22. Un nuevo comienzo.
Al día siguiente de la ceremonia, esperé a que Luis viniera para llevarme a la estación. Tenía que incorporarme a mi nuevo destino en La Coruña.
Mientras me tomaba el último café, paseé por la casa que había ocupado ese año, pensando en cómo sería mi nueva vida y mi nuevo hogar. En ese momento, alguien llamó al timbre. Salí a abrir y me sorprendió ver a la criada de Aldara, aquella chica joven y estirada.
Sin mediar palabra, me entregó una carta.
Después se fue sin darme tiempo a decir nada.
Reconocí la letra picuda de la marquesa.
Me pregunté qué quería. Me imaginé renglones llenos de excusas, intentando justificar su próxima boda.
Pensé que ya estaba bien de remover la herida.
“No te quiere, nunca te quiso, solo te utilizó para que la librases de su marido”, me dije a mí mismo.
Arrugué la carta con rabia y la guardé en el bolsillo del abrigo.
Luis tocó el claxon en el camino, cogí mi maleta y me dirigí al coche con Tiza, que se quedaría con Uxía.
En la estación de Ferrol, Luis me ayudó con el equipaje antes de despedirnos.
—Aquí tes un amigo para o que necesites, xa o sabes.
—Gracias, Luis. Tú también cuenta conmigo. En cuanto esté instalado en la Coruña te escribiré.
—Esperamos que vengas a vernos.
—Lo haré, descuida. Y, por supuesto, estáis invitados a La Coruña cuando queráis.
—Home, conta con iso. A Rosina le hará ilusión ir.
—Ah, y cuidad de Tiza. Aunque sé que está en las mejores manos con Uxía.
—Sabes que sí. Y recuerda… Hiciste lo correcto.
Asentí, sin saber qué más decir. Después nos despedimos con un abrazo. Le vi limpiarse unas lágrimas con la manga del abrigo. Agradecí que me apreciase tanto.
Subí a mi compartimento, me asomé a la ventana y me despedí de él con la mano. Desde allí observé a una bella mujer que viajaba con un equipaje voluminoso.
Mientras la contemplaba, me pregunté por qué yo no podía tener suerte en el amor.
Siempre me enamoraba de la persona equivocada.
Primero Xosé con Amalia y, ahora, Luis con Rosina. Todos habían encontrado a buenas mujeres con las que compartir sus vidas y eran felices.
Me pregunté por qué no había nadie para mí. Me parecía injusto. La traición de Aldara aún me quemaba por dentro.
El tren arrancó. Atrás quedaba aquel año lleno de impotencia y sufrimiento. El recuerdo de Blanca y todo lo sucedido siempre iría conmigo. Ahora tenía que rehacerme. Los nuevos casos y la actividad de la capital me irían bien.
En ese momento, alguien llamó a la puerta de mi compartimento. Reconocí a la mujer del andén.
—Perdón, ¿hay sitio libre aquí?
—Por supuesto —dije mientras tomaba su maleta y la colocaba en un estante.
—Muy amable. Me llamo Inés Figueras.
—Encantado, soy el teniente Andrés Piñeiro.