04. El incendio.
Me desperté en mi cama, tosiendo y con mucho picor en los ojos. Un humo denso se filtraba por la puerta e inundaba todo el dormitorio. Me asomé a la ventana. Pude ver las llamas que salían de la enfermería y escuché los cristales explotar. Fernández estaba fuera gritando, pidiendo ayuda.
Salí de mi casa, sintiéndome confundido e impotente.
Era muy arriesgado acceder a la enfermería, el cadáver de Blanca se iba a perder con todas las pruebas.
Lamenté no haberlo protegido mejor. Aun así, Fernández y yo nos acercamos a la puerta.
Unas grandes llamaradas nos cortaban el paso: salían del cuerpo y llegaban hasta el techo. Olía muy fuerte a gasolina.
Decidimos dejar que el fuego se consumiera por sí solo y poner a salvo a los animales y lo que pudiésemos del cuartelillo.
Corrimos a las caballerizas y soltamos a los caballos
que estaban muy nerviosos, ya nos preocuparíamos más tarde de recuperarlos.
Por suerte empezó a llover fuerte en ese momento y el aire asfixiante se refrescó.
Entré en mi oficina y mojé los arcones donde se guardaban los archivos, echándoles agua con un cubo. Entre Fernández y yo pudimos sacarlos. El fuego se avivaba cada vez más. Tiza me ladraba asustada cuando entraba en alguna de las habitaciones.
Afortunadamente, vinieron algunos vecinos a ayudarnos.
Traían una manguera que enganchamos al grifo de la cocina.
El humo nos impedía respirar y algunos cascotes caían del techo.
Uno de ellos golpeó a mi compañero en la espalda, causándole una gran quemadura.
Fernández no podía levantarse y tuvimos que ayudarle entre varios hombres a salir.
Alguien llamó a los bomberos, pero se encontraban a más de veinte kilómetros. Todos sabíamos que no llegarían a tiempo.
El fuego continuó su destrucción durante al menos dos horas más.
Cuando las llamas se extinguieron, paseamos por las dependencias y observamos el desastre. Solo se veían cenizas y paredes ennegrecidas.
El aire olía a humo y a carne quemada. El viento estaba lleno de pequeñas pavesas.
Llegó el doctor y observó la quemadura de Fernández, que corría el riesgo de infectarse. Me puse muy nervioso.
No teníamos un techo para pasar la noche y el cabo necesitaba una cama limpia para curar sus heridas.
Laureano nos ofreció su casa. Agradecí su hospitalidad, las nuestras estarían inhabitables durante semanas. Me sentí desamparado. También culpable por las quemaduras de mi compañero. Si yo no hubiese entrado en el despacho, él tampoco lo habría hecho. Había sido una temeridad.
Como no pudimos salvar ninguna pertenencia, nos pusimos en marcha con lo puesto.
A Fernández le costaba caminar, la quemadura estaba abierta y le supuraba. Se apoyó en Laureano para llegar al coche del doctor, que se ofreció a llevarnos.
Por fin llegamos a la casa del campesino. Su mujer y su hija nos recibieron con delicadeza y mantas, nos transmitieron mucha tranquilidad.
Pusimos a Fernández boca abajo en una cama y le desnudamos con cuidado. Su ropa estaba mojada y sucia, toda ella inservible, al igual que la mía. La herida no era muy profunda, pero tenía mal aspecto: los bordes supuraban.
El doctor empezó con las curas.
Me di cuenta de que estaba en pijama y zapatillas y me sentí un poco ridículo.
La mujer de Laureano trajo un montoncillo de ropa limpia para el cabo y para mí.
Entré a lavarme en un pequeño aseo.
Parte de mi pelo estaba chamuscado y olía a hollín.
Mientras lo limpiaba, reflexioné sobre la gente de este lugar.
Nos trataban como si fuésemos de su familia, con hospitalidad y cariño genuinos.
Eran personas muy diferentes a las de la ciudad.
Pese a haber perdido todas mis posesiones, me sentí bien, arropado.
Mientras me ponía unos enormes pantalones de pana, que ceñí a mi cintura con un cinturón de cuero, pensé en las personas que habían acudido a ayudarnos, personas que no me conocían y que habían arriesgado su vida por mí.
Me emocioné al pensarlo. Si no hubiesen venido, quizás no nos habríamos salvado y los animales, seguramente, habrían muerto.
Pensé que estas personas actuaban de manera especial.
Cuando alguien tenía un problema no esperaban a recibir ayuda de fuera, sino que colaboraban entre ellos poniendo en común sus recursos.
Me gustaba esta forma de obrar. Pero ¿y a Mariana?
¿Por qué no la ayudaron? Debió de pasar muchas penalidades para criar a su hija sola.
Quizás ella misma se automarginase. Estaba claro que no confiaba en sus vecinos. Aunque ¿por qué esa desconfianza? Parecían personas muy amables.
Mientras me hacía estas preguntas, contemplaba mi cara en el pequeño espejo. Estaba sensiblemente más delgado últimamente. Me habían salido unas
ojeras violáceas que contrastaban con mis ojos claros.
Mi pelo rubio estaba chamuscado por algunas partes y caía en rizos desmadejados.
No me gustó mi aspecto desaliñado, y me lo mojé, peinándomelo hacia atrás.
También repasé mi bigote y perilla. Después le tomé prestado a Laureano un poco de colonia Varón Dandy.
Supuse que no le importaría. Me sentí mucho más satisfecho con mi aspecto, aseado.
El doctor estaba terminando de curar a Fernández. La cura debía ser dolorosa, desde el descansillo podía oír sus quejidos. Sentí lástima por él.
Cuando el doctor salió, me informó sobre el cabo: le había dado un calmante para que descansara. Le di las gracias por venir. Me dijo que al día siguiente iría al cuartel a llevarse el cadáver o lo que quedase de él.
Había sido un día terrible, y necesitaba dormir. Me alegré al encontrar una cama mullida y grande. En cuanto me arropé, cerré los ojos, exhausto.