El misterio de las dos hermanas 01. Llegada a Villanova.
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El misterio de las dos hermanas

El misterio de las dos hermanas

Por Almudena Ayensa

© inepub.com

01. Llegada a Villanova.

Mi destino a Villanova me pilló por sorpresa. Casi a traición. De Madrid fui enviado a una pequeña aldea de Galicia. Me sentí estúpido por extrañarme, el traslado era la consecuencia lógica de haber tocado las narices a los de arriba.

Llegué al pueblo una madrugada de enero, brumosa y fría.

El viaje en tartana desde La Coruña fue una auténtica tortura. Tardé casi nueve horas en llegar. Sorteamos baches que me hacían saltar en mi asiento y tuve que compartir sitio con campesinos que intuyo no se habían bañado en semanas.

El trayecto duró toda la noche. Intenté dormir, pero no lo conseguí. Una de las aldeanas llevaba en una cesta una gallina que, de vez en cuando, sacaba la cabeza y picoteaba lo que tenía a su alrededor, mi chaqueta, por ejemplo.

El conductor paró en un pueblo para que estirásemos las piernas y tomáramos un vino.

Al levantarme, mi cuerpo tembló, no podía ponerme en pie. Cuando planeé el viaje, mi idea era tomar un coche de alquiler, pero no me lo pude permitir. Mi traslado incluía un recorte del sueldo.

En ruta de nuevo, tras un par de horas, me alegré enormemente cuando vi el maltrecho cartel que anunciaba Villanova.

Estaba amaneciendo. Desde el pescante del coche de caballos contemplé la primera panorámica del pueblo: una carretera embarrada que terminaba en unas cuantas casitas.

Algunas eran blancas, otras, las de los más pudientes, de piedra.

Un puente bastante antiguo destacaba sobre el río.

Al fondo, como telón, un frondoso bosque cubría las montañas que rodeaban la aldea.

En la cima de una de ellas se divisaba una impresionante construcción.

Era el pazo del marqués de Castro, según me apuntó el cochero.

Reconocí que el sitio era bastante bonito, pese a la poca gracia que me hacía el traslado.

Más adelante, nos cruzamos con varios paisanos que habían salido ya a pasear a sus animales: vacas, ovejas… Se nos quedaban mirando desde el camino y nos sonreían. Algunos pillastres, descalzos, nos persiguieron riendo y tirando piedras a los caballos. El cochero les gritaba insultos

desde arriba.

Llegamos frente a una casa de piedra de dos plantas.

Mi vivienda estaba en la planta de arriba.

Se subía a ella por unas escaleras que partían del jardín.

En el exterior, me esperaba mi ayudante, el cabo Fernández, con unas enormes llaves.

Cuando bajé de la tartana, me ayudó a descargar mi equipaje.

No era mucho, llevaba lo esencial. El resto llegaría en un carro al día siguiente.

—Bos días, señor. ¿Cómo ha ido el viaje?

Miré al cabo, un hombre metido en carnes, de cuello corto, y calculé que tendría unos treinta y muchos años. Mascaba una pajita. Su expresión era bonachona y parecía amable. Me alegré de tener un ayudante de buen carácter, aunque, dicho sea de paso, no tenía pinta de ser muy espabilado.

Al entrar en la casa noté un olor a humedad. El interior, construido también en piedra, intensificaba la sensación de frío.

El salón tenía como únicos muebles una alfombra de piel de vaca, frente a la chimenea, sin leña, y un viejo sofá.

Con decepción, pasé a la cocina, que era de carbón.

Los cacharros, todos muy usados, estaban guardados en un par de alacenas.

Hice un cálculo mental para saber si me podía permitir utensilios nuevos; me pareció que sí, y me animé.

Pero para renovar el sofá no me llegaba.

Cuando entré en el dormitorio noté un fuerte olor a moho y tuve que abrir la ventana para ventilar.

No me sorprendió ver una mancha negra en el techo. Las sábanas también estaban húmedas. Tenía mucho trabajo que hacer para convertir aquella casucha en un sitio habitable.

Estos pensamientos me hicieron recordar con nostalgia mi antiguo hogar en la calle Hortaleza de Madrid. Iba a echar de menos su luz y sus comodidades. Pero aparté como pude esas ideas de mi cabeza. No me servían de nada en mi vida actual: cuanto antes aceptase mi nueva situación, mejor.

—¿Podría conseguirme una estufa? —pregunté a mi ayudante—. El dormitorio no tiene chimenea.

—Eso está hecho, mi sargento. ¿Quiere ver a los animales?

Fernández me llevó a las caballerizas, cuyo edificio estaba anexo a nuestra casa. Acababa de enterarme de que mi ayudante vivía justo en el piso de abajo.

—Si necesita cualquier cosa solo tiene que llamarme. De noche y de día, mi sargento, para eso estamos.

Pensé con preocupación que también tendría que despedirme de mi intimidad.

En la cuadra contemplé a mi yegua. Un hermoso animal de pelo castaño. Estuve un buen rato acariciándola. Era algo mayor, según pude comprobar

por su dentadura. Pero parecía tranquila. Me serviría.

—Se llama Canela, mi sargento.

—Parece que aquí no os complicáis mucho con los nombres —bromeé.

Mi compañero hizo un gesto con los hombros, como de no entender.

Instantes más tarde, estábamos metiendo mi equipaje en la casa cuando vimos a un aldeano aporrear la puerta de la casa de al lado, que era el cuartelillo.

—¡Abre a porta, Xosé! —Se refería al cabo Fernández—. ¡Ha aparecido una ahogada en la laguna!

—¡Carallo! —exclamó Fernández—. Tenemos trabajo, jefe. Ni un día le han dejado para que se acomode. ¿Quién es, Laureano? —gritó.

—Voy enseguida, en cuanto me ponga el uniforme —comenté.

Entré al dormitorio y saqué de la maleta mi uniforme, el arma y mi cámara Kodak, un lujo que conservaba de mi anterior destino.

Me cambié a toda prisa. Cuando terminé, me dirigí a la cuadra y subí a mi yegua.

Me aflojé el tricornio que me apretaba la barbilla, pero aguanté sin quitármelo.

Necesitaba dar buena imagen en mi primera aparición.

Fernández y yo nos pusimos en marcha. Me acerqué al aldeano y le pregunté:

—¿Puede ir a avisar al médico? Habrá que certificar la muerte de esa persona.

El aldeano se quitó la boina para saludarme y asintió con la cabeza.

—Soy Laureano Cifuentes, para servirle —dijo, y después se perdió andando rápidamente por uno de los caminos.

No me gustaban las prisas. Siempre he sido de prepararme las cosas con tiempo y hacerlas con calma. La urgencia me había puesto de mal humor. Además, no había dormido nada esa noche. Montado a caballo, mi cuerpo protestaba: me dolían las posaderas.

Cuando llegamos al lugar se había corrido la voz y al menos ocho personas hacían corrillo alrededor del cadáver.

Desde mi caballo observé una cabellera rubia con el pelo desmadejado sobre la arena y un amasijo de ropas empapadas. Me estremecí al ver unos pies blancos, muy pequeños. Presentí que se trataba de una niña.

Al bajar del caballo y mirar más de cerca, vi que el cuerpo era de una adolescente de dieciséis o diecisiete años. Siempre impresiona ver el cadáver de una persona tan joven. Por más cuerpos que hayas visto, nunca te acostumbras.

La cara de la chica estaba hinchada. Tenía los labios azulados y en la boca y en la nariz había restos de espuma blanquecina. Un perro blanco no se separaba de ella y gemía a sus pies, lamiéndoselos a ratos.

Los campesinos la miraban con tristeza, algunos se

persignaban.

—¡Manda carallo! —dijo uno de ellos—. ¡Es Blanca, la hija de la Mariana! Casi no se la reconoce. ¡Con lo guapa que era esa muchacha! ¡Qué pena, meu Deus!

Otro se acercó más para comprobarlo.

—Sí, además el perro es el de ellas.

—Buenos días —saludé—. ¿Alguno de ustedes ha tocado alguna cosa? Es muy importante que me lo digan.

—Non, señor, nós non tocamos nada.

Dudé de esta afirmación. Si habían tocado algo, las pruebas podían resultar contradictorias y con tantas personas allí antes de que yo llegase, era raro que a ninguna se le hubiese ido la mano.

Aparté al perro suavemente con mi porra. No parecía fiero.

—Tengo que pedirles, por favor, que vuelvan todos a sus casas, a excepción de la persona que encontró a la chica.

Se quedó un aldeano, el resto se fueron yendo a regañadientes.

—¡Pero si non tocamos nada! —farfullaban algunos.

La mayoría nos siguió observando desde la cima de un cerro cercano. Se sentaron y se pusieron cómodos, algunos, incluso, sacaron la bota de vino para seguir el espectáculo desde lejos.

Empecé a hacer fotografías desde todos los ángulos. En ese momento llegó el coche del médico. Laureano le acompañaba en el asiento delantero.

El doctor cogió su maletín y se acercó.

—¡A Virxe! ¡Pobre mujer!

Se agachó para verla más de cerca.

—Soy el doctor Varela —me dijo tendiéndome la mano con cara amable.

Después se acercó al cadáver y le apartó el pelo de la cara. Al verle el rostro se llevó la mano a los ojos. Parecía bastante afectado.

—La chica es Blanca. La conozco, era amiga de mi hija —dijo apenado y con ojos llorosos. Luego sacó su pañuelo y se secó la frente.

—¡Nai de Deus! ¡Qué desgracia!

Mientras la examinaba, fue diciéndonos sus primeras impresiones, que a su vez iba anotando en una libretilla.

—Tiene claros síntomas de ahogamiento. Por las piedras en los bolsillos, deduzco que intentó suicidarse. Además, la chica era buena nadadora,

es difícil que se ahogase sin más.

—Mu-jeer con sig-noos dee… ¿Cómo ha dicho, doctor? —preguntó el cabo mojando la punta del lápiz en su boca.

—¡Ahogamiento! —contesté—. Déjelo, cabo, ya sigo yo.

Saqué mi libreta e hice un croquis de la postura de

la chica.

Al aproximarme a ella y tocar su pelo para quitar algunas hierbas, algo me sorprendió.

—¡Ayúdeme a darle la vuelta! —grité al cabo.

En la parte posterior de la cabeza, mi mano tocó algo húmedo y viscoso.

Pensé que era una babosa. Cuando aparté el pelo, vi una lengua azulada que sobresalía por la parte occipital.

Di un paso hacia atrás, sobresaltado. Volví a acercarme.

Mis manos temblaban cuando aparté de nuevo su melena.

Entre el cabello rubio aparecieron una boca y una nariz.

Mis dedos volvieron a tocar la lengua y un escalofrío recorrió mi espalda.

—¡Dios mío! —exclamé.

Me llevé la mano a la boca, me sentía un poco mareado.

El espectáculo era dantesco. ¡La muchacha tenía otra nariz y otra boca en la parte posterior de su cabeza!

Me senté en el suelo mientras me recuperaba.

La visión me había dejado sin palabras. Nunca me había topado con un cadáver con una malformación tan siniestra.

Laureano y el otro campesino, que dijo llamarse Nuno, miraban la lengua y se santiguaban. Los del cerro intuyeron que algo ocurría y se levantaron intentando ver qué pasaba.

—Fernández, mándelos a todos sus casas, por favor —le pedí.

—¡Deus meu! Es cosa del diablo —dijo Laureano—

¡Vámonos de aquí, doctor!

—¡Habría que echarle agua bendita! ¡É cousa de meigas! —decía Nuno.

Nos quedamos un rato en silencio. Después reaccioné.

—Calma, señores. No es cosa de meigas, se lo aseguro, esta chica tendría alguna malformación.

—¿Seguro, señor sargento? Mire que tiene piedras en los bolsillos. Algunas meigas pueden transformarse en rocas. ¿Cómo sabemos que está realmente morta? ¿Y si esta noche aparece en nuestras casas? —dijo Nuno.

—Bien, señores, confíen en mí, les aseguro que no se les va a aparecer.

Miré al doctor buscando su ayuda. Él también se había acercado y apartaba del rostro de la chica mechones del pelo.

—No, tranquilos. Seguro que hay una explicación científica. Igual que hay terneros que nacen con cinco patas, puede haber mujeres con dos caras, créanme. No es cosa de meigas.

Admiré su tranquilidad.

—Las meigas a veces pueden converterse en animais ou ter dúas cabezas —aseguró Laureano.

Más recuperado, seguí haciendo fotos. Pensé que los ojos estarían ocultos entre el pelo y decidí llamar al barbero para descubrir la cara posterior.

Mandé al cabo a buscarle. Mientras esperábamos,

intenté calmar los ánimos de los aldeanos. Querían clavarle una estaca a la chica en el pecho para impedir que por las noches se presentase en sus casas.

Hablé con Nuno, que la había encontrado. Parecía el más tranquilo. Me explicó cómo había sido el hallazgo.

—Pues yo iba a vender mi asno al mercado y, de repente, vi un bulto y a un perro que no paraba de ladrar. Me acerqué a ver qué era, pensaba que se trataba de un animal ahogado. Y vi que era una muchacha. Xúrolles que eu non toquei nada. Luego vi al Laureano que se acercaba y le pedí que les avisase.

Como la laguna estaba pegada al camino, todo el mundo que pasaba se paraba a mirar. Se corrió la voz y vinieron también algunas mujeres.

Proseguí mi reconocimiento de la chica.

—Tiene las enaguas manchadas de sangre, doctor. ¿Podría decirme a qué se debe?

—Déjeme examinarla.

Los campesinos nos miraban asustados. Quizás pensasen que, al tocarla, la joven podía transmitirnos alguna maldición.

El doctor seguía su reconocimiento. Parecía una persona metódica. Me gustó.

—Tendría que hacerle un examen más minucioso para ver si ha sido víctima de abusos.

Me la llevaré a mi consultorio, allí tengo el instrumental que necesito.

De momento no se aprecian huellas de violencia en su cuerpo.

Parece más un suicidio que un ahogamiento natural.

Fíjese en la cantidad de piedras que llevaba en los bolsillos.

Al rato llegó el cabo con el barbero. Un tipo pequeño, de nariz afilada.

Cuando se acercó, se negó a tocar a la chica.

Tuve que pagarle el doble para conseguir que rasurase la parte posterior de su cabeza.

Al terminar, dejó al descubierto una pequeña cara oscura, con la lengua sobresaliente.

Los ojos estaban abiertos y salpicados de puntos rojos.

Sabía lo que significaban. Eran pequeños derrames formados por el esfuerzo de contener la respiración bajo el agua para no ahogarse.

Sin embargo, los ojos de la parte frontal no presentaban estos signos.

—¡Una mujer con dos caras! ¿Habrá una explicación para este fenómeno? —pregunté al doctor.

—Debería haberla…

—Es curioso, una cara se resistía a morir y la otra no —añadí y sentí un escalofrío.

Los campesinos miraban con miedo la pequeña cara oscura. Se santiguaban. Uno, incluso, empezó a rezar en voz alta.

—Parece que intentaba morir —dijo el doctor mirando la cara dorsal—. Me gustaría saber el motivo. Después de reconocerla a fondo, quizás pueda decirle la causa del sangrado. Tendríamos

que hacer la autopsia para estar seguros. Como usted ha dicho, las caras han reaccionado al ahogamiento de forma distinta. Esto sugiere nuevas posibilidades, además de la malformación.

El barbero y los aldeanos miraban con miedo el cadáver. Al ver la reacción de ellos, temí la que pudiera tener el resto del pueblo. Daba por hecho que ya se habría corrido la voz.

—Por favor, señores, necesito que guarden discreción sobre todo lo que hemos encontrado. ¿Puedo contar con su palabra?

Asintieron con la cabeza, no muy convencidos.

—Con su permiso, sargento —dijo Fernández—, yo la enterraría cuanto antes. Aquí la gente es muy supersticiosa y podrían hacer cualquier barbaridad.

—Sí, tiene razón. La llevaremos a la enfermería de la casa cuartel. No podemos arriesgarnos a que le

pase nada al cadáver. ¿Puede reconocerla allí, doctor?

—Sí, claro, iré a por mi instrumental.

—Encárguese del traslado, cabo, y no deje que nadie se acerque. Y ahora, señores —dije dirigiéndome a los aldeanos—, por favor, acompáñenme a dar la mala noticia a su madre.