vayan al grano. Soy un hombre muy ocupado.
—Claro, nosotros también lo somos —contesté—. ¿Conoce usted a esta mujer? —pregunté mostrándole
el retrato de Mariana que había encontrado en casa de Otilia.
—No me suena, ¿por qué habría de conocerla?
—Esta persona ha desaparecido. Usted es el vecino
más cercano a su casa. Estamos haciendo una investigación rutinaria.
Su mirada desafiante se relajó un poco.
—Comprenderá que no me relaciono con todos los vecinos del pueblo.
—Claro, por supuesto —continué—. También quería aprovechar para presentarme. Soy el nuevo sargento de la Guardia Civil. El sargento Piñeiro.
—Sí, había oído de su llegada —me sonrió y su cara me pareció aún más siniestra—. El mes que viene organizaré una cacería, está usted invitado. Ya le avisaré.
No esperaba la invitación, pero no me podía negar. Era una oportunidad de oro para obtener información. Lástima que aún quedaran varias semanas.
Después de aceptar me tendió una mano blanda a modo de despedida.
Fernández y yo salimos nuevamente al pasillo, ahora que no estaba la criada guiándonos aproveché para echar un vistazo a la casa. Si me sorprendían siempre podía decir que me había perdido.
Abrí una de las puertas.
Parecía el dormitorio del marqués. En las paredes colgaban algunas cabezas de animales disecados y en el suelo había una alfombra de piel tigre.
La cama era enorme. No me pareció un lugar acogedor.
Más bien tétrico, con todos esos bichos alrededor mostrando sus fauces.
En un terrario junto a la cama dormía una víbora.
Al verla, un escalofrío me recorrió la espalda.
No sé por qué el animal me recordó al propio marqués.
Seguí por el pasillo y, doblando un recodo, entré en una habitación decorada en tonos claros.
Cuadros de plantas y pájaros adornaban las paredes.
Era muy luminosa y aunque más pequeña que la anterior, resultaba muy agradable.
Junto a la cama había una pequeña cuna. Imaginé que era el dormitorio de la marquesa.
Como estaba demasiado lejos de la de su marido, dudé de la salud del matrimonio.
En un rincón había una repisa con una gramola, debajo de ella se apilaban algunos discos.
Curioseé un poco y comprobé que coincidíamos en gustos musicales.
Sobre la mesilla de noche había un libro.
Casualmente, se trataba de “Madame Bovary”.
Sentí una enorme simpatía por la marquesa.
La habitación de al lado estaba aún en obras. Las paredes estaban a medio pintar, habían elegido una azul suave. Parecía un dormitorio infantil.
Me resultó extraño que, teniendo el niño ya varios meses, no lo hubieran habilitado antes.
Después de perdernos por un magnífico salón lleno de espejos, logramos salir a la escalera principal y, de allí, al jardín.
La marquesa empujaba un cochecito de bebé mientras hablaba con la nodriza. Nos la encontramos de frente y nos sonrió.
—¿Ya se van? Soy Aldara de Castro, la esposa del marqués. Los acompañaré a la salida.
—Muchas gracias. Soy el sargento Andrés Piñeiro —me presenté mientras la observaba de cerca.
Era increíblemente guapa: morena, de ojos negros, suavemente rasgados. Tenía la boca carnosa y unos dientes blanquísimos. Era alta y más bien delgada, sus formas se marcaban suavemente bajo el abrigo. Noté que me ruboricé al sostenerle la mirada. Ella continuaba sonriéndome.
—Sargento, me gustaría invitarles a tomar el té el sábado. Sé que es usted recién llegado y vendrán todos nuestros amigos. Me gustaría presentárselos. Aquí no tenemos mucha vida social.
Le dije que intentaría ir pensando que la amabilidad de la marquesa contrastaba con la falta de educación del marqués. Me pregunté qué la habría llevado a casarse con él. No parecía una mujer interesada.
No pude evitar fijarme en una marca violácea en su cuello. Me llené de rabia y miré hacia la ventana del primer piso. Una sombra se movió tras el visillo, suavemente.