El misterio de las dos hermanas 10. Uxía.
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10. Uxía.

Después de una noche tan agitada, pasé la mañana descansando. ¡Qué gusto retozar en la cama hasta tarde! Recordé que desde que había llegado apenas me había tomado un día libre.

Pensé que aquello no era justo y tomé nota mental para hablarlo con el cabo y tomarnos al menos un día de descanso a la semana cada uno, igual que se hacía en Madrid.

Estaba pensando en estas cosas mientras me preparaba el primer café del día, cuando llamaron a la puerta.

Eran Luis y su hija. Tiza les seguía temblando, aunque visiblemente más recuperada.

Me alegré de verlos. Los invité a sentarse cerca de la chimenea. Como hacía frío me apresuré a avivar las llamas echando un nuevo tronco al fuego.

—Me alegra conocerte, Uxía. Muchas gracias por cuidar también de Tiza.

La joven hizo un gesto de asentimiento y bajó los ojos.

Era una chica morena, sus rasgos recordaban vagamente a su padre, pero tenía unos bonitos ojos azules, rodeados de pestañas muy espesas que llamaban la atención. Deduje que los había heredado de su madre. Los de mi amigo eran castaños y pequeños.

Les ofrecí un café y pan con queso, no tenía mucho más en la cocina. Pero ninguno de los dos probó la comida. Esto me hizo plantearme comprar algunos mantecados para las visitas.

—No hacía falta que me trajeseis a la perrilla, pensaba acercarme ahora por ella.

—Bueno, nos apetecía dar un paseo. Y así te comentaba los resultados de la autopsia de Blanca que he recibido esta misma mañana.

Miró a Uxía con preocupación, como temiendo su reacción.

—¿Podemos hablar en tu despacho? ¿Te quedas con Tiza un rato, cariño?

—Claro, papá —dijo Uxía con voz suave.

La chica se levantó y empezó a recoger los platos y tazas de la mesa.

—No hace falta que recojas, ya lo hago yo, más tarde.

—Non é molestia, así entretéñome —contestó llevándolos al fregadero.

—Sí, es muy hacendosa —contestó Luis.

Al entrar en mi despacho se fijó en que yo también tenía un ajedrez, guardado en su caja encima de la mesa. Noté su entusiasmo.

—Ah, ¡qué bien! Juegas al ajedrez —exclamó contento—. Cuando quieras echamos una partida. Yo también soy aficionado.

—Sí, me fijé ayer que tenías uno en tu casa.

Le pregunté contra quién jugaba, ya que vi una partida que estaba a medias.

—Conmigo mismo. Y no pienses que estoy loco. Pero me cuesta encontrar compañeros de juego en este pueblo. Antes jugaba con Antía, mi mujer. Pero desde que ella murió empecé a jugar solo.

Su rostro expresaba tristeza. Imaginé lo que debía sentir. También yo, a mis treinta y tres años, era un solitario. Al menos él tenía a su hija.

—Debes echarla mucho de menos. ¿Cuánto hace que murió? —pregunté.

—Tres años ya y parece que fue ayer. Una maldita neumonía se la llevó con treinta y siete años. Desde entonces no he querido conocer a otras mujeres. No me parece justo para Uxía, con todo lo que ha sufrido, imponerle una madrastra. De momento, nos apañamos bien los dos.

El mundo de mi amigo giraba en torno a su hija y a su trabajo, sus dos grandes pasiones. Pensé que yo no era quien para juzgarlo.

En ese momento me acordé de una persona que dejé en Madrid, pensar en ella todavía me producía dolor, aunque no tanto como hacía unos meses, la herida se iba cerrando.

—Te veo muy pensativo, ¿estás bien? —le pregunté.

Parecía incómodo hablando de estos temas, cambió de conversación.

—Bueno, a lo que veníamos. Tengo los resultados de la autopsia de Blanca. Las dos caras contrapuestas se deben a un fenómeno llamado siamesismo. No es que la chica tuviera dos rostros, es que eran dos personas.

—¡Vaya!

—¿Sorprendido…? Te lo explico. Hay mellizos cuyos cuerpos no se dividen bien al formarse y comparten partes y órganos de sus cuerpos, pero siguen siendo dos personas.

Me enseñó varias fotografías que llevaba en una carpeta de personas unidas por varios sitios.

—En el caso de Blanca y su siamesa —prosiguió el doctor— compartían todos los órganos excepto el cerebro y la cara.

Aunque los ojos de la hermana apenas veían y sus cuerdas vocales no funcionaban.

Los dos cerebros estaban interconectados.

Mi colega piensa que se entendían entre ellas sin hablar.

El cerebro de la siamesa era un veinte por ciento más voluminoso que el de Blanca.

Me sorprendí soltando un taco, la información me había impresionado.

—¿Te ha dicho tu colega si un cerebro dominaba sobre otro? —Quería saber qué hermana obligó a la otra a suicidarse.

—Mi colega no lo sabe, pero piensa que, al haber solo

un sistema nervioso, es decir, los nervios no están duplicados, se alternarían para controlar el cuerpo entre una y otra. Es decir, no podían mandar las dos a la vez, cuando el cerebro de una tomaba el control, el de la otra se inhibía.

—¡Parece algo mágico! —exclamé—. ¿Puede ser algo hereditario? —pregunté pensando en el bebé de Blanca.

—No creo, se trata de una malformación. Pero quién sabe, la naturaleza, a veces, es caprichosa.

Por aquí se cuentan cosas de bestias y criaturas extrañas que los pastores dicen haber visto a veces, cosas de meigas, ya sabes.

Imaginé a un bebé con dos caras haciendo gestos diferentes con cada una y me estremecí.

—Gracias, Luis. ¿Me dejas unos minutos para ordenar mis notas? No os vayáis aún. Me gustaría hablar con Uxía.

—Claro, estaré en el salón. Llámala cuando quieras.

Me quedé un rato pensando en lo que me había dicho, incluso hice unos dibujos del posible bebé con dos caras.

Cuando estuve más tranquilo hice pasar a Uxía.

Entró tímidamente y se sentó frente a mí, evitaba mirarme. Me pregunté por qué sería tan tímida. Tal vez su padre la protegía demasiado o quizás el haber perdido a su madre le había creado esa inseguridad.

Decidí intentar que se relajara.

—Oye, muchas gracias por cuidar tan bien de Tiza —le comenté con la voz más suave que pude—. Se ha recuperado en tiempo récord. Tienes unas manos mágicas.

Ella sonrió ligeramente y balbuceó.

—Gracias.

Aunque sus ojos miraban hacia abajo, de vez en cuando alzaba la mirada hacia mí con curiosidad.

—Así que eras compañera de clase de Blanca. ¿Puedes contarme cómo era?

—Normal, era una buena chica. Aunque dejó de venir a la escuela hace ocho o nueve meses. La profesora no lo entendía.

—¿Y tú eras muy amiga suya? ¿Fuiste a su casa algún día en esos meses a ver si estaba bien?

—Sí, al principio iba mucho, casi todos los días. Estaba acostumbrada a hablar mucho con ella, era mi mejor amiga.

En ese momento bajó los ojos y pude observar una lágrima pegada en sus espesas pestañas.

—Antes solíamos hacer juntas las tareas de clase. Cuando dejó de venir, iba a su casa a verla, pero me encontraba siempre la puerta cerrada y nadie contestaba. Era raro porque los animales seguían

por allí. Y el huerto estaba bien cuidado. Pensé que no quería verme y dejé de ir. A la señorita Rosina le pasó lo mismo. No encontró tampoco a Blanca ni a su madre. Sabíamos que seguían allí por los cerdos y las gallinas. Además, Tiza también estaba. Blanca nunca la dejaría.

—¿Y pasó algo para que no quisiera verte? —pregunté con cuidado.

—No —dijo y dos lágrimas rodaron por sus mejillas.

—Tranquila —le dije ofreciéndole mi pañuelo.

—Lo único que pasó fue cuando su novio Vicen se fue con Adela. Ella lo pasó muy mal. Pensé que quizás estuviese molesta conmigo por ser amiga de las dos.

Aunque no me pareció bien lo que hizo Adela. Eran amigas y ella se lo quitó. Después aparecieron ahogados los dos en la laguna.

—¿Y qué pensaste, Uxía? Dos amigos muertos y una que desaparece casi al mismo tiempo. ¿Cómo te afectó?

—¡Qué sé yo! Pensé que no era normal que se hubiesen ahogado.

—¿Por qué pensaste eso?

—Vicen nadaba muy bien. Habíamos ido muchas veces allí, en verano va mucha gente y nunca se ha

ahogado nadie. Me pareció raro. Pensé que Blanca estaría muy triste por la muerte de Vicen, le quería mucho. Así que supuse que no quería ver a nadie.

—Muchas gracias, Uxía, por tu ayuda. Una última pregunta: ¿habías visto antes este zapato?

Abrí el cajón y puse sobre la mesa uno de los pequeños zapatos con manchas que encontré debajo de la tabla, en la habitación de Blanca. Uxía puso una cara de gran extrañeza al verlo.

—¡Vaia! ¿Puedo cogerlos? Creo que son los zapatos de Mariona.

Otra niña que venía con nosotras a la escuela.

Fue hace mucho tiempo, teníamos unos ocho años.

Los llevaba siempre al colegio. Era moi presumida.

Levábaos debaixo das madroñas. A todas nos encantaban.

Si le caías bien te los dejaba poner un rato.

A la única que no se los dejaba era a Blanca.

—Y eso, ¿por qué?

—Le tenía manía, la llamaba zarrapastrosa. A mí me daba pena. Mariona era muy mala con ella. Un día nos dijeron que Mariona había muerto comida por los lobos. Dáballes pena a todos.

—¿Estás segura de que estos zapatos eran los de ella? —pregunté asombrado.

—Sí, claro. Soñaba con ter uns iguais.

—Muy bien, Uxía. Ya puedes irte. Muchas gracias por todo.

Cuando me quedé solo, apunté en mi libreta: “exhumación de los cuerpos de Vicen y Adela. Visitar a las familias, también a la de Mariona”. Después suspiré.

¿Quién eras realmente, Blanca?