El misterio de las dos hermanas 05. Construyendo mi hogar.
22%

05. Construyendo mi hogar.

Me desperté bien entrada la mañana, con los mugidos de unas vacas de fondo.

Abrí la ventana y, efectivamente, allí había dos, echadas bajo un árbol, que me miraron de forma inexpresiva mientras rumiaban.

Me pregunté en qué pensarían estos animales.

Esa idea me llevó a acordarme de Tiza: debía encontrarla.

La última vez que la había visto fue durante el incendio.

Me vestí a toda prisa, salí de mi habitación y, al entrar a la cocina, respiré aliviado.

Tiza estaba allí. La hija de Laureano, Amalia, una muchacha rolliza y silenciosa, le había puesto un cuenco con pan y leche y lo estaba lamiendo.

Me sentí orgulloso de tener una perra tan lista, capaz de encontrarme, aunque yo me olvidase de ella.

Le di tímidamente las gracias a Amalia. Me parecía que ya había causado demasiadas molestias a la familia, para encima endosarles un animal.

Ella me sonrió y puso sobre la mesa un plato con bizcocho y un tazón de café. Luego siguió pelando patatas en el fregadero de espaldas a mí.

Mientras desayunaba, le pregunté por mi compañero.

—¿Qué tal Fernández, ha pasado buena noche?

—Aínda segue durmindo —dijo sonriendo.

—Gracias por tus cuidados, no podría estar en mejores manos.

Ella volvió a sonreír e hizo un gesto afirmativo a modo de respuesta.

Tenía mucho que hacer esa mañana, pero lo más urgente era recuperar los caballos. Silbé a Tiza, que se incorporó y me siguió moviendo su cola.

Al llegar al cuartel, me llevé otra agradable sorpresa. Los dos caballos estaban pastando tranquilamente en un terreno próximo. Decidí dejarlos allí un rato, disfrutando.

Cuando entré en la enfermería, que era el edificio más afectado por el fuego, todavía olía a gasolina. Los cristales de las ventanas habían reventado. Una corriente de aire alivió el olor viciado y el picor de mis ojos.

Estaba claro que el incendio había sido provocado. Quizás fuese obra de algún campesino asustado, aunque no me acababa de cuadrar.

Me giré para ver el cadáver de Blanca. Estaba carbonizado por completo. La camilla metálica en

la que se apoyaba había cedido por los pies, que ahora se apoyaban en el suelo, inclinando el cuerpo hacia delante.

Miré su pequeña cara ennegrecida. Con los cabellos chamuscados, su cabeza parecía diminuta.

Me fijé también en la cara en la parte posterior de su cabeza.

La pequeña boca estaba abierta. Introduje uno de mis dedos por el hueco y toqué algo duro y cortante en el borde.

¿Unos pequeños dientes? Me agaché a observar mejor esa parte.

Vi los dos pequeños orificios respiratorios y unas pequeñas hendiduras alargadas más arriba, a modo de párpados.

Pasé mi dedo por ellas. Noté los bultos de las pestañas.

Esa otra cara era sensiblemente más pequeña que la de la parte anterior.

Parecía alguien diminuto dentro de otra persona.

Su aspecto quemado le daba un aire siniestro, como recién salida del infierno. Me estaba dejando llevar por mi imaginación.

—Así que ¿tú eres Gertrud? —dije para mí—. Pues encantado de conocerte…

La voz del doctor me sorprendió a mi espalda.

—Buenos días, acabo de curar a su compañero. ¿Usted qué tal está?

Le señalé el cadáver. Él lo miró con atención. Sacó una cámara e hizo algunas fotos.

—Salgamos de aquí, no debemos respirar este aire mucho tiempo, es muy insalubre.

—Vayamos fuera, podemos pasear —le contesté—. Siento no tener un lugar para recibirle.

—No se preocupe, estoy bien.

—¿Qué piensa del segundo rostro de la chica? No se trata solo de una malformación.

—No, no lo parece.

—¿Ha visto alguna vez un caso así?

—Yo no, pero he oído hablar de hermanos siameses que comparten algunas partes del cuerpo.

He estado consultando mis libros esta noche sobre ese tema.

Aunque mi colega, seguramente, nos dará más información.

Pero lo que quería decirle es que vendrán más tarde a por el cadáver para hacerle la autopsia.

Pese al incendio, alguna información se podrá sacar.

Cuando tengamos los resultados, aclararemos muchas dudas.

Le agradecí su trabajo. Y prosiguió.

—Necesitará ayuda para adecentar el cuartel y su casa. Le mandaré a algunos amigos. Aquí estamos muy lejos de la mano de Dios, nos apañamos entre nosotros.

Pensé en los bomberos que aún no habían aparecido y me indigné.

—Gracias. De todos modos, pensaba pedir a la central que me mandasen a alguien para reconstruir esto.

—Pero eso puede tardar mucho y usted necesita un sitio donde vivir y trabajar.

Un carro se paró frente a la puerta. Reconocí los bultos, traía mis cosas desde Madrid. Al menos tendría ropa limpia.

El doctor me ayudó a bajar algunas cajas. Varios aldeanos llegaron, las cargaron y las colocaron en el salón, aunque antes tuvimos que sacar los muebles carbonizados. Me alegré de no tener que volver a ver el viejo sillón, ni la alfombra de vaca.

Ahora tenía la preocupación de conseguir amueblar mínimamente la casa para poder dormir y trabajar. Pregunté a los campesinos dónde vendían muebles. Algunos se ofrecieron a prestarme los que tenían en sus desvanes mientras compraba los míos. Acepté agradecido su oferta.

Sin que yo les dijese nada, varias mujeres se pusieron a barrer con escobas las cenizas y el hollín. Los hombres sacaron brochas y rodillos y se dispusieron a encalar las paredes.

—No hace falta que se molesten, ya me encargo yo —les dije.

Estaba asombrado ante tanta generosidad desinteresada.

—Non te preocupes, home —dijo Laureano que venía junto a ellos—. A nós tamén nos convén que o cuartel estea en funcionamento canto antes. Así non poden traballar.

Horas más tarde llegó una carreta con leña que también me ayudaron a descargar. Lo primero que hice fue encender la chimenea. Los hombres se acercaron a calentarse las manos. Me alivió sentir la casa caldeada. El calor y el buen ambiente me trajeron paz. Mis problemas me parecieron menos graves.

Me di cuenta de que tenía hambre, me aseé lo mejor que pude y salí con Tiza a comprar víveres.

Fernández me había recomendado la tienda de la Carmiña, en la calle principal. Aún no había tenido tiempo de dar un paseo por el pueblo. Me extrañó ver las calles desiertas. Era un día lluvioso y frío, quizás apetecía más quedarse dentro al calor de la lumbre.

El suelo de arenilla se pegaba a los zapatos, entendí que usasen esos extraños zuecos para andar por aquel suelo tan embarrado. De muchas de las casas salía un humo blanquecino por la chimenea. Al pasar junto a ellas me venía un olor a puchero y a chorizo, olor a hogar. Mi estómago protestó.

Me apetecía corresponder a la amabilidad de mis paisanos invitándoles a un vino y a un poco de embutido.

Llegué a una casa con una cortina de lana que llamaba mucho la atención sobre la fachada de piedra. Debía ser el sitio, según las indicaciones que me dio el cabo.

Era una tienda en la que se vendía de todo: cacerolas, ropa de trabajo, lanas de colores, verduras, leche, carne y fiambre. Cuando llegué había un grupo de aldeanas, enfundadas en mantones y pañuelos negros, dando conversación a la dueña.

Carmiña se encontraba detrás del mostrador. Era una señora entrada en carnes, de mediana edad. Llevaba una blusa de colores vivos que hacía contraste con la oscuridad de la tienda.

—Bos días. ¡Vaia desgraza de incendio! ¿Todo ben?

Las demás asintieron con la cabeza.

—Sí, vaia desgraza —comentaron.

—Sí, todo bien, gracias —respondí sonriendo, consciente de que me observaban con el mayor de los descaros—. Venía a comprar algo de comida.

—Claro, claro. ¿Precisa unha muller para limpar na súa casa? Podo mandar a miña filla, Xoana.

No entendí nada, la tarea de comprar iba a ser más dura de lo que pensaba.

Después de pedirle que lo repitiera tres veces y con ayuda de sus gestos, que imitaban el uso de una escoba, la comprendí.

Y no me pareció mala idea. Así que le dije que sí con la cabeza, un poco asustado porque no estaba muy seguro de lo que sentía.

Eché un vistazo a la tienda: era muy oscura. Los productos se acumulaban sin ningún orden. Me fue imposible encontrar lo que quería. Tuve que preguntar.

Como apenas hablaban castellano, tuve que hacerme entender haciendo un esfuerzo de mímica.

Compré platos y sartenes nuevos, además de dos estufas de leña, una para mi habitación y otra para el despacho. En el salón no la necesitaba porque tenía chimenea. También compré una cafetera. Echaba de menos el café muy cargado, aunque allí solo tenían de achicoria.

No era muy diestro cocinando, por lo que preferí comprar cosas sencillas y fáciles de preparar, como jamón, huevos, tomates, chorizo de la zona, pan, leche, dos botellas de vino y, por supuesto, queso de tetilla, que me dieron a probar y me encantó.

Después de contestar a las preguntas sobre Madrid que pude entender a las aldeanas y de probar unos frisuelos y un café que nos sacó la dueña, me dirigí a mi casa de buen ánimo.

Llevaba los víveres en una cesta que me prestó Carmiña. Más tarde, según entendí, irían su marido y su hija Xoana con el resto de las cosas para ayudar a que me instalase. Empezaba a tomarle cariño a la aldea y a sus gentes.

Había que reconocer que en mi ciudad éramos más fríos con los forasteros.

Al llegar, me recibió el calor de la lumbre. La casa estaba limpia y las paredes del salón recién pintadas.

La generosidad de los aldeanos no dejaba de asombrarme. Habían dejado un sillón viejo frente a la chimenea. En el dormitorio había una cama hecha con su cobertor.

Tiza ocupó su lugar junto al fuego y yo, armándome de paciencia, me dispuse a abrir la primera de las cajas que había recibido por la mañana. Contenía mis libros. Caí en la cuenta de que también iba a necesitar una librería, pero de momento los fui colocando apilados junto a la pared.

Miré el lomo de uno de los ejemplares: “Madame Bovary”. Recordé que, al llegar al pueblo, me sentía un poco como ella, solo frente a un mundo rural embrutecido. Pero ahora algo había cambiado, ya no me sentía así. Mi casa empezaba a ser justo eso, un hogar.