El misterio de las dos hermanas 08. Otilia.
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08. Otilia.

Había pasado una semana desde el incendio, mi compañero ya estaba restablecido casi por completo.

Me decidí a ir con él a la casa de Otilia. Era un hilo del que tirar que nos había dejado el diario. Me interesaba saber por qué se había enemistado con Mariana. Además, era posible que Otilia hubiese ayudado a Blanca en el parto y supiese algo del paradero del bebé.

Al atardecer, nos pusimos en camino montados en nuestros caballos. Tiza nos seguía a escasos metros meneando su cola, parecía contenta de salir a pasear.

Al adentrarnos en el bosque, el paisaje, aunque bello, me pareció inquietante. Las ramas de los árboles tapaban el cielo casi por completo. El sol proyectaba sombras siniestras sobre nosotros.

Eso, junto con el roce de las hojas agitadas por el viento y la bruma, hizo que mi cuerpo se estremeciera varias veces durante el camino.

Fernández, más acostumbrado a andar por aquellos parajes, parecía más tranquilo. Quizá por eso notaba mi nerviosismo.

—¿Se encuentra bien, jefe?

—Sí, sí. Estoy bien —contesté intentando aparentar calma.

Tardamos una hora en llegar, ya empezaba a anochecer. La casa de Otilia era extraña. Una especie de cueva cuya puerta se incrustaba entre las raíces de un árbol milenario. El techo y las paredes estaban cubiertas de maleza. El conjunto se asemejaba a un gran arbusto con puerta. No se veían ventanas.

Llamé. Nadie contestó. Un olor a humedad se filtraba desde el interior. Me pregunté cómo podría una anciana vivir en estas condiciones.

Tiza empezó a gruñir y a enseñar los dientes. Me pareció raro verla tan agresiva, era una perra muy tranquila. La acaricié para calmarla.

Pedí ayuda a Fernández y, entre los dos, empujamos la puerta con fuerza. La madera estaba hinchada y se había fijado al marco. Esta cedió y se partió.

Al entrar nos llegó un olor intenso a moho. Varios insectos corrieron por el suelo huyendo de la luz, a esconderse entre las rendijas.

Vi varios bultos tirados, pero no distinguía bien lo que eran. Así que saqué mi linterna del morral.

Al dirigir el halo de luz a los objetos, vi una hogaza de pan a la que le faltaba un trozo, también una silla volcada y una taza rota. Al fondo, vimos otra puerta abierta. Al alumbrarla, me pareció distinguir, en el suelo, los pies de un esqueleto. Mi ayudante también los vio.

—¡Ai, meu Deus! —dijo tapándose la nariz y la boca.

Entramos en la pequeña cámara con precaución. Efectivamente se trataba de un esqueleto vestido con harapos negros. La calavera aún conservaba mechones de cabello blanco. El cuerpo, por su postura, parecía que quería llegar a la cama. Estaba tumbado boca abajo.

Me hubiese gustado verle la cara, pero preferí no darle la vuelta, para no dañarlo. Imaginé a la calavera sonriendo con una mueca burlona.

Me fijé en el resto de la habitación. Las paredes estaban llenas de moho. Algunas ramas del árbol habían penetrado rompiendo el techo y el agua de la lluvia había creado pequeños charcos en el suelo de arena apelmazada.

También había muchos excrementos de ratones, que impregnaban la estancia de un olor agrio.

En una esquina encontré un baúl de madera tallada. Quizás la pieza más valiosa dentro de esa inmundicia de habitación. Lo abrí con cuidado. Dentro,

envueltos en tela de saco, había viejos aparatos de obstetricia, herrumbrosos. Algunos contenían aún restos de sangre. Me imaginé a la vieja usándolos y sentí un escalofrío, pensando en las pobres mujeres.

Al fondo del mueble, había una bolsa con monedas. Debía ser el pago por sus servicios. Las conté y sumaban una cantidad considerable. Me indigné pensando en la avaricia de la anciana.

En un lateral vi un fajo de cartas, unidas por una cinta negra y un álbum viejo con fotografías de varias personas.

En algunas de esas fotos, los retratados tenían las cabezas quemadas, posiblemente con cigarrillos.

En otras, estaban perforados por alfileres, clavados en distintas partes de sus cuerpos.

También había varios recortes de periódicos.

Me llamó la atención uno de los recortes. Era del marqués de Castro y de su mujer, según decía el pie de foto de La Coruña, en el día de su boda. Ella tenía un alfiler clavado en el vientre y él en la zona genital.

Después encontré una foto de Mariana con un alfiler clavado en el cuello. Sentí un escalofrío y se las enseñé a Fernández. Él asintió. Después las guardé en mi morral.

—La Otilia era muy vieja, mi sargento —dijo el cabo, señalando el cuerpo con la mandíbula. Seguramente murió de un ataque al corazón.

Le pregunté si sabía algo de ella o sobre su odio a los marqueses y a Mariana.

—No lo sé, señor. Antes de que viniera el nuevo médico era ella quien ayudaba a las mujeres pobres a parir. También quitaba el mal de ojo y hacía otros trabajos prohibidos. Ya me entiende…

Me figuré que se refería a abortos clandestinos. Asentí.

—La gente ya no la buscaba, varias madres murieron y también los bebés. Quizás Mariana contribuyera a crear su mala fama hablando mal de ella.

En ese momento oímos a Tiza gemir en la habitación de al lado. Cuando llegamos estaba arrastrándose por el suelo. Observé que la hogaza de pan estaba mordisqueada.

Me enfadé con la perra por comer cualquier cosa. Entonces recordé que ese día no habíamos comido. Enredado como siempre con el trabajo, olvidé darle su ración. La acaricié y después la cargué. Apenas pesaba.

—Soy un desastre —dije en voz alta—. Mira que olvidar darte de comer.

Me sentí muy culpable, realmente me asustaba verla retorcerse de esa forma. Le pregunté al cabo si conocía algún veterinario en la zona.

—No, mi sargento. Pero la veo muy mal, no creo que se pueda hacer ya nada por ella.

Sus palabras me pusieron aún más nervioso. Me acerqué a la hogaza y desprendí una semilla rojiza. Era muy parecida a las del bote que encontré en la casa de Mariana. La hipótesis de muerte natural perdía fuerza.

Salí y agradecí el aire fresco. Justo en ese momento, sonaron unos aullidos lejanos. Me estremecí.

—¿Y eso?

—Son los lobos, jefe. En invierno les cuesta encontrar comida. Aúllan de hambre.

—¿Nos acechan? —le pregunté angustiado.

—No creo, suenan muy lejos. Dispararemos si se acercan, no se preocupe. Tenía que haberle advertido que no es prudente ir al bosque cuando anochece.

—Tengo que llevar a la perra a que la vea el doctor. Usted mejor quédese aquí. Hay que certificar la defunción de Otilia. Habrá que tomar huellas y fotos. No toque nada. ¿Estará bien?

—Sí, estaré bien, encenderé un fuego fuera para alejar a las bestias.

Me puse en camino con mucha aprensión. Tocar mi arma me dio algo de seguridad. Apoyé a Tiza en mi regazo. De la visita a casa de Otilia me había quedado una cosa clara: la muerte no fue por causas naturales.

De camino a casa del médico tuve miedo de perderme, sería fatal con los lobos cerca.

Me sentía vulnerable con las dos manos ocupadas. Una, sosteniendo a Tiza, otra, la linterna para alumbrar el camino. Apenas podía sujetar las riendas.

El bosque era tan tupido que no se distinguía nada a los lados. Solo vegetación. Apunté con la linterna a lo lejos para ver si veía alguna casa del pueblo. Nada, fuera del haz de luz, solo oscuridad.

Pensé que había cometido un error al separarme del cabo.

Recordé el caso de una niña, Mariona, devorada por los lobos.

Lo había leído al revisar el archivo. Ocurrió unos siete años atrás.

La cría tenía solo nueve, volvía de jugar con las amigas y atravesó el bosque.

Encontraron su cuerpo destrozado al día siguiente.

Sentí un escalofrío. Pensar en esas cosas solo hacía que me pusiera más nervioso.

Pero no podía evitar imaginar el cadáver mutilado de la niña.

Oí unos gruñidos a mi izquierda. Unos arbustos cercanos se movieron. También sonaron a mi espalda, muy cerca.

Volví la cabeza y vi dos sombras negras en medio del camino. No eran muy grandes, parecían perros. La luz de la linterna iluminaba suavemente sus pelajes, perfilando sus siluetas con un halo blanco.

Un sudor frío me recorrió la nuca. Sin pensar, saqué mi arma y disparé dos veces.

Las sombras se dieron la vuelta y se escondieron entre la vegetación.

Disparé también al arbusto de mi izquierda. Algo gimió y se alejó hacia la maleza. Recé para ir en el camino correcto, mientras apretaba a Tiza, que estaba inconsciente, contra mi regazo.

Al cabo de unos minutos divisé las primeras casas de la aldea y respiré aliviado. No podía entretenerme mucho, Fernández estaba solo y, posiblemente, también asustado en la casa de Otilia.