El misterio de las dos hermanas 06. Tirando del hilo.
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06. Tirando del hilo.

Esa noche me quedé disfrutando de mis libros recién recuperados y pospuse la visita a Fernández para ver cómo se encontraba de su quemadura, dejándolo descansar.

A la mañana siguiente decidí ponerme al día con los casos archivados y no resueltos de los últimos años, algo me decía que mi antecesor no investigaba mucho.

Me sorprendí al encontrarme con otro incendio en el bosque cercano a la casa de Mariana.

Tres leñadores perecieron carbonizados. Aparte de los certificados de defunción, no había nada más.

Ni siquiera un informe pericial sobre el origen del fuego.

Esto había sucedido dos años antes de la muerte de Blanca.

En los certificados venían sus direcciones.

Las anoté para visitar a sus familias más adelante.

Me pregunté si habría algún pirómano en la zona.

Antes de seguir con el archivo, tenía que hacer una llamada. Los bomberos no habían aparecido. Eso era

algo muy grave y la lejanía no era excusa para explicar su negligencia. Podían haber muerto personas.

—¿Operadora? —pregunté—. Póngame con el servicio de bomberos de La Coruña, por favor.

Unos segundos después contestaron.

—Oficina de bomberos de La Coruña, dígame.

—Buenos días, señorita. Soy el sargento Piñeiro de la Guardia Civil.

Mire, resulta que el día diez de enero hicimos una llamada solicitando que acudieran a Villanova, por un incendio en la casa cuartel.

Pero no vino nadie. Quiero saber qué pasó, fue un incendio muy grave, en el que se destruyó material importante.

Lo apagamos entre los vecinos, resultando algunos heridos.

Quería alguna explicación de por qué no atendieron nuestro aviso.

—¡No me diga! —contestó sorprendida la telefonista—. Voy a consultar el registro de llamadas. Espere un momento.

Me tuvo unos minutos esperando, después se puso otra persona.

—Buenos días. Soy Abelino García, jefe de bomberos, me comentan que llamaron el día diez y no acudimos. ¿Correcto?

—Sí, así es.

—Mire es que el aviso fue a las 4:10 de la mañana y a las 4:20 recibimos otra llamada anulando la anterior.

La sorpresa me dejó aturdido.

—¿Y podría darme el número desde el que se hizo esa segunda llamada?

—Sí, espere un momento que lo busque, necesito mirar los registros.

Me mantuve unos minutos en el aparato.

—¿Sargento? El número es el 4687.

Le pregunté si tenían el nombre o la dirección de la persona que llamó.

—No, lo siento, no solemos preguntar esa información, a lo mejor sería una buena idea hacerlo de ahora en adelante.

—Muy bien, gracias.

Colgué el teléfono. Sentí angustia en el estómago. Alguien estaba muy interesado en que el fuego se

extendiera. Pensé que quizás estuviéramos en peligro.

Intenté recordar quién se había ido primero.

Pero con el jaleo no me había fijado en las caras.

Además, había varios vecinos allí a los que aún no conocía.

De todos modos, quien fuese, debía haber hecho la llamada desde su casa, en el cuartel era imposible.

Pensé que, seguramente, la misma persona que llamó fue la autora del incendio.

Necesitaba llamar, escuchar la voz de quien había intentado matarnos. Pero sería un error ponerle sobre aviso.

Junto al teléfono había una guía telefónica local.

Busqué el número con ansiedad. Puede que hiciesen la llamada de un pueblo cercano.

Afortunadamente no había muchos vecinos con teléfono en los alrededores y lo encontré enseguida, calle Alta, 45.

Florencio Predrayo de Veiga. Recordaba ese apellido rimbombante, era el alcalde de Villanova.

Sentí una punzada de rabia. Me pregunté por qué había querido atentar contra mí. Parecía que la gente pudiente no me apreciaba mucho. Quizás preferían un pueblo sin ley. La llamada no sería suficiente para detenerle, una lástima. Pero necesitaba conocerle en persona, ver cómo era y qué pensaba.

Me dirigí con mi yegua a la dirección anotada.

Era una calle bonita, con casas de piedra y miradores de cristal. Las macetas con flores adornaban las entradas. Por la parte de atrás de la casa se veían jardines con vistas al puente y al río. Se trataba, sin duda, de una zona de gente adinerada.

Llamé a la puerta. Una criada con cofia me abrió.

—Buenos días, vengo a ver al alcalde. Soy Andrés Piñeiro —me presenté—, sargento de la Guardia Civil.

—El señorito está descansando —me dijo haciendo un mohín.

—Llámelo, por favor, es un asunto importante —insistí.

Me hizo pasar a un salón amueblado con sillones de estilo rococó en tonos rosados.

Las paredes también estaban tapizadas del mismo color.

Mientras me sentaba en el duro sillón observé la cantidad de figuras de porcelana que llenaban las repisas: pastorcillos, músicos y animales en las más variadas poses.

Se abrió la puerta y apareció el alcalde, vestido con un batín y con el pelo alborotado.

—Usted dirá —dijo de mal humor.

Me presenté y le ofrecí mi mano, que estuvo unos minutos en el aire sin que él la estrechara.

Quise ver cómo reaccionaba al nombrar el incendio.

—No sé si está al corriente de que, en la madrugada del diez de enero, hubo un incendio muy grave en la casa cuartel. Con el resultado de una persona herida.

Sin duda, le puse nervioso. Miraba hacia el suelo y sus manos temblaban, tuvo que sujetarlas para disimular.

Yo, mientras, le observaba con descaro. Proseguí:

—Según nuestras investigaciones, a las cuatro y veinte de esa madrugada, alguien llamó desde su casa para anular un aviso a los bomberos. ¿Me podría explicar este hecho?

—Debe ser una confusión, a esas horas estábamos todos durmiendo. No nos enteramos del incendio.

Observé que su nerviosismo iba en aumento, además

de las manos también le temblaba el mentón. No me había ofrecido sentarme, estaba claro que deseaba que me marchase cuanto antes.

—¿Me puede decir dónde estaba la madrugada del día diez de enero?

—Pues ¿dónde iba a estar? En casa, durmiendo.

—¿Tiene testigos que lo corroboren?

—Pues sí, mi mujer y la criada. ¿Para esto ha venido?

Al preguntarle si podía registrar su casa, dejó de mirar al suelo y me observó desafiante. No esperaba encontrar nada importante, solo quería ponerlo más nervioso.

Me pareció una persona con pocos recursos. Me pregunté cómo había llegado a ser alcalde.

—Pues claro que no. ¿Tiene una orden? —respondió enfadado.

—Agradecería su colaboración. Pero no, no la tengo —pensé que si descubría que ocultaba algo podría incriminarlo.

—Pues salga de mi casa y no vuelva a molestarme sin motivo.

—Descuide, no lo haré.

Salí a la calle de mal humor, quizás me había precipitado con la visita. Aunque sospechaba que podía ser él mismo el autor del incendio, se me escapaba el motivo.

Me hubiera gustado ponerle vigilancia, pero estando Fernández en cama, era imposible que yo solo pudiera hacerle el seguimiento. Luego pensé que, si tenía un cómplice, no tardaría en contactar con él. Estaba seguro de que mi visita no le había dejado indiferente.

Esperé en un callejón subido a mi yegua y tuve suerte. Al poco rato salió en su coche. Le seguí a distancia. Vi que salía del pueblo y tomaba la carretera que conducía al pazo del marqués.

Sonreí, esos dos se traían algo entre manos y yo iba a averiguarlo.