El misterio de las dos hermanas 02. La casa suspendida.
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02. La casa suspendida.

—Allí está, señor sargento.

El dedo de Nuno señalaba un par de casas destartaladas, pegadas al bosque. Eran de pizarra y estaban cubiertas de hiedra. Su altura desde fuera era inferior a la de una persona normal, cualquiera que entrara tendría que encorvarse para poder permanecer dentro.

Las casas estaban bastante alejadas del pueblo, a más de quinientos metros de la casa más cercana.

Formaban una granja circular rodeada por un vallado de alambre.

En el centro se veía un pozo blanco, con su cubo de metal, a la derecha, un huerto pequeño, con tomates y demás hortalizas.

Dos cerdos y varias gallinas campaban a sus anchas.

Me fijé en un rincón plantado con rosales y lleno de flores.

Todo estaba bastante cuidado. El conjunto me pareció agradable.

A esas horas de la mañana la niebla aún no se había disipado.

Todos los elementos parecían estar suspendidos dentro de una nube.

Llamé a la puerta y también de viva voz a Mariana, todo era silencio a excepción de los ruidos que hacían los animales.

—Parece que no hay nadie —comenté.

Mis compañeros se encogieron de hombros.

La puerta de la vivienda estaba abierta y chirrió cuando la empujé.

Al contrario de lo que pensaba, por dentro podía mantenerme erguido, aunque con algunas limitaciones.

La entrada daba a una cocina limpia y ordenada.

De allí salían dos dormitorios. Las camas estaban hechas.

Nada parecía fuera de su sitio, ni nada sobraba.

Se respiraba, a partes iguales, pobreza y pulcritud.

—Mariana puido ir a traballar á capital e deixar aquí a filla, xa era unha moza —dijo Laureano—. Hace tiempo que no se la ve. A rapaza sentiase soa sen a súa nai.

—¿Qué sabéis de ella? ¿Qué se decía en el pueblo de Mariana? —pregunté.

Quería saber todo lo que rodeaba a la muchacha, empezando por su madre. Me preguntaba cómo había sido su vida, quiénes eran sus amigos y, sobre todo, qué la había empujado a querer morir.

Mientras ellos hablaban, yo iba inspeccionando los frascos de la cocina, los olía y los dejaba en sus estantes.

Encontré uno que me llamó la atención, estaba lleno de semillas marrones. No me pareció ningún ingrediente de cocina.

Me pregunté qué uso les darían y lo guardé en mi morral para averiguarlo más tarde.

—¡Era muy rara, señor! —dijo Nuno—. No se relacionaba con nadie. Si alguien se acercaba a su casa, le apuntaba con una escopeta. Desconfiaba de todo el mundo.

Recordé lo alejada que estaba la casa de los demás vecinos y le encontré sentido.

—Solo salía para ir al mercado, los jueves.

Vendía allí sus verduras. De eso vivían.

Nadie sabía quién era el padre de Blanca.

Se decía que era alguien de alta cuna, pero podría ser cualquiera.

Sus padres, en cambio, eran buena gente y moi queridos.

Murieron hace unos veinte años, durante a enfermidade da gripe.

Ella también estuvo muy enferma, pero al ser más joven se recuperó. Después, quedou preñada.

Les pregunté si alguien la había visto marcharse del pueblo. Los aldeanos negaron con la cabeza.

Entré en una de las habitaciones, la más grande.

Debía ser la de la madre. En el interior del pequeño armario y de la cómoda, la ropa estaba cuidadosamente doblada. En la mesita de noche encontré la documentación de Mariana y algo de dinero.

Miré encima del armario y vi una pequeña maleta de cuero.

—No creo que se haya ido —les dije—. ¿Qué saben de su hija?

—Llamábase Blanca —contestó Laureano.

—Andaba en relaciones con un tal Vicen —comentó Nuno—.

Luego rompieron. Hace tiempo que él la dejó por otra, la Adela.

Sería por los cuartos, claro. La otra tenía posibles y Blanca era más pobre que los ratones.

En el último año no se las vio mucho por el pueblo, ni a la madre, ni a la hija.

Tampoco iban al mercado a vender. Se comentaba que lo mismo se habían mudado, pero ya ve que no.

—A moza era menos arisca —siguió Laureano—. Hablaba con la gente y era moi guapa. Aunque por la ropa parecía unha fregona.

Al pisar el suelo de la habitación más pequeña, noté que una de las tablas se movía. La levanté y descubrí un pequeño escondite. Dentro había un par de zapatos de niña bordados con flores y perlitas. Parecía un trabajo muy delicado.

Los contemplé en mis manos. Tenían algunas manchas rojizas, como de sangre seca. Encontré también un cuaderno decorado con dibujos infantiles. Guardé los dos objetos en mi morral, junto al bote de semillas.

—¿Qué facemos cos animais, señor sargento? —preguntó Laureano.

—Habrá que mantenerlos aquí y alimentarlos por si Mariana aparece —dije tras dudar unos instantes.

Les pregunté si podían cuidarlos ellos, pagándoles

los gastos. Los dos campesinos se miraron y rieron.

—Uy. ¡Cómo se nota que es usted nuevo! ¿Pagar á Garda Civil? —dijo Nuno moviendo la cabeza—. Está ben, lo haré por usted, aunque seguro que la primera noche desaparecen todos.

Pensé que podía tener razón. Entonces repartí los animales entre los dos, dándoles mi permiso para que los cuidaran en sus granjas. Después me despedí de ellos.

Cuando llegué a la casa cuartel, me esperaba el doctor que acababa de reconocer a Blanca. Su cara reflejaba preocupación y tristeza. Recordé que la chica era amiga de su hija.

—La muerte es por ahogamiento —me comentó—, y no aparecen huellas de violencia en el cuerpo. Por lo que descarto que haya habido estupro. Lo que sí he descubierto es que esta chica ha sido madre recientemente.

—¿Seguro?

—Sus pechos aún dan leche y su útero está muy dilatado, estaría en la cuarentena. Esto explicaría el sangrado.

—¿Qué más puede decirme?

—Llama la atención el agarrotamiento de sus manos y las heridas que presentan.

—¿Qué opina sobre eso?

—Parece que se ha aferrado con todas sus fuerzas

a algún objeto rugoso del fondo de la laguna para

no salir a la superficie. Quizás a una raíz o una rama. Mi hipótesis es que quería suicidarse. ¿Qué otro motivo podía tener para querer permanecer en el fondo del agua, con los bolsillos llenos de piedras?

Recordé lo que me habían comentado sobre el novio. El suicidio tenía sentido. Una chica joven, abandonada y madre soltera en un pueblo pequeño, acarrearía el rechazo de la mayoría de sus paisanos. Además, ya había sufrido una situación similar al no tener un padre reconocido.

Me preguntaba dónde estaría el bebé.

Pensé con tristeza que quizás yaciera en el fondo de la laguna.

Debía encontrarlo, al igual que a Mariana. También era necesario hablar con ese tal Vicen, quizás supiese algo del paradero del niño.

—Sí, estoy de acuerdo —le dije al doctor—. Pero no puedo cerrar aún el caso. Necesito más datos de su anomalía: a qué se debe y si se trata de una persona o, tal vez, de dos…

Hice todos estos comentarios con mucha curiosidad. El caso de esta chica me fascinaba.

También quería saber si el bebé desaparecido podía haber heredado la malformación.

—¿Podría encargarse usted de hacerle la autopsia?

—Ya me gustaría. Es un caso muy interesante. Pero no tengo los conocimientos. Sin embargo, puedo

llamar a un colega de La Coruña que ha trabajado

para la policía. Él sí tiene experiencia. Nos dará más información sobre el caso.

—De acuerdo, llámele. Y pídale además que me diga qué son estas semillas.

Saqué el pequeño bote del morral y se lo entregué. Le tendí también uno de los pequeños zapatos bordados.

—También pregúntele si podría analizar estas manchas.

—Lo apunto todo y le diré lo que averigüe.

El cabo Fernández carraspeó y dijo susurrando:

—Mi sargento, le recuerdo que somos una comisaría de pueblo, casi sin recursos. No tenemos fondos para una autopsia.

Me quedé pensando. Era posible que no me dieran el permiso.

—Bueno, lo urgente es solicitarla, después ya nos preocuparemos por los detalles. Un bebé podría estar en peligro y hacerla puede ayudar a encontrarlo.

El doctor se despidió.

La perra seguía tumbada en el suelo de la enfermería, a los pies de la camilla donde reposaba el cuerpo de Blanca. Temblaba suavemente y gemía.

Parecía estar sufriendo mucho por la muerte de su ama. Me conmoví al verla así.

—Nos ha seguido, mi sargento. Se llama Tiza. Está

medio ciega, apenas come. Sería caritativo pegarle

un tiro. Si quiere puedo hacerlo yo. Me la llevaré al bosque —comentó Fernández.

Me di cuenta de que allí tenían una forma peculiar de solucionar los problemas.

—No —dije mientras le acariciaba la cabeza—. Parece una buena perra, no merece morir así. Me la quedaré yo, de momento.

Entré en mi frío despacho. Solo había dos sillas y una mesa. Necesitaba una estufa. También una pizarra. En Madrid me había acostumbrado a apuntar todas mis conclusiones. Escribir me ayudaba a pensar.

Saqué el otro zapato de mi bolsa y pregunté al cabo:

—¿Alguna idea de a quién pueden pertenecer? Estaban en la habitación de Blanca escondidos bajo una tabla.

—Ni idea, mi sargento. ¿No serían de la chica?

—No creo, eran bastante pobres y tienen pinta de ser caros. Además, ¿para qué los iba a esconder si eran suyos? Y fíjese en estas manchas, pueden ser de sangre.

El cabo cogió el zapato y lo miró con atención.

Lo imaginé probándoselo a todas las niñas del pueblo y sonreí. Aunque pensé que no estaría mal preguntar a algunas mujeres, seguro que un objeto así no había pasado desapercibido.

—Otra cosa, Fernández. ¿Sabe dónde encontrar al

novio de la chica? ¿El que después salió con una tal Adela?

Fernández resopló y puso cara lúgubre.

—Fueron encontrados ahogados, también en la laguna, hace unos seis meses. Nadie sabe qué pasó, era un día tranquilo y los dos sabían nadar.

—Vaya…

—Ha habido muchas tragedias en ese lugar. Dicen que tiene corrientes muy traicioneras que te empujan al fondo.

Sus palabras me dejaron impactado, guardé silencio mientras las asimilaba. Tantos jóvenes ahogados en un pueblo pequeño y en el mismo escenario no podía ser casualidad.

Mi cabeza empezó a imaginar todo tipo de hipótesis.

—Bueno, tráigame sus expedientes. También los de otros fallecidos por accidente o causas no naturales en los últimos diez años.

Tenía prisa por arrojar un poco de luz sobre tantas muertes.

—Aquí no tenemos nada de eso, sargento.

—¡Algo tiene que haber! —grité enfadado—. Certificados de defunción, notas. Mire a ver qué encuentra. Y consígame una pizarra y una estufa.

Mientras esperaba, abrí el cuaderno que había encontrado y me fijé en los dibujos de las tapas.

Eran propios de una niña. El diario seguramente fue escrito por Blanca cuando era muy pequeña. Había árboles con bolitas coloradas en sus ramas y un perrito blanco que corría. Observé a Tiza, que estaba tumbada a mis pies y me miraba con sus ojos castaños, tristones.

—Sí, esta eres tú.