Chapter 19
—La mujer de la fotografía no es la asesina —dijo Eleanor.
Reed levantó la cabeza.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque todos hemos estado mirando a la persona equivocada.
Jonathan permaneció junto a la ventana, mientras Evelyn observaba la fotografía con una expresión que parecía mezclar cansancio y resignación.
Eleanor volvió a estudiar el rostro de la mujer.
Había algo familiar en sus facciones, pero no era la clase de familiaridad que nace de haberla visto muchas veces.
Era más incómoda. Era la sensación de reconocer un gesto sin saber de dónde procedía, como cuando uno escucha una voz en una habitación y necesita unos segundos para recordar a quién pertenece.
—¿Quién era ella? —preguntó.
Evelyn no respondió inmediatamente.
—Mi madre la conocía.
—Eso no responde a la pregunta.
—Porque no sé si debería ser yo quien la responda.
—Entonces deja que lo haga yo.
Eleanor señaló la fotografía.
—Es Judith Bell.
Jonathan levantó la mirada de golpe. Reed se volvió hacia Eleanor.
—¿Quién?
—Judith Bell. La mujer que aparece en los documentos de la estación como responsable de las habitaciones durante el verano de 1991. La mujer que figura en los registros antiguos como viuda de Samuel Bell. La misma mujer que, según los papeles de la parroquia, abandonó Bellwood en 1994.
Jonathan negó lentamente.
—No.
—Sí.
—Judith Bell murió en 1994.
—Eso es lo que dice el registro.
Eleanor señaló el rostro de la fotografía.
—Pero alguien utilizó su nombre después.
Reed se acercó a la imagen.
—¿Y quién?
Eleanor no respondió. Ya lo sabía. La respuesta había estado delante de ella desde el principio, escondida no en la casa de Richard, ni en la habitación de Clara, ni en la estación abandonada, sino en la historia cotidiana del pueblo, en uno de esos nombres que todo el mundo pronunciaba sin detenerse a pensar demasiado.
—Margaret Ellis.
June, que había permanecido callada junto a la puerta, abrió mucho los ojos.
—No.
—Sí.
—Eleanor...
—Margaret tenía veintidós años en 1991 cuando empezó a trabajar para Edward Vale, pero no era su secretaria. Era su hija.
Reed miró a June.
—Eso ya lo sabíamos.
—No —respondió Eleanor—. Sabíamos que Margaret Shaw era hija de Edward. Pero Margaret Ellis no es Margaret Shaw.
El silencio se hizo espeso.
—Son dos personas distintas —continuó Eleanor—.
Margaret Shaw murió hace tres años. Margaret Ellis sigue aquí.
Y durante treinta y cinco años nadie ha preguntado por qué dos mujeres vinculadas a Edward Vale utilizaban el mismo símbolo, por qué una desapareció de los documentos justo cuando la otra empezó a aparecer en Bellwood, ni por qué Rose mantuvo una relación tan estrecha con Margaret Ellis después de 1991.
June se llevó una mano a la boca.
—Dios mío.
Eleanor sintió entonces una tristeza inesperada.
No era satisfacción por haber resuelto el misterio.
Era algo mucho más profundo. Durante años había imaginado a Rose como una mujer que guardaba secretos porque disfrutaba de ellos, porque le gustaba saber cosas que los demás ignoraban y porque consideraba que el misterio formaba parte de su encanto.
Ahora empezaba a comprender que Rose no había ocultado la verdad por diversión.
Había pasado décadas protegiendo a personas que habían quedado atrapadas en una historia que nunca habían elegido.
—Tenemos que volver al salón de té —dijo.
Reed la miró.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque la taza número tres está allí.
June la miró sorprendida.
—No puede estar allí. La buscamos.
—No la buscamos donde Rose la habría escondido.
Eleanor salió de la habitación antes de que nadie pudiera detenerla.
Cuando llegaron al Bellwood Tea Room, el salón estaba oscuro y silencioso.
Eleanor encendió solamente las lámparas de las mesas y durante unos segundos contempló el lugar con una emoción difícil de explicar.
Aquel pequeño salón había vuelto a convertirse en el centro de una historia que había empezado mucho antes de que ella regresara al pueblo.
Había mesas que habían permanecido en el mismo sitio durante décadas, una vitrina con porcelana heredada, fotografías antiguas en las paredes y un reloj que se retrasaba siete minutos desde que Eleanor lo había conocido.
En circunstancias normales, aquel lugar le parecía acogedor.
Aquella noche, sin embargo, tenía algo de escenario después de una función, como si todos los actores hubieran abandonado el escenario y hubieran dejado atrás únicamente los objetos que conocían el desenlace.
Eleanor se acercó al aparador donde Rose había guardado durante años las ocho tazas azules.
—Rose nunca escondía las cosas lejos de sí misma —dijo—. Las escondía donde nadie pensaría buscarlas.
Abrió el primer cajón, pero nada. El segundo contenía manteles. El tercero tenía unas Cucharillas. June se acercó.
—Había un cajón secreto.
Eleanor la miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Rose me prohibió abrirlo.
—¿Y lo abriste alguna vez?
June sonrió con cierta vergüenza.
—Naturalmente.
—¿Y?
—No había nada.
—Porque lo abriste en el lugar equivocado.
Eleanor pasó los dedos por la madera interior del aparador. Encontró una pequeña irregularidad en la parte posterior y presionó. Una pieza cedió con un clic suave.
Detrás había un compartimento. Dentro descansaba una taza azul. La número tres. Nadie habló. Eleanor la sacó con ambas manos. No tenía veneno. No tenía ninguna nota visible, pero en la parte inferior había una marca diminuta que nunca había visto: una corona. Y debajo, dos iniciales: A. B.
—Anna Bell —susurró Reed.
Eleanor negó.
—No.
—¿Entonces?
—Arthur Blake.
Reed la miró sorprendido. Eleanor acarició la marca.
—Mi marido.
June se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Arthur estuvo aquí.
—¿Cuándo?
—Antes de que yo regresara.
Eleanor recordó entonces algo que había querido olvidar.
Arthur había visitado Bellwood años antes de que ella decidiera volver.
Nunca había explicado con precisión por qué.
Había dicho que necesitaba hablar con alguien sobre unos papeles antiguos, y ella no había insistido porque su matrimonio ya estaba atravesando una época difícil y había aprendido que algunas conversaciones se convertían en discusiones antes incluso de comenzar.
Pero Arthur había conocido a Rose. Y Rose había conocido a Arthur mucho mejor de lo que Eleanor había supuesto. Dentro de la taza había un pequeño papel doblado. Eleanor lo abrió. Solo había una frase. No todo lo que se pierde quiere ser encontrado. La letra era de Rose.
Eleanor cerró los ojos.
—Entonces ella sabía que algún día llegaríamos hasta aquí.
Reed tomó el papel.
—¿Qué significa?
—Que sabía que alguien buscaría la taza.
—¿Y por qué esconderla durante tanto tiempo?
Eleanor miró la porcelana.
—Porque no quería que la encontrara la persona equivocada.
En ese momento sonó el teléfono de Reed. Escuchó durante unos segundos y después se apartó.
—Han detenido a Margaret.
Eleanor levantó la cabeza.
—¿Dónde?
—En Rose Cottage.
—¿Y Jonathan?
—Está colaborando.
—¿Evelyn?
—También.
Eleanor asintió.
—Entonces ya terminó.
Reed negó.
—No exactamente.
—¿Qué falta?
—La confesión.
Pero la confesión llegó antes de lo que esperaban.
Margaret Ellis no intentó escapar. Cuando Reed entró en la habitación de Rose Cottage, ella estaba sentada junto a la ventana, con una taza de té entre las manos.
Era una imagen tan ordinaria que resultaba casi absurda.
Podría haber sido una tarde cualquiera de Bellwood, una vecina tomando té después de una jornada larga, mirando la lluvia caer sobre los tejados.
Solo había una diferencia: Margaret sabía que aquella era la última vez que ocuparía aquella silla como una mujer libre.
—Clara descubrió la verdad —dijo antes de que Reed pudiera preguntarle nada.
—¿Qué verdad?
Margaret dejó la taza sobre la mesa.
—Que Martin no había muerto cuando todos dijimos que había muerto.
—Eso ya lo sabemos.
—No. No lo saben todo.
Eleanor, que había entrado detrás de Reed, se acercó.
—Cuéntamelo.
Margaret la miró.
—Rose intentó proteger a Martin. Clara intentó proteger a Rose. Yo intenté proteger a mi familia. Y durante treinta y cinco años todos confundimos proteger a alguien con esconder la verdad.
—¿Mataste a Clara?
Margaret bajó la mirada.
—Sí.
La palabra quedó suspendida en la habitación.
—¿Por qué?
—Porque encontró la carta de Martin.
—¿La que recibió poco antes de morir?
—Sí.
—¿Era auténtica?
Margaret negó.
—No.
Eleanor sintió que una pieza terminaba de encajar.
—La escribiste tú.
—No. La escribió Jonathan.
Jonathan, desde el pasillo, cerró los ojos.
—Yo tenía cartas de Martin —explicó—. Copié su letra.
Margaret continuó.
—Queríamos que Clara volviera a Bellwood. Sabíamos que buscaría la taza. Sabíamos que Rose la había escondido. Lo que no sabíamos era que Clara ya había descubierto la segunda parte de la historia.
—La muerte de Martin.
—Sí.
—Martin no murió en 2007.
Margaret la miró.
—No.
Eleanor sintió que el misterio se abría otra vez.
—¿Dónde está?
Margaret guardó silencio.
—¿Dónde está Martin?
—No lo sé.
—¿Desde cuándo?
—Desde 2004.
—Entonces la historia que hemos seguido durante todo este tiempo es falsa.
—Una parte.
—¿Y Clara lo sabía?
—Sí.
—¿Y por eso regresó?
Margaret asintió.
—Recibió una carta auténtica.
Eleanor sintió un escalofrío.
—¿De Martin?
—Sí.
—Entonces la carta que tenía Clara...
—Era una copia.
—¿Dónde está la original?
Margaret levantó los ojos.
—Rose la guardó.
Eleanor comprendió. La taza, la número tres, no era solamente una prueba de 1991. Era el lugar donde Rose había conservado la última comunicación de Martin.
—¿Está dentro de la taza?
Margaret no respondió. Eleanor no necesitó más.
Regresó al salón de té. Con manos cuidadosas, examinó la taza número tres.
La pequeña corona bajo la base era un mecanismo.
Presionó exactamente donde la marca parecía indicar y una diminuta pieza de porcelana cedió.
Dentro había un papel doblado muchas veces y protegido por una fina capa de cera.