09. El doctor Varela.
Cuando llegué a la casa del doctor golpeé la puerta con fuerza.
Estaba muy nervioso. Él me abrió en batín y con el pelo revuelto, bostezando y medio adormilado.
Pero enseguida se hizo cargo de la perra.
La puso sobre la mesa de la cocina y la empezó a examinar.
Le agradecí que, pese a la hora, nos hubiese atendido.
—¿Se pondrá bien, doctor? —le pregunté por tercera vez, mientras él palpaba la tripa—. Apenas se mueve. Creo que ha comido de estas semillas —dije, poniendo sobre la mesa el fruto marrón.
Pese a que alzaba mucho la voz, Tiza no abría los ojos. Eso hacía que aumentase mi angustia.
—Tranquilo, creo que aún estamos a tiempo. Parecen semillas de tejo, son muy venenosas. ¿Dónde las ha encontrado?
—En casa de Otilia, estaban dentro de un pan, en un descuido, la perra comió de él.
—¿Hace mucho de eso?
—Media hora más o menos.
—Voy a hacerle un lavado de estómago. Ayúdeme a meterle la sonda. ¿No me morderá verdad? No estoy acostumbrado a tratar con animales, pero ha hecho bien en traerla. Creo que el veneno aún no ha pasado a la sangre.
Sujeté a Tiza para que no cerrase la boca, intentando calmarla con palabras suaves. Debía estar muy mal, apenas se movía.
El doctor metió un tubo por su esófago, vertió agua por un embudo y después puso a la perra boca abajo para que expulsara lo que había comido. El vómito de Tiza cayó en un recipiente.
—Sí, parece que al menos ha tragado tres semillas. Puede que alguna haya pasado a su intestino, pero de ahí no las podemos rescatar. Hay que observarla esta noche y mañana y darle mucho líquido. Eso ayudará a que elimine el veneno.
—¿Puedo hacer algo más?
—Solo podemos esperar. Voy a darle un calmante para el dolor. ¿Quiere dejarla en mi casa esta noche? Aquí tengo más recursos para ayudarla en caso de que empeore. Le avisaré si eso pasa, no se preocupe.
—Me parece bien. Pero dígame ¿se recuperará? —le pregunté con angustia.
Nunca había tenido animales y estaba sorprendido del enorme cariño que había cogido a la perra en
apenas unas semanas.
—Me atrevería a apostar a que sí. Tranquilícese. Veo que le ha tomado cariño.
—Sí, ya sabe que la adopté hace solo unas semanas. Pero es un animal tan inteligente…
—Llámame Luis, aquí no nos andamos con tanto formalismo. ¿Te apetece un café y un poco de bizcocho? Mi hija Uxía es muy buena cocinera.
—Pues claro, te lo agradezco. Por cierto, yo me llamo Andrés.
Tenía hambre y se me hizo la boca agua al ver el bollo. Había sido un día muy largo y ahora notaba el cansancio. La casa caldeada y el olor a café me provocaron una sensación de hogar que echaba de menos. Mientras comíamos, puse a Luis al corriente del hallazgo de Otilia.
—¡Nai niña! ¡Otro cuerpo! ¡Esto es un no parar! Yo pensaba que estaba en un pueblo tranquilo.
—Sí —reí—, yo también.
—¡Nai de Deus! Otilia… —continuó Luis pensativo, limpiándose el bigote con su servilleta—.
Hacía tiempo que nadie la veía, al menos tres años.
Creo que la última vez que la vi fue en la feria del pueblo, el año diecinueve.
No era una mujer muy querida, era muy huraña, no me extraña que nadie la echara de menos.
—Creo que el pan de semillas puede ser la causa de la muerte.
—Podría ser…
—De hecho, la perra comió un poco y al rato empezó a retorcerse.
—Sí, las semillas de tejo pueden producir dolores abdominales fuertes…
—¿Tenía algún enemigo, Luis? ¿Sabes con quién se relacionaba?
—Podía tenerlos. Clientas, sobre todo. Conocía los secretos de muchas porque practicaba abortos clandestinos y asistía a partos.
Era muy descuidada y no guardaba ninguna norma de higiene.
Algunas mujeres salieron muy mal paradas y aún tienen secuelas importantes.
Varias veces me han llamado a mí para arreglar sus desaguisados.
Hubo incluso chicas que estuvieron a punto de desangrarse.
Ya nadie acudía a ella. Había cogido muy mala fama.
También se rumoreaba que practicaba la magia negra y que le gustaba chantajear a algunas personas. Esto podría explicar el envenenamiento.
—O sea, que tenía un montón de enemigos —dije, y suspiré levantando los brazos con frustración—.
Luego le pregunté por el frasco que le había dado para analizar, si sabía de qué tipo de semillas eran.
En el caso de que fueran de tejo, quizá fuera posible averiguar si procedían del mismo árbol.
—¿Crees que Mariana sería capaz de envenenar a Otilia?
—Vaya, ya tienes hasta sospechosa —dijo riendo—. Mariana tenía motivos, creo que la asistió en su parto.
Yo aún no había llegado al pueblo y mi antecesor no atendía a las aldeanas que no podían pagar. Las mujeres recurrían a Otilia o se arreglaban entre ellas. Ahora no es así. Yo no dejo de ayudar a ninguna mujer por unas perras.
Me alegré de oír eso. Al recordar los instrumentos de obstetricia del baúl, se me puso mal cuerpo.
—Los tejos están por todas partes. Podría haberlo hecho Mariana o cualquiera de sus clientas. Recuerda que también le gustaba chantajear a sus víctimas. Eso siempre es peligroso. Me pareció haberlas visto juntas alguna vez en el mercado. Tenían cierta relación.
Me sentía contento de haber encontrado a Luis. Desde mi llegada al pueblo echaba de menos conversar con alguien sensato y confiar en un amigo. Miré el reloj y suspiré con impotencia.
—Sé que es tarde, pero necesito que actúes de forense con Otilia.
He dejado al cabo Fernández vigilando la casa y debe estar desesperado por mi tardanza.
Por favor, coge todo lo que necesites para hacer un análisis exhaustivo de la escena del crimen —dije, sorprendiéndome yo mismo al nombrar la palabra crimen.
—De acuerdo, no te preocupes. Es mi obligación. Llamaré a la funeraria para que retiren después el cadáver. ¿Dónde estará mi cámara? Voy a despertar a mi hija para que cuide de la perrilla.
Al cruzar el salón mientras salíamos, me fijé en un bonito ajedrez que había sobre la mesa del comedor. Había una partida empezada. Me pregunté con quién jugaría.
Decidí dejar el caballo pastando en un terreno cercano y acompañar a Luis en su coche. Así llegaríamos antes.
Minutos después estábamos sentados en el vehículo. Por el camino aproveché para seguir preguntándole.
—Luis, Blanca no te llamó para el parto. ¿Sabes si algún colega tuyo la ayudó?
—Humm, no tengo noticias de que acudiese a ninguno de mis colegas.
Seguramente ocultó su embarazo. Los últimos meses no se la vio por el pueblo, ni siquiera en el mercado.
Necesitaban vender sus verduras y huevos, de eso vivían.
No sé cómo han sobrevivido los últimos meses sin ingresos.
Pariría con ayuda de Mariana. Algo muy peligroso.
No entiendo por qué no me llamaron, se llevaban bien conmigo. Blanca era amiga de mi hija.
Le pregunté si creía a Blanca capaz de tirar a su bebé a la laguna.
—Era una chica dulce y cariñosa, no me la imagino matando a su hijo. De todas formas, si hubiese sido
así, habría salido a la superficie, como salió el cuerpo de ella. No, el bebé debe de estar en otra parte.
—¡Qué raro! Mariana, su madre, parece haberse esfumado. ¿Sabes si tenían una buena relación? ¿No te parece extraño que una madre deje sola a su hija recién parida?
—Tienes razón, es raro que Mariana no acompañase a Blanca en un momento así.
La conozco, no la abandonaría. Podría ser que se marchase con el bebé a intentar que se lo quedara alguna familia en la ciudad.
Eso tendría sentido. Pero han pasado más de tres semanas, ya tendría que haber vuelto. A no ser que ...
—A no ser, ¿qué? —pregunté expectante.
—Que lo estuviese intentando colocar más lejos, en Madrid o Barcelona. No veo a Mariana capaz de vender a su nieto. Pero he oído hablar de médicos que pagan por recién nacidos.
Me quedé contemplando esa posibilidad, también yo había oído esos rumores. Si eso fuese cierto sería muy complicado encontrar al niño.
—Creo que voy a dar una orden de búsqueda y captura contra Mariana, además es la principal sospechosa de la muerte de Otilia.
—Humm. Sí, no está de más que hables con ella. No la veo como asesina, pero cualquiera de nosotros podría llegar a matar si las circunstancias nos obligan…
Me quedé en silencio, reflexionando sobre sus palabras. Sentí una punzada de angustia en el pecho.
¿Sería yo capaz de matar a sangre fría?
—¿Sabes ya algo de la autopsia de Blanca?
—No, estas cosas llevan tiempo y el cuerpo estaba
muy deteriorado.
—Sí, lo sé.
—Mañana llamaré a ver si nos pueden decir algo. Además, tendrán que venir a buscar el otro cuerpo.
Van a resultar raros tantos homicidios en un pueblo tan pequeño.
—Sí, a mí también me lo parece.
—Respecto a la criatura, los amigos y conocidos de Blanca deben saber algo. Quizás mi hija Uxía te pueda ayudar, eran amigas del colegio. Otra persona que la conocía bien era la señorita Rosina, la maestra. Blanca era muy buena alumna. También eran amigas.
Llegamos a la casa cueva.
El cabo Fernández estaba fumando, desesperado. Había encendido un fuego.
—¡Ya era hora, sargento! Estaba quedándome helado y los lobos no han parado de aullar.
—No ha tocado nada, ¿verdad?
—No, mi sargento. Prefiero pasar frío aquí que volver a entrar. No crea que es agradable la compañía de un esqueleto —contestó de mal humor.
Entré en la cueva. Me puse unos guantes de goma, cogí el pan y lo envolví en un trozo de tela que encontré. Después dibujé en mi cuaderno todos los objetos de la escena del crimen.
El doctor, mientras tanto, fotografió el cadáver desde todos los ángulos.