Chapter 18 #2
Eleanor no respondió. En la pared había una fotografía. Era una ampliación de la imagen de 1991. La mujer de la puerta aparecía ahora claramente. Eleanor se acercó. No era Margaret Shaw. Era otra mujer. Una mujer joven y en su mano llevaba el anillo de la corona. Reed tomó aire.
—¿Quién es?
Evelyn Shaw apareció entonces en la puerta.
—Mi madre.
Eleanor la miró.
—¿Margaret?
—Sí.
—Pero antes nos dijeron que la mujer de la fotografía podía ser otra persona.
Evelyn negó.
—Mi madre utilizaba dos nombres.
—¿Cuáles?
—Margaret Shaw y Margaret Vale.
Eleanor sintió un escalofrío.
—Era familia.
—Sí.
—¿De Richard?
—No.
Evelyn miró hacia la fotografía.
—De Edward.
Reed frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
—Era su hija.
Eleanor sintió que todo el aire de la habitación desaparecía. Margaret Shaw no había sido una simple empleada de Edward Vale. Había sido su hija. Y Richard había tenido un hijo con ella. La historia de los Vale era todavía más complicada de lo que nadie había imaginado.
—Entonces Anna Bell... —murmuró Eleanor.
Evelyn la interrumpió.
—No era la única heredera.
Eleanor la miró.
—¿Qué?
—Mi madre también era hija de Edward.
—Pero Anna era la hija que había nacido fuera del matrimonio.
—Sí.
—Entonces...
—Edward tuvo dos hijas que nunca reconoció oficialmente.
Eleanor comprendió la dimensión del secreto. La herencia no estaba en juego entre una familia y una desconocida. Estaba dividida entre dos ramas ocultas de la misma sangre.
—¿Y Martin lo descubrió?
—Sí.
—¿Y Rose?
—También.
—¿Clara?
Evelyn asintió.
—Todos.
Reed miró a Jonathan.
—¿Y tú?
Jonathan permanecía al fondo de la habitación.
—Yo descubrí la verdad después de que murió mi padre.
—¿Qué verdad?
—Que Martin no había desaparecido como decía la familia.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
Jonathan negó lentamente.
—No saben lo que ocurrió en 2007.
Eleanor sintió un escalofrío.
—Cuéntanoslo.
Jonathan miró la caja azul.
—Martin no murió en el accidente.
Reed se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—El coche era suyo. El cuerpo no.
Eleanor sintió que las piernas le temblaban.
—Entonces ¿quién murió?
Jonathan levantó la mirada.
—El hombre que llevaba la identidad de Martin.
—¿Y Martin?
—Desapareció.
—¿Dónde?
Jonathan señaló la caja.
—Aquí está la respuesta.
Eleanor miró la pequeña caja azul.
—¿La taza número tres está dentro?
Jonathan no respondió.
—¿Dónde está la taza? —preguntó Reed.
Jonathan miró a Eleanor.
—La tiene quien siempre la tuvo.
—¿Quién?
—Rose.
Eleanor sintió que el corazón se le detenía.
—Rose murió.
—Lo sé.
—Entonces ¿cómo puede tenerla?
Jonathan señaló la pared.
—No me refiero a Rose.
Eleanor volvió la cabeza. La fotografía de 1991 mostraba a Rose, Clara, Martin, June y Margaret.
Pero detrás de ellos había otra figura. La mujer joven con el anillo de la corona.
Y, por primera vez, Eleanor comprendió quién era realmente.
No era una mujer enviada por Edward Vale.
No era una empleada. No era Margaret Shaw.
Era Anna Bell. La heredera. La mujer a la que Martin había estado protegiendo.
La mujer que había desaparecido aquella noche.
La mujer que, según los documentos, no existía. Eleanor volvió a mirar a Jonathan.
—¿Anna está viva?
Jonathan tardó unos segundos en contestar.
—Sí.
—¿Dónde?
—En Bellwood.
El silencio que siguió fue tan profundo que Eleanor pudo escuchar el viejo reloj de la casa marcando los segundos.
Durante treinta y cinco años, todos habían buscado a una mujer que supuestamente había desaparecido antes de poder reclamar su herencia, pero Anna no había desaparecido de la manera que ellos imaginaban.
Había cambiado de nombre, había vivido bajo otra identidad y había permanecido cerca de las personas que conocían la verdad sin permitir que nadie pudiera demostrar quién era.
Martin había protegido su existencia. Rose había protegido a Martin.
Clara había protegido a ambos. Y ahora, de repente, Eleanor comprendía que la taza número tres podía haber sido el último objeto que conectaba todas aquellas vidas.
No era solamente una taza que había pertenecido a Rose ni un recipiente utilizado para esconder una nota.
Era una prueba de que Anna había estado en Bellwood, de que Martin había hablado con ella y de que alguien había intentado borrar su existencia de los documentos de la familia Vale.
Pero había algo que no encajaba. Eleanor volvió a mirar a Jonathan.
—Si Anna está viva, ¿por qué murió Clara?
Jonathan no respondió. Evelyn miró a su hermano.
—Díselo.
Jonathan permaneció callado.
—¿Por qué? —insistió Eleanor.
Entonces Jonathan miró la caja azul.
—Porque Clara descubrió quién era Anna.
—Eso ya lo sabía.
—No.
Jonathan negó lentamente.
—Descubrió quién era Anna ahora.
Eleanor sintió un frío repentino.
—¿Qué quieres decir?
Jonathan levantó la vista.
—La persona que vive en Bellwood no es Anna.
Eleanor permaneció inmóvil.
—Entonces ¿quién es?
Jonathan señaló la fotografía.
—Mire a la mujer que está junto a Martin.
Eleanor la observó y comprendió finalmente la contradicción. La mujer de la fotografía llevaba el anillo de la corona. Pero Anna Bell tenía entonces apenas dos años. La mujer adulta no podía ser ella.
Eleanor sintió que todas las piezas volvían a separarse justo cuando creía haberlas unido.
Durante horas había pensado que la figura de la fotografía era la heredera, que Martin la había protegido y que aquella mujer había desaparecido junto con los documentos.
Pero una niña de dos años no podía haber estado de pie junto a Martin en 1991.
La mujer de la fotografía era alguien que había protegido a Anna, alguien que llevaba el símbolo de los Vale y que conocía la existencia de la niña desde el principio.
Margaret Shaw podía haber sido una de ellas, pero la fotografía mostraba a una mujer que, según los documentos, era demasiado joven para ser la Margaret que había trabajado para Edward durante los años ochenta.
Había otra persona. Otra mujer. Otra identidad escondida detrás del mismo símbolo.
Y si Clara había regresado a Bellwood después de recibir una carta firmada por Martin, quizá no había venido buscando a Anna en absoluto. Había venido buscando a esa mujer.
Eleanor volvió a mirar la caja azul y comprendió que la contradicción más importante no estaba en la fotografía, ni en los registros de la estación, ni siquiera en los testimonios de quienes habían mentido durante treinta y cinco años.
Estaba en una fecha. La etiqueta de la taza número tres llevaba el 17 de septiembre de 1991, pero la fotografía en la que aparecía la mujer de la corona había sido tomada varios días antes.
Alguien había utilizado la misma identidad, el mismo anillo y probablemente el mismo nombre en momentos diferentes para construir una historia que nadie pudiera seguir con facilidad.
Clara había descubierto aquella contradicción antes de morir.
Había comprendido que la persona responsable de la desaparición de Martin no tenía por qué ser la persona que todos habían señalado durante décadas.
Y había regresado a Bellwood porque una carta reciente le había prometido la única respuesta que todavía le faltaba: la identidad de la mujer que había estado junto a Martin aquella noche.
Eleanor sintió entonces que la muerte de Clara adquiría un significado mucho más preciso.
No la habían matado simplemente para impedirle encontrar la taza.
La habían matado porque estaba a punto de pronunciar un nombre que alguien había conseguido mantener oculto desde 1991.
Y aquel nombre, Eleanor comprendió mientras miraba hacia la puerta de la habitación azul, no estaba dentro de la caja. Estaba en Bellwood.