03. El diario de Blanca.
Empecé a leer el cuaderno mientras me comía un bocadillo de sardinas que compartí con Tiza. La mezcla del aceite con sabor a pescado y el pan me pareció curiosa. No estaba acostumbrado a las conservas.
La primera página estaba adornada con flores de colores en el margen superior. La letra era muy redonda, escrita con lápiz.
“Hoy empiezo este cuaderno. Mamá me lo ha comprado en el mercado, además de una caja de lápices de colores. Estoy muy contenta.
No me los ha regalado porque sea mi cumpleaños. Es porque pronto empezaré el colegio. Eso me asusta un poco, nunca he estado con niñas de mi edad. Solo conozco a Gertrud, mi hermana.”
Dejé mi bocadillo y dediqué al diario toda mi atención.
“Es un poco raro tener una hermana así. Nadie la puede ver, está oculta bajo mi pelo, pero yo la oigo dentro de mi cabeza. Tiene una voz ronca y es muy mandona.
Tengo que obedecerla porque si no me obliga a hacerme daño: a caerme al suelo o a pincharme los dedos con alfileres. Pero cuando no está enfadada juega conmigo y no me siento sola.
Aunque no hemos ido al colegio, mamá nos ha enseñado a leer, a escribir, los números y a sumar para que la ayudemos en el mercado y la gente no nos engañe. Gertrud aprende más rápido que yo, y a veces me hace rabiar llamándome taruga.
El otro día vi en el mercado a la marquesa de Castro, iba a caballo acompañada por otras mujeres, tan guapas como ella. Llevaba un vestido precioso, del color del cielo. Creo que me miró al pasar y sonrió, aunque no estoy muy segura. ¡Cómo me gustaría ser como ella de mayor!”
Me fijé en un dibujo de una chica morena vestida de azul, montada en un caballo. Sonreí. El diario me inspiraba mucha ternura.
“Le pregunté a mi madre qué había que hacer para ser marquesa. Me dijo enfadada que nacer de otra marquesa. Gertrud se echó a reír en mi cabeza y me llamó tonta.
A nuestra casa viene poca gente.
Mamá no tiene muchas amigas. Solo Otilia. A veces se enfada con mamá. No me importa. Es vieja y huele mal.
Me da miedo. Nos cuenta historias de espíritus y de desaparecidos junto al fuego, después siempre tengo pesadillas.
Una vez nos dijo que éramos hijas del diablo y que por eso teníamos dos caras, que habíamos sido engendradas
por la lujuria. Oí a Gertrud gruñir y mi madre se enfadó mucho con ella. La despachó enseguida, ni siquiera se quedó a cenar con nosotras. Hace mucho que no la vemos. Mejor.
Me pregunto qué será la lujuria. Me imagino que algo malo, si no mamá no se habría enfadado tanto.
Mi hermana Gertrud tiene siempre los ojos cerrados como si durmiera, pero sé que no duerme, porque la oigo hablar dentro de mi cabeza.
Me pide que haga cosas. Después unas veces me acuerdo y otras no.
Algunas noches, me veo en el bosque corriendo a cuatro patas y oigo aullar a los lobos.
Siento miedo. Luego me despierto en mi cama con los pies y las manos sucias, llenas de arañazos.
Y en la mesa de la cocina hay pequeños animales: conejos o ardillas que mamá cocina sin decir nada. Gertrud cuida de nosotras.”
Me estremecí. En esta última parte del diario la letra se deformaba tanto que era difícil leerla. Todo resultaba bastante siniestro.
El cuaderno terminaba ahí. Me fijé en que las siguientes hojas habían sido arrancadas. Resoplé frustrado. Cerré el diario y me quedé contemplando
los dibujos. ¿Habría más diarios? Serían de gran ayuda. Necesitaba volver a la casa de Mariana.
Reflexioné sobre lo que había leído.
Blanca afirmaba que tenía una hermana en la parte de atrás de su cabeza, con voluntad propia y que incluso era capaz de dominarla.
¡Dos personas en una! Y nadie lo sabía excepto la madre y esa tal Otilia.
Observé el diario en mis manos sin reaccionar. Necesitaba comprobar que lo que decía era cierto. Su hermana bien podría ser una amiga imaginaria o un modo infantil de justificar su malformación. Quizás la autopsia me diese esa información.
Eran las diez de la noche y había sido un día muy largo. Fui al dormitorio para acostarme. Tiza me siguió. Pero esa noche tampoco pude dormir, me desperté de madrugada en medio de una gran humareda.